La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO DIECISÉIS
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CAPÍTULO DIECISÉIS

Ethan

No les quito ojo a las dos en toda la noche.

Vivienne se llevó a Carmen a un rincón hace cuarenta minutos, y ahí siguen las dos, sentadas, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra como viejas conspiradoras, riéndose de algo por lo que yo pagaría una cantidad considerable con tal de asegurarme de que no soy yo.

Mi tía abuela tiene el don sobrenatural de sacarles confesiones a las piedras, de hacer hablar a las esfinges, de arrancarles la verdad a hombres que confesarían menos bajo tortura.

Y Carmen tiene la pésima, peligrosísima costumbre de decir exactamente lo que piensa, en el momento en que lo piensa, sin limar las aristas, sin medir las consecuencias, sin ese instinto básico de autoconservación que la gente suele desarrollar después de sobrevivir a cosas malas.

La combinación de las dos me deja con la sensación física de que me están deshuesando a distancia, filete a filete, sin anestesia.

Vivienne le toca la mano encima de la mesa.

Carmen no se aparta.

Ese detalle me atrapa más de lo que debería.

Carmen se aparta de casi todo el mundo de maneras pequeñas, invisibles para quien no sabe mirar.

Tensa los hombros. Cierra los dedos. Echa el cuerpo un centímetro hacia atrás cuando alguien se acerca demasiado.

Con Vivienne no hace eso. Se queda ahí, con los rizos rojos cayéndole sobre un hombro, la boca curvada en una sonrisa que probablemente ni se da cuenta de que se le ha escapado, y algo dentro de mí se contrae con una fuerza idiota, primitiva y absolutamente inoportuna.

—Tienes cara de haberte tragado un limón entero, con piel y todo —murmura Declan, materializándose a mi lado con dos copas y plantándome una en la mano.

Vino como mi «invitado» a la gala, lo que en la práctica significa que se pasa la noche bebiendo champán gratis y comentando, en tiempo real, cada una de mis decisiones cuestionables.

—Relaja esa mandíbula antes de que te rompas un diente. Lo peor que puede hacer Vivienne es contarle que dormías abrazado a un perro de peluche hasta los nueve años.

—Yo nunca dormí con ningún perro de peluche.

—No es lo que me contó Vivienne las Navidades pasadas. Con detalles. Tenía nombre y todo. Era Sir Ladridos, si la memoria no me falla.

—Vivienne miente descaradamente cuando le parece gracioso. Y le parece gracioso casi todo cuando el tema soy yo.

—Cierto. Es una de sus mejores cualidades.

Le lanzo una mirada gélida.

Declan sonríe por encima de la copa.

—No sirve de nada que intentes intimidarme, jefe. Ya te he visto con una intoxicación alimentaria en Mónaco, abrazado a un cubo de hielo y prometiendo donar media fortuna a quien acabara con tu sufrimiento. Tu mítico aire de alfa impávido se fue al garete justo ahí.

—Hablas demasiado.

—Y tú observas demasiado. Todos estamos atrapados en nuestros defectos.

Lo dice y se detiene un segundo antes de continuar.

—Vivienne —dice observando a las dos mujeres en el rincón con interés genuino— se está divirtiendo más en esta fiesta que en ninguna otra de los últimos diez años, y yo fui a casi todas contigo.

Mira su postura. Mira cómo se inclina. Esa mujer no se inclina ante nadie, Ethan, ella hace que el mundo se incline ante ella.

Y tu supuesta asistente —carga la palabra con la ironía suficiente para hundir un transatlántico— está consiguiendo hacer reír a la vieja dragona.

Reír de verdad, de esa manera que sacude los hombros.

¿Tienes idea de cuántas personas vivas en este planeta consiguen hacer reír de verdad a Vivienne Van Alen?

Da un trago, largo.

—Yo. Y la lista terminaba en mí. Hasta esta noche, por lo visto. Ahora somos dos, y no me está gustando la competencia.

No respondo, porque la verdad inoportuna, la verdad que no voy a decir en voz alta ni bajo tortura, es que yo tampoco consigo dejar de mirar.

Y no es por la operación.

No es por su seguridad.

No es por ninguno de los motivos racionales y justificables que sería capaz de escribir, con letra firme, en un informe de seguimiento.

Es porque está absurdamente guapa con ese vestido verde, riéndose de esa manera desatada que dudo que ella misma perciba, con la barbilla erguida en ese ángulo de insubordinación que llevo tatuado en la cabeza desde el instante en que se abrió la cortina de terciopelo.

Es porque esos rizos rojos parecen fuego vivo bajo la luz de las lámparas, fuego salvaje, indomable, completamente fuera de lugar en este salón de oro pulido, mentiras caras y sonrisas ensayadas.

Ella no pertenece a este mundo.

Y, aun así, lo ilumina de una forma que me irrita.

Porque me doy cuenta. Todos se dan cuenta.

Los hombres miran. Las mujeres miran. Algunos fingen no mirar porque yo les devuelvo la mirada, y mi apellido todavía pesa lo suficiente en esta ciudad como para convertir la curiosidad en prudencia.

Pero algunos son estúpidos.

Siempre hay algún estúpido.

Un heredero de vaya usted a saber qué inutilidad pasa demasiado cerca de la mesa de Vivienne, aflojando el paso para mirar a Carmen más tiempo del que debería. Me memorizo su cara antes de que tenga la oportunidad de sonreír.

Declan sigue mi mirada y suspira.

—No podemos arruinar a todas las familias tradicionales de Chicago en una sola noche. Intenta priorizar.

—Estoy priorizando.

—Ese es justamente el problema.

Yo, que he pasado demasiado tiempo asegurándome, con método, disciplina y una paciencia casi religiosa, de que nada ni nadie me alcanzara de verdad, siento que algo muy antiguo y muy enterrado se remueve en el fondo del pecho, como un animal que estaba absolutamente seguro de que estaba muerto,

disecado y catalogado, y que ahora, sin pedir permiso, abre un ojo y me sostiene la mirada.

Es el tipo de cosa que destruye operaciones.

Es el tipo de cosa que destruye a hombres como yo, hombres que dependen de no sentir nada para sobrevivir en medio de los lobos.

Lo sé mejor que nadie.

Vi exactamente lo que los sentimientos le hicieron a mi madre.

Y aun así no consigo apartar la mirada.

Carmen se ríe de nuevo, más bajito esta vez, y Vivienne se lleva la mano al pecho como si acabara de decirle la cosa más escandalosamente encantadora de la noche. Carmen se pone roja. No mucho. Solo lo justo para que el rubor le roce las mejillas y compita con el fuego de su pelo.

Mi cuerpo reacciona antes que mi razón.

Un paso.

Pequeño.

Hacia ella.

Declan lo nota. Claro que lo nota.

—Estás jodido —dice, en voz baja, a mi lado, y cuando por fin giro la cabeza hacia él, la broma ha desaparecido de su cara.

Solo queda el amigo que me conoce desde hace veinte años, leyendo en mí lo mismo que yo me estoy negando a leer—.

Lo sabes, ¿no? Te veo la cara, Ethan. Nunca te había visto con esa cara.

—Cállate, Declan.

—Tu respuesta no hace más que confirmar lo que he dicho.

—No, es solo la irritación de quien lleva demasiado tiempo aguantándote.

—También. Pero hay otras cosas ahí. Cosas malas para tu tensión arterial y excelentes para mi entretenimiento.

Apoyo la cadera en la barra.

Él levanta las dos manos, fingiendo rendición.

—Vale. No digo nada. Me limitaré a observar en silencio mientras te enamoras de la mujer más inadecuada posible en medio de la operación más delicada de tu vida. ¿Qué podría salir mal?

—Declan.

—Vale. Silencio.

Su silencio dura exactamente tres segundos.

Entonces su cuerpo cambia.

No mucho. Para cualquier otra persona, no habría pasado nada. Pero conozco a Declan desde antes de que aprendiera a esconder el miedo detrás de bromas malas. La postura relajada desaparece. Sus ojos, antes divertidos, se quedan planos.

—Ha llegado Hitchmore —dice Declan, y la broma se evapora al instante de su voz.

Sigo su mirada a través del salón.

Y ahí está, al otro lado, con esmoquin impecable, sonrisa de tiburón domesticado, estrechando las manos de senadores y directores de hospital con la desenvoltura de quien es el dueño del lugar: Conrad Hitchmore.

El hombre que pujó medio millón por Carmen.

Uno de los hilos más gruesos de la red que he venido a quemar hasta los cimientos.

Acepta una copa de champán sin mirar al camarero. Se ríe de algo que dice un hombre de pelo blanco. Inclina la cabeza para escuchar a una mujer cubierta de diamantes. Todo perfectamente civilizado. Todo perfectamente ensayado.

Y entonces sus ojos pequeños y atentos empiezan a barrer el salón lentamente, de un lado a otro.

Buscando.

La sangre se me hiela antes incluso de que la encuentre.

Buscándola a ella.

Cuando la mirada de Hitchmore se detiene en la mesa de Vivienne, algo en su cara cambia. No lo suficiente para que el resto de la sala lo note. La sonrisa sigue en su sitio. La postura sigue impecable. Pero yo lo veo.

Interés.

Reconocimiento.

Hambre.

La copa cruje entre mis dedos.

Declan mira hacia mi mano.

—Ethan.

—Mantente atento —digo, ya en movimiento, ya dejando la copa intacta en la primera superficie que encuentro—. No dejes que se acerque a tres metros de ella. Yo lo intercepto por el camino.

—Con mucho gusto —responde Declan, y ahora no hay broma ninguna—. Pero intenta no matar al viejo en plena gala. La logística sería un desastre.

No respondo.

Porque una cosa la tengo decidida, con una certeza absoluta que no tiene nada que ver con ningún plan, operación o estrategia:

Conrad Hitchmore no se va a acercar a Carmen Pembroke.

No mientras yo siga respirando en este salón.