La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO VEINTITRÉS
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CAPÍTULO VEINTITRÉS

Carmen

Me despierto sin aire.

No me despierto despacio, no voy saliendo del sueño como una persona normal. Me arrancan de él. Un tirón seco. El cuerpo entero rígido, la boca abierta, el pecho intentando coger oxígeno y fallando, como si alguien hubiera puesto una mano invisible en mi garganta.

Por un segundo, sigo en el escenario.

La luz blanca. La máscara pegada a la cara. La palabra intacta dicha en voz alta, como si fuera una cualidad del producto. La voz vieja ofreciendo quinientos mil. El terciopelo color vino cerrándose. Vendida.

Solo que en el sueño, cuando miro al público, Ethan no está allí.

Su silla está vacía.

Y oigo reírse al viejo.

La Rosa Roja.

Me incorporo en la cama de un tirón, con una mano en el pecho y la otra buscando algo, cualquier cosa, sábana, almohada, realidad. La habitación está a oscuras. La ventana abierta deja entrar una franja de luz de luna pálida, plateada, fría. Tardo unos segundos en recordar dónde estoy.

La casa de campo.

La casa de su madre.

El cuarto donde ella fue feliz.

No el salón.

No la subasta.

No la luz.

Aun así, el miedo no se va. Se queda debajo de mi piel, pegado, sucio, demasiado vivo. Intento contar cualquier cosa, como hago siempre. Las tablas del techo. Los latidos del corazón. Las respiraciones. Pero el número se rompe antes de formarse. Mi cuerpo no cree en las matemáticas hoy.

Saco las piernas de la cama y piso el suelo de madera frío, antiguo, honesto. No como el mármol del ático, que parece caro incluso cuando te hiela. Aquí el frío huele a noche, a lago, a madera vieja y a lluvia que no llegó a caer.

Voy hasta la puerta y cojo el pomo, pero me detengo antes de girarlo.

Eché el pestillo.

Recuerdo su voz en el pasillo.

Porque voy a respetar cualquier puerta que pongas entre nosotros.

Me tiembla un poco la mano cuando descorro el pestillo. No sé si por el sueño o por el recuerdo de la frase. Quizá por las dos cosas. Quizá esté cansada de saber separar las cosas.

Abro la puerta. Y me asusto.

Y Ethan está en el pasillo.

Apoyado en la pared de enfrente, los brazos cruzados, la cabeza baja, como si llevara demasiado tiempo ahí y estuviera profundamente irritado por ello.

Lleva una camiseta oscura y un pantalón de chándal, va descalzo, con el pelo más revuelto de lo que se lo he visto nunca.

Menos multimillonario. Más hombre. Y, por algún motivo, eso casi me rompe más que la pesadilla.

Levanta los ojos hacia mí.

—¿Lo has oído? —pregunto, con la voz ronca.

—Lo he oído.

—¿Y te has quedado ahí?

—La puerta estaba cerrada con pestillo.

La respuesta atraviesa algo dentro de mí. Simple. Limpia. Sin discurso bonito. Sin intentar parecer mejor de lo que es.

—Podrías haber llamado.

—Podría.

—¿Por qué no lo has hecho?

Sus ojos recorren mi cara, bajan hasta mi mano aún aferrada al pomo, vuelven a mis ojos.

—Porque no sabía si estabas huyendo de algo en el sueño o de mí.

El pecho se me encoge.

Debería soltar una broma. Decir algo sobre lo mucho que dramatiza para alguien que ni siquiera se hace un café decente. Pero la frase no llega. Estoy demasiado cansada para ponerme la armadura entera.

—He soñado con la subasta —digo.

Su expresión no cambia mucho. Ethan es demasiado bueno manteniendo la cara quieta. Pero algo en los ojos cambia. El azul se vuelve más oscuro, más duro.

—¿Hitchmore?

Trago saliva.

—Su voz. La luz. El escenario. —Respiro hondo, pero el aire falla por el camino—. Solo que tú no estabas allí.

El silencio que viene después es extraño. Caliente y frío a la vez. Ethan se separa de la pared, pero no viene hacia mí.

—Estoy aquí.

Dos palabras.

Mi cuerpo las cree antes que mi cabeza.

—Lo sé.

—No lo parece.

Suelto una risa pequeña, rota, sin gracia ninguna.

—Mi sistema nervioso es un dramático. Debe de ser pariente de Josie.

La comisura de su boca casi se mueve. Casi.

—¿Quieres que llame a alguien? ¿A una médica? ¿A tu amiga?

—Dios me libre. Acabo de tener una pesadilla, no necesito empeorarla con Josie hablando.

Esta vez, la comisura de su boca se mueve de verdad. Mínimo. Rápido. Pero lo veo, y eso me devuelve un poco más a mi cuerpo.

—¿Qué necesitas? —pregunta.

Miro hacia la habitación que tengo detrás. Hacia la cama demasiado grande. Hacia las sombras demasiado quietas.

—Aire.

Ethan asiente una vez.

Cinco minutos después, estamos fuera.

La noche en el campo parece otra especie de noche.

No hay sirenas, no hay ascensor, no hay Chicago vibrando bajo los pies como un animal cansado.

Solo árboles, grillos, el sonido lejano del agua golpeando despacio en la orilla y un cielo lleno de estrellas indecentes, exhibidas, como si intentaran demostrar algo.

Caminamos hasta el lago sin hablar mucho. Ethan lleva una linterna pequeña, pero casi no la usa. Se sabe el camino de memoria. Me fijo en eso. En la forma en que su cuerpo se relaja un milímetro aquí, como si la casa, la tierra, el lago guardaran una versión de él que el ático nunca vio.

Llegamos a un embarcadero de madera que se adentra sobre el agua oscura.

La luna se parte entera en la superficie, temblando en pedazos.

Me detengo en el borde y me ciño más su abrigo al cuerpo.

Cómo no, el abrigo es suyo. Cómo no, me lo puso sobre los hombros antes de salir, sin preguntar, porque Ethan Van Alen probablemente considera la hipotermia un fallo logístico personal.

—¿Tu madre venía aquí? —pregunto.

Se queda a mi lado, mirando el agua.

—Sí.

—¿Tú también?

—Cuando ella me obligaba.

—¿Eras de esos niños ricos insoportables que se quejaban de la naturaleza?

—Era de esos niños ricos insoportables que odiaban los mosquitos.

—Qué fuerte. ¿Tú, odiar algo? Jamás lo habría imaginado.

Me mira de reojo.

—Una vez me caí a este lago. Con la ropa, los zapatos y todo. Ella se rió tanto que tuvo que sentarse en el embarcadero.

La imagen viene tan fácil que duele: una mujer joven, de pelo oscuro, riendo de verdad, un niño empapado e indignado, el lago guardando una felicidad pequeña antes de que el mundo la destruyera.

—Yo también me habría reído —digo, más bajo.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

El silencio cambia. Se vuelve menos pesado.

Me siento en el borde del embarcadero, con los pies por fuera, lejos del agua. Ethan permanece de pie un instante, como si estuviera decidiendo si sentarse cerca de mí es una idea pésima o solo una idea peligrosa. Al final, se sienta. Deja una distancia educada entre nosotros.

Odio la distancia.

También la agradezco.

Soy una contradicción andante con un abrigo de hombre puesto y el olor delicioso de Ethan en plena madrugada. Menuda etapa.

—En el sueño —digo, mirando el agua—, no conseguía bajar del escenario. Todo el mundo miraba. Nadie hacía nada. Y yo sabía que, si tú no estabas allí, iba a tener que irme con él.

Ethan se queda inmóvil a mi lado.

—No te vas con él.

—Ya sé que no.

—Carmen.

Lo miro.

—No te vas con él —repite, despacio, como si me metiera cada palabra dentro con las manos—. Ni en sueños. Ni en un recuerdo. Ni en ninguna puta cosa que yo pueda impedir.

El corazón me da un traspié.

No es una promesa bonita. Es casi una amenaza al universo. Y quizá por eso funciona.

—Hablas como si pudieras intimidar a las pesadillas.

—Si tienen el mínimo sentido común, sí.

Me río. Bajito. Pero me río.

Y la risa termina demasiado pronto, porque me está mirando de aquella forma otra vez. No la mirada fría. No la mirada del hombre que controla salones. Esta es peor. Más desnuda. Más peligrosa. Me mira como si yo fuera algo que quiere tocar y no se permite.

El viento pasa por el lago. Su abrigo se me resbala un poco del hombro. Antes de que pueda subírmelo, Ethan levanta la mano.

Se para en el aire.

Espera.

El pecho se me encoge con la espera.

—Puedes —digo.

Solo entonces me coloca bien el abrigo en el hombro.

Sus dedos me rozan la piel por debajo del cuello ancho de la camiseta que me he puesto para dormir. Un roce pequeño. Casi nada. Pero mi cuerpo, traidor profesional, lo percibe como si él hubiera escrito su propio nombre ahí.

Su mano se queda quieta un segundo de más, yo no me aparto, él tampoco.

—Estás helada —dice.

La voz le sale más baja.

—Por fuera.

Sus ojos cambian.

Ya está. Ahí está. La frase ha salido antes de que la prudencia llegara corriendo con un extintor.

—Carmen.

—¿Qué?

—No empieces algo que estoy intentando con todas mis fuerzas no terminar.

Se me corta la respiración.

—¿Y si quiero que dejes de intentarlo?

Aprieta la mandíbula. Dura. Preciosa. Irritante.

—Acabas de despertarte de una pesadilla.

—Lo sé.

—Estás asustada.

—También lo sé.

—Entonces quizá no sepas lo que estás pidiendo.

Eso me enciende. No de rabia. No solo. De otra cosa también. Algo caliente, bajo, vivo.

Giro el cuerpo hacia él.

—Siempre haces lo mismo.

—¿El qué?

—Decidir que conoces mi miedo mejor que yo.

Decidir que, si estoy asustada, no puedo desear.

Como si una cosa anulara la otra. —Mi voz sale baja, pero firme—.

Estoy asustada, Ethan. Estoy cansada. Estoy rota en algunos sitios que ni siquiera sé nombrar.

Pero no soy una niña. Y sé la diferencia entre querer huir de una pesadilla y quererte a ti.

Cierra los ojos un segundo. Solo uno.

Cuando los abre, el hombre que me mira no parece civilizado. Parece contenido.

—No digas eso si no estás segura.

Levanto la mano y le toco la cara.

La barba me araña la palma. Su piel está caliente. Viva. Real.

—Estoy segura.

Su respiración cambia.

Lo noto antes de oírlo. Su pecho sube con más fuerza. La mandíbula se le mueve contra mi mano. Vuelve la cara mínimamente, casi contra su propia voluntad, y roza la boca en el centro de mi palma.

Todo mi cuerpo se tensa.

—Quiero que me toques —digo, y mi voz apenas parece la mía—. Porque te lo estoy pidiendo. No porque haya un contrato. No porque hayas pagado. No porque te deba nada. Porque quiero.

Su mirada baja hasta mi boca.

—¿Dónde?

La pregunta es baja, cruda, directa. El tipo de pregunta que debería avergonzarme.

Me avergüenza.

Y me pone más caliente.

—Ethan…

—¿Dónde quieres que te toque, Carmen? —Se acerca más, solo un poco—. Si voy a tocarte, quiero oírlo de tu boca.

El pulso me late en el cuello. En los muslos. En todos los sitios equivocados.

Le cojo la muñeca.

Por un segundo, su mano permanece pesada e inmóvil sobre la mía. Podría dirigir el movimiento con facilidad. No lo dirige. Espera.

Entonces le llevo la mano hasta mi cintura.

—Aquí —susurro.

Sus dedos se abren sobre mí. Grandes. Cálidos. Firmes.

A través de la camiseta fina, su palma parece indecente.

—¿Y? —pregunta.

Se me calienta la cara.

Odio lo mucho que sabe. Odio todavía más lo mucho que me gusta.

Guío su mano más abajo, hasta la curva de mi cadera, hasta la cinturilla del pantalón corto de dormir. Me detengo ahí, porque el valor es una cosa finita y por lo visto me he gastado casi todo el mío.

Su mirada se clava en la mía.

—¿Aquí?

Asiento con la cabeza.

—Dilo.

—Aquí.

La palabra apenas sale.

Pero sale.

Y veo sus ojos devorarme, y mi piel responder con la misma fuerza.