LA VIUDA DEL HIGHLANDER (SANGRE, CLAN Y DESEO EN LAS HIGHLANDS 11) 30. LO QUE QUEDA
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30. LO QUE QUEDA

El eco del golpe seco contra el cráneo de Gavin Brodie todavía vibraba en el aire viciado del pasillo cuando Fergus apareció en la embocadura del ala norte.

El veterano traía el arco en la mano y el aliento encajado en los pulmones, con los ojos saltando de la figura de Ruaridh a la de Sìle, que permanecía de pie con el candelabro de hierro todavía apretado entre los dedos.

—Llegué tarde —masculló Fergus.

Ruaridh no apartó la vista del bulto que gemía en el suelo. El consejero se encogía sobre las losas, con una mano apretada contra la sien y la otra arañando la piedra, despojado de la pulcritud que había sido su única armadura durante quince inviernos.

—Llegaste justo —replicó Ruaridh—. Justo para ver cómo se desmorona un imperio de papel.

Sìle no se movió. El candelabro pesaba, pero no tanto como el silencio que se instaló en el corredor. El rastro de sangre que manchaba la mejilla de Gavin parecía un error de cálculo, una nota discordante en la partitura de orden y manipulación que el hombre había interpretado con maestría.

Detrás de Fergus, el sonido de botas apresuradas y voces contenidas anunció la llegada del clan.

No venían convocados por ninguna campana ni por el grito de un guardia.

Venían arrastrados por ese instinto primario que avisa a los animales cuando el líder de la manada ha sido derribado.

Se agolparon en la entrada del pasillo, una masa de rostros endurecidos por el frío y la desconfianza que se detuvo en seco ante la imagen.

El problema no fue el hombre herido. El problema fue el vacío de autoridad que se abrió en ese instante.

Tres hombres del consejo se adelantaron un paso.

Eran guerreros que habían compartido mesa y decisiones con Gavin mientras Ruaridh se curtía en campos de batalla extranjeros.

Sus miradas no buscaron la herida de Gavin, sino la mano de Ruaridh en la empuñadura de su espada y la postura de Sìle, que los observaba con una frialdad que no habían visto nunca en la viuda del laird.

Gavin, con un esfuerzo que le arrancó un gemido agudo, logró apoyar un codo en el suelo. Levantó la vista. No miró a su captor. Miró a los hombres que llevaban quince años acatando sus sugerencias como si fueran leyes divinas.

—No es… —la voz le salió rota, un silbido húmedo entre los labios manchados de rojo—. Nada de esto es lo que creéis ver. MacKenna ha forzado la escena. Ha manipulado a la cocinera. Ha…

—Cierra la boca —ordenó Ruaridh sin elevar el tono.

Gavin ignoró el aviso. El miedo a la muerte era real, pero el miedo a la irrelevancia era superior.

—¿Vais a dejar que un mercenario dicte quién es el traidor? —Gavin señaló a Sìle con un dedo tembloroso—. Miradla. Sostiene el arma con la que ha intentado silenciarme porque yo sabía la verdad. Ella y él… el plan siempre fue este. Destruirme para que él pueda reclamar lo que no es suyo.

Los tres hombres del clan intercambiaron una mirada rápida. Un destello de duda que Ruaridh registró con la precisión de quien detecta un flanco débil en una formación enemiga. El castillo no era una unidad sólida; era un organismo herido, dividido entre la lealtad vieja y la evidencia nueva.

—El frasco estaba en tu bolsillo, Gavin —intervino Sìle. Su voz fue un hilo de acero que cortó la verborrea del hombre—. Agnes olió el veneno. Ella limpió la jarra del laird. No hay manipulación en el testimonio de una mujer que lleva treinta años alimentando a este clan.

—Agnes es vieja —escupió Gavin—. Se confunde. Cree que el tiempo corre hacia atrás.

El Padre Cormac apareció entre la multitud, abriéndose paso con paso vacilante.

Se detuvo al lado de Fergus y bajó la cabeza.

No fue un gesto de oración. Fue el hundimiento de un hombre que se descubre cómplice por omisión.

No miró a Gavin. No pudo. Sus ojos se clavaron en las losas, contando las grietas de la piedra como si fueran los pecados de toda una década.

—Llevadlo a las celdas de la torre —ordenó Ruaridh.

—Un momento —el portavoz de los tres hombres, un guerrero llamado Hamish, dio un paso al frente—. Esto necesita un proceso. No puedes simplemente encerrar al consejero del clan basándote en el olfato de una cocinera y en una pelea de pasillo.

Ruaridh se giró hacia él, invadiendo su espacio personal con una lentitud amenazante.

—Intentó matar a Sìle delante de mis ojos.

—O ella intentó matarlo a él y tú lo terminaste —replicó Hamish con una sequedad que hizo que varios hombres del fondo murmuraran su aprobación—.

No somos forasteros en nuestra propia casa, MacKenna.

Gavin ha llevado este castillo mientras tú vendías tu espada al mejor postor.

Si hay un juicio, lo haremos nosotros. Según la ley del clan. No bajo tu bota.

Sìle escuchó el murmullo crecer. Entendió, con una claridad amarga, que la verdad era una moneda que no siempre servía para comprar lealtades. Matar a Gavin en ese momento habría sido un alivio físico, pero un suicidio político.

Ruaridh también lo comprendió. Vio cómo la masa de hombres se tensaba. Si forzaba la mano, el pasillo se convertiría en un matadero y el único que ganaría sería el hombre que sangraba en el suelo.

—Bien —cedió Ruaridh, provocando un silencio de sorpresa—. Llevadlo a la torre. Que dos hombres vuestros y dos de los míos guarden la puerta. Nadie entra sin que yo esté presente. Y nadie sale. Mañana, cuando el sol aclare las ideas, el consejo se reunirá.

Hamish asintió con rigidez. Dos de sus hombres se adelantaron para levantar a Gavin. El consejero no ofreció resistencia, pero al pasar al lado de Ruaridh, susurró con una sonrisa mínima que solo el guerrero pudo ver. Una pequeña victoria en mitad de la derrota.

El pasillo se fue vaciando. El clan se retiró en grupos pequeños, hablando en susurros que subían y bajaban como el viento de las Highlands antes de una tormenta. Fergus se quedó un momento, mirando la mancha de sangre que quedaba en el suelo.

—Esto va a ser largo —dijo el veterano.

—Lo será —respondió Ruaridh.

Sìle dejó caer el candelabro. El sonido del metal contra la piedra resonó con una finalidad hueca.

Tenía las manos frías, una frialdad que no nacía del clima, sino de la comprensión de lo que venía.

El enemigo ya no estaba en las sombras; ahora estaba sentado a la mesa del consejo, camuflado tras la tradición y la desconfianza hacia el forastero.

Ruaridh se acercó a ella. No intentó tocarla. Se limitó a ocupar el espacio a su lado, ofreciendo su presencia como un ancla en mitad de la incertidumbre.

—Vuelve a tu habitación, Sìle. Pon el cerrojo.

—¿Crees que vendrán por mí?

—Creo que ahora mismo nadie sabe qué hacer con la verdad. Y eso los hace peligrosos.

Ella asintió y se retiró por el corredor opuesto, sintiendo el peso de las piedras del castillo sobre sus hombros.

Cada paso que daba parecía más difícil que el anterior, como si el aire se hubiera vuelto más denso, cargado de la electricidad estática de un conflicto que acababa de cambiar de forma.

Se encerró en sus aposentos, pero no se desvistió.

Se sentó junto a la ventana, observando cómo la negrura de la noche empezaba a ceder ante ese gris sucio que precede al alba.

No buscó la cama. No buscó el sueño. Se limitó a escuchar el latido del castillo, ese pulso de pasos y puertas que nunca se detenía.

Un roce suave en la madera de la puerta la hizo ponerse en pie.

—¿Quién es?

—Soy yo, niña.

Sìle abrió. Agnes entró con una bandeja pequeña. Traía un cuenco de barro del que subía un vaho terroso y un trozo de pan que todavía conservaba el calor del horno. La cocinera no pidió permiso. Se sentó en el borde de la cama y dejó la bandeja en la mesa auxiliar.

—Bebe esto. Ayuda a asentar el alma cuando el cuerpo se olvida de cómo hacerlo.

Sìle se sentó frente a ella. Tomó el cuenco entre sus manos, dejando que el calor le traspasara la piel. El líquido era espeso, con sabor a cebada y algo que picaba en la garganta.

—El clan no está convencido —dijo Sìle tras el primer sorbo.

Agnes se acomodó el delantal sobre las rodillas. Sus ojos, rodeados de mil arrugas que contaban historias de hambre y supervivencia, no se apartaron de los de la viuda.

—El clan nunca está convencido de nada que no pueda tocar con las manos. Gavin les ha dado orden durante quince años. Ruaridh les da miedo. Y tú… tú les das vergüenza. Y la gente prefiere matar antes que sentir vergüenza.

—Hamish no quiere la verdad. Quiere que nada cambie.

—Hamish quiere dormir tranquilo —replicó Agnes—. Pero nadie duerme tranquilo en el castillo Drummond. Nunca lo hemos hecho.

Se quedaron en silencio un rato. El único sonido era el viento golpeando contra los cristales y el lejano cambio de guardia en el patio inferior. Agnes no intentó consolarla. No era mujer de palabras suaves. Se limitó a estar allí, una presencia sólida en mitad del caos.

—El estofado de ayer estaba mejor —dijo la cocinera de pronto, rompiendo el hilo de tensión.

Sìle arrugó el entrecejo, sosteniendo el cuenco a medio camino de los labios.

—No hubo estofado ayer, Agnes. Ayer nadie comió nada que no fuera pan duro y sospechas.

—Ya lo sé —Agnes se puso en pie con un suspiro pesado—. Era lo único que se me ocurría decir para que dejaras de mirar esa ventana como si esperaras que el mundo se acabara. El mundo no se va a acabar hoy, Sìle. Mañana quizás sí, pero hoy todavía no.

La mujer se dirigió a la puerta, deteniéndose con la mano en el pomo.

—No abras a nadie que no sea Ruaridh o yo. El aire en los pasillos está cargado de algo que no es bruma.

Sìle asintió. Se quedó sola con el resto del brebaje caliente y el pan que empezaba a enfriarse. El amanecer se filtró finalmente por la ventana, tiñendo la habitación de un color ceniciento.

No había paz en la llegada del día. No había cierre.

Al otro lado de la puerta, el castillo Drummond estaba despierto, rumiando la caída de su consejero y la llegada de un hombre que no pedía permiso para mandar.

Sìle se llevó un trozo de pan a la boca, masticando despacio, sintiendo la textura basta del cereal.

Sabía que Ruaridh estaría en el patio o en el salón, gestionando la desconfianza de los hombres que compartían su sangre pero no su causa. Entendía que la lucha por el castillo acababa de entrar en su fase más sucia: la de la legitimidad.

Apretó el manto de Ruaridh, que todavía descansaba sobre el respaldo de su silla, y cerró los ojos un instante.

La noche había sido larga, pero lo que venía ahora iba a requerir algo más que un candelabro de hierro y una cocinera valiente.

Requeriría que el castillo Drummond decidiera, de una vez por todas, qué prefería ser: una jaula de secretos o un hogar para los vivos.

Y el precio de esa decisión, lo sabía bien, todavía no se había terminado de pagar.