CAPÍTULO DIECISIETE
Carmen
La noche casi termina bien.
Y digo casi porque me lo estaba pasando genuinamente bien, lo que, teniendo en cuenta las circunstancias, ya es un milagro digno de investigación.
Vivienne es una de las personas más agudas, más divertidas y más inesperadamente amables que he conocido en la vida, y durante una hora entera casi me olvidé de dónde estaba y de por qué estaba allí.
Me contó historias de sus tres matrimonios, «enterré a todos, querida, y unos me gustaron más que otros, pero no voy a decir cuál delante de los retratos», me dio su opinión no solicitada sobre la mitad de las mujeres del salón, me explicó qué diamantes eran heredados,
cuáles se habían comprado para compensar una infidelidad y cuáles eran demasiado falsos para merecer respeto, y me hizo reír tanto que derramé champán en la servilleta.
Casi me olvidé de La Rosa Roja, del escenario, de la luz cegándome en la cara.
Casi me olvidé de los hombres en la oscuridad.
Durante una hora fui solo una chica en una fiesta, charlando con una señora encantadora que robaba canapés de la bandeja como si fuera un deporte de competición y hablaba mal de los millonarios con la tranquilidad de quien nació antes que ellos y pretende sobrevivir a todos.
Pero entonces se levantó diciendo:
—Voy a dar una vuelta, querida, que si no las otras víboras empiezan a sisear que estoy monopolizando la novedad de la noche.
Palabra suya, víboras, y me dejó sola durante dos minutos cerca de la mesa de los canapés. Y cometí el error fatal de bajar la guardia.
Solo dos minutos.
En una sala como esa, dos minutos son una eternidad.
Fue suficiente.
—La Rosa Roja —dice una voz a mi espalda.
Baja. Prepotente. Arrastrada y saboreando cada sílaba.
Me quedo congelada en el sitio, con el canapé a medio camino de la boca.
Conozco esa voz. Es la voz de los sillones de cuero. La voz de los quinientos mil. La voz que se inclinó hacia delante en la oscuridad y me erizó la nuca antes incluso de que yo supiera por qué.
Mi cuerpo lo sabe antes que mi cabeza.
La nuca se me eriza. El estómago se me revuelve.
Los dedos aprietan el canapé con tanta fuerza que el panecillo se deshace un poco entre ellos.
Alrededor, el salón sigue igual. Champán, risas, joyas, perfumes caros.
Nadie se detiene. Nadie mira. Así es como sobreviven estos hombres, pienso.
Haciendo cosas monstruosas en salas donde todo el mundo ha sido entrenado para fingir que no ha visto nada.
Me giro despacio, controlando cada músculo.
De cerca es más viejo de lo que había imaginado por la voz, y de algún modo peor.
Setenta y tantos años, bronceado artificial de quien no ha trabajado un solo día honrado en su vida, ojos pequeños, húmedos y atentos que me recorren de arriba abajo con la familiaridad asquerosa, presuntuosa, de quien cree que ya me compró una vez y solo está, pacientemente,
esperando la entrega del pedido atrasado.
—Creo que me ha confundido con otra persona —digo, y mantengo la voz firme por puro orgullo, por pura cabezonería, porque por dentro cada célula de mi cuerpo está en pánico, gritándome que corra.
—Ah, no, querida. Yo nunca, jamás, olvido una mercancía que se me escapó entre los dedos.
La palabra mercancía me golpea como una mano abierta.
Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio, y noto el olor a puro, a whisky añejo y a colonia demasiado cara. Detrás de él, una mujer con un vestido plateado se ríe a carcajadas de alguna broma. La normalidad de todo aquello es casi más aterradora que él.
—Fue una pena enorme, aquella noche —continúa—. Yo estaba dispuesto a ser muy, muy generoso contigo. Van Alen tiene dinero de sobra, es cierto, más del que sabe qué hacer con él. Pero no sabe… apreciar las cosas. No como las apreciaría yo. No con el debido cuidado.
Mi brazo quiere moverse solo.
Quiere estamparle la copa en la cara. Quiere empujar. Quiere arañar. Quiere hacer cualquier cosa que convierta el miedo en movimiento.
Pero me quedo quieta.
Porque este salón entero es una trampa elegante, y no sé qué dientes se cierran primero.
—Se está equivocando de persona —digo.
—Estoy hablando exactamente con la persona correcta.
Su mirada baja hacia mis rizos pelirrojos, demasiado lenta, demasiado repugnante.
—La Rosa Roja. El nombre te pegaba. Fuego bonito, raro.
Siempre me han gustado las cosas raras. —Se inclina un poco más, y su voz baja, íntima de una forma que me revuelve el estómago—.
No te he olvidado, ¿sabes? Todavía pienso en ese pelo.
Yo no renuncio a algo solo porque otro hombre haya pagado más por ello.
Soy paciente. Espero. Y siempre, siempre consigo lo que decido que es mío.
Pregúntale a cualquiera que haya intentado ponerse en mi camino. Los que quedan para contarlo son pocos.
La náusea sube tan rápido que casi no consigo tragar.
—No me llame así.
Él sonríe, y su sonrisa parece húmeda.
—Entonces dime cómo debo llamarte. ¿Carmen? ¿O Van Alen ya te ha elegido otro nombre?
Abro la boca para mandarlo a un lugar muy concreto, muy caliente y muy desagradable, pero no llego a pronunciar la primera palabra.
Porque de repente hay un brazo alrededor de mi cintura, un cuerpo cálido y sólido materializado a mi lado, y la voz más fría que he oído en toda mi vida corta el aire entre el viejo y yo como una hoja de hielo.
—Conrad.
Ethan.
Nunca en mi vida me había gustado tanto oír una voz.
—Estás demasiado cerca de mi acompañante.
Hitchmore sonríe, sin intimidarse lo más mínimo, exhibiendo unos dientes demasiado blancos.
—Solo estaba admirando tu excelente buen gusto, Van Alen. Tienes suerte. Mucha suerte. La última vez, casi fue mía, ¿lo sabías? Faltó tan poco.
La mano de Ethan se cierra en mi cintura, posesiva, firme, definitiva, tirando de mí medio centímetro más cerca de su cuerpo. No es brusco. No hace daño. Pero es un mensaje tan claro que hasta yo, temblando por dentro, lo entiendo.
Detrás de mí.
Ahora.
Obedezco.
Su calor en mi espalda parece una pared.
—No faltó nada —dice Ethan.
Dos palabras.
Bajas.
Sin ninguna emoción.
Y precisamente por eso aterradoras.
—Y no va a faltar. Nada de lo que es mío va a ser tuyo. Nunca. En ninguna circunstancia, en ninguna versión del futuro. —Hace una pausa milimétrica, calculada—. Te sugiero, con firmeza, que te lo grabes bien en la memoria, Conrad.
Los dos hombres se miran fijamente en silencio durante un instante largo, y por debajo de toda la educación de esmoquin, de champán y de gala benéfica, hay ahí algo antiguo, afilado y peligroso, una guerra privada que no entiendo pero que noto en la piel de los brazos como electricidad estática.
Hitchmore mira la mano de Ethan en mi cintura.
Después me mira a mí.
Su sonrisa no cambia, pero algo en sus ojos sí. La mirada se le afila. Se vuelve más fría.
—Cuidado con eso, Van Alen —dice, casi amable—. Los hombres como nosotros no solemos conservar bien los juguetes que empiezan a importar demasiado.
El cuerpo de Ethan se queda inmóvil.
Completamente inmóvil.
Lo único que se mueve en él es el pulgar contra mi cintura, una presión pequeña, casi imperceptible, como si me estuviera diciendo que me quede detrás de él, que no reaccione, que no respire demasiado fuerte.
—¿Los hombres como nosotros? —pregunta Ethan.
Su voz baja tanto que la noto más que la oigo.
—No cometas el error de ponerte en la misma frase que yo —continúa.
Por un segundo, creo que Hitchmore va a volver a sonreír. O a provocar más. O a tocarme solo para ver qué pasa.
Pero quizá él también sienta lo que yo siento: que hay un límite invisible en el aire, y que Ethan Van Alen está a un centímetro de cruzarlo con sus propias manos.
Hitchmore cede primero. Da un paso atrás, recompone la sonrisa y alza la copa en un brindis irónico hacia los dos.
—Disfrútalo mientras dure, Van Alen —dice, y vuelve a desaparecer entre la multitud de esmóquines.
Y yo, que aguanté la subasta entera con la barbilla erguida, que aguanté vender la única cosa que todavía era mía sin dejar caer una sola lágrima, empiezo a temblar ahora, aquí, sujeta al brazo de Ethan, a salvo.
Odiando a mi propio cuerpo por elegir justo este momento, el momento después del peligro, para entrar por fin en pánico.
La mano de Ethan cambia en mi cintura.
De posesión a cuidado.
La diferencia es mínima.
Aun así la noto.
—Carmen —dice, junto a mi oído.
Solo mi nombre.
Sin orden. Sin frialdad. Sin público.
Y eso casi me rompe.
—Necesito salir de aquí —susurro, y la voz me sale temblorosa—. Ahora. Por favor.
Ethan no pregunta nada. No dice «tranquila», ni «ya ha pasado», ni «respira», ni ninguna de las frases inútiles y automáticas que dice la gente cuando no sabe qué hacer con el miedo de los demás.
Solo me sujeta con más firmeza contra su cuerpo, hace un gesto breve con la cabeza a Declan, al otro lado del salón, y me guía hacia fuera por una puerta lateral discreta, lejos de las miradas curiosas, lejos de las sonrisas de tiburón.
En el pasillo, ya fuera del alcance de la música, se quita la chaqueta y me la echa sobre los hombros antes de que consiga protestar.
La tela aún guarda su calor y ese olor limpio, oscuro, demasiado caro, una mezcla de jabón, lana fría y algo que es solo Ethan.
—No hace falta —digo, porque necesito decir algo.
—Lo sé.
Él no la retira. Solo me coloca bien la solapa cerca del cuello, con los dedos rozando ligeramente un rizo suelto detrás de mi oreja.
El roce dura menos de un segundo, pero la delicadeza inesperada me desarma más que la amenaza de Hitchmore.
Entonces abre la puerta hacia la noche fría y cortante de Chicago, donde por fin, por fin consigo llenarme los pulmones de aire.