LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11)
© inepub.com
1. ANTES DE QUE AMANEZCA
Ruaridh MacKenna no creía en las bienvenidas, pero aquello superaba cualquier expectativa de hostilidad.
Las pesadas hojas de roble del castillo Drummond bostezaban ante la noche, abiertas de par en par, invitando a la brisa gélida a recorrer las entrañas de piedra como si la fortaleza hubiera sido vaciada de alma.
No había antorchas en los muros exteriores ni el choque de las picas de los centinelas contra el suelo.
Solo el eco de los cascos de su caballo contra el puente de piedra.
—Es una trampa, Ruaridh.
Fergus se mantenía un cuerpo por detrás, con la mano cerrada en la empuñadura de su espada.
Ruaridh no respondió. Desmontó con una economía de movimientos que delataba al hombre que ha pasado más tiempo en campamentos que en lechos de pluma.
El silencio del patio era espeso, cargado con el olor a lluvia reciente y algo más metálico que flotaba en el aire.
Dejó las riendas a su compañero y avanzó hacia la entrada principal.
Sus botas, curtidas por el barro de diez campos de batalla, no dudaron al cruzar el umbral.
Había venido a ejecutar a una mujer. Había cabalgado desde el sur con el sello de la Corona en el bolsillo y la rabia de un hermano en el pecho.
Su hermano mayor, el laird, llevaba ocho meses muerto, y la viuda, la mujer que debía haber sido su salvaguarda, languidecía en un arresto que olía a farsa.
El salón principal estaba en penumbra, pero un ruido sordo en el piso superior, un impacto contra la madera seguido de un jadeo sofocado, lo hizo subir las escaleras de tres en tres.
El pasillo del ala norte estaba iluminado por una única vela que agonizaba en un candelabro de pared.
En el centro, una figura delgada se recortaba contra las sombras.
Sìle Drummond no llevaba el luto que él esperaba, ni mostraba la debilidad de la cautiva.
Tenía el cabello oscuro desparramado sobre los hombros y un cuchillo de cocina en la mano derecha.
El metal brillaba con un rastro húmedo. A sus pies, un hombre corpulento yacía inconsciente con la cara contra las losas.
Ruaridh se detuvo a tres pasos. Su mano se cerró sobre el pomo de su propia arma, pero no la desenvainó.
La mujer levantó la vista. Tenía el rostro pálido, afilado por meses de una dieta de sombras, pero sus ojos claros no parpadearon.
No había ruego en ellos. Solo una furia fría y una inteligencia que evaluó al recién llegado en lo que tardó en soltar un suspiro entrecortado.
Pasaron tres segundos. Tres segundos en los que el goteo de un líquido contra el suelo rítmico era el único sonido en el castillo.
—Llegas tarde, MacKenna.
Ella sostuvo el arma con firmeza. Su voz era baja, rasposa, carente de cualquier adorno melodramático.
—He tenido que ocuparme yo misma de los preparativos.
Ruaridh bajó la mirada hacia el bulto del suelo y luego volvió a ella. El instinto que le había permitido sobrevivir a las guerras de frontera le gritó que aquello no era la escena de un crimen, sino de una defensa.
—Había oído que eras una asesina.
Se mantuvo inmóvil, analizando la tensión en los hombros de la mujer.
—No que fueras tan eficiente con el acero de pelar nabos.
Sìle no bajó el cuchillo. Un mechón de pelo le caía sobre la mejilla, pero no hizo ademán de apartarlo.
—Si hubiera querido matar a tu hermano con esto, habría tardado mucho menos de lo que tardó el veneno.
Ruaridh dio un paso adelante, ignorando la punta de acero que lo apuntaba.
Se inclinó sobre el cuerpo del hombre inconsciente.
No lo reconoció de inmediato, pero cuando le dio la vuelta con la bota para verle el rostro, frunció el ceño.
No era un sirviente común. Tenía las manos callosas de un soldado y vestía una túnica de lana basta.
Ruaridh le desabrochó el cinturón con un movimiento seco y extrajo una pieza de metal que colgaba de una correa de cuero.
Un sello. El escudo del clan MacKenna labrado en plata vieja.
Sìle soltó una risa seca, un sonido sin alegría que se cortó en seco cuando Fergus apareció al final del pasillo. El veterano se detuvo, mirando el cuadro con los ojos muy abiertos.
—¿Esa es la viuda?
—Esa es la viuda —confirmó Ruaridh, levantándose. Su mirada se clavó en la de Sìle—. Y este es uno de los hombres de confianza de Gavin Brodie.
La mujer apoyó la espalda contra la pared, exhausta pero manteniendo una distancia de seguridad que Ruaridh respetó a regañadientes.
—Ha entrado por la ventana de la alcoba.
Señaló con la barbilla hacia la puerta abierta al final del corredor.
—Supongo que alguien decidió que mi ejecución no podía esperar a que tú dictaras sentencia. Es mucho más limpio que la viuda muera en un robo frustrado la misma noche que llega el verdugo oficial.
Ruaridh sintió un frío distinto al de la noche.
Había venido buscando justicia para su sangre, pero el aroma que emanaba de aquel pasillo no era el de la culpabilidad de una mujer, sino el de una conspiración que llevaba ocho meses pudriéndose en su ausencia.
Miró el sello en su mano y luego a la mujer que, según las cartas de Gavin, era una manipuladora sin escrúpulos.
Lo que encontró fue a una superviviente que lo observaba con un sarcasmo defensivo.
—Fergus, lleva a este hombre a las mazmorras. Asegúrate de que no muera. Todavía tiene que decirme quién le pagó para entrar aquí.
Sìle Drummond se enderezó, ignorando el temblor de sus manos. Guardó el cuchillo en el pliegue de su falda con un gesto lento.
—No te molestes, MacKenna. Gavin es un hombre razonable. Te dirá que el pobre hombre se volvió loco de dolor por la muerte de tu hermano. Te dirá lo que quieras oír con tal de que cierres los ojos.
Ruaridh se acercó un paso más. Estaba lo suficientemente cerca para oler el miedo que ella se negaba a mostrar y la determinación que la mantenía en pie. Era más joven de lo que recordaba, o quizá el aislamiento la había despojado de toda la suavidad que acompaña a la juventud.
—No he cabalgado cuatrocientas millas para que nadie me diga qué debo oír.
—Mañana hablaremos.
Sìle lo miró de arriba abajo, deteniéndose en la cicatriz que le recorría la mandíbula y en las manos manchadas de viaje.
—Si es que llegas vivo al amanecer en este castillo tan hospitalario.
Dio media vuelta y entró en su habitación, cerrando la puerta con un golpe seco que resonó en todo el ala norte. Ruaridh se quedó solo en el pasillo, con el sello de su clan quemándole la palma de la mano.
Caminó hacia la ventana del corredor. Desde allí se divisaba parte del patio y las sombras de las torres.
El castillo Drummond no era un hogar; era una jaula de piedra donde las lealtades se habían vuelto tan oscuras como el fango de los lagos.
Escuchó los pasos de Fergus arrastrando al intruso por la escalera de caracol.
El silencio regresó, pero era un silencio falso, lleno de ojos que observaban desde detrás de las tapicerías.
Ruaridh se apoyó en el alféizar. Había esperado encontrar a una mujer asustada o a una villana altiva.
En lugar de eso, había encontrado un enigma con un cuchillo manchado.
Su hermano había muerto entre espasmos, gritando que ella lo había traicionado.
Gavin Brodie, el consejero que había mantenido el clan unido durante los últimos quince años, le había enviado cartas llenas de pruebas circunstanciales y sospechas fundadas.
Pero aquel hombre en el suelo llevaba el sello del clan. Y Gavin era quien repartía los sellos.
Sacó una daga de su cinturón y comenzó a limpiar la suciedad de sus uñas con una parsimonia irritante. La luz de la vela finalmente se extinguió, dejándolo en una oscuridad total. No le importó. Estaba acostumbrado a ver en las sombras de las trincheras.
—¿Sigues ahí, MacKenna?
La voz de Sìle llegó amortiguada a través de la madera de la puerta.
—Vigilo que nadie más entre por tu ventana.
Se escuchó un movimiento de sábanas, o quizá solo el roce de un cuerpo contra la puerta.
—Qué detalle. ¿Lo haces por deber o por curiosidad?
Ruaridh guardó la daga.
—Lo hago porque no me gusta que me arruinen el trabajo. Si alguien va a decidir tu destino, seré yo. Y me gusta tomar mis decisiones con luz natural.
—Entonces reza para que el sol salga pronto. En este lugar, las noches suelen ser demasiado largas.
Él no respondió. Se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la puerta de la habitación de la viuda.
Cruzó los brazos sobre el pecho y estiró las piernas.
No pensaba dormir. El peso del acero en su costado era el único recordatorio de que seguía siendo un soldado en territorio enemigo, incluso si ese territorio llevaba el nombre de su familia.
El castillo crujió. Una viga se asentó, un viento furtivo silbó por las saeteras. Ruaridh cerró los ojos, agudizando el oído. Podía sentir la respiración de la mujer al otro lado de la madera. Era una respiración irregular, rápida, la de alguien que no ha bajado la guardia en mucho tiempo.
Había algo en la forma en que ella lo había mirado. No era la mirada de una culpable que ve llegar a su juez. Era la mirada de alguien que ve llegar a otra amenaza más en una lista interminable.
—MacKenna.
—Duerme, mujer.
—Mi marido decía que eras un animal. Que solo servías para romper cosas y sangrar en tierras extrañas.
Ruaridh dejó escapar un suspiro que fue casi un gruñido.
—Mi hermano tenía razón en muchas cosas. Esa era una de ellas.
—Me pregunto qué pensaría si te viera ahora. Cuidando el sueño de su asesina.
—Todavía no he decidido que lo seas.
Escuchó cómo ella se alejaba de la puerta.
El silencio que siguió fue absoluto. Ruaridh permaneció allí, una sombra más en el pasillo, esperando a que el gris del amanecer empezara a filtrarse por las grietas de la piedra.
Tenía mucho que preguntar a Gavin Brodie, y mucho más que observar en esa mujer que parecía haber convertido el odio de un clan entero en su propio combustible.
Cuando el primer rayo de luz pálida tocó el suelo del corredor, Ruaridh se puso en pie. No tenía los huesos entumecidos; la guerra te enseña a descansar en tensión. Miró hacia la escalera. Fergus subía con dos tazas de metal y una expresión de pocos amigos.
—El prisionero no habla, Ruaridh. Se ha despertado, ha visto dónde estaba y ha cerrado la boca como una ostra.
Ruaridh cogió una de las tazas. El caldo estaba rancio, pero caliente.
—Hablará. Todo el mundo habla cuando el sol calienta lo suficiente.
—Gavin Brodie está en el patio. Dice que quiere darte la bienvenida oficial ahora que hay luz.
Ruaridh bebió un trago del caldo y miró la puerta cerrada de Sìle.
—Dile que baje al salón. Y dile a Agnes que prepare comida de verdad. Si vamos a desenterrar secretos, prefiero hacerlo con el estómago lleno.
Fergus asintió y se retiró. Ruaridh llamó a la puerta de la viuda con los nudillos.
—Es de día, Sìle. Sal de ahí.
La puerta se abrió de inmediato. Ella ya estaba vestida, con el mismo vestido oscuro y el rostro lavado con agua fría. No parecía haber dormido más que él.
—¿Has sobrevivido? —le preguntó ella, con una ceja arqueada.
—Parece que sí.
Ruaridh se hizo a un lado para dejarla pasar.
—Gavin nos espera abajo.
Sìle caminó hacia la escalera con la cabeza alta, pero Ruaridh notó cómo sus dedos buscaban instintivamente el lugar donde había guardado el cuchillo la noche anterior.
—Entonces que empiece la función —murmuró ella—. Pero ten cuidado, MacKenna. Gavin es muy bueno aplaudiendo mientras te clava la daga en la espalda.
Él la siguió de cerca, vigilando cada sombra del castillo que empezaba a despertar. La ejecución podía esperar. La verdad, sin embargo, tenía prisa por salir a la superficie. Y Ruaridh MacKenna no pensaba marcharse hasta haberla arrancado de cuajo de aquellas paredes.