La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO VEINTISIETE
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CAPÍTULO VEINTISIETE

Carmen

No consigo dormir después de la cena.

Lo cual, teniendo en cuenta mi historial, no es precisamente una noticia capaz de hacer temblar a la ciencia moderna.

Pero esta vez es distinto. No es miedo a una factura atrasada, al hospital, a una prueba, a la fiebre, a un recibo, a un turno doble ni a ninguna de las tragedias que suelen turnarse en mi cabeza durante la madrugada.

Es Ethan.

Lo cual es mucho peor, porque las facturas al menos tienen números. Ethan Van Alen no tiene ninguna lógica.

Me quedo tumbada en la habitación de invitados del ático, mirando el techo perfecto, sin una sola mancha de humedad que contar, pensando en la cena como quien vuelve a la escena de un crimen buscando la huella dactilar que se le escapó en el primer rastreo.

He visto a Ethan con su familia.

No al Ethan que entra en las salas y hace que el aire pida perdón por ocupar espacio.

No al Ethan de trajes oscuros, órdenes en voz baja y amenazas que parecen firmadas ante notario.

He visto a otro. Un hombre que aguanta a Gabriel diciendo tonterías con una paciencia homicida, que le responde a Theo con un respeto silencioso, que observa a Julian como si consiguiera oír lo que su hermano no dice, que obedece a Vivienne aunque finja que no.

Un hombre amado.

Esa es la parte peligrosa.

Es fácil mantener las distancias con un hombre que da miedo.

Es prácticamente mi deporte olímpico particular.

Lo difícil es mantener las distancias con un hombre que da miedo y que, cuando cree que nadie lo mira, acerca discretamente la copa de Vivienne a la mano de ella.

Que escucha a su hermano pequeño hablar poco como si cada palabra valiera oro.

Que se cabrea cuando Gabriel flirtea conmigo, no de esa forma asquerosa de posesión, sino de esa forma absurda, casi adolescente, de quien no quiere admitir que está celoso.

Y, lo peor de todo, es que me caen bien.

Dios me perdone, me cae bien una familia multimillonaria con cubiertos que probablemente tengan apellido.

A las seis y pico de la mañana renuncio oficialmente a la mentira del sueño, me ducho y me voy al Saint Brigid. Ethan no pregunta. Solo aparece en la puerta de la cocina cuando oye el ruido de mi mochila, ya demasiado vestido para la existencia humana a esa hora, y dice:

—El coche está esperando.

Solo eso.

En el hospital, Sloane está sentada en la cama, con un gorro amarillo torcido en la cabeza y la tablet apoyada en las piernas, viendo un vídeo de una mujer que enseña a hacerse el delineado como si aquello fuera una habilidad esencial para sobrevivir al apocalipsis.

—Has llegado pronto —dice, entornando los ojos—. Sospechoso.

—Buenos días a ti también, pequeña investigadora criminal.

Baja la tablet.

Y es entonces cuando lo veo.

Color.

No mucho. No el tipo de color que haría a un médico entrar bailando con los resultados impresos, porque los médicos no bailan y, cuando sonríen demasiado, tiendo a desconfiar.

Pero hay un tono rosado muy leve en sus mejillas.

Una pequeña presencia de vida donde antes solo existía esa palidez grisácea de sábana lavada demasiadas veces.

El mundo se detiene un segundo.

Todo. El ruido de los monitores, los pasos en el pasillo, la tele baja de la habitación de al lado, mi propia respiración. Todo se queda lejos.

Cruzo la habitación y le sujeto la cara con las dos manos antes de poder fingir cualquier normalidad.

—¿Qué pasa? —pregunta Sloane, haciendo una mueca—. ¿Otra vez tengo cara de fantasma?

—No.

Me sale la voz más pequeña de lo que debería.

—Tienes cara de ti misma.

Se queda callada.

Sloane tiene quince años y la irritante capacidad de captar cuándo una frase lleva demasiadas cosas dentro. Se le suavizan los ojos un segundo, solo uno, antes de ponerlos en blanco para salvarnos a las dos del sentimentalismo fatal.

—Madre mía, qué horror. Yo que creía que estaba empezando a tener cara de famosa misteriosa ingresada bajo nombre falso.

—Tienes cara de adolescente insoportable con un gorro amarillo delictivo.

—Entonces estoy curada.

—Tranquila, milagro médico. Todavía no vamos a tatuarlo en la frente.

Sonríe.

Sonríe de verdad.

Y siento que algo dentro de mí cede.

No es grande. No es cinematográfico. Ningún coro de ángeles entra por la ventana del Saint Brigid, entre otras cosas porque el hospital probablemente cobraría un suplemento por manifestación celestial. Pero algo en mí, una parte que lleva meses encogida, quizá años, levanta la cabeza despacio.

Quizá todo esto merezca la pena.

La frase me asusta en cuanto aparece.

Todo esto.

La subasta. La máscara. El escenario. El miedo. Ethan entrando en mi vida como una tormenta con traje hecho a medida. El ático frío. Los guardaespaldas. Las mentiras. El contrato. El roce que no se permite. Los besos que no debería darme. El lago. La cena.

Todo.

Si ese color mínimo en la cara de mi hermana es el resultado, si esa pequeña sonrisa es la prueba, entonces lo volvería a hacer. Que Dios me ayude, lo volvería a hacer.

—Carmen —dice Sloane.

—¿Mmm?

—Estás poniendo esa cara.

—¿Qué cara?

—La cara de quien está pensando algo dramático y va a intentar disimularlo con sarcasmo dentro de tres segundos.

—Yo no tengo esa cara.

—Tienes un catálogo entero de esa cara.

—Estás demasiado descarada para ser alguien en pijama de patitos.

—Y tú estás muy… —Ladea la cabeza, analizándome con esos ojos de nuestro padre, demasiado afilados, demasiado tiernos—. Distinta.

Se me hunde el estómago.

—¿Distinta cómo?

—No sé. Menos rota por los bordes.

Aquello duele más de lo que debería.

—Eso ha sido demasiado poético. Devuélveme a mi hermana ahora mismo.

—En serio. —Me toca la mano, con los dedos todavía finos, pero más firmes que antes—. ¿Es él?

No necesito preguntar quién. Lo cual, de por sí, es una tragedia.

—No empieces.

—Ah, es él.

—Sloane.

—Solo con nombrarlo ya pareces que sonríes por dentro.

—No estoy sonriendo por dentro.

—Que sí. Y te da miedo, lo cual es muy típico de ti. Me salvas la vida cargándote tu propia paz trabajando para un hombre peligroso y ahora te entra el pánico porque a lo mejor él es amable contigo. Menudas prioridades tan fascinantes.

Me quedo mirándola.

—Tienes quince años. No deberías ser tan irritantemente perspicaz.

—El hospital es aburrido. Desarrollo habilidades.

Después de comer, insiste en caminar por el pasillo. La enfermera lo aprueba con esa expresión cuidadosa de quien llama maratón a tres metros para no desanimar al paciente, y yo empujo el soporte del suero mientras Sloane camina a mi lado, despacio, con zapatillas peludas y un exceso de dignidad.

Hay veintisiete pasos hasta el acuario.

Los cuento.

Veintisiete pasos, dos pausas, una queja sobre el olor a desinfectante y tres amenazas contra la sopa del hospital. Se para ante los peces de colores al fondo del pasillo como si hubiera cruzado un continente.

—No llores —avisa, sin mirarme.

—No estoy llorando.

—Tu voz está llorando.

—Mi voz es alérgica a los hospitales.

—Ya, ya.

Apoya la frente con suavidad en el cristal del acuario.

—Quiero conocerlo bien.

El corazón me da un traspié.

—¿A Ethan?

—No, al pez naranja. Pues claro que a Ethan.

—¿Por qué?

—Porque alguien que te pone esa cara tiene que pasar la evaluación de la familia.

—La familia soy yo.

Vuelve la cara hacia mí, pálida, cansada, viva.

—Yo también.

Trago saliva.

—Sí. Tú también.

Sloane vuelve a mirar los peces.

—Y, ¿Carmen?

—¿Qué?

—No lo estropees todo solo porque tienes miedo.

Casi me río. Casi.

Pero el color en su cara sigue ahí, frágil y real, y por primera vez en mucho tiempo el futuro no parece una puerta cerrada en mis narices. Parece un pasillo de hospital demasiado largo, demasiado iluminado, con una niña testaruda caminando despacio a mi lado.

Le aprieto la mano.

—Lo intentaré.

—Guau. Eso, viniendo de ti, es prácticamente una declaración jurada.

—Aprovéchalo, porque no lo voy a repetir.

Vuelve a sonreír.

Y decido, allí, ante un acuario feo en el pasillo de pediatría del Saint Brigid, que quizá sobrevivir no sea lo único que le debo a Sloane.

Quizá también le deba la decisión de vivir de verdad.

Aunque eso signifique mirar a Ethan Van Alen y admitir, en algún lugar muy secreto dentro de mí, que ya estoy cayendo.

Y que, esta vez, quizá no quiera que me salven antes de tocar el suelo.