CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
Carmen
—Estás quemando el arroz otra vez.
Ethan mira la cazuela como si esta hubiera traicionado personalmente a la familia Van Alen.
—Técnicamente, estoy creando textura.
—Ethan, eso no es textura. Está quemado.
Vuelve la cara hacia mí, demasiado serio para ser un hombre en camiseta negra, descalzo y con una espátula en la mano.
—Una vez compré un restaurante entero.
—Eso no te capacita para cocinar.
—Me capacita para contratar a alguien que cocine.
—Pero entonces no tendría gracia.
—¿Te hace gracia verme fracasar?
Me acerco, le robo un trozo de zanahoria de la tabla y sonrío.
—Me hace gracia verte intentarlo.
Su expresión cambia. Despacio. La frialdad que un día le ocupaba la cara entera se derrite un poco por los bordes, en ese lugar peligroso entre la ternura y el hambre. Ethan apoya la espátula en la encimera, me atrae por la cintura y pega la boca a mi sien.
—Entonces sigo intentándolo.
Durante dos semanas, es eso lo que hace.
Se queda. Lo intenta. Aprende la forma absurda en que doblo los calcetines, finge no asustarse cuando Josie invade el ático con comida robada del Marlowe's, deja que Vivienne me llame para cotillear, y cuando sus hermanos se meten en mi vida,
acepta los memes incomprensibles de Gabe y no protesta cuando Theo me manda artículos médicos con frases subrayadas en amarillo.
Hasta Julian ha empezado a saludarme con media sonrisa.
—Tu familia me ha adoptado —digo, mientras Ethan rasca el fondo de la cazuela con una dignidad que ningún arroz quemado merece.
—Ellos no adoptan. Ellos rodean.
—Vivienne dice que necesito un abrigo decente antes del invierno.
—Eso significa que le caes bien.
—También ha dicho que a los nueve años tú te vestías como un pequeño banquero triste.
Cierra los ojos.
—Eso significa que le caes demasiado bien.
Me río, y la cosa es tan simple que casi me asusta.
El móvil me vibra en la encimera. Aparece el nombre de Sloane, y el corazón todavía me da un vuelco antes de recordar que no todas sus llamadas son una catástrofe.
Contesto con el manos libres.
—Si es para quejarte de la gelatina del hospital, estoy ocupada supervisando un crimen contra los carbohidratos.
—¿Está cocinando? —pregunta Sloane.
Ethan inclina la cabeza hacia el aparato.
—Me están atacando injustamente.
—Eso ha sido un sí. Carmen, parpadea dos veces si necesitas que te rescate.
—He sobrevivido a cosas peores.
—Yo también. Incluida la sopa de ayer. Pero tengo novedades. El doctor Adeyemi ha dicho «muy bien».
Dejo de respirar.
Ethan también se para.
—¿Ha dicho esas palabras? —pregunto.
—Las ha dicho. Y después ha puesto cara de médico arrepentido, como si el optimismo fuera una sustancia controlada.
Mi mano encuentra la de Ethan sin que yo la busque. Él cierra los dedos sobre los míos de inmediato, firme, cálido, presente.
—Muy bien es bueno —dice, y hay una ronquera extraña en su voz.
—Vaya, multimillonario y poeta —responde Sloane—. Estoy emocionada.
Me río con los ojos ardiendo.
—¿Te encuentras mejor?
—Me encuentro irritada, aburrida y con ganas de volver al instituto solo para quejarme de los deberes. Así que supongo que sí.
Ethan me mira como si esa frase le hubiera encendido una ciudad entera dentro del pecho.
—Cuando salgas, hacemos otro pícnic —dice.
—¿Prometido?
—Prometido.
Después de colgar, me quedo mirando el móvil. Ethan no me mete prisa. Solo me pasa el pulgar por los nudillos, como si supiera que todavía hay partes de mí esperando la versión mala de la palabra estable.
—Está mejor —digo, muy bajito.
—Lo está.
—De verdad.
—De verdad.
—Esto parece una relación —digo antes de pensarlo.
Su boca casi sonríe.
—¿Lo parece?
—Arroz quemado, la llamada de mi hermana, tu tía abuela amenazándome con cachemir… tiene una estructura.
—Yo no sé tener una relación, Carmen.
—Lo he notado por el arroz.
Me atrae más cerca.
—Pero quiero aprender.
La broma se me desvanece en la garganta.
—¿Quieres?
—¿Contigo? Sí. Quiero aprender dónde guardas las tazas.
Quiero saber qué película finges odiar y ves cuando estás triste.
Quiero discutir sobre comida, recoger a tu hermana en el hospital, oír a Josie insultarme y descubrir, cada día, una manera nueva de hacerte reír antes de que tu cabeza empiece a contar tragedias.
Trago saliva.
—Eso ha sido peligrosamente bonito.
—No se lo cuentes a nadie. Tengo una reputación.
—¿De hombre emocionalmente roto?
—De hombre eficiente.
—El estreñimiento emocional se te da muy bien.
Se ríe. De verdad. Bajo, sorprendido, como si el sonido aún no tuviera la costumbre de existir en él.
Y pienso, con una fuerza casi absurda, que quizá la felicidad sea esto: una cocina, una cazuela perdida, una hermana mejorando y un hombre peligroso riéndose porque yo he conseguido arrancarle algo vivo.
Entonces vibra el móvil de Ethan.
El cambio es pequeño. La cara no se cierra del todo, no como antes. Pero una sombra la cruza. Lee la pantalla, aprieta la mandíbula y se guarda el aparato.
—¿Trabajo? —pregunto.
—Una reunión.
El pecho se me encoge antes de que pueda impedirlo.
Él lo nota. Claro que lo nota.
—No estoy huyendo —dice, antes de que yo pregunte.
—No he dicho que lo estuvieras.
—Pero lo has pensado.
Bajo la mirada.
Ethan me sujeta la barbilla con dos dedos, sin fuerza, solo presencia.
—Vuelvo para cenar. Aunque sea tarde. Aunque el arroz pida una orden de alejamiento contra mí. Vuelvo.
—¿Prometido?
—Carmen. —Sus ojos se ponen serios de una forma que me desarma—. Salgo de esta casa pensando en volver a ti.
No es una declaración de amor.
Quizá sea peor.
Me besa antes de irse. Sin prisa. Sin culpa. Como si dejara una parte de sí conmigo.
Cuando la puerta se cierra, el ático parece más grande, pero no vacío. Por primera vez desde que murió mi padre, pertenezco a algún sitio. Tengo gente. Tengo una hermana mejorando. Tengo una familia que ha ido llegando de forma inesperada, ruidosa, rica, rara y peligrosamente mía.
**
Sloane me llama otra vez para avisarme de que han cambiado la hora de una prueba. Estoy en el despacho de Ethan porque ahora puedo entrar ahí. Porque él mismo dijo, hace unos días, ponte cómoda, también es tu casa, y mi corazón idiota guardó la frase como una llave.
Busco un bolígrafo en el cajón de arriba del escritorio.
No encuentro ningún bolígrafo.
Encuentro una carpeta.
Gruesa. Sin etiqueta. Sin nombre. Demasiado discreta, del tipo que grita secreto.
No debería abrirla. Lo sé con cada célula del cuerpo. Pero soy, según el testimonio unánime de todas las personas que han tenido el disgusto de quererme, genéticamente incapaz de ignorar una carpeta sin nombre.
La abro.
Y el mundo bueno, recién nacido, deja de respirar.
La primera página es un informe sobre mí. Mi nombre completo. Mis dos trabajos, con los horarios exactos de entrada y salida. El nombre de Sloane. Su habitación en el Saint Brigid. El protocolo. El coste del tratamiento. La colecta online. El coche de mi padre, con el nombre del comprador. Josie.
Todo.
Cada trozo de mi vida desesperada, fichado.
Y en las páginas siguientes, otro nombre se repite tantas veces que empieza a saltar de la hoja: Conrad Hitchmore.
Un perfil entero sobre él. La puja que hizo por mí aquella noche.
Su obsesión, descrita en lenguaje técnico y por eso aún más repugnante, como quien cataloga el comportamiento de un animal peligroso.
Frases subrayadas. «Hitchmore registró la pérdida como una ofensa personal.»
«Hitchmore sigue sondeando el paradero de la chica.»
Y entonces, helándome la sangre, la observación que alguien escribió como si fuera pura lógica de tablero: «Van Alen tiene ahora exactamente lo que Hitchmore quiere.»
Más al fondo, sujeta con un clip al margen de ese informe, hay una hoja con tres palabras en una letra que no es la de Ethan, pero está dentro de su cajón.
«La Rosa Roja: activo emocional contra Hitchmore.»
La leo una vez. Dos. Diez.
La carpeta me tiembla en las manos.
Y, por primera vez en dos semanas, el ático vuelve a parecer una puerta que quizá hayan cerrado con llave desde fuera.