CAPÍTULO DIECINUEVE
Ethan
No duermo.
A las tres de la madrugada sigo en el despacho, con el whisky intacto al lado del portátil y la foto de mi madre orientada hacia mí en el mismo ángulo de siempre, como si Lucia Van Alen se hubiera pasado quince años juzgando mis decisiones en silencio y, esta noche,
por fin tuviera motivo suficiente para salir del marco y llamarme idiota.
El móvil se enciende sobre el escritorio poco después de las tres.
Sé quién es antes de girar la pantalla, porque solo una persona en el mundo me llama a estas horas sin que sea una emergencia, y es la misma persona que me enseñó que las tres de la madrugada son la hora en que los hombres cansados bajan la guardia.
—Papá.
—Me he enterado de que anoche reapareciste en el mundo de los vivos.
—Su voz es cálida, divertida, la voz de quien está en un despacho igual al mío, a kilómetros de distancia, igual de desvelado—.
La gala de Vivienne. Hace tiempo que no dabas la cara en una de esas.
Tu tía debe de estar insoportable de lo satisfecha que está.
—¿Ahora tienes informantes?
—Tengo informantes en todas partes, Ethan.
Lo sabes. Fuiste tú quien me llamó paranoico las pasadas Navidades, y fuiste tú quien lo aprendió de mí.
—Se ríe por lo bajo—. Solo me gusta saber dónde están mis hijos.
Es un derecho de padre. Cuando puedas, hazme un hueco.
Llevas semanas desaparecido, metido en sabe Dios qué, y no me gusta que desaparezcas.
Solo desapareces cuando estás liando algo.
No respondo enseguida. Al otro lado de la línea oigo el tintineo familiar del hielo en un vaso, el sonido de fondo de toda mi infancia, y por un segundo, solo uno, me entran ganas de contárselo todo.
La operación. Los tres años. La red. Como tantas otras veces, mi instinto corrió primero hacia él cuando el suelo tembló.
—Vamos a comer. El jueves —digo, en lugar de todo lo que no digo—. Me paso.
—Perfecto. —Una pausa—. Vete a dormir, hijo. Sea lo que sea lo que te mantiene despierto, no va a mejorar de madrugada. Las cosas nunca mejoran.
Cuelga él primero. Siempre cuelga él primero.
Y me quedo con el móvil en la mano, en el despacho a oscuras, con la foto de mi madre mirándome fijamente desde el marco, y pienso, como pienso desde niño, que tengo suerte de tener a mi lado a un hombre como ese.
Que sin él, después de que mi madre se fuera, me habría convertido en otra cosa.
Peor. Y cuando pienso en lo peor, pienso en lo que hice… y en por qué lo hice.
Porque fui un idiota.
No de los descuidados. El descuido es cosa de aficionados.
Lo que hice fue peor: vi el riesgo, medí el riesgo, le puse nombre al riesgo, y aun así avancé.
Besé a Carmen en el asiento trasero del coche sin cálculo, sin freno, sin una sola de las malditas barreras que me han mantenido vivo durante treinta y seis años.
Durante unos segundos olvidé la operación, olvidé a Hitchmore, olvidé a Lawrence, olvidé la regla que enterré junto con mi madre: no ser nunca un hombre más que toma lo que quiere solo porque tiene dinero y poder para tomarlo.
Y entonces paré. Hice lo honrado, lo correcto, lo que me separa de los monstruos de aquel salón, y vi el dolor atravesarle la cara como un cuchillo limpio.
Vi la vergüenza subirle a Carmen por el cuello y me odié a mí mismo con una precisión casi quirúrgica, porque, de algún modo retorcido, herirla por contenerme me pareció más cruel de lo que habría sido ceder.
¿Qué cojones he hecho?
Esa es la pregunta honesta, no la elegante, no la estratégica.
La honesta. Compré a la mujer que no podía desear, toqué a la mujer que no podía poseer, besé a la mujer a la que había prometido proteger de hombres como yo, y ahora estoy sentado a oscuras fingiendo que esto sigue siendo solo una operación.
El problema es que ahora sé exactamente a qué sabe en mi boca.
Sé el sonido que hace cuando olvida, por un segundo, que necesita defenderse del mundo.
Sé cómo se le cerraron los dedos en mi camisa, como si necesitara una prueba física de que yo estaba ahí, y no en algún lugar inalcanzable detrás del cristal blindado que suelo poner entre cualquier cosa viva y yo.
Esa clase de conocimiento es una droga peligrosa.
Entra en la sangre demasiado rápido, y el cuerpo, idiota fiel, empieza a pedir repetición antes de que la razón tenga tiempo de desenfundar el arma.
El control siempre fue método. No virtud.
Método. Es lo que me separa de los hombres de aquel salón, lo que me mantiene vivo entre ellos y lo que va a hundirlos.
Carmen amenaza ese método sin siquiera intentarlo.
Entra en una habitación, levanta la barbilla, me desafía con esa boca afilada y esos rizos de fuego, y de repente la parte más disciplinada de mí empieza a negociar con la parte más primitiva.
Eso la vuelve peligrosa. Para la operación, para la red, para mí.
Me levanto del sillón antes de darme cuenta de que me he movido.
Cruzo el despacho, abro la puerta y me detengo en el pasillo a oscuras.
El ático está en un silencio absoluto, ese silencio filtrado que todavía me parece más propio de un mausoleo que de una casa.
Al final del pasillo este, tras la segunda puerta, Carmen duerme, o lo intenta.
La idea de cruzar esos metros, llamar a la puerta y decir cualquier cosa, pedir perdón, explicar, tocar de nuevo, me atraviesa con una fuerza tan burda que casi me río.
Casi.
En vez de eso, me quedo plantado como un maldito adolescente delante de la habitación de una mujer a la que pagué dos millones por no tocar.
Excelente, Ethan.
Doy media vuelta antes de que la peor parte de mí gane la discusión.
La parte que quiere entrar. La parte que sabe que ella quizá abriría la puerta.
La parte a la que no le importa lo más mínimo el contrato, la culpa, la operación o el honor cuando recuerda su boca entreabierta, su respiración entrecortada, el modo en que dijo mi nombre en la oscuridad del coche.
Vuelvo al despacho y cierro la puerta con demasiado cuidado.
El móvil se enciende sobre la mesa, iluminando la oscuridad. Mensaje de Declan. Las tres de la madrugada, porque él tampoco duerme cuando la operación está en marcha. Una de las muchas cosas que nos hicieron amigos hace veinte años y una de las razones por las que todavía no lo he estrangulado.
Hitchmore ha adelantado la reunión del «comité» al jueves. La mujer de negro va a estar allí. Se están moviendo más rápido de lo normal, Ethan. Algo los ha asustado.
Mi primer impulso es llamar a Lawrence. Durante años, cuando un movimiento salía mal en el tablero, era a él a quien le llevaba la pieza fuera de sitio.
Siempre veía el ángulo que yo no veía y siempre tenía un consejo seco, útil, cruel.
Esta vez me quedo con el móvil en la mano y no llamo. No sé por qué. Solo sé que no llamo.
Miro el mensaje demasiado tiempo, el whisky olvidado, la mandíbula apretada.
Algo los ha asustado.
Sé perfectamente qué fue. Fui yo. Entré en aquel salón y solté dos millones de dólares por una flor que aquellos hombres ya daban por vendida, delante de la red entera, y le quité a Hitchmore una cosa que él había decidido que era suya.
Sacudí la telaraña entera con una sola jugada, y ahora la araña del centro está nerviosa, tirando de los hilos, queriendo entender por qué uno de los hombres de dentro compró de repente a una de las chicas y la encerró lejos de todos.
Debería estar satisfecho. El movimiento es exactamente lo que quiero.
Una telaraña en movimiento deja nudos visibles, deja rastros que puedo seguir, expone manos que antes quedaban ocultas.
Tres años de una paciencia casi inhumana existen para provocar este momento.
Solo que hay una diferencia brutal entre mover la red y mover el peligro cerca de Carmen, y esa diferencia ahora tiene el sabor metálico del miedo en mi boca.
El miedo me irrita. En mí, más todavía.
El miedo es una herramienta útil cuando está en la cara de los demás. En mí es un fallo. Una puerta abierta. Una invitación al error.
El plan era quirúrgico, frío, limpio. El plan no contemplaba a una mujer al final del pasillo. No contemplaba que su nombre se me atravesara cada vez que alguien usara la palabra peligro. No contemplaba que empezara a calcular rutas de huida antes de calcular pruebas.
Ya no soy lo bastante frío. Ese es el fallo más peligroso de la operación. Tiene nombre, apellido y una maldita habilidad para mirarme como si viera la mugre que me pasé la vida entera puliendo hasta convertirla en armadura.
Respondo con los pulgares firmes:
Refuerza su escolta. Hoy. No mañana, no después de la reunión. Hoy.
La respuesta de Declan llega en diez segundos, como si tuviera el móvil en la mano esperando.
Ya la reforcé anoche, hermano. No eres el único aquí que se ha dado cuenta de que ella te importa. Te conozco desde hace veinte años. Sé leerte la cara mejor que tú.
Me quedo mirando la pantalla. Que te vea alguien que conoce todas tus mentiras tiene algo reconfortante y profundamente irritante, porque significa que ya no puedo esconderme a mí mismo lo que Declan ya ha visto desde fuera.
Aparece otro mensaje antes de que decida responder.
Y antes de que me mandes callar: no, no voy a llamarla cebo.
Sé que la idea ya se ha planteado, Ethan.
Se me pasó por la cabeza, se te pasó a ti, el segundo día, cuando todavía intentábamos entender qué hacer con ella.
Una mujer a la que la red entera te ha visto comprar por dos millones es el cebo perfecto para hacerlo salir de su escondite, y los dos lo sabemos.
La diferencia es que tú dijiste que no antes incluso de que yo terminara la frase.
Te plantaste. Así que no, no voy a llamarla cebo.
He aprendido a apreciar mi cara justo donde está.
La comisura de mi boca se mueve, contra mi voluntad. Hijo de puta.
Escribo:
Por fin algo de inteligencia.
Responde:
Viniendo de mí, siempre. Viniendo de ti, solo cuando ella no está en la habitación.
Borro tres respuestas posibles. Todas agresivas. Ninguna lo bastante falsa como para valer la pena.
Al final escribo solo:
Quiero los nombres de los hombres que estuvieron cerca de ella en la gala. Todos. Incluidos los que miraron demasiado tiempo.
Declan tarda un poco más esta vez.
¿Esto es seguridad o celos?
Mi respuesta sale antes de que lo piense mejor.
Las dos cosas.
Miro las palabras en la pantalla y siento su verdad como un puñetazo limpio. No intento borrarlas. No sirve de nada. Declan ya lo ha visto, y estoy demasiado cansado para fingir que no lo he dicho.
Su respuesta llega corta, sin broma.
Entendido.
Eso me preocupa más que cualquier sarcasmo.
Suelto el móvil sobre la mesa, con la pantalla boca abajo, y vuelvo a mirar la foto de mi madre.
Lucia me observa desde el portarretratos con esa sonrisa que nunca le llega a los ojos, y por primera vez en años siento rabia hacia ella también, lo cual es injusto, imperdonable y demasiado humano.
Rabia por haberse muerto antes de enseñarme cómo se ama a una mujer sin convertirla en una cosa demasiado frágil para tocarla.
Rabia por haberme dejado dentro esa ecuación imposible entre deseo y culpa.
Rabia hacia mí por seguir siendo, a los treinta y seis años, un niño ante la foto de una madre muerta, pidiendo permiso para desear algo bueno.
—No voy a hacerle daño —le digo al retrato, en voz baja, como si un marco pudiera absolver a alguien—. Aunque tenga que renunciar a todo lo que deseo con demasiada fuerza.
La casa no responde. Los muertos nunca responden. Por eso son pésimos jueces y excelentes verdugos.
Apoyo la cabeza en el sillón de cuero gastado y cierro los ojos.
Por primera vez en demasiado tiempo, la última imagen que me pasa por la cabeza antes de quedarme traspuesto, agotado, no es la fotografía que me persigue desde niño, la de mi madre sonriendo por obligación.
Es Carmen, descalza sobre el mármol de mi salón, con la barbilla en alto, recordándome con cada desafío que no piensa permitir que nadie decida por ella.
Y eso, lo sé muy bien mientras el sueño me arrastra, es la parte más peligrosa de todas. Hitchmore puede intentar matarme. La red entera puede intentar destruirme. Carmen puede hacer algo peor: puede hacer que quiera vivir.