CAPÍTULO SEIS
Carmen
La sala a la que me llevan después es completamente distinta de la primera.
La primera tenía ciento cuarenta y cuatro azulejos y olor a antiséptico, ese tipo de lugar donde esperas una mala noticia o una consulta de rutina, que para el caso es lo mismo.
Esta tiene un sofá de cuero que cuesta más de lo que gano en un año entero con dos trabajos sumados, una botella de agua con gas sudando sobre una bandeja de plata pulida y un ventanal del suelo al techo que da a la noche de Chicago allá abajo,
las luces de la ciudad relumbrando en la oscuridad como si nada malo estuviera pasando en el mundo, como si a mí no me acabaran de vender en un escenario.
No toco nada.
Me quedo de pie en mitad de la alfombra mullida, todavía con el antifaz, con los brazos cruzados, y cuento las luces de la ciudad hasta perder la cuenta, que es exactamente el objetivo de contar.
Contar impide que la cabeza se vaya demasiado lejos.
Impide que piense en el escenario, en los hombres escondidos en la oscuridad, en la voz vieja ofreciendo quinientos mil como quien elige un vino, en cómo había sonado mi nombre de flor, Rosa Roja, en la boca del subastador. Demasiado bonito para algo tan feo.
La mujer de negro me dejó aquí con la frase «él vendrá a buscarte» y una sonrisa que yo quería, con una intensidad casi física, poder arrancarle de la cara.
Él.
El dueño de la voz fría del fondo del salón.
El hombre que pagó dos millones de dólares por una noche conmigo sin haber visto nunca mi cara entera.
Dos millones. Ni siquiera consigo hacer que la cifra me quepa en la cabeza.
Es tanto dinero que pierde el sentido, se vuelve abstracción, se vuelve un concepto en vez de una cantidad, se vuelve, al final, la vida de Sloane comprada de golpe, al contado, sin plazos.
Debería estar agradecida. Lo estoy, de una manera enferma, con náuseas, que me revuelve el estómago, pero agradecida.
Pero la parte de mí que construyó mi padre, la parte que sabe cambiar una rueda a oscuras y leer la mentira en los ojos de un hombre antes de que termine la frase, esa parte está en alerta roja, al máximo, gritando,
porque dos millones de dólares no es la puja de alguien que quiere una noche con una virgen enmascarada.
Dos millones es la puja de alguien que quiere otra cosa.
Y no tengo ni idea de qué es, y lo que no conozco es lo que puede hacerme daño.
La puerta se abre sin aviso, sin llamar, y el aire de toda la sala cambia de densidad.
Él entra.
Ya había visto la silueta allá en el salón, hombros anchos, la postura de dueño del mundo, pero de cerca, con la luz dándole de verdad, es otra cosa completamente distinta.
Traje oscuro cortado a medida por alguien que sabía exactamente lo que hacía, sin corbata, el cuello de la camisa blanca abierto como si se lo hubiera aflojado por pura irritación y no por relajarse.
Pelo oscuro, ligeramente revuelto, del tipo que se toca con la mano cuando está pensando.
Mandíbula cubierta por una barba de dos días que claramente no se recorta porque le importa un bledo la opinión de nadie al respecto.
No parece un hombre que entra en una sala.
Parece un hombre que toma posesión de ella.
No de forma ruidosa, no con prisa, no con esfuerzo.
Es peor precisamente por eso. Cierra la puerta a su espalda sin mirar el picaporte, y el pequeño clic de la cerradura suena demasiado fuerte.
Todo mi cuerpo lo percibe. La espalda se me pone más recta.
Los dedos me aprietan mis propios brazos con fuerza suficiente para dejar marca.
Se da cuenta.
Claro que se da cuenta.
Y los ojos.
Azules. Fríos. De esos que parecen conocer ya tus secretos antes de que abras la boca, que te han catalogado y archivado en tres segundos.
Me recorren una vez, no de la manera hambrienta y asquerosa del viejo de los quinientos mil, sino evaluando, midiendo, como si yo fuera una situación que aún no ha decidido si va a resolver con dinero, con amenazas o con sus propias manos.
La mirada se le detiene en mi pelo, en los rizos pelirrojos que han escapado a cualquier intento de orden y me caen sobre los hombros como fuego salvaje.
La luz los atrapa de un modo casi cruel, encendiendo cada curva, cada mechón rebelde.
Por un segundo, algo cambia en su cara.
No es dulzura. No exactamente.
Es reconocimiento. Impacto. Como si aquel color, aquel rojo demasiado vivo, hubiera atravesado alguna capa de él que el resto del mundo no atraviesa.
Su mirada se queda atrapada en mis rizos demasiado tiempo, y noto la diferencia en la piel antes de entenderla con la cabeza.
No es la mirada de los hombres del salón.
No tiene esa prisa por arrancar, por tomar, por consumir.
Es peor de otra manera, porque parece atenta.
Casi cuidadosa. Como si hubiera visto algo ahí que nadie más ha visto.
Su mano se mueve un centímetro, solo uno, como si fuera a apartar un mechón que ha caído cerca de mi boca.
Entonces cierra los dedos, despacio, y deja que la mano vuelva a su costado.
Ese pequeño gesto, la caricia que no llega a producirse, me desordena más de lo que lo habría hecho cualquier avance.
Y entonces se acaba.
Vuelve la frialdad.
—Puedes quitarte el antifaz —dice.
La voz de cerca es peor de lo que era en el salón. Más baja, más grave, y me atraviesa la columna entera de un modo que decido, en ese preciso instante, odiar por principio.
—Has comprado lo que estás viendo —digo, y me siento secretamente orgullosa de lo firme que me sale la voz, sin temblar—. No recuerdo que «sin el antifaz» estuviera incluido en el paquete.
Algo le cruza la cara. Y no es rabia, que es lo que yo esperaba. Es casi sorpresa. Como si él esperara que yo llorara, o que le diera las gracias, o que suplicara, y la cuarta opción, yo poniéndome deliberadamente insoportable, sencillamente no figurara en el guion que tenía en la cabeza.
—Quítate el antifaz, por favor —repite.
Y el «por favor» le sale raro en la boca, como una palabra que hace tanto que no usa que ha olvidado su forma.
No me muevo de inmediato.
Porque pedir no pega con él. No de la manera normal. En su boca, hasta la cortesía parece una orden con guantes caros.
—¿Y si no me lo quito?
Ladea la cabeza un milímetro.
—Entonces seguiré mirándote con ese encaje en la cara y a ninguno de los dos nos va a gustar mucho el silencio.
—¿Siempre consigues lo que quieres?
—Casi siempre.
—Debe de ser agotador.
—Para los demás, imagino que sí.
Odio el calor que esa respuesta enciende en mí.
Lo odio porque es absurdo, porque está mal, porque estoy demasiado asustada para sentir cualquier cosa que no sea miedo.
Aun así, ahí está. Una chispa pequeña, vergonzosa, viva.
Quizá sea solo mi cuerpo confundiendo el peligro con la atracción, porque los dos, por lo visto, hablan el mismo idioma.
Me quito el antifaz.
Sus ojos me recorren la cara ahora descubierta, despacio, con atención, y bajan por un instante hasta los rizos pelirrojos.
Esta vez no consigue esconderlo tan rápido.
Por un segundo, un único segundo, algo se fractura en toda esa frialdad.
No sé qué es. Sé que desaparece enseguida, oculto de nuevo, pero lo he visto. Yo siempre lo veo.
—¿Cómo te llamas? —pregunta.
—Creía que aquí los nombres estaban prohibidos.
—No he preguntado qué está prohibido. He preguntado lo que quiero saber.
—Carmen —digo, porque no veo motivo para mentir y porque hay algo en la forma en que lo ha preguntado que no admite juego ni evasivas—. ¿Y el tuyo?
Me observa un largo momento, y te juro que se ven los engranajes girando, calculando si decirme su propio nombre es una transacción que merece la pena.
—Ethan.
El nombre le pega de una manera irritante. Corto. Duro. Caro. Un nombre que no pide permiso.
—Estupendo. —Mantengo los brazos cruzados—. Ya que estamos en confianza, Ethan, ¿podemos acabar con esto de una vez? Prefiero no alargarlo.
La voz casi me falla en la última palabra, pero la agarro por el cuello.
Él también lo nota.
Su mirada baja hasta mi boca por una fracción de segundo, no lo bastante para ser vulgar, solo lo bastante para hacer que el estómago me dé un vuelco que no tiene nada que ver con las náuseas y todo que ver con el pánico.
—¿Tienes prisa? —pregunta.
—Tengo ganas de sobrevivir a esta noche.
La respuesta parece golpearle en algún sitio que no alcanzo a ver.
La mandíbula se le endurece.
—Eso lo vas a hacer.
La certeza de su voz me irrita, porque una parte de mí quiere apoyarse en ella.
—¿Dónde quieres hacerlo? —Las palabras me salen casi como si las dijera otra persona. Las digo, oigo mi voz decirlas, pero no me parezco yo, no suena como yo. Es como si me estuviera oyendo a lo lejos, como si mi cuerpo y mi voz no me pertenecieran.
Y entonces dice la frase que me pone el mundo patas arriba por segunda vez en la misma noche.
—No voy a tocarte.