CAPÍTULO VEINTINUEVE
Carmen
La nota de esta mañana es distinta a todas las demás que he recibido en esta casa.
No habla de gala, ni de cena, ni de ropa formal ni de un horario con punto final de frase. No trae instrucciones sobre joyas, sobre apellidos que no puedo pronunciar en voz alta ni sobre sonrisas que tengo que fingir.
Solo trae una frase, escrita con esa caligrafía rectísima de quien nunca ha dejado que ni la letra A saliera sin autorización:
Hoy te he despejado el día. Ponte algo cómodo. Paso a por ti a las 9.
Fdo.: E.
Me quedo mirando el papel un buen rato, profundamente recelosa, porque «cómodo» y «Ethan Van Alen» son dos cosas que nunca imaginé en la misma frase sin combustión espontánea. Cómodo, para él, seguramente significa una corbata que no corta la circulación.
También me da recelo lo de «despejado». Como si mi día fuera una habitación cerrada con llave y él hubiera encontrado la llave. Debería estar cabreada por eso. Lo estoy. Un poco. Pero hay otra cosa por debajo, una cosa suave y peligrosa que no quiero nombrar antes del café.
A las nueve en punto aparece sin traje.
Eso, ya de por sí, debería ser titular de portada.
Pantalón oscuro, jersey gris, abrigo sencillo, el pelo un poco revuelto y esa expresión indescifrable que me dan ganas de sacudirlo por los hombros y exigir subtítulos. Sin corbata. Sin gemelos. Sin el uniforme de hombre que compra el silencio del mundo antes de comer.
Parece casi humano.
Lo cual es profundamente inconveniente.
—¿Adónde vamos?
—A recoger a alguien.
—Odio las sorpresas.
—Lo sé.
—Saberlo no lo hace menos delictivo.
La comisura de su boca amenaza con una sonrisa.
Me abre la puerta del coche. Entro intentando no fijarme en el cuidado automático del gesto, porque últimamente ya me he fijado en demasiadas cosas de él y mi corazón anda guardando pruebas contra mí misma.
El coche para en la parte de atrás del Saint Brigid, cerca de una salida lateral que ni sabía que existía. Antes de que el pánico termine de subirme por la garganta, Ethan me sostiene la mirada.
—Está bien. El doctor Adeyemi le ha dado cuatro horas, con mascarilla, silla por si se cansa, la medicación en la bolsa térmica, comida aprobada y una enfermera a dos manzanas fingiendo que no nos sigue.
—¿Cuatro horas de qué?
La puerta automática se abre.
Sloane aparece primero, con un gorro burdeos, la mascarilla puesta y los ojos brillando por encima de ella, sentada en una silla de ruedas como una reina exiliada que vuelve al trono. Detrás, empujando la silla con la delicadeza de un carrito de supermercado en oferta, viene Josie.
Josie lleva una bufanda morada absurda, unas gafas de sol demasiado grandes y una expresión de guardaespaldas contratado por error para proteger a una famosa adolescente.
—SORPRESA —susurra Josie demasiado alto, porque los hospitales convierten hasta un grito en delito administrativo.
Y entonces Sloane dice:
—Y antes de que empieces: sí, me he lavado las manos, me he echado alcohol, me he hecho el test, he firmado un papel que da miedo y he prometido no lamer ninguna barandilla.
Me llevo la mano a la boca.
—Sloane.
—No llores —me advierte—. He pasado veinte minutos eligiendo este gorro para parecer casualmente viva, no me fastidies la entrada dramática.
Y entonces lloro igualmente.
Ethan, como era de esperar, entra en pánico silencioso.
Se queda inmóvil medio segundo, como si alguien le hubiera puesto un arma emocional en la mano y se hubiera olvidado de entregarle el manual.
Josie me abraza de lado, Sloane me tira de la manga con sus dedos finos, y por un segundo no sé dónde meter tanto alivio.
Está fuera.
No libre, no curada, no de una manera que permita olvidar las pruebas y los números y las palabras médicas que muerden. Pero fuera. Respirando aire que no ha pasado por un filtro de hospital. Viendo cielo de verdad.
—¿Adónde? —pregunto, con la voz quebrándose.
—Día de verdad —dice Sloane, señalando a Ethan como si fuera acusado y testigo al mismo tiempo—. Fue idea suya. Yo habría dicho «secuestro supervisado», pero él tiene dinero, así que todo el mundo lo llamó logística.
Ethan abre la puerta del coche.
—Lincoln Park Conservatory. Cerrado durante dos horas. Después el lago. Después hamburguesas. Después ella vuelve antes de la medicación de las cuatro.
—¿Has cerrado un jardín botánico?
—Técnicamente, he hecho una donación.
—Claro. Porque la gente normal compra una entrada. Tú compras el concepto de silencio público.
—Funciona mejor.
Sloane suelta una risita que se transforma en una tos corta. Todos nos quedamos congelados. Ella levanta un dedo, irritada.
—Como alguien ponga cara de funeral, me vuelvo dentro por berrinche.
Nadie la pone.
En el jardín botánico huele a tierra mojada, a cristal caliente y a hojas enormes goteando agua.
La luz atraviesa el techo de cristal en pedazos dorados, posándose en los helechos, en los bancos de hierro, en el gorro color vino de Sloane.
Parece un lugar construido para personas que todavía creen en crecer.
Sloane insiste en levantarse de la silla unos minutos, solo unos pocos, agarrada a mi brazo por un lado y al de Josie por el otro, mientras Ethan camina detrás como si pudiera intimidar a la gravedad para que no la roce.
—¿Siempre anda así? —murmura Josie—. ¿Como viuda rica en el entierro de un enemigo?
—Siempre.
—Sexy y preocupante.
—Josie.
—¿Qué? Soy familia. La familia comenta.
La palabra me golpea de una manera inesperada.
Familia.
Yo siempre dije que la familia éramos Sloane y yo.
Dos contra el mundo, dos manos sujetando la misma cuerda.
Pero Josie está ahí, colocándole la manta en el regazo a mi hermana como si hubiera nacido para eso, peleándose con el viento, con las plantas, con Ethan y con el cielo y la tierra, si hace falta.
Amenaza con denunciar a una corriente de aire y llama «planta creída» a una orquídea rara, haciendo que Sloane se ría por detrás de la mascarilla hasta que se le humedecen los ojos.
Y Ethan está a tres pasos, fingiendo que no forma parte de la escena que él mismo ha organizado hasta el último detalle.
Se acuerda de la hora de la medicación antes que yo. Sabe dónde está la botella de agua, el abrigo de más, la barrita de proteínas sin sabor que Sloane odia y el chocolate que, estoy segura, el doctor Adeyemi no ha aprobado oficialmente, pero que aparece en su bolsillo como contrabando emocional.
—¿Soborno médico? —pregunto, bajito.
—Para levantarle el ánimo.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
Sloane roza una hoja gigante con la punta del dedo.
—Se me había olvidado que el verde tenía olor.
Aquello me rompe en sitios pequeños.
Ethan lo oye. No dice nada. Solo la mira con una seriedad callada, como si esa frase acabara de entrar en alguna lista interna de cosas que nunca va a permitir que ella pierda otra vez.
Cuando salimos, el viento del lago corta de frío, pero Sloane levanta la cara hacia él como si fuera el sol. Josie nos hace una foto a Sloane, a Ethan y a mí; luego apunta la cámara hacia Ethan.
—Una sonrisa, Van Alen. Pareces acusado de asesinato.
Él pone los ojos en blanco.
Pero posa.
Solo un poco.
Lo suficiente para que Sloane vuelva a reír. No la risa floja de hospital, entrenada para no preocupar. Una risa de verdad. Pequeña, cansada, pero suya.
—El mejor día —susurra.
Miro a Ethan.
No está mirando el lago.
Me está mirando a mí.
Y comprendo, con un golpe sordo y definitivo en el pecho, que ya no estoy empezando a caer.
Ya caí hace tiempo.
Solo necesité ver a mi hermana sonriendo fuera de una cama de hospital para admitir el tamaño de la caída.