La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO TRECE #2
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CAPÍTULO TRECE #2

El frío me baja otra vez por la espina dorsal, entero, recordándome que toda esta seda suave es una fantasía, una fachada, un disfraz. Y que voy a ponérmela para entrar de nuevo, por voluntad propia, en el mismo mundo que me puso en exposición.

—No —digo.

Al vestido.

A la nota.

Al recuerdo del escenario que todavía no se me ha ido de debajo de la piel.

—¿No qué?

La voz de Ethan llega desde la puerta.

Me giro tan rápido que casi tiro la percha.

Está apoyado en el marco, sin chaqueta, las mangas de la camisa remangadas hasta el antebrazo, como si hubiera elegido justo este momento para parecer menos inalcanzable y más peligroso. Sus ojos recorren el vestido, luego a mí, y algo en su cara cambia cuando ve mi mano todavía aferrada a la tela.

—No pienso ponerme esa ropa que has elegido tú para desfilar en un evento que no me has explicado.

—Es una gala benéfica.

Suelto una risa corta, sin humor.

—Claro. Porque después de la subasta clandestina, nada más relajante que otra sala llena de ricos bebiendo champán y fingiendo que tienen alma.

La comisura de su boca se mueve, pero los ojos no sonríen.

—Justo.

—Ethan.

Se aparta del marco y entra en la habitación solo dos pasos.

Lo bastante lejos para no acorralarme.

Lo bastante cerca para que su presencia cambie la temperatura.

—Algunos hombres de ese evento estaban en la Subasta de las Rosas.

El aire desaparece.

No todo. Solo el suficiente para recordarme que respirar es algo que exige esfuerzo.

—¿Lo sabías y me mandaste una nota? —Mi voz sale demasiado baja, demasiado fina en los bordes. Lo odio—. ¿Ibas a ponerme sin más un vestido bonito y llevarme al mismo tipo de sala, con el mismo tipo de hombre, sin decir nada?

Se le tensa la mandíbula.

—Iba a decírtelo.

—¿Cuándo? ¿En el coche? ¿En la puerta? ¿Cuando ya estuviera rodeada por ellos?

—Ahora.

—Qué generoso.

Encaja el golpe sin pestañear.

—No voy a mentirte. Algunos de ellos estaban en aquel salón. Te vieron bajo aquella luz, oyeron el nombre de La Rosa Roja y van a querer saber si todavía consiguen hacerte temblar.

La náusea me sube caliente.

Vuelvo a ver la sombra del viejo inclinándose hacia delante. Oigo quinientos mil. Siento la luz clavándome en el sitio, la máscara pegada a la cara, mi orgullo haciendo el papel de columna vertebral porque el resto de mí quería derrumbarse.

—Entonces ¿por qué iba a ir?

—Porque necesitan verte entrar por la puerta principal, con la cabeza alta, conmigo a tu lado, sin máscara, sin rosa prendida, sin precio. —Su voz baja—. Necesitan entender que no saliste rota de aquel escenario.

—¿Y si lo estoy? —pregunto antes de poder impedirlo.

Su cara cambia.

No se ablanda. Ethan no se ablanda. Pero algo se oscurece de una manera más peligrosa, más silenciosa.

—Entonces no tienen por qué saberlo.

Se me encoge el pecho.

—Lo dices como si fuera sencillo.

—No es sencillo. Es necesario. Hay diferencia.

Se detiene y me mira.

—No vas a desfilar —continúa, antes de que consiga responder—. Vas a entrar conmigo. Vas a quedarte conmigo. Y cualquier hombre que confunda mirar con tener derecho va a descubrir lo poco civilizado que soy cuando me provoque.

Un escalofrío me sube por la nuca.

—Dices estas cosas como si fueran normales.

—Para mí lo son.

—Eso no ayuda.

—Lo sé.

El silencio entre nosotros se vuelve tenso.

Vuelvo a mirar el vestido. Después a él.

—¿Y por qué verde?

Sus ojos bajan a mis rizos pelirrojos sueltos sobre el hombro, y la respuesta llega demasiado baja.

—Porque el rojo sería lo obvio. Y no quiero que esos hombres te miren y se acuerden del escenario.

El corazón me da un traspié.

—¿Y de qué quieres que se acuerden?

Ethan da un paso más.

Solo uno.

Aun así, parece mucho.

—De que saliste de allí de pie —dice—. Y de que ahora, cuando entres en una sala, nadie decide tu precio.

No sé qué responder.

Odio esto. Odio cuando dice las cosas correctas de la manera equivocada, con esa arrogancia calmada, como si estuviera dictando sentencia y no intentando ser amable.

—Se te da fatal pedir —digo, porque es más seguro que cualquier otra cosa.

—No estoy pidiendo.

—Claro que no.

—Pero estoy dándote elección. —Su voz baja—. Si no quieres ir, no vas. Si quieres ir con otra ropa, vas. Si quieres ponerte este vestido, me pasaré la noche entera asegurándome de que ningún hombre de esa sala olvide que mirar no da derecho a tocar.

Contengo la respiración.

Ethan me mira un segundo más, luego retrocede, como si hubiera visto demasiado.

—Las ocho —dice—. O no. La decisión es tuya.

Sale antes de que consiga responder.

Me quedo sola en el vestidor, con el vestido verde entre los dedos, el miedo todavía pegado a la garganta y el corazón haciendo algo ridículo, peligroso y completamente inconveniente dentro del pecho.

La decisión es mía.

Después de tantos días sintiendo que el mundo entero solo me empujaba de un lado a otro, la frase debería parecer pequeña.

No lo parece.

Parece una puerta.

Y lo peor es que, contra todo sentido común, contra todo instinto de supervivencia y contra la opinión furiosa que Josie seguro que tendría si supiera todo esto, una parte de mí quiere cruzarla.

No por ellos.

Por mí.