2. LA MUJER MÁS PELIGROSA DEL CASTILLO
La pesada llave de hierro chirrió en la cerradura con un lamento metálico que pareció vibrar en los huesos de Ruaridh.
Era un sonido definitivo, una frontera levantada entre el pasillo sumido en sombras y el santuario de la viuda.
El guerrero retiró la mano del pomo, pero no se movió.
Permaneció allí, escuchando el silencio que emanaba de la madera, hasta que el eco de los pasos de Fergus se perdió en la distancia del ala norte.
Al girar de nuevo el mecanismo y empujar la puerta, Ruaridh esperaba encontrar a una mujer acobardada en un rincón o, quizá, el estallido de una furia impotente. Lo que vio lo obligó a detenerse en el umbral.
Sìle Drummond no estaba en la cama, ni junto a la ventana por la que horas antes se había colado la muerte.
Estaba sentada en una silla de respaldo alto, frente a un hogar donde las brasas agonizaban en un resplandor cobrizo.
Tenía una copa de peltre entre las manos y la espalda tan recta que parecía formar parte del mobiliario.
No levantó la vista cuando él entró. Se limitó a dar un sorbo pausado, con una calma que resultaba insultante dadas las circunstancias.
—He dicho que no salgas.
Ruaridh cerró la puerta a sus espaldas sin soltar la llave. La habitación olía a lavanda seca y a la cera fría de las velas consumidas.
—No he salido.
Sìle dejó la copa sobre la mesa auxiliar con un golpe seco. Sus ojos claros se clavaron en los de él, despojados de la neblina del sueño o del pánico.
—Tú has entrado. Este sigue siendo mi dormitorio, aunque el título de laird te queme en los bolsillos, MacKenna.
Ruaridh avanzó hacia el centro de la estancia. Su envergadura física solía ser suficiente para intimidar a hombres que habían visto mil batallas, pero Sìle ni siquiera parpadeó. Se limitó a observarlo como si fuera un mueble mal colocado que interrumpía su vista del fuego.
—Gavin Brodie dice que eres una experta en los silencios —Ruaridh se detuvo frente a ella, proyectando una sombra alargada que cubrió la silla y a su ocupante—. Y en los elixires que acortan la vida.
—Gavin Brodie dice muchas cosas porque tiene una lengua muy larga y una conciencia muy estrecha.
Ella inclinó la cabeza, desafiante.
—¿Vas a quedarte ahí parado como un guardián de piedra o vas a hacerme las preguntas que llevas ensayando desde que cruzaste el Forth?
Ruaridh arrastró una silla frente a ella y se sentó. La madera crujió bajo su peso. Estaba demasiado cerca; podía ver el pulso acelerado en la base del cuello de Sìle, el único indicio de que no era una estatua de hielo.
—¿Por qué no gritaste anoche cuando el intruso entró en tu alcoba?
—¿A quién? —Sìle soltó una carcajada breve y carente de humor—. ¿A los guardias que Gavin colocó en mi puerta para asegurarse de que nadie me visitara, a menos que llevaran un puñal? He aprendido que los gritos en este castillo solo sirven para indicar al verdugo dónde colocar la soga.
—Tenías un cuchillo.
—Siempre tengo un cuchillo. Es más fiable que la lealtad de un clan que me culpa de respirar.
Ruaridh se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas. La proximidad física aumentó la temperatura del aire entre ellos.
—Hablemos de la noche en que murió mi hermano. Gavin sostiene que fuiste tú quien preparó la última comida.
Sìle no apartó la mirada. No hubo el menor titubeo, ni el parpadeo culpable que Ruaridh buscaba con la precisión de un cazador.
—Fue un estofado de ciervo —respondió ella, con una exactitud mecánica—.
Carne fresca, cebollas, un ramillete de tomillo y el vino que Gavin trajo de las bodegas personales de tu hermano.
Solo nosotros tres estuvimos en el salón.
Gavin sirvió la bebida. Yo serví la comida.
Tu hermano comió como si fuera el último día de su vida. Resultó que tenía razón.
—Brodie dice que él se marchó antes de que los síntomas empezaran.
—Gavin siempre sabe cuándo marcharse. Es su mayor talento.
Se fue cuando tu hermano empezó a quejarse de un ardor en el pecho.
Me quedé yo. Lo vi retorcerse. Lo vi escupir bilis negra mientras sus propios hombres me sujetaban contra la pared acusándome de brujería antes incluso de que el cuerpo se enfriara.
Ruaridh guardó silencio. El relato de la mujer encajaba con los hechos, pero la frialdad con la que lo exponía resultaba inquietante.
No era el discurso de una inocente desesperada, sino el de alguien que ha repetido la verdad mil veces frente a un muro de piedra hasta que las palabras han perdido todo su peso emocional.
—Gavin afirma que encontró hierbas sospechosas en tu costurero.
Sìle arqueó una ceja.
—Encontró dedalera y belladona. Las mismas que cualquier mujer de estas tierras usa para el dolor de muelas o para dormir cuando el viento aúlla demasiado fuerte.
Estaban allí porque él las puso, MacKenna.
O porque son tan comunes como la estupidez en tu linaje.
Si hubiera querido envenenarlo, habría usado algo que no dejara el rastro de un ciego.
Ruaridh se levantó bruscamente, incapaz de permanecer sentado ante la lógica aplastante de la mujer. Caminó hacia la ventana, observando el patio donde los hombres del clan empezaban a moverse bajo la luz grisácea del alba.
—Si eres tan inocente y tan astuta como pretendes —dijo él, de espaldas a ella—, ¿por qué te quedaste? Han pasado ocho meses. Este castillo es una ratonera.
Escuchó el roce de la tela cuando Sìle se levantó de la silla. No necesitó girarse para saber que estaba justo detrás de él. El aroma a lavanda se intensificó.
—¿A dónde pretendías que fuera? —La voz de ella sonó a su espalda, cargada de un sarcasmo que ocultaba una herida profunda—.
¿A las Highlands, donde cualquier laird vecino me habría entregado a cambio de un favor de los MacKenna?
¿Al sur, donde no soy más que la viuda de un bárbaro del norte con una mancha de sangre en el apellido?
Ella se colocó a su lado, mirando también hacia el patio.
—Ocho meses he pasado esperando este momento.
Esperando al gran Ruaridh MacKenna, el guerrero que vendría a impartir justicia.
Y ahora que estás aquí, te veo dudar. Te veo mirar el sello que traía el asesino de anoche y preguntarte si el hombre que te escribe las cartas es el mismo que te está preparando la fosa.
Ruaridh giró la cabeza. Sìle estaba tan cerca que una de sus manos rozaba la manga de su jubón de cuero. Tenía la piel pálida, casi translúcida bajo la luz del amanecer, pero la mirada era de puro acero.
—No me hables de fosas, viuda. Sé reconocer una trampa cuando la piso.
—Entonces ya tienes un pie dentro —replicó ella, sin retroceder—. Porque la verdadera trampa no soy yo. La trampa es creer que el honor existe en este lugar.
Ruaridh la agarró del brazo, no con violencia, sino con una firmeza que buscaba anclarla. Sintió la delgadez del hueso bajo la tela fina, la fragilidad de una mujer que había sido asediada por el hambre y el miedo, y sin embargo, su fuerza interna lo descolocaba.
—Dime una sola razón para no entregarte a la justicia del clan ahora mismo.
Sìle sostuvo la mirada. Sus labios se curvaron en una sonrisa mínima, gélida.
—Porque si me entregas, te quedarás solo con Gavin. Y él no te dará una copa de vino, MacKenna. Te dará una corona de espinas y un entierro rápido antes de que puedas preguntar quién se queda con las tierras.
Ruaridh soltó su brazo como si la piel le quemara. Ella tenía razón en un punto: el ataque de la noche anterior no tenía sentido si el objetivo era simplemente esperar a un juicio. Alguien quería a Sìle muerta antes de que ella pudiera hablar con él.
—Vuelve a tu silla —ordenó Ruaridh, señalando el rincón del hogar—. Y no te acerques a esa ventana.
—¿Me estás protegiendo o estás asegurándote de que el verdugo encuentre la mercancía intacta?
—Estoy asegurándome de que nadie más ensucie mi apellido esta noche.
Ruaridh caminó hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir. Giró la llave en su mano, sintiendo el peso del hierro.
—¿Por qué no huiste, Sìle? —insistió, con una nota de algo que no era sospecha, sino una curiosidad oscura—. Un caballo, una noche de tormenta... una mujer con tu lengua habría encontrado el modo.
Sìle volvió a sentarse en su silla, recuperando la copa de peltre. Lo miró desde el círculo de luz de las brasas, con una expresión que vació de peso toda la autoridad del guerrero.
—¿A dónde, Ruaridh?
La pregunta quedó suspendida en el aire, pesada y carente de respuesta.
—Tú has pasado dos años recorriendo el mundo para huir de este castillo —continuó ella, con voz monótona—.
Deberías saber mejor que nadie que no hay ningún lugar donde esconderse de lo que llevas dentro.
Yo elegí quedarme y verles la cara a mis enemigos.
Tú has vuelto para descubrir que el enemigo tiene tu mismo apellido.
Ruaridh no respondió. Salió de la habitación y cerró con llave, dejando a la mujer más peligrosa del castillo a solas con sus brasas y sus verdades afiladas. En el pasillo, el frío del amanecer parecía haber aumentado. Guardó la llave en su cinturón y se encaminó hacia el salón principal.
El encuentro con Gavin Brodie no podía esperar más.
Pero mientras bajaba las escaleras de piedra, la voz de Sìle seguía resonando en su cabeza.
No era la voz de una asesina, ni la de una santa.
Era la voz de alguien que ya no tenía nada que perder, y eso la convertía en algo mucho más temible que cualquier guerrero armado con una espada.
En el salón, el aroma a pan recién horneado y a carne asada flotaba en el aire, un contraste casi obsceno con la tensión que se respiraba en las vigas del techo.
Agnes, la cocinera, se movía por el fondo con una eficiencia silenciosa, pero sus ojos pequeños y astutos no perdieron detalle del descenso de Ruaridh.
—El señor Brodie lo espera en la mesa larga —murmuró la mujer, señalando con un cazo de madera—. Ha traído noticias de los clanes del oeste.
Ruaridh asintió, pero antes de dirigirse hacia Gavin, se detuvo junto al fuego del salón. El calor no lograba penetrar en la sospecha que se le había instalado en el pecho. Miró hacia las escaleras que conducían a la alcoba de la viuda.
Había venido a cerrar una herida, pero cada paso que daba en el castillo Drummond parecía abrir una nueva.
Sìle Drummond estaba encerrada, pero Ruaridh se sentía más prisionero que ella.
La trampa, tal como ella había dicho, ya se había cerrado.
Ahora solo quedaba averiguar quién de los dos sería el primero en sangrar.