La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO VEINTIOCHO
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CAPÍTULO VEINTIOCHO

Ethan

Mi padre elige el restaurante de siempre, la mesa de siempre, la del rincón, de espaldas a la pared y de cara a la puerta, porque Lawrence Van Alen jamás en su vida se ha sentado en un sitio desde el que no pudiera ver quién entra. Eso lo aprendí de él. Casi todo lo aprendí de él.

—Tienes cara de cansado —es lo primero que dice, antes incluso de que me siente, y hay en su voz esa preocupación contenida, masculina, de padre que no sabe preguntar las cosas de frente—. ¿Estás durmiendo?

—Lo suficiente.

—Mentira. —Sonríe, y su sonrisa es algo raro y caro, dado con cuentagotas, que me pasé la infancia entera intentando merecer—.

No has dormido lo suficiente ni un solo día de tu vida.

Desde niño. Yo entraba en tu cuarto de madrugada y estabas con los ojos abiertos.

—Despliega la servilleta con ese cuidado metódico de quien nunca hace un movimiento en balde—. Tu madre era igual.

Y ahí está. Lo hace. Suelta su nombre, o casi su nombre, en mitad de una frase corriente, como quien deja caer una moneda a propósito solo para ver si me agacho a recogerla. Yo siempre me agacho.

—Casi nunca hablas de ella —digo.

—Porque duele, Ethan. —Me mira, y por un segundo sus ojos, tan parecidos a los míos, se vuelven más viejos—.

Incluso después de todos estos años. Uno no elige lo que le duele.

—Bebe un sorbo de vino, despacio—. Yo saqué a tu madre de un sitio muy malo.

Eso lo sabes. Nunca te di los detalles porque eras un crío, y luego eras un hombre con demasiada rabia para escuchar los detalles sin hacer alguna tontería.

Pero la saqué de allí. Le di una buena vida, una casa, cuatro hijos. Hice todo lo que un hombre podía hacer.

—Y aun así se marchó.

—Y aun así se marchó. —No aparta la mirada, y eso lo admiro en él, siempre lo he admirado, el valor de mirar de frente las cosas que no tienen arreglo—.

Hay heridas que uno no alcanza, hijo. Por mucho que ame.

Por mucho que lo intente. Tu madre cargaba con una de esas, y yo pasé más de veinte años con la mano tendida sin conseguir jamás tocar donde le dolía.

—Deja la copa—. No cometas el mismo error que ella.

No dejes que una herida vieja decida tu vida entera.

Es un consejo bonito. Es un consejo de padre. Y me trago cada palabra, igual que me las he tragado toda la vida, porque es mi padre, y porque enterró a la mujer que amaba, y porque los hombres como nosotros dos no tenemos a mucha gente en el mundo ante quien bajar la guardia.

El camarero se acerca, apunta, desaparece. Mi padre espera a que se vaya, siempre espera, y solo entonces vuelve a hablar.

—Me han contado una cosa curiosa. —El tono es ligero, casual, el tono que usa para las cosas que no son ni ligeras ni casuales—. Que apareciste en la gala de Vivienne con una mujer del brazo. Pelirroja. Y que tu tía, que no le cae bien nadie, se pasó la noche riéndose con ella.

—Una asistente.

—Ah. —Sonríe de nuevo, y esta vez hay un punto de diversión—.

Una asistente. Claro. —Me estudia un instante, del modo en que estudia un balance financiero, buscando el número que no cuadra—.

Yo te crié, Ethan. Conozco tu cara de cuando una cosa es solo negocio, y esta no lo es.

—Una pausa milimétrica—. ¿Cómo se llama?

Y titubeo. Es menos de un segundo, es casi nada, pero titubeo antes de darle su nombre a mi padre, y no sé por qué.

Nunca le he ocultado nada. Es el hombre que me enseñó que un secreto entre aliados es el primer clavo del ataúd.

Y aun así, por una fracción de latido, algo dentro de mí cierra la mano en torno a su nombre como quien protege una llama del viento.

—Carmen —digo, por fin. Solo el nombre.

—Carmen —repite, y su nombre en su boca me provoca un escalofrío que no consigo explicarme ni a mí mismo—. Bonito. —Vuelve a centrar la atención en el vino, y el tema parece morir ahí, tan casual como nació—. Cuidado con una mujer que hace reír a Vivienne, hijo. Suelen ser las peligrosas.

Se ríe al decirlo, y yo me río con él, porque es una broma, porque es mi padre, porque es una noche corriente de jueves entre un hombre y el padre que lo crió.

Y no sabría decir por qué el escalofrío se queda.

La broma pasó, la conversación ya siguió hacia otra cosa, ya han vuelto a llenarme la copa, y aun así algo pequeño y frío sigue ahí, alojado en la base de mi nuca, sin nombre y sin explicación.

Miro a mi padre cortar la carne con esa precisión metódica de siempre y no encuentro nada raro en su rostro.

Nada. Solo el hombre que me crió, sólido y familiar al otro lado de la mesa.

Decido que es cansancio. Duermo mal, ya lo he dicho.

El cansancio se inventa fantasmas donde no los hay.

Termino la cena con mi padre, dejo que pague la cuenta porque se empeña, y lo abrazo en la acera antes de que cada uno se vaya a su coche. Me estrecha fuerte, con las dos manos, como me ha estrechado siempre.

—Estoy orgulloso de ti —dice, bajito, al oído—. Lo sabes.

—Lo sé, papá.