La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO VEINTIDÓS
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CAPÍTULO VEINTIDÓS

Carmen

Una hora después, cuando aparezco en el salón con una maleta pequeña y una expresión que espero que parezca absolutamente normal, Ethan está junto a la puerta, ya con una camiseta limpia, pantalón oscuro,

la llave del coche en la mano y cara de haberse pasado también la última hora peleándose contra algo.

Sus ojos me recorren.

Se detienen medio segundo en mi cara.

Veo cómo se le dilatan las pupilas.

Solo eso.

Pero basta para que mi cuerpo recuerde, traidor, todo lo que hice pensando en él.

—¿Lista? —pregunta.

—¿Para tu viaje de huida? Siempre.

La mandíbula se le tensa.

—Conduzco yo.

—Tienes chófer.

—Hoy no.

—¿Por qué? ¿Vas a secuestrarme en persona?

Se acerca para coger mi maleta. Sus dedos rozan los míos en el asa, y el contacto es tan breve que no debería provocar nada. Lo provoca.

—Porque el chófer escucha —dice, en voz baja—. La seguridad habla. Las cámaras graban. Y no quiero que nadie repita nada sobre adónde te llevo.

—¿Eso debería sonar reconfortante?

—No. Debería sonar eficiente.

—Claro.

La comisura de su boca casi se mueve. Casi.

Bajamos por el garaje interior, y él me lleva hasta un coche negro distinto del sedán de siempre. Más bajo. Más discreto. Menos «multimillonario que va a una gala» y más «multimillonario que entierra cadáveres en fincas privadas». No lo digo. Estoy madurando como persona.

O quizá solo estoy demasiado ocupada mirándole la mano en el volante.

Porque, cuando Ethan conduce, el hombre se pone todavía peor.

Conduce como hace todo lo demás: en silencio, con control absoluto, una mano firme en el volante, la otra cambiando de marcha con una precisión casi perezosa.

La ciudad se va quedando atrás, las luces se vuelven líneas, los edificios se vuelven sombra, y el coche se llena de esa tensión idiota que ninguno de los dos tiene el valor de nombrar.

Al principio miro por la ventanilla.

Después finjo dormir.

Es una decisión estratégica. Si estoy durmiendo, no tengo que hablar. Si no tengo que hablar, no tengo que decir ninguna de las cosas peligrosas que se me van acumulando en la lengua. Así que apoyo la cabeza en el asiento, cierro los ojos y dejo que la respiración se me ralentice.

Pero no duermo.

Claro que no duermo.

Abro los ojos solo un poquito, de vez en cuando, lo justo para ver a Ethan en el reflejo oscuro de la ventanilla.

La luz de las farolas le pasa por la cara en cortes rápidos: mandíbula, boca, nariz, ojos.

Una mano en el volante. El brazo estirado.

La camiseta marcándole el hombro. El perfil de un hombre que debería ser frío, pero que en ese coche parece hecho de algo más antiguo. Más bruto. Más peligroso.

—Deja de fingir que estás durmiendo —dice, sin apartar los ojos de la carretera.

Cierro los ojos demasiado rápido.

—Estoy durmiendo.

—Espías cada tres minutos.

—A lo mejor duermo con los ojos curiosos.

—Carmen.

—Ethan.

El silencio vuelve, pero ahora tiene un hilo de risa escondido dentro.

Giro un poco la cara hacia él, rindiéndome del teatro.

—¿Siempre te das cuenta de todo?

—Casi de todo.

—Qué mierda.

—Con frecuencia, sí.

La carretera está vacía. El cielo ahí fuera se va poniendo más oscuro, más limpio, más abierto.

No sé en qué momento empiezo a relajarme, solo sé que ocurre.

Quizá sea el movimiento constante del coche.

Quizá sea la distancia creciente del ático.

Quizá sea Ethan, que no me mira, pero tampoco parece distante.

Está ahí. Presente. Atento. Una muralla conduciendo a ciento y pico kilómetros por hora.

—No te llevo allí para huir de ti —dice, después de muchos minutos.

—Mentira.

Él expira por la nariz.

—No solo para huir de ti.

—Ah, ahora sí. Transparencia emocional.

—Necesitaba un sitio seguro.

—Y lejos.

—Sobre todo lejos.

—¿De mí?

Esta vez me mira. Rápido. Un segundo nada más. Pero el coche entero parece cambiar de temperatura.

—De mí. Cerca de ti.

La garganta se me cierra. No contesto. Porque no hay respuesta que sea segura.

La finca en el campo no es una casa. Es un respiro.

Después de dos horas de carretera en un silencio cargado, él conduciendo, yo fingiendo dormir y siendo pillada en el acto de mirarlo más veces de las que mi dignidad recomienda, llegamos a una casa de campo rodeada de árboles, con porche de madera,

un lago a lo lejos y un cielo que tiene estrellas de verdad, no el brillo anaranjado y muerto de Chicago.

Es la primera vez en días que siento que hay aire suficiente para respirar.

—¿Esto es tuyo? —pregunto, bajando del coche, mirando la casa. Es grande, pero no es fría. Hay vida aquí, o la hubo—. Esto no pega contigo. ¿Dónde está el mármol? ¿Dónde está el depósito de cadáveres?

—Era de mi madre —dice, sacando las maletas del maletero, y la frase me hace parar.

De su madre. La mujer de la foto de plata. La mujer que sonreía sin sonreír.

—Ethan…

—Ella pasaba aquí los veranos, antes. —No me mira, mientras lleva las maletas al porche—. Cuando yo era pequeño. Es el único sitio donde la recuerdo riéndose de verdad. —Abre la puerta—. Casi nunca vengo. Pero es seguro, está lejos de todo, y nadie de la red sabe que existe.

Y entiendo, mientras lo sigo hacia dentro, que no me ha traído aquí solo para huir de la tensión del ático. Me ha traído al único lugar del mundo donde su madre fue feliz. Él no se ha dado cuenta de lo que eso significa. Pero yo sí.

—Tú te quedas en el dormitorio principal. Yo en el otro.

—Qué caballero.

Cenamos en el porche, comida sencilla que él prepara mal y yo finjo que está buena, con el lago oscuro allá abajo y las estrellas de verdad arriba, y por primera vez desde que lo conozco la conversación fluye sin armadura.

Él me habla de los veranos aquí de niño.

Yo le hablo de Sloane de pequeña, antes de la enfermedad, antes de que muriera mi padre.

Nos reímos. La tensión del salón sigue ahí, por debajo, pero ahora hay espacio para que respire sin asfixiarnos.

Y más tarde, cuando me da las buenas noches en la puerta del cuarto de su madre y se gira para marcharse, al otro dormitorio, a la distancia segura, le agarro el brazo.

Se detiene. No se gira.

—Carmen —dice, y su voz es una advertencia—. No.

—No voy a hacer nada —digo, y le suelto el brazo—. Solo… gracias. Por traerme aquí. Aunque te hayas inventado una excusa de operación que los dos sabemos que es mentira. —Me apoyo en la puerta—. Llevo días sin respirar. Ese ático me está asfixiando. Aquí consigo respirar. Así que gracias.

Él se gira, por fin, y me mira bajo la luz tenue del pasillo, y tiene tantas cosas en la cara, deseo, y miedo, y una ternura que no sabe esconder aquí, lejos del mármol, que contengo la respiración.

—Buenas noches, Carmen —dice, muy bajito.

Y no me toca.

Pero se queda ahí, mirándome, un segundo demasiado largo para ser solo buenas noches.

Su mirada cae en mi boca.

Después vuelve a mis ojos.

—Cierra la puerta con llave —dice, la voz más áspera.

—¿Por qué?

La respuesta tarda un segundo.

—Porque voy a respetar cualquier puerta que pongas entre nosotros.

El corazón me da un vuelco.

—¿Y si no la cierro con llave?

Sus ojos se oscurecen de una manera que hace que el pasillo entero parezca demasiado pequeño.

—Entonces me voy a pasar la noche entera recordándome a mí mismo que una puerta abierta no es una invitación.

Debería bromear.

Debería.

Pero su voz está muy baja, y mi cuerpo todavía recuerda mi propia mano entre las piernas, su nombre en mi boca, el hambre que él puso en mí y que no se fue en la carretera.

—Buenas noches, Ethan —digo.

Él inclina la cabeza una vez, como si aquello le hubiera costado algo físico, y por fin se va al otro dormitorio.

Cierro la puerta.

Echo la llave.

Me apoyo en ella y me doy cuenta de que estoy sonriendo como una idiota en la oscuridad, en el cuarto donde su madre fue feliz, en un lugar con estrellas de verdad, a dos horas y a un mundo de distancia de la caja de cristal.

La chispa no se apagó con la distancia.

Solo ganó aire para crecer.