CAPÍTULO VEINTICUATRO
Carmen
Ethan me besa.
No como en el coche. No con aquella desesperación casi culpable.
Ese beso empieza lento, profundo, tan controlado que llega a ser cruel.
Como si me estuviera probando, poniéndome a prueba, dándome tiempo para cambiar de idea.
No cambio. Mi mano sube hasta su nuca, los dedos se hunden en el pelo oscuro, y cuando tiro un poco, él suelta un sonido grave contra mi boca.
Ese sonido acaba conmigo.
Me atrae más hacia él por la cintura, y yo voy.
Sin pensar. Sin contar. Sin calcular. La chaqueta se me desliza de los hombros y cae al muelle, olvidada.
El frío desaparece. O quizá siga existiendo, pero ya no me alcanza.
Solo existe su boca, caliente, firme, su lengua rozando la mía de una forma lenta y sucia que convierte el beso en una promesa indecente, mientras su sabor delicioso me invade.
La mano en mi cadera aprieta.
Jadeo contra su boca.
Ethan se detiene.
—¿Todavía quieres? —pregunta, con la voz áspera.
Casi me río, sin aire.
—Como me lo preguntes otra vez, te tiro al lago.
Algo parecido a una sonrisa le cruza la boca.
—Es una respuesta pésima.
—Es la más honesta que tengo a estas horas de la madrugada.
Me mira durante un segundo demasiado largo.
Después, con una facilidad que me deja sin aliento, me coge por la cintura y me sienta sobre el borde más ancho del muelle, de frente a él.
La madera fría me roza la parte de atrás de los muslos.
Se queda entre mis rodillas, sin forzar el espacio, solo ocupando el que le abro.
Y yo abro.
Esa certeza me marea.
Ethan mira hacia abajo, hacia el lugar donde mis piernas rodean su cuerpo, y los ojos se le oscurecen tanto que el azul casi desaparece.
—Joder, Carmen.
Debería responder. No puedo.
Inclina la cabeza y me besa el cuello.
Su boca ahí es una condena. Caliente, lenta, lo bastante húmeda para hacerme cerrar los ojos.
La barba me araña la piel y ladeo la cabeza sin darme cuenta, ofreciendo más.
Él lo acepta con un sonido grave, hambriento, y recorre con la boca la línea de mi garganta, el punto donde el pulso me late demasiado rápido, el hueso de la clavícula que la camiseta deja al descubierto.
Su mano sube por mi costado, por encima de la tela, hasta detenerse debajo del pecho.
Se para.
Espera.
Cubro su mano con la mía y la empujo hacia arriba.
Él suelta el aire entre los dientes.
—Vas a matarme.
Su palma me cubre el pecho por encima de la camiseta, y la tela fina no protege nada. Nada. El calor de su mano la atraviesa. El peso. La presión. El pulgar pasa despacio sobre el pezón endurecido, y me muerdo el labio con tanta fuerza que casi me duele.
—No hagas eso —dice.
—¿El qué?
—Contener el sonido.
Me arde la cara.
—Estamos fuera.
—No hay nadie aquí.
—Estás tú.
Su mirada sube hasta la mía.
—Exacto.
Entonces me besa de nuevo, tragándose el pequeño gemido que se me escapa cuando su pulgar repite el movimiento.
Mi mano se cierra en su camiseta. La tela se arruga bajo mis dedos.
Siento su pecho duro, su calor, la fuerza demasiado controlada de un hombre que podría dominarme con facilidad y, aun así, está esperando cada permiso mío como si fuera ley.
Eso me deja más mojada de lo que me dejaría cualquier agresividad.
Porque podría tomar.
Pero no toma.
Y eso hace que quiera dar todavía más.
Su mano baja despacio por mi cintura, por mi cadera, hasta el borde del pantalón corto.
Se para otra vez.
Casi suelto un taco.
—Carmen.
—Sí.
—Mírame.
Lo miro.
Es difícil. Respiro por la boca, demasiado acalorada, demasiado expuesta, con las piernas abiertas a su alrededor y la cabeza llena de todo menos de prudencia.
—Voy a tocarte —dice, bajo, cada palabra medida y sucia—. Y si en cualquier momento no quieres más, lo dices. Yo paro. Al instante. Sin preguntas, sin culpa, sin discusión.
El corazón me late tan fuerte que parece obsceno.
—Lo sé.
—Di que lo sabes.
—Lo sé, Ethan.
Su mano se cuela bajo el pantalón corto.
Me olvido del mundo.
Sus dedos encuentran primero la cara interna de mi muslo, y solo eso ya casi me parte en dos.
Sube despacio, como si tuviera toda la noche por delante, como si no estuviera tan destrozado como yo, aunque su respiración pesada diga otra cosa.
Cuando los dedos pasan sobre la tela húmeda de las bragas, se queda inmóvil un segundo.
Apoya la frente en la mía.
—Joder —susurra—. Estás empapada.
La vergüenza intenta subir. El deseo la quema por el camino.
—Culpa tuya.
Su risa sale baja, ronca, casi sin humor.
—Cargaré con esa culpa con mucho gusto.
Y entonces me toca.
De verdad.
Por encima de la tela primero. Un movimiento lento, firme, circular, justo donde mi cuerpo lo lleva pidiendo desde el salón del ático.
Me agarro a sus hombros, porque el placer sube demasiado rápido, demasiado luminoso, casi violento.
Su mano libre me sujeta la nuca, no para retenerme, sino para mantenerme ahí, frente contra frente, respiración contra respiración, mientras la otra mano aprende mi cuerpo con una precisión indecente.
—¿Así? —pregunta.
Intento responder. Me sale un sonido que no es una palabra.
Sus dedos van más despacio.
—Palabras, Carmen.
Abro los ojos, jadeante.
—Sí. Así. No pares.
Su expresión cambia. Hambre. Orgullo. Algo oscuro y masculino que me hace apretar el vientre todavía más.
—Buena chica.
Alzo un poco las caderas y Ethan me baja el pantalón corto despacio, primero por una pierna y luego por la otra. El roce de sus manos me arranca un gemido.
Él se da cuenta.
Claro que se da cuenta.
—Esto te ha gustado.
—Cállate.
—No.
Sus dedos apartan la tela de las bragas, y cuando tocan mi piel directamente, pierdo el aire por completo.
La sensación es más caliente, más íntima, más real que cualquier cosa que haya hecho yo sola pensando en él.
Su mano es firme, cuidadosa y absolutamente devastadora.
Toca como conduce, como habla, como entra en las salas: con control.
Solo que ahora ese control está entre mis piernas, y no tengo la menor posibilidad de sobrevivir con dignidad.
—Ethan.
El nombre sale roto.
Su mano se vuelve más lenta, más precisa.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
—Sí. —Su boca roza mi oído—. Sé exactamente lo que te estoy haciendo.
Mi cuerpo se tensa. Las caderas se mueven contra su mano antes de que pueda impedirlo. Él suelta un sonido grave, casi un gruñido, y me besa de nuevo, profundo, mientras los dedos siguen llevándome cada vez más cerca de un lugar donde no consigo pensar.
El lago golpea contra la madera.
El viento pasa entre los árboles.
Las estrellas siguen ahí arriba, testigos indecentes.
Y yo estoy en el muelle, en plena madrugada, con Ethan Van Alen entre mis piernas, su mano dentro de mis bragas, tocándome como si cada reacción mía fuera algo precioso y peligroso al mismo tiempo.
El placer crece demasiado rápido.
Intento cerrar las piernas por instinto, asustada por la intensidad, pero su cuerpo está ahí, entre ellas, sólido. Su mano libre baja hasta mi rodilla.
—No huyas —murmura contra mi boca—. Quédate conmigo.
Eso me deshace.
No la caricia en sí.
La frase.
Quédate conmigo.
Como si supiera que me he pasado años huyendo de todo por dentro, incluso cuando me quedaba. Como si supiera que el placer también asusta cuando una está demasiado acostumbrada a sobrevivir.
Me quedo.
Me agarro a su camiseta, apoyo la frente en su hombro y me dejo llevar.
Sus dedos aceleran solo un poco, presión perfecta, ritmo perfecto, y mi cuerpo sube, sube, sube hasta que ya no hay aire, ni pensamiento, ni miedo. Solo calor. Solo Ethan. Solo su mano sujetándome en el sitio mientras me rompo entera.
Cuando llega el orgasmo, le muerdo el hombro para no gritar.
Ethan se estremece.
Lo noto en todo su cuerpo. En el pecho, en los brazos, en cómo la mano entre mis piernas sigue hasta que se desvanece la última oleada, más suave ahora, ayudándome a volver en lugar de arrancarme más.
Tardo en abrir los ojos.
Cuando los abro, me está mirando como si acabara de ver algo que no debería tener derecho a ver.
No sé si quiero esconderme o besarlo hasta que olvide su propio nombre.
Elijo la segunda opción.
Atraigo su cara hacia la mía y lo beso. Sin ninguna delicadeza. Sin estrategia. Solo con el hambre que se ha quedado, aumentada, imposible, viva. Él responde durante dos segundos. Tres. Su mano sale de dentro de mis bragas y vuelve a mi cintura, apretándome contra él.
Lo noto.
Está empalmado. Mucho.
La prueba de su deseo contra mí enciende algo nuevo, feroz, casi posesivo. Mi mano baja por su pecho, por el abdomen firme, hasta la cinturilla del pantalón.
Él me sujeta la muñeca.
Rápido.
Firme.
—No.
La palabra cae entre nosotros como una piedra.
Me quedo quieta, jadeante, con la muñeca atrapada en su mano.
La vergüenza intenta volver, pero su mirada no la deja. No hay rechazo ahí. No hay frialdad. Solo demasiado deseo. Demasiado control. La prueba de que, a centímetros de mi cara, está haciendo un esfuerzo brutal por contenerse.
—No porque no quiera —dice, ronco, antes de que pueda sacar las cuchillas—. No pongas esa cara. No es eso.
—¿Entonces por qué?
Cierra los ojos un segundo, como si la pregunta le doliera físicamente.
—Porque te deseo demasiado. Y porque es tu primera vez. Y esta noche ha empezado contigo temblando por una pesadilla.
—Ya te he dicho que sé la diferencia.
—Te creo. —Me suelta la muñeca despacio, pero no se aparta—. La cuestión no es solo lo que tú sepas. Es lo que yo necesito saber sobre mí mismo.
El viento pasa frío entre nosotros.
El frío me eriza la piel y, de repente, soy demasiado consciente de mi cuerpo y de mi respiración todavía descompuesta.
Ethan se da cuenta. Claro que se da cuenta.
Coge la chaqueta del muelle y me la vuelve a poner sobre los hombros con una delicadeza casi agresiva.
—Cuando pase —dice, bajo—, no será a la sombra de una pesadilla. No será porque estabas asustada. No será porque te saqué de una sala llena de monstruos, ni porque necesites olvidar algo durante cinco minutos.
El corazón me da un golpe fuerte.
Me sujeta la cara con las dos manos.
—Cuando te tenga, Carmen, será porque tú quieres. Entera. Sin dudas. Sin deudas. Sin escenario. Sin precio. Y voy a recordártelo hasta que se te meta en esa cabeza testaruda.