CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Ethan
—Te has acostado con ella —dice Declan, en el mismo segundo en que cierro la puerta del coche.
No es una pregunta. Me mira por el retrovisor con esa cara insoportable de quien ya lo sabe todo y solo está esperando a que lo confirme, y me planteo muy en serio, por un instante, despedirlo.
Salvo que Declan no trabaja para mí. Veinte años de lealtad han convertido al cabrón en una institución, y las instituciones no se pueden despedir.
Simplemente siguen existiendo, opinando y dando por saco a jornada completa.
—Conduce —le digo.
—Conduzco y hablo al mismo tiempo, Ethan, son habilidades completamente independientes, soy un hombre de talento. —Se incorpora al tráfico de la mañana sin prisa—. ¿Y bien? ¿Cómo sabes que yo lo sé? No has dicho ni una palabra todavía.
—Tienes una cara.
—¿Yo? ¿Yo tengo una cara? El que tiene una cara eres tú, hermano. Te conozco desde hace veinte años y nunca te he visto esa cara. Tienes cara de… —busca la palabra, gesticulando con una mano en el aire— …de persona. De ser humano funcional. Es profundamente perturbador. Para ya mismo con eso.
No respondo, lo que para Declan equivale a una confesión completa, mecanografiada, firmada y legitimada ante tres notarios.
—Ay, tío. —Suspira hondo, y la broma empieza a irse de su voz—.
Ethan. Estamos a tres semanas de cerrar el cerco.
Hitchmore, la mujer de negro, toda la estructura financiera, los nombres, por fin lo tenemos todo en el punto de mira después de tres años.
Y tú, justo ahora, en la recta final, vas y te enamoras de la mujer que Conrad Hitchmore cree que debería haber sido suya.
Su nombre en la misma frase que el de Hitchmore me golpea como un puñetazo en el esternón.
—Cuidado con lo que vas a decir.
—Estoy teniendo cuidado. —Me mira un instante por el retrovisor, serio ahora—.
Hitchmore no perdió solo una puja aquella noche.
Los hombres como él no pierden nada, Ethan.
Registran la pérdida como una ofensa personal.
Quería a Carmen porque ella dijo que no sin abrir la boca.
Porque tú cerraste la mano antes que él.
Miro por la ventanilla. Chicago pasa gris, mojada y completamente indiferente a mi ruina, como toda ciudad demasiado rica para importarle la sangre que corre bajo el asfalto.
Declan tiene razón. Y es precisamente por eso por lo que fastidia tanto oírlo.
—Está merodeando —continúa Declan, más bajo—.
Preguntó por ella a dos hombres después de la subasta.
Mandó buscar el historial médico. Quiso saber quién la recomendó, cuánto necesitaba, en qué hospital está ingresada la hermana.
Eso no es curiosidad de cliente rechazado.
Es fijación. Y la fijación, cuando viene de un viejo rico y acostumbrado a comprar todo lo que respira, se convierte en peligro muy deprisa.
Mi mano se cierra despacio sobre el cuero del asiento.
Porque la verdad que admití a las cuatro de la madrugada, tumbado a su lado mientras Carmen respiraba hondo en el sueño por primera vez sin pesadilla, es lo más peligroso que he sentido en demasiado tiempo de una vida construida para no sentir nada: la amo.
No es deseo, que sabría administrar. No es cuidado, que conseguiría encuadrar como obligación.
Es amor, esa mierda completa, irreversible, sin marcha atrás, que arruina a los hombres por dentro y convierte la estrategia en punto débil.
Y un hombre enamorado comete errores. Duda medio segundo de más.
Protege lo que no debe en el momento que no debe.
Un hombre enamorado camina por la ciudad con su propio punto débil al descubierto.
—Hitchmore me mandó un mensaje anoche —digo—. Quiere una reunión. Privada, solo los dos. Dijo que tiene una «propuesta de negocios» para mí.
Declan se pone tenso al instante, y la broma muere sin derecho a velatorio.
—¿Eso es bueno o malo?
—Malo. —Cierro los ojos y apoyo la cabeza en el asiento—.
El tono del mensaje era demasiado cordial.
Casi elegante. Hitchmore solo se pone elegante cuando ya ha decidido dónde va a clavar el cuchillo.
No está intentando meterme dentro del círculo.
Está intentando medir cuánto significa Carmen para mí.
No le conté a Declan la parte que me dio ganas de cruzar la ciudad esa misma noche: junto al mensaje, Hitchmore adjuntó una foto granulada de Carmen en la gala, tomada de lejos, con el rostro girado de perfil.
El ángulo no era casual. La foto mostraba la curva del cuello.
Los rizos pelirrojos cayéndole sobre el hombro.
El tipo de encuadre que hace un hombre cuando no está observando una amenaza, sino eligiendo dónde quiere poner los dedos.
Una sola frase debajo:
Siempre se te ha dado fatal compartir los juguetes, Van Alen.
Borré el mensaje del teléfono y guardé la copia en el servidor seguro. No por estrategia. Lo hice por rabia, por miedo y por unas ganas casi animales de arrancar a Hitchmore del mundo antes de que aquel viejo tuviera la oportunidad de volver a decir su nombre.
—Ethan —dice Declan, y ahora no queda en él ni pizca de humor—. Quiere provocarte. Quiere que reacciones como un dueño. Quiere confirmar que ella es la vía más rápida de abrir una grieta en tu armadura.
—Lo sé.
—Si se da cuenta de que Carmen es tu centro, dejará de apuntarte a ti.
Se me cierra la garganta.
—Ya se ha dado cuenta.
El silencio que se instala en el coche es peor que cualquier respuesta.
—¿Y vas a ir? —pregunta Declan, por fin—. ¿A esa reunión?
—Voy a ir. —Abro los ojos y clavo la mirada en el techo del coche—.
Porque para eso me metí en este infierno hace tres años.
Porque Hitchmore está demasiado cerca de la caída como para que yo me eche atrás ahora.
Y porque, si cree que puede convertir a Carmen en trofeo, amenaza o venganza, necesito mirarlo a los ojos mientras descubre el tamaño exacto del error que ha cometido.
No termino. No hace falta. Declan ya lo ha entendido todo, y su cara en el retrovisor me dice que está más preocupado por mí ahora de lo que ha estado en veinte años de amistad y de operaciones peligrosas compartidas.