La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO TRECE
27%

CAPÍTULO TRECE

Carmen

Josie ya me ha llamado siete veces.

Lo cojo a la séptima, en el baño de la habitación de invitados, con la puerta cerrada, porque Josie Lockwood es mi mejor amiga desde los dieciséis años y tiene un detector de mentiras incorporado que haría llorar de envidia a la CIA.

—ESTÁS VIVA —grita, y aparto el móvil de la oreja—.

¡Te he estado llamando toda la noche! No apareciste por el Marlowe's, el encargado dijo que llamaste y sin más dijiste que lo dejabas, QUE LO DEJABAS, Carmen, con lo que te encanta odiar ese curro, y tu móvil sonaba y sonaba y nada, ¡y yo ya estaba montando un cartel de desaparecida,

lo iba a pegar en una farola!

—Estoy viva, Josie. Respira.

—No me mandes respirar. —Una pausa, y su voz cambia, se pone espabilada—. ¿Dónde estás? Hay eco. Estás en un baño grande. Tu baño no tiene eco, tu baño tiene esa mampara que chirría. Ese baño es de rico. Carmen, ¿en qué baño de rico estás encerrada?

Cierro los ojos. Debería haberlo visto venir.

—He conseguido un trabajo nuevo —digo—. De asistente personal. De un… empresario. Vivir juntos, es requisito del trabajo, viaja mucho y necesita a alguien disponible.

Silencio al otro lado. Un silencio escéptico, largo, marca de la casa de Josie.

—Asistente personal —repite—. Vivir juntos. Empresario. —Otra pausa—. Carmen, te quiero, pero esa peli ya la he visto. Suele llamarse «la primera media hora de un documental sobre algo muy chungo». ¿Cuánto te está pagando?

—Lo suficiente para el protocolo de Sloane. Todo. Pagado.

Y entonces Josie se queda de verdad en silencio, porque sabe lo que eso significa. Estuvo conmigo durante los catorce meses. Me vio llorar en el aparcamiento del hospital. Sabe exactamente el tamaño de la montaña que acaba de moverse.

—Carmen —dice, y la broma se ha esfumado—. ¿Qué has hecho?

—He conseguido un trabajo —repito, firme—. Un buen trabajo. Y Sloane se va a poner bien. Es lo único que importa.

—¿Me juras que estás a salvo? —Su voz es pequeñita ahora—. ¿Me lo juras? Porque si ese tío es peligroso, si te hace daño, me planto ahí, no tengo dinero ni plan, pero me planto ahí y muerdo, Carmen, sabes que muerdo.

Y me río, y es la primera vez que me río de verdad en días, porque Josie mordería de verdad: mide metro y medio y es pura furia leal.

—Te lo juro —digo—. Te llamaré todos los días. Prometido.

—Todos los días. —Respira—. Y quiero saber su nombre. Para poder atormentarlo si desapareces.

Miro la puerta cerrada del baño, pensando en el hombre que hay al otro lado del ático.

—Ethan —digo—. Se llama Ethan Van Alen.

—Hmm. —Josie lo procesa—. Nombre de rico, sí señor. Vale. Todos los días, Carmen. Iba en serio con lo de la farola.

**

Al segundo día desayuno con Ethan, y es lo más raro del mundo.

No se ha ido a las seis. Bajo a la cocina a las siete y él sigue ahí, leyendo algo en la tablet con un café solo, y cuando entro no levanta la vista, pero desliza un segundo café por la encimera en mi dirección sin decir nada. Ya azucarado. Tal como me lo tomo.

Me paro.

—¿Cómo sabes cómo me tomo el café?

—Lo hiciste ayer. —Pasa la página en la tablet—. Dos de azúcar, una gota de leche. Me fijo en las cosas.

—Eso da miedo, ¿lo sabías? —Cojo el café. Está perfecto—. Que te fijes en cómo me tomo el café después de verme hacerlo una sola vez. La gente normal no hace eso.

—Nunca dije que fuera normal. —Y entonces por fin levanta la vista, y hay algo casi divertido ahí—. Hablas dormida, por cierto. Las asistentas lo comentaron. Andas por la casa a las cuatro de la mañana y hablas con la nevera.

—Yo no hablo con la nevera.

—Le preguntaste a la nevera por qué es tan grande si nunca hay comida.

Noto que me arde la cara.

—Es una pregunta válida. Esa nevera es del tamaño de un coche y tiene, ¿qué?, tres huevos y champán. ¿Qué clase de hombre almacena champán y no almacena comida?

—Un hombre que no come en casa.

—Un hombre que no vive en casa —corrijo, y me siento en el taburete—. Hay diferencia. Vives en un tanatorio precioso, Ethan. No hay fotos en la pared, no hay desorden, no hay nada que diga que una persona de verdad duerme aquí. Hasta tu nevera es decorativa.

Me mira durante un largo instante, y creo que me he pasado, que se va a cerrar y a marchar, como hace él. Pero en lugar de eso dice, muy bajito:

—No paso el tiempo suficiente en ningún sitio como para que se convierta en hogar.

Y hay algo tan crudo en eso, tan revelador sin querer, que no tengo ninguna broma preparada. Nos quedamos en silencio un segundo, dos cafés entre nosotros, y comprendo que este hombre ha construido su vida entera para no pertenecer nunca a ningún sitio, para no tener nunca nada que doliera perder.

Igual que yo, en realidad. Solo que mi versión es más barata.

**

Vuelvo al hospital a ver a Sloane, sola esta vez, porque Ethan ha mandado al chófer y a un guardaespaldas que finge ser chófer.

El chófer de verdad conduce. El guardaespaldas finge leer mensajes en el asiento de delante, con la mandíbula de quien partiría a tres personas antes de comer si alguien se lo ordenara.

Discreto, en el vocabulario de Ethan Van Alen, significa al parecer «amenazador, pero de traje».

Sloane está mejor. No bien, todavía no, pero lo bastante mejor para quejarse de la sopa, criticar mi pelo recogido de cualquier manera y acusarme de tener «cara de secreto», lo cual es ofensivo,

porque tengo varias caras y ninguna de ellas debería leerse con tanta facilidad por una adolescente que lleva los calcetines antideslizantes del hospital.

Paso dos horas con ella. Dos horas enteras en las que nadie me llama del trabajo, nadie pregunta dónde estoy, nadie me recuerda que el tiempo es dinero, nadie me obliga a elegir entre una cama de hospital y una factura vencida.

Me quedo sentada a su lado, ajustándole la sábana, escuchando cotilleos sobre las enfermeras, fingiendo que no me doy cuenta cuando se cansa a mitad de una frase.

Cuando me marcho, me sujeta la mano un segundo de más.

—¿Vuelves mañana?

La pregunta es pequeña. Demasiado pequeña para el estrago que me hace.

—Vuelvo —digo—. Mañana y pasado. Te vas a hartar de mi cara, ya verás.

—Imposible. Tu cara es mi entretenimiento gratis favorito.

Me río, le doy un beso en la frente y salgo antes de que vea que se me llenan los ojos.

Al tercer día, bajo descalza a la cocina y encuentro una nota en la encimera de granito.

Escrita con una caligrafía masculina demasiado precisa para ser simpática, muy recta, de alguien que nunca ha garabateado nada en su vida.

Todavía tengo el sabor de tres días extraños en la boca.

Tres días de cafés azucarados en su punto justo.

De trozos de verdad a las once de la noche.

De un hombre que se va antes de las seis y vuelve después de las nueve y, aun así, aprende cómo me gusta el café.

Tres días en los que el ático dejó de ser solo un tanatorio precioso y se convirtió, sin que ninguno de los dos lo admitiera, en algo parecido a la convivencia.

Y hoy, en la encimera, la nota:

«Evento hoy, 20:00. Ropa en tu vestidor. Prepárate para las 19:30.

— E.»

—«E.» —leo en voz alta, para la cocina vacía e impecable—. Qué encanto. Qué calidez. Casi una nota de amor. Solo le ha faltado el corazoncito.

Pongo los ojos en blanco, pero cojo el papel de todos modos.

No es una invitación. Claro que no. Ethan Van Alen probablemente considera que una invitación es una formalidad sentimental inventada por gente sin poder suficiente para, simplemente, reorganizar la noche de los demás.

Aun así, algo en el estómago me da un vuelco.

Evento.

La palabra parece inofensiva. Casi educada. Una palabra de agenda, de champán, de gente rica fingiendo generosidad mientras sonríe al fotógrafo. Solo que, para mí, no viene sola.

Viene con demasiada luz blanca en la cara.

Viene con terciopelo color vino abriéndose.

Viene con el olor imaginario a puro caro, a whisky y a hombres demasiado viejos mirando a una chica como si su cuerpo fuera el postre al final de una cena.

Se me revuelve el estómago.

Me acuerdo de los relojes brillando en la oscuridad.

De las paletas subiendo. De la voz del subastador diciendo «intacta» como si estuviera anunciando la cosecha de un vino.

Me acuerdo de la voz de los quinientos mil, lenta, satisfecha, asquerosa de una manera que todavía siento en la piel, como si su mirada hubiera dejado una capa de suciedad que ninguna ducha me ha quitado del todo.

Ropa en el vestidor.

Claro.

Porque después de que te coloquen en un escenario como La Rosa Roja, nada más terapéutico que volver a vestirte para entrar en una sala llena del mismo tipo de hombre.

Aun así, voy a ver la dichosa ropa.

Porque la curiosidad siempre, siempre le gana al sentido común conmigo. Es mi pecado capital.

Cuando abro la puerta del vestidor de la habitación de invitados, un vestidor que, de por sí, es más grande que el baño de mi piso, me quedo inmóvil a mitad de paso.

Hay un vestido colgado ahí solo, con protagonismo, como si lo hubiera colocado un equipo de museo.

Verde oscuro.

Seda pesada que se desliza entre los dedos, con un corte demasiado elegante para mí y demasiado bonito para fingir que no lo es.

Cuesta, según mi cálculo conservador, más que todo lo que he poseído en la vida entera sumado, incluido el coche de mi padre.

Al lado, en el suelo, un par de zapatos de tacón que parecen armas.

Debajo, en un estante, una caja de terciopelo que ni siquiera quiero abrir, porque tengo miedo de que sean joyas y aún más miedo de descubrir que me van a gustar.

El vestido no tiene un escote vulgar, no tiene un brillo desesperado, no tiene nada de aquel escaparate humano de la subasta. Es sofisticado. Adulto. Caro de una manera silenciosa. La clase de vestido que no suplica atención porque sabe que la va a recibir.

Toco la tela con dos dedos.

Odio que me guste.

—Tiene buen gusto, el cretino —admito en voz baja—. Qué rabia.

Y entonces me acuerdo de dónde, exactamente, se va a lucir este vestido.

Evento.

Los que importan.

La misma gente.

La gente de la subasta.

Las butacas de cuero. La voz de los quinientos mil. El escenario. La rosa roja prendida en mi pecho.