La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

Ethan

Debería haber cerrado la puerta con llave.

En treinta y seis años, nadie ha entrado en este despacho sin mí. Ni el personal de limpieza. Regla absoluta. Pocas horas después de traerla aquí, Carmen está en el centro de la habitación, sosteniendo la única cosa de este piso que importa.

Ella se gira, con el marco en las manos, y yo espero que se disculpe.

Que suelte la foto de inmediato. Que retroceda, balbucee algo, huya de la habitación como haría cualquier persona en su sano juicio ante el tono de voz que acabo de usar, un tono que hace que ejecutivos curtidos se encojan en las salas de reuniones.

Carmen Pembroke no retrocede.

La luz de la lámpara le prende en el pelo, transformando los rizos en un color de brasa contra la madera oscura del despacho, y por un instante absurdo pienso que parece la única cosa viva en esta habitación de muertos.

Debería parecer pequeña, fuera de lugar, asustada.

No lo parece. Parece peligrosa de una manera distinta, no porque pueda hacerme daño con la fuerza, sino porque mira adonde nadie mira y no finge no ver.

—¿Quién es ella? —pregunta.

—Suelta. Eso.

—Voy a soltarlo. —No lo suelta. Me mira a mí y luego a la foto, y de la foto vuelve a mirarme, y esos ojos oscuros me diseccionan de una manera que desde luego no he autorizado, abriendo capas—.

Pero nadie reacciona así ante una foto cualquiera.

Nadie usa ese tono por un portarretratos decorativo.

Se reacciona así ante una foto que importa.

Ante una foto que duele. ¿Quién es ella?

—No es asunto tuyo.

—Casi nada en esta casa es asunto mío —replica, sin retroceder ni un milímetro—.

La casa no lo es. La ropa exactamente de mi talla no lo es.

El contrato con esa cláusula siniestra sobre eventos no lo es.

Pero ahora vivo aquí, oficialmente, he firmado el papel y todo, así que perdóname si estoy intentando entender con qué clase de hombre acabo de compartir techo.

—Por fin vuelve a dejar el marco sobre la mesa, con un cuidado casi delicado, girado de nuevo hacia la silla, exactamente en el ángulo en que estaba, como si se hubiera aprendido la posición de memoria—. Reconozco esa cara.

Se me hiela la sangre en las venas.

—¿Cómo que la reconoces? —La frase me sale más dura de lo que pretendía.

—A la persona no. —Me mira a los ojos—. Nunca he visto a esa mujer en mi vida.

Reconozco la expresión. Yo he puesto esa cara exacta.

Es la cara de quien sonríe porque le han mandado sonreír, en un sitio donde no ha elegido estar, en un momento que querría que acabase cuanto antes.

—Traga saliva, y la voz pierde un poco de su filo cortante—.

He puesto esa cara esta noche. Encima de un escenario, con una luz en la cara y una rosa roja prendida en el pecho.

Y es eso lo que me desmonta por dentro. No la invasión del despacho.

No la terquedad de no soltar la foto. Es el hecho de que ha mirado la cara de mi madre a los dieciséis años y ha visto, en tres segundos, a oscuras, lo que nadie, ni Vivienne, ni Declan, ni ninguno de mis hermanos, ha visto nunca de inmediato: la verdad desnuda por debajo de la sonrisa.

Me quedo callado demasiado tiempo. Carmen lo nota. Ella lo nota todo, ya lo estoy aprendiendo a un coste alarmante para mi paz mental, y, por una vez, no llena el silencio con sarcasmo. Solo espera, plantada ahí, descalza en mi despacho, dándome espacio.

—Ya ha muerto —digo, por fin. Y no sé por qué lo digo. Yo no hablo de mi madre. Con nadie. Desde hace años—. Hace mucho tiempo.

—Lo siento.

—No hace falta que lo sientas.

—Ya sé que no hace falta. Lo he dicho porque es verdad.

—Se cruza de brazos, pero el gesto ha perdido toda la hostilidad de antes.

Ahora es solo una mujer protegiéndose del frío de una habitación, o del peso de una conversación—.

Yo también he perdido a gente que importaba.

Sé la diferencia entre el «lo siento» automático de velatorio y el de verdad. El mío ha sido del segundo tipo.

Debería mandarla salir ahora mismo. Debería reconstruir el muro ladrillo a ladrillo, cerrar la puerta con llave dejándola fuera, y recordarme a mí mismo, con firmeza, que esta mujer es una complicación imprevista que no puedo, bajo ningún concepto,

permitirme el lujo de tener suelta en medio de la operación más importante y más peligrosa de toda mi vida.

En vez de eso, me quedo ahí plantado, en el despacho donde no entra nadie, mirando a una desconocida descalza que acaba de ver a través de mí como si estuviera hecho de cristal.

—Vete a dormir, Carmen —digo, y la aspereza que intento forzar en la voz me sale gastada, sin filo—. Es tarde. Descansa.

Ella va hacia la puerta. Se detiene y mira hacia atrás, por encima del hombro.

—Por cierto —dice—. No voy a poder dormir. Nunca lo consigo, es una condición crónica. Así que si oyes ruido de alguien andando descalza por tu casa-necrocomio a las cuatro de la madrugada, tú tranquilo, soy solo yo haciendo la ronda. No dispares.

Y sale, dejándome solo con la foto de mi madre y con la sensación extremadamente incómoda, casi física, de que acabo de cometer un error mucho mayor que pujar dos millones de dólares en una subasta.

El móvil me vibra sobre el escritorio. Declan.

—Ya son las doce y media —dice, en cuanto contesto, sin saludar—.

Estoy esperando, pacientemente, a que me expliques qué ha pasado hoy, desde el momento en que me colgaste el teléfono en las narices dentro del coche.

Y no me vengas con «luego hablamos», Ethan, porque acabo de gastarme tres años enteros de mi vida en esta operación a tu lado, renunciando a un montón de cosas, y hoy, de la nada, has comprado a una chica por dos millones de dólares delante de Conrad Hitchmore y de media red de trata.

Así que. Por qué.

—Sé lo que he hecho.

—Eso no responde a la pregunta. —La voz pierde la broma del todo—. En serio, hermano. ¿Por qué?

Miro el marco de plata. La cara de mi madre a los dieciséis años, sonriendo por obligación.

El reloj en la muñeca me pesa cuando cierro la mano. Un regalo de Lawrence Van Alen, mi padre, en mi decimoctavo cumpleaños. «Para que aprendas que el tiempo es un arma», dijo.

—Porque tenía la misma cara —digo, en voz baja.

Al otro lado de la línea, Declan se queda callado. Me conoce desde los diecisiete años. Estuvo en el entierro. Sabe exactamente de qué cara estoy hablando, y exactamente lo que significa para mí.

—Ay, Ethan —dice, por fin, y el peso en la voz dice todo lo que hace falta decir—. Tío, menudo pozo en el que te acabas de meter.

—Pero hay una cosa más —dice Declan.

Cierro los ojos y me aprieto el puente de la nariz.

—Hitchmore —continúa—. No ha soltado la presa. Anda preguntando por ella. Por la chica de la subasta. Por la que se le escapó de las manos.

—Un hombre como Hitchmore no pierde algo que ha decidido que era suyo y simplemente lo olvida.

—Miro hacia la puerta por la que Carmen acaba de salir, oyendo todavía el eco de sus pasos descalzos en el pasillo—.

La he comprado delante de él, delante de toda la red.

Y eso, para un hombre como ese, no me convierte en dueño.

Me convierte en ladrón. Se ha convertido en un objetivo en el instante en que levanté aquella paleta, Declan.

Y ahora está bajo mi techo, bajo mi responsabilidad, y tengo que mantenerla lejos de su alcance hasta que lo derribemos todo.