La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO NUEVE
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CAPÍTULO NUEVE

Carmen

Firmo.

Claro que firmo. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

El dinero ya está en la cuenta, Sloane empieza la preparación para el CAR-T el lunes, y este hombre es, por sus propias palabras, la cosa más segura en una ciudad que de repente se ha vuelto mucho más peligrosa de lo que mis cálculos de madrugada habían previsto.

Pero firmo con su pluma pesada, sobre su mármol frío, y pienso: mi padre debe de estar revolviéndose en la tumba justo en este momento.

Una deuda es una correa, bambina.

Bueno, papá. Es una correa de dos millones de dólares, así que al menos tu hija no se ha vendido barata. Al menos eso. Siempre me dijiste que no aceptara menos de lo que valgo, y me tomé el consejo bien al pie de la letra.

Ethan coge el contrato después, comprueba la firma con una mirada rápida y guarda la carpeta como si aquello fuera solo una transacción más, un documento más entre tantos otros que debe de firmar cada día sin sentir nada.

Pero yo lo siento. Siento el peso de la tinta secándose en el papel, siento mi letra atrapada ahí debajo, siento lo absurdo de haber puesto mi nombre completo en una vida que no reconozco.

—¿Ya está? —pregunto.

—De momento.

—Es una respuesta pésima.

—Es la única honesta.

Odio que parezca preferir la verdad incluso cuando no ayuda en nada.

Cuando me voy a la habitación de invitados, que es más grande que mi piso entero, salón, cocina y baño sumados, y tiene unas sábanas tan suaves que sospecho seriamente que cuestan más que mi sueldo de un mes, llamo a Sloane.

Tardo tres intentos antes de pulsar «llamar».

En el primero, se me traba el dedo. En el segundo, casi cuelgo antes incluso de completar la llamada.

En el tercero, me acuerdo del saldo en la cuenta, me acuerdo del doctor Adeyemi diciendo seis semanas, me acuerdo de la mano caliente de Sloane sobre la mía, y pulso.

—Son las once de la noche —contesta, con la voz blanda de sueño y la indignación intacta—. Tú nunca llamas a las once de la noche. ¿Te has muerto? ¿Me estás llamando desde el más allá? Porque si eres un fantasma, quiero que sepas que me prometiste dejarme tus auriculares buenos.

—Estoy viva. Y los auriculares siguen siendo míos. Tengo una novedad.

—Si es mala, guárdatela para mañana. Estoy oficialmente sin energía para noticias malas hoy. Ya he cubierto el cupo.

—Es buena. —Cierro los ojos, apoyada en el cabecero acolchado que parece una nube—. El CAR-T. El protocolo del doctor Adeyemi. Empiezas la preparación el lunes.

Silencio al otro lado de la línea.

Un silencio largo, distinto de sus silencios normales.

—Carmen. —Su voz cambia, pierde el sueño de golpe, se vuelve pequeña, vuelve a tener ocho años—. ¿Cómo?

—He conseguido un trabajo nuevo. Muy bien pagado. Trabajo de asistente, para un tío rico, plasta y mandón.

No es exactamente una mentira. Es una versión de la verdad recortada al tamaño exacto que ella puede cargar sin hacerse daño. Me he vuelto una experta en recortar la verdad al tamaño de los demás.

—¿Cómo de rico? —pregunta, y oigo la desconfianza empezando a formarse, porque es demasiado lista, siempre lo ha sido.

—Del tipo que su ascensor tiene un banco.

—¿Para sentarse?

—Para sentarse.

—Qué ridículo.

Pero ahora se está riendo, oigo la sonrisa en su voz, y el sonido me reconstruye por dentro trozo a trozo, como pegamento secándose.

—Carmen. En serio ahora. ¿Es verdad esto? ¿No es una broma, no es una estafa, no has firmado nada que te vaya a joder? Porque si has hecho alguna locura enorme por mi culpa…

—Es un empleo. Un buen empleo. Deja de inventarte dramas y de desconfiar de todo, eso lo has sacado de mamá.

—Golpe bajo, ¿eh?

—Pero ha funcionado, has dejado de preguntar. —Sonrío en la oscuridad, aunque ella no pueda verme—. Duérmete. Te quiero. El lunes empiezas y yo voy a estar ahí a tu lado cuando empiece, te cojo la mano y todo.

—¿Vas a llorar?

—Claro que no.

—Mentirosa.

—Profesional.

Se queda callada un instante, y cuando vuelve a hablar, la voz le sale más fina.

—Tenía miedo de que no diera tiempo.

La frase me atraviesa tan limpia que casi no duele en el momento. El dolor viene después, con retraso, abriéndose hueco entre las costillas.

—Va a dar tiempo —digo, metiendo en la voz toda la firmeza que no tengo—. ¿Me estás oyendo? Va a dar tiempo.

—Te quiero, plasta mentirosa. —Una pausa pequeña—. Gracias. Por lo que hayas hecho. Sé que has hecho algo.

Cuelga antes de que necesite responder, lo cual está bien, porque ya no habría tenido una respuesta que cupiera en su tamaño.

Me quedo un rato tumbada en la oscuridad, mirando el techo de esta habitación, sin manchas de humedad, me doy cuenta en el momento.

El silencio de aquí es distinto del silencio de mi piso.

Allí siempre hay una tubería golpeando, un vecino tosiendo, una sirena a lo lejos, el crujido del sofá quejándose de mi existencia.

Aquí nada cruje. Nada se filtra. Nada delata vida.

Es un silencio caro, acolchado, que parece tragarse cualquier sonido antes de que tenga permiso para molestar.

Cuando el sueño no llega, porque el sueño nunca llega, intento hacer lo que siempre hago: contar, pero no hay nada que contar en esta habitación y a estas horas casi echo de menos las manchas de humedad de mi piso.

Me levanto.

Camino.

El ático está en silencio absoluto. Ethan desapareció hace horas tras una puerta en el extremo opuesto del pasillo.

Camino descalza sobre el mármol frío, que me hiela la planta de los pies, paso por la cocina que parece no haber visto nunca romperse un huevo, por el salón-escaparate con sus sofás de mentira, y llego a un pasillo que aún no había explorado.

Al fondo, una puerta.

Cerrada.

Y por debajo, una fina rendija de luz amarilla.

Sé que no debo. Lo sé, con cada célula de mi cuerpo, que lo sensato y educado es dar media vuelta e irme a dormir, pero soy, según el testimonio unánime de todos los que me han conocido en la vida, fundamentalmente incapaz de ignorar una puerta cerrada con luz encendida debajo.

Me acerco, con mucho sigilo.

La puerta está solo entornada, no cerrada con llave, y cede con un toque leve de mis dedos.

Es un despacho.

Y esta habitación, a diferencia de toda la casa-depósito de cadáveres, es humana.

Libros de verdad gastados en las estanterías, de los que se han leído y releído, con los lomos arrugados.

Un sillón de cuero ajado por el uso, moldeado por años de un cuerpo.

Un olor leve a papel viejo y a whisky. Hay una manta tirada de cualquier manera en el brazo del sillón, un vaso olvidado por la mitad sobre una mesita auxiliar, papeles amontonados sin la perfección quirúrgica del resto de la casa.

Por primera vez desde que entré en este ático, veo una grieta en el escaparate.

Y en el escritorio, colocada de frente a la silla, como si la mirase todos los santos días al sentarse, un marco de plata.

Una fotografía.

Una mujer joven. Pelo oscuro, igual que el suyo.

Ojos que podrían ser los suyos, pero tristes de una manera que los suyos aprendieron, con mucho entrenamiento, a esconder del mundo.

No está sonriendo del todo en la foto. Es la sonrisa de quien ha recibido la orden de sonreír, la sonrisa que no llega a los ojos, la sonrisa que reconozco porque yo misma la puse encima de un escenario hace apenas unas horas.

Hay algo en su cara que me hace un nudo en la garganta.

No es solo tristeza. Es ausencia. Como si una parte de ella se la hubieran llevado antes de que sacaran la foto y nadie, ni siquiera quien sujetaba la cámara, se hubiera dado cuenta.

Cojo el marco sin pensar, atraída.

El metal está frío contra mis dedos.

Y es exactamente en ese momento cuando su voz suena detrás de mí, baja y cortante como una navaja que nadie ha visto salir de la funda:

—Suelta eso.