CAPÍTULO OCHO
Carmen
Su casa no es una casa. Es una declaración de patrimonio.
Está en uno de esos edificios donde el portero lleva guantes blancos y el ascensor tiene dentro un banco de terciopelo, como si subir veinte plantas fuera un viaje tan extenuante y peligroso que exigiera la posibilidad de sentarse a mitad de camino.
La clase de sitio donde nadie levanta la voz, nadie corre, nadie parece cargar con bolsas de la compra ni con recibos en el bolsillo.
Todo es demasiado silencioso, demasiado pulido, demasiado caro.
Hasta el aire parece filtrado por el dinero.
Ethan no habla durante la subida.
Se queda a mi lado, inmóvil, una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sujetando el móvil como si el mundo entero cupiera en esa pantalla y él pudiera aplastarlo con el pulgar si quisiera.
Veo nuestro reflejo en el metal cepillado de la puerta del ascensor.
Él, guapo, alto, impecable. Yo, con el vestido arrugado, los rizos pelirrojos desobedientes, la mochila al hombro y la sensación absurda de haber sido arrancada de una vida y metida en otra sin manual de instrucciones.
El ascensor da una leve sacudida al parar.
Nada dramático, nada digno de mención, pero estoy demasiado agotada para fingir equilibrio, y mi cuerpo se inclina medio paso hacia un lado antes de que consiga sujetarme.
Su mano aparece en mi codo. Firme. Rápida.
Cálida. Me estabiliza y me suelta al instante siguiente, como si el contacto los hubiera quemado a los dos.
—Cuidado —dice.
Es una palabra sencilla, pero sale demasiado baja, demasiado cerca. Miro sus dedos volviendo al bolsillo del pantalón y odio darme cuenta de que, durante medio segundo, quise que se quedaran.
El ático entero es suyo. Ventanas del suelo al techo con todo Chicago arrodillado a sus pies, y una decoración tan fría, tan perfecta, tan impersonal que parece el showroom de una tienda de muebles caros.
Nada fuera de lugar. Nada torcido. Nada personal.
Ninguna foto en la pared, ningún portarretratos en la estantería, ningún zapato olvidado en un rincón, ninguna señal de que un ser humano de verdad, con vísceras e historia, duerma aquí.
—Acogedor —digo, soltando la mochila en mitad del mármol impecable del recibidor.
Mi mochila raída, con el llavero de poni de plástico que Sloane me regaló de broma por mi veinte cumpleaños, parece un animal atropellado sobre ese suelo de revista.
—Como la recepción de un banco suizo. O un tanatorio muy, muy pijo.
—Vas a dormir en el cuarto de invitados —dice, ignorando por completo mi comentario, lo cual ya estoy aprendiendo que es su estrategia habitual—. Segunda puerta del pasillo este. Tiene baño propio. Hay ropa en el armario, de tu talla.
Me paro en mitad del recibidor.
—Ropa de mi talla.
—Mandé que la prepararan.
—Mandaste que prepararan ropa de mi talla. —Me cruzo de brazos y lo miro fijamente—. ¿Eres consciente de que esto es, clínicamente, espeluznante, no? Nos conocemos desde hace dos horas. Hace una hora todavía llevaba máscara. ¿Cómo sabes, exactamente, mi talla?
—De la misma forma que sé todo lo demás. —Se quita la chaqueta y la echa sobre el brazo de un sofá que sospecho que jamás se ha usado para lo que sirve un sofá—. Le pregunto a alguien, y ese alguien lo averigua.
—Qué reconfortante. Dormir tranquila esta noche va a ser pan comido.
—Carmen.
—Ethan. —Imito su tono grave y serio, y tengo la satisfacción mínima y mezquina de ver cómo su ceja sube un único milímetro—.
Te agradezco el cuarto y la ropa espeluznante de psicópata ordenado, de verdad.
Pero necesito entender qué es todo esto.
Me compraste. Decidiste que no vas a tocarme.
Me trajiste a tu casa-tanatorio de lujo en plena madrugada.
¿Qué soy yo en esta historia, exactamente?
¿Invitada? ¿Rehén? ¿Planta decorativa? Porque ya tengo un trabajo cuidando plantas decorativas, y allí por lo menos me pagan por horas.
Me estudia durante un momento largo.
Demasiado largo.
Su mirada no es invasiva, y quizá eso sea lo que lo vuelve todo más inquietante.
No parece estar intentando desnudarme con los ojos.
Parece estar intentando entender qué clase de daño escondo bajo la piel.
Como si yo fuera un problema que sí ha comprado, pero aún no supiera si debería guardarlo, arreglarlo o destruir a quien me puso en sus manos.
—Hablas demasiado cuando tienes miedo —dice.
Me río sin humor.
—Y tú hablas demasiado poco para alguien que secuestra mujeres con tanta elegancia.
—No te he secuestrado.
—¿No? Porque estoy en el ático de un multimillonario, de madrugada, después de una subasta clandestina, oyendo que hay ropa de mi talla dentro de un cuarto de invitados. Si esto no es un secuestro, los ricos necesitáis actualizar el vocabulario urgentemente.
Algo casi divertido cruza su cara, pero no se queda.
—Puedes irte.
—Ya lo has dicho.
—Lo digo otra vez, más claro ahora: la puerta está ahí.
Miro la puerta. Luego a él.
—¿Y si la cruzo?
—Mando a dos de seguridad que te sigan a una distancia respetuosa hasta donde quieras ir —repite lo que me dijo antes.
—Eso no es libertad.
—No. —La respuesta llega sin adornos—. Es supervivencia.
El silencio después de eso comprime el aire.
Entonces, en vez de seguir discutiendo, hace algo que no me esperaba: va hasta un escritorio de madera oscura en un rincón del salón, abre un cajón y saca una carpeta. Cruza el mármol y me la tiende.
—¿Qué es esto?
—Un contrato.
La cojo. La abro.
Es gruesa. Tiene cláusulas, párrafos, subpárrafos, jerga jurídica que apenas comprendo, pero el encabezado de la primera página es lo bastante claro, en mayúsculas y en negrita:
CONTRATO DE PRESTACIÓN DE SERVICIOS COMO ASISTENTE PERSONAL Y ACOMPAÑANTE SOCIAL.
—Me estás contratando —digo, levantando la vista de la carpeta.
—Para el mundo de ahí fuera —dice—, eres la mujer que compré.
Es así, y solo así, como esa gente entiende las cosas.
Una posesión. Un artículo adquirido. Si mañana por la mañana simplemente te suelto, se preguntarán por qué.
Y cuando un hombre como yo hace algo que no encaja con el personaje que llevo tres años construyendo, esos hombres se dan cuenta.
Viven para fijarse en las debilidades de los demás.
—Señala con la barbilla la carpeta que tengo en las manos—.
Este contrato te convierte en otra cosa a sus ojos.
Sobre el papel, y para cualquiera que pregunte, trabajas para mí.
Se te ingresa un sueldo todos los meses.
Tienes un motivo legítimo y documentado para vivir aquí.
Y nadie, en su sano juicio, va a tocar lo que me pertenece.
—Lo que te pertenece —repito, y no sabría decir si estoy más irritada o más intrigada por la elección de palabras.
—Es como piensan ellos. No es como pienso yo.
—Lo dices como si la diferencia fuera obvia.
—Para mí lo es.
—Para mí, sigues siendo el hombre que pagó dos millones de dólares por mí hace menos de tres horas sin ningún motivo.
No aparta la mirada.
—Lo sé.
La respuesta, demasiado simple, me desarma un segundo.
Quería que discutiera, que se justificara, que intentara parecer noble.
Pero Ethan no parece interesado en parecer nada.
Se queda ahí, demasiado grande dentro de su propio salón perfecto, con los ojos fríos clavados en mis rizos rojos un instante antes de volver a mi cara.
—No voy a tocarte, y nadie más lo hará. Ese es el trato completo, Carmen.
No hay letra pequeña escondida. Te quedas aquí, a salvo, haces el papel de asistente cuando necesite una delante de la gente adecuada, y cuando todo esto acabe, te vas con el dinero que ya es tuyo. Es solo eso. Principio, medio y fin.
—¿Y si quiero irme de aquí? —pregunto—. No mañana, no cuando tú decidas que es seguro. ¿Si quiero irme ahora?
—Es la tercera vez que te respondo a eso, Carmen. No me hagas pensar que subestimé tu inteligencia —responde sin pausa, y precisamente la falta de pausa me desarma un poco.
Lo miro demasiado rato.
—¿Siempre hablas como si estuvieras dando órdenes?
—Casi siempre las estoy dando.
—Qué sorpresa.
—Pero ahora no.
—¿No?
—Ahora estoy ofreciendo la mejor opción dentro de una situación pésima.
La carpeta pesa en mis manos más de lo que debería pesar el papel.
Miro la última página. Hay una línea en blanco para mi firma, con mi nombre completo ya escrito debajo.
Carmen Violet Pembroke. El registro de la subasta.
Claro. Me obligaron a rellenarlo todo allí, a la entrada, documento en mano, y ahora mi nombre verdadero aparece en el contrato de este hombre como si nunca hubiera llevado máscara alguna.
Como si el anonimato hubiera sido solo otra mentira que me vendieron junto con la rosa.
Y hay una cláusula, cerca del final, que releo tres veces seguidas porque no estoy segura de haberla entendido bien.
—«La contratada deberá acudir a eventos sociales como acompañante del contratante siempre que se le solicite» —leo en voz alta, despacio—. ¿Qué eventos?
Algo se endurece visiblemente en su mandíbula.
Es pequeño. Casi nada. Pero en ese salón perfecto, en esa cara demasiado controlada, parece una alarma.
—Los que importan —dice—. Los mismos donde estuviste esta noche. Con la misma gente.
La carpeta se me resbala un poco entre los dedos.
—¿Quieres volver a llevarme cerca de ellos?
—Quiero que ellos crean que estás exactamente donde deberías estar.
—Contigo.
—Conmigo.
La forma en que lo dice no es suave. No es romántica. No es una promesa bonita.
Es una barricada.
Y el frío que me baja por la espina dorsal, lento y completo, me dice con toda la claridad del mundo que este contrato es mucho, mucho más de lo que me está contando.