La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO

Carmen

Llego a la habitación sin recordar haber cruzado el pasillo.

Cierro la puerta. Echo el cerrojo.

Luego apoyo la espalda en ella, como si la madera pudiera retener fuera no solo a Ethan, sino su voz, su mirada, su cuerpo sin camiseta en medio del salón, sudado, duro, caliente, demasiado real.

Pero no lo retiene.

Nada lo retiene.

—¿Y si no quiero que huyas? —susurro a la habitación vacía.

La frase suena absurda ahora que ha salido de mí y se ha quedado en el mundo.

Me tapo la boca con la mano, como si aún hubiera tiempo de volver a meter las palabras dentro.

¿Quién ha dicho eso? Porque no he sido yo.

No la Carmen sensata, la Carmen que cuenta manchas en el techo, que suelta una broma cuando está aterrada, que sabe exactamente el precio de cada error.

Esa mujer del salón no era yo. O quizá era una versión mía que mantuve encerrada durante años, demasiado hambrienta, demasiado cansada, y a la que Ethan Van Alen ha despertado solo con una voz grave y una mirada indecente.

Ni siquiera estaba cerca de mí.

Ese es el peor pensamiento.

Estaba al otro lado del salón. Dos metros de mármol.

Una distancia perfectamente segura. Y aun así me puse de esa manera.

Caliente. Blanda. Inundada por dentro de unas ganas que no parecían caber en mi cuerpo.

Como si me hubiera pasado las manos por encima sin tocarme.

Como si cada palabra suya me hubiera entrado por la piel.

No soy tan civilizado como crees.

Se me corta la respiración.

Como me acerque demasiado ahora, Carmen, voy a querer ponerte las manos encima.

Cierro los ojos y el recuerdo llega entero, cruel, perfecto: su pecho subiendo y bajando, la piel húmeda de sudor, los músculos marcados como si los hubiera dibujado alguien sin ninguna misericordia por las mujeres en situación emocional vulnerable.

La camiseta en la mano. La voz ronca. La forma en que dijo joder como si la palabra hubiera sido hecha para su boca.

No me pongas a prueba.

Se me escapa un sonido pequeño.

Vergonzoso.

Sincero.

Me aparto de la puerta y voy hasta la cama, pero las piernas parecen demasiado inestables para una actividad tan simple.

Me siento en el borde del colchón. La habitación está en silencio.

Segura. Pero dentro de mí no hay nada seguro.

Solo calor. Solo pulso. Solo el recuerdo de su boca en el coche, de cómo me besó como si se estuviera castigando por desear y me castigara a mí por haberle hecho desear.

Bajo la mirada hacia mi propio cuerpo.

La camiseta de tirantes fina. Los pantalones cortos. La piel erizada.

Las personas tienen piel, dije.

Qué mentira más idiota.

La piel no es solo piel cuando Ethan mira.

Mi mano sube casi sola hasta el tirante de la camiseta, en el mismo hombro por el que vi que sus ojos se paseaban. Toco ahí, muy suave, e imagino que son sus dedos. Más grandes. Más firmes. Menos cuidadosos de lo que él finge ser. La fantasía me golpea tan fuerte que necesito morderme el labio.

Debería parar.

No paro.

Me tumbo boca arriba en la cama y me quedo mirando el techo sin manchas, intentando respirar como una persona normal.

La mano baja por mi garganta, por el centro del pecho, hasta la curva de un seno.

La tela fina de la camiseta roza levemente el pezón endurecido, y arqueo la espalda con una sorpresa que casi se vuelve risa, casi se vuelve gemido.

Es ridículo. Estoy ridícula. Una mujer adulta, encerrada en la habitación, temblando por culpa de una conversación.

Pero entonces recuerdo sus ojos bajando hacia mi boca.

Recuerdo su voz diciendo: Voy a querer oír lo que esa lengua afilada tiene que decirme al oído.

Y la mano se desliza hacia abajo.

Despacio.

Por el abdomen.

Por el borde de los pantalones cortos.

Mi cuerpo entero contiene la respiración antes de que mis dedos lleguen donde el calor es más fuerte.

Estoy mojada. Mojada de una forma que me hace cerrar los ojos con fuerza, porque no hay broma lo bastante buena para salvar a una mujer de ese nivel de verdad.

Me hizo esto sin tocarme. Ethan Van Alen, con toda esa disciplina maldita, con toda esa pose de hombre que controla ciudades, empresas, hombres armados y puertas cerradas, me dejó así solo porque me miró como si estuviera a un segundo de devorarme.

Deslizo los dedos sobre mí misma y la sensación sube por mi columna como fuego.

—Ethan —el nombre sale bajo, roto, y me odio un poco por ello.

Solo un poco.

El resto de mí está demasiado ocupado deseando.

Pienso en su mano en mi pelo. Pienso en su boca en mi cuello.

Pienso en él perdiendo la paciencia, perdiendo la pose, perdiendo esa educación amenazadora que lleva como un traje.

Pienso en ese hombre enorme entre mis piernas, diciendo que no es ningún santo, diciéndome que no le ponga a prueba, diciendo mi nombre como si fuera una orden sucia.

Mis caderas se mueven contra mi propia mano.

Una vez.

Otra.

El placer crece demasiado rápido, casi da miedo, como si llevara días esperando detrás de una puerta cerrada.

Aprieto los ojos, atrapo el gemido entre los dientes, pero no consigo atraparlo todo.

El sonido sale pequeño, caliente, y el hecho de estar intentando quedarme callada solo lo empeora todo. Lo mejora. Lo hace más intenso.

Imagino a Ethan al otro lado de la puerta escuchando.

Madre mía.

La imagen me destroza.

Los dedos encuentran el punto justo y pierdo el ritmo por un segundo, arrasada por una ola tan fuerte que la cama, la habitación, el ático entero parecen desaparecer. Solo existe mi cuerpo. Solo existe su voz. Solo existe el hambre que él puso en mí y de la que huyó antes de resolverla.

Cuando el placer por fin estalla, giro la cara contra la almohada y muerdo la tela para no gritar.

Tardo en volver.

Tardo en recordar que estoy sola.

Sola, encerrada, caliente, jadeante, con el cuerpo blando y el corazón latiendo como si hubiera corrido desde el ático hasta el otro extremo de Chicago.

Me quedo mirando el techo, con una risa baja e incrédula atrapada en la garganta.

—Estás jodida, Carmen —me susurro a mí misma.

Y, por primera vez en mucho tiempo, la palabra no suena a tragedia.

Suena a problema. Un problema grande, arrogante, peligroso, con los ojos azules y demasiado autocontrol.