La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Carmen

En el asiento trasero del coche, no consigo parar de temblar.

Y no es miedo a Hitchmore, exactamente, no solo eso.

Es todo a la vez. Es la noche entera de la subasta volviendo de golpe, en un solo bloque: el escenario, la luz cegadora, la palabra intacta, la palabra vendida, la sensación física de haber sido reducida a una mercancía que ese hombre todavía cree, con toda la calma del mundo,

que algún día recibirá en su casa.

Es Sloane en la cama del hospital. Es el cansancio acumulado de catorce meses sin salida.

Es la certeza, ahora expuesta del todo, de que me he metido en algo mucho, mucho más grande que yo, y de que ya no hay vuelta atrás.

—Respira —dice Ethan, en voz baja, a mi lado, sobre el asiento de cuero.

El conductor ha subido la mampara de cristal ahumado. Estamos solos los dos en la penumbra del coche, las luces de la ciudad deslizándose por las ventanillas. El mundo de ahí fuera pasa en franjas de amarillo, rojo y azul, demasiado borrosas para parecer reales.

—Ahora estás a salvo. Él no va a tocarte. Nadie va a tocarte. Ya te lo he dicho, y yo no digo cosas que no pienso cumplir.

—Lo sé. —Mi voz sale temblorosa y odio cada sílaba temblorosa—. Lo sé, es solo que… por un segundo, cuando me habló, cuando dijo «La Rosa Roja», volví. Volví de golpe a lo alto de aquel escenario. Y me sentí como aquella noche. Como una cosa. Una flor en un catálogo. Un artículo a la venta.

El silencio que viene después no está vacío.

Es pesado, lleno de cosas que Ethan no dice.

Entonces, en la oscuridad del coche, siento su mano cubrir la mía sobre el cuero del asiento.

No aprieta. No agarra. Solo reposa ahí, cálida, firme, sólida, un ancla en un mar que se agita demasiado.

Miro su mano sobre la mía. Grande. Fuerte.

Capaz de destruir muchas cosas. Y, aun así, en ese instante, tan cuidadosa que casi duele.

Mi cuerpo recuerda antes que yo: la mano en mi codo en el ascensor, el pulgar en mi clavícula al colocarme el tirante del vestido, la palma firme en mi espalda baja durante la gala, su chaqueta sobre mis hombros en el pasillo frío.

Contactos demasiado pequeños para significar algo por sí solos.

Juntos, sin embargo, forman un camino peligroso hasta este asiento de cuero, hasta esta penumbra, hasta el modo en que su presencia calma mi miedo y enciende otra cosa en su lugar.

—Tú nunca fuiste una cosa —dice.

Su voz ha perdido toda la frialdad de antes, todo el hielo. Ahora es baja, ronca, casi íntima, casi un secreto.

—En aquel escenario, entre todas las demás, fuiste la única que subió con la cabeza alta. La única. Me fijé al instante, en el segundo en que se abrió el telón: la cabeza alta, los rizos pelirrojos como fuego salvaje bajo la luz, como si hasta tu pelo se negara a obedecer a aquel lugar. Por eso yo…

Se detiene de repente. No termina la frase.

Vuelvo el rostro hacia él. Estamos cerca, mucho más cerca de lo que había notado en la penumbra, las rodillas casi tocándose, su cara a un palmo de la mía.

La luz de las farolas entra por la ventanilla en destellos rápidos, dibujando trozos de él de uno en uno: la línea dura de la mandíbula cubierta por la barba, la boca demasiado seria, las pestañas bajas, los ojos azules que, por primera vez desde que lo conozco, no me esconden absolutamente nada.

Su mano sigue sobre la mía, y ese contacto, demasiado simple para ser peligroso, hace exactamente lo contrario de lo que debería.

En vez de calmarme, me despierta. Mi piel percibe la suya.

Mi respiración percibe la suya. Mi cuerpo entero, traidor y exhausto, se inclina un milímetro hacia la única cosa que parece sólida en esta noche.

—¿Por eso qué, Ethan? —pregunto, y mi voz sale en un susurro que apenas reconozco.

Tarda en responder. Su pulgar se mueve una vez sobre mis dedos, tan leve que quizá ni siquiera fue a propósito. Pero lo siento en la muñeca, en la garganta, en el centro del pecho, en la parte más honda y más asustada de mí.

—Por eso no pude dejar que te comprara —dice.

La frase queda suspendida entre nosotros, y no es una declaración.

No debería serlo. Quizá ni lo sea. Pero algo en ella me golpea con más fuerza de la que habría tenido cualquier promesa bonita, porque Ethan no habla para agradar.

No habla para consolar. No entrega nada que no haya arrancado antes de algún lugar oscuro dentro de sí mismo.

Debería darle las gracias. Debería apartarme.

Debería mirar por la ventanilla, recomponer las partes de mí que todavía saben ser prudentes y recordar que este hombre firmó un contrato con mi nombre.

En vez de eso, me quedo mirando su boca, la tensión dibujada ahí, el modo en que parece odiarse por estar tan cerca y, al mismo tiempo, incapaz de apartarse.

—Ethan… —digo, pero el nombre sale mal. Demasiado bajo. Demasiado suave. Casi una súplica.

Su mirada baja hasta mi boca.

Solo eso.

Una mirada.

Y mi cuerpo entero responde como si lo hubieran tocado.

—No digas mi nombre así —murmura.

—¿Así cómo?

—Como si no supieras exactamente lo que me estás haciendo.

El aire desaparece.

No consigo responder. Quizá porque no lo sé.

Quizá porque lo sé y eso es peor. Su mano deja la mía despacio, no como abandono, sino como decisión.

Por un segundo, creo que va a apartarse.

Debería apartarse. Todo en él dice que lo está intentando.

La mandíbula trabada, los hombros rígidos, la respiración demasiado contenida.

Entonces levanta la mano y me toca la cara.

No hay prisa. No hay brutalidad. Sus dedos rozan primero el lateral de mi mandíbula, después suben, acariciando mi piel con una delicadeza imposible para alguien que parece hecho de acero y amenaza.

El pulgar pasa por mi pómulo, recoge una lágrima que ni siquiera había notado que caía, y ese gesto casi me deshace más de lo que podría hacerlo cualquier beso.

Casi.

—Debería mandarte al otro lado del asiento —dice, la voz tan baja que parece arañar el silencio.

—¿Y por qué no lo haces?

Sus ojos arden en los míos.

—Porque no soy tan fuerte como finjo.

Entonces me besa.

No es brusco. No es robado. Es peor. Es inevitable.

Su boca toca la mía despacio, cálida, firme, como si me estuviera dando la oportunidad de retroceder y, al mismo tiempo, rezando para que no lo hiciera.

No retrocedo. Cierro los ojos y dejo que el peso del mundo resbale un centímetro, solo uno, mientras sus labios se amoldan a los míos con una precisión que me deja sin aire.

Al principio es casi cuidadoso. Un beso contenido, profundo, su boca probando la mía como si cada segundo costara caro.

La barba araña un poco mi piel, una aspereza deliciosa contra la suavidad de mis labios, y siento su sabor, delicioso, cálido, demasiado limpio para encajar con la noche sucia que ha quedado atrás.

Entonces suspiro contra su boca.

Y algo en él cede.

La mano en mi mandíbula se desliza hasta mi nuca, los dedos se hunden en mis rizos pelirrojos, sujetando sin hacer daño, reteniendo sin aprisionar.

La otra mano encuentra mi cintura, grande y cálida, abriéndose sobre la seda del vestido como si hubiera luchado toda la noche contra las ganas de hacer exactamente eso.

El beso cambia de ritmo. La delicadeza sigue ahí, en algún lugar, pero ahora hay hambre por debajo.

Hambre apenas controlada. Hambre de un hombre que se prohibió desear y está descubriendo, demasiado tarde, que ninguna prohibición sobrevive al contacto de la piel.

Su lengua toca la mía, lenta en el primer instante, después más profunda, más segura, arrancándome un sonido bajo que muere dentro de su boca.

El sonido parece atravesar algo. Ethan responde con un ruido ronco, casi un gemido atrapado en el pecho, y me atrae más cerca.

No lo bastante para asustarme. Lo bastante para que sienta su calor atravesar la distancia entre nosotros, lo bastante para que mi rodilla roce su muslo, para que mi mano busque apoyo en su pecho y encuentre, bajo la camisa,

un corazón latiendo demasiado fuerte para un hombre que finge no sentir nada.

Su mano en mi cintura aprieta.

Mi cuerpo lo entiende antes que mi cabeza.

Me inclino, me entrego al beso como quien por fin encuentra un lugar donde puede dejar de defenderse durante unos segundos.

Su boca baja un poco, toma mi labio inferior entre los suyos, lo succiona suavemente, y el gesto pequeño, cálido, demasiado íntimo, enciende una línea de fuego que baja por mi cuello, por el pecho, por el vientre.

Siento mis dedos cerrarse en su camisa, arrugando la tela cara, tirando sin pensar.

Ethan respira contra mi boca, pesado, irregular, y cuando vuelve a besarme, su control está resquebrajado en los bordes.

Ya no existe el coche. No existe la ciudad.

No existe Hitchmore, ni subasta, ni contrato, ni La Rosa Roja.

Existe su boca abriendo la mía, su lengua haciéndome olvidar dónde termina el miedo y empieza el deseo, su palma quemando en mi cintura, los dedos atrapados en mis rizos como si aquel fuego fuera lo único real dentro de la noche.

Existe mi cuerpo entero despertando de golpe, confuso y hambriento, asustado de su propia respuesta.

Existe Ethan besando como si intentara ganar una guerra contra sí mismo y estuviera perdiendo, perdiendo estrepitosamente, perdiendo en mi boca.

Mi mano sube hasta su cuello. Siento el pulso ahí, acelerado, vivo, y esa prueba de descontrol me da un valor peligroso.

Deslizo los dedos por su barba, en la línea de la mandíbula, y él gira la cara contra mi caricia por una fracción de segundo, como si no pudiera evitarlo.

La reacción es pequeña, casi imperceptible, pero me atraviesa entera.

Este hombre, que parece inquebrantable ante los monstruos, reacciona a mis dedos como si yo hubiera descubierto una grieta secreta en su armadura.

Y entonces se detiene.

De repente.

Su boca se aparta de la mía, pero no se va lejos. La frente se apoya en la mía, la respiración le sale pesada, entrecortada, cálida contra mis labios todavía abiertos. Las manos siguen en mí, solo que han cambiado de función. Ahora me sujetan a distancia en vez de atraerme.

—No —dice, y su voz está destrozada, ronca, irreconocible—. Carmen, no. No podemos.

—¿No?

Retrocedo un poco, y el frío entra de inmediato en todos los lugares donde estaba su calor. La vergüenza empieza a subirme por el cuello como una marea.

—Me has besado.

—Lo sé.

—Me has besado, Ethan.

—Sé muy bien lo que he hecho.

Se pasa la mano por la cara, por el pelo, y nunca, en ningún momento desde que lo conozco, había visto a Ethan Van Alen perder el control de una forma tan absoluta.

—Y no puede volver a pasar. Nunca más.

—¿Por qué?

Odio que mi voz salga dolida. Odio, con todas mis fuerzas, que esto me duela, que él tenga el poder de herirme tan rápido.

Me mira, y hay tanto en esa mirada —deseo, culpa, rabia contra sí mismo, y algo que parece casi desesperación— que contengo la respiración en mitad del pecho.

—Porque te compré —dice, en voz baja, y cada palabra parece salirle arrancada, costándole caro—. Y esto no va a pasar.

Traga saliva. Su voz se vuelve aún más baja.

—No voy a ser él.

El silencio después de esa frase parece ocupar el coche entero.

No sé quién es él. Todavía no. Pero sé, por el modo en que Ethan aparta los ojos, por el modo en que sus dedos se cierran en un puño sobre su propia rodilla, que ese nombre invisible carga con sangre, vergüenza y una herida demasiado antigua para haber cicatrizado bien.

Golpea dos veces con los nudillos en la mampara, le indica al conductor que continúe, y pasa el resto del camino mirando fijamente por la ventanilla, lejos de mí, en su lado del asiento,

con los puños cerrados sobre las rodillas como un hombre que está usando cada gramo de su propia fuerza para sujetarse en su sitio.

Y yo me quedo en mi lado del asiento de cuero, los labios todavía calientes y hormigueando por su beso, entendiendo dos cosas a la vez, con una claridad que duele.

La primera: estoy metida en un lío mucho, mucho más grande que dos millones de dólares y un contrato.

La segunda: el «él» que Ethan se niega, con todas sus fuerzas, a ser. Ese «él» no es Conrad Hitchmore.

Es alguien de mucho antes. Alguien que hirió, de un modo que dejó una marca permanente, a aquella mujer de pelo oscuro del marco de plata.

Y eso, de alguna forma, me afecta profundamente.