CAPÍTULO CINCO
Ethan
Odio este lugar.
El salón huele a puro caro y a impunidad.
Conozco a la mitad de los hombres que ocupan los sillones de cuero.
He jugado al golf con ellos. He invertido en sus fondos.
Les he estrechado la mano en galas benéficas donde hablaban, con los ojos húmedos y la voz ensayada, de legado, de familia y del futuro de los niños.
El segundo sábado de cada mes, esos mismos hombres vienen aquí a comprar chicas.
Sostengo un whisky que no he pedido y que no pienso beber.
El vaso me mantiene las manos ocupadas. Sin él, cruzaría el salón y cerraría los dedos en torno a la garganta de Conrad Hitchmore, setenta y tres años, sonrisa ensayada, tercer mayor donante del hospital infantil de Chicago, hasta que me dijera lo que he venido a averiguar.
Esta noche no. Esta noche observo. Memorizo rostros y trazo el mapa de las pujas, los saludos, las puertas, las rutas de huida, los coches en el garaje trasero. Nada más.
Me ha costado tres años conseguir esta invitación. Tres años construyendo la reputación exacta: frío, rico, útil, podrido en los lugares que ellos respetan. Lo justo para que me abrieran la puerta.
No tienen ni la menor idea de por qué estoy aquí en realidad.
No tienen ni idea de que la mujer cuyo retrato guardo en un marco de plata, en la única habitación de mi casa donde no entra nadie, fue vendida por esta misma red, en este mismo tipo de salón, hace cuarenta años, cuando era una niña de dieciséis años llamada Lucia.
Mi madre.
Voy a quemar este lugar hasta los cimientos.
Voy a arruinar públicamente a estos hombres, convertirlos en titulares y hacer que acaben en una celda, pero una red no cae en la oscuridad.
Primero hay que ver cada hilo, cada nudo, cada punto de apoyo.
Así que vengo, sostengo el whisky intacto y le sonrío a Conrad Hitchmore cuando levanta el vaso. Espero.
Ya he intentado los caminos limpios. Un fiscal local recibió un dosier mío y, dos semanas después, aceptó un cómodo nombramiento fuera del estado.
Un detective con quien habló Declan fue trasladado a una división sin acceso a nada.
Un juez archivó una denuncia con la naturalidad de quien cierra la tapa de un ataúd.
La red no tiene solo clientes. Tiene cerraduras compradas.
Por eso espero, porque la policía local no basta, el juez local no basta, el titular aislado no basta. Necesito nombres, cuentas, rutas, grabaciones, pruebas federales. Necesito una caída pública que no puedan comprar ni silenciar.
Lawrence Van Alen lo llamaría sentimentalismo, si estuviera ahora mismo en mi oído.
Mi padre siempre odió las palabras grandilocuentes para las cosas simples.
La venganza, para Lawrence, es un balance: nombres, fechas, prueba, punto débil, ejecución.
Fue él quien me enseñó a esperar. Fue él quien me enseñó que los depredadores solo respetan a otro depredador. Nunca cuestioné la lección.
El móvil me vibra en el bolsillo interior de la americana. No necesito mirar para saber quién es.
Declan. Desde el asiento trasero del coche aparcado a dos manzanas de aquí, conectado a mi pinganillo, haciendo lo que mejor sabe hacer desde que teníamos diecisiete años: sacarme de quicio mientras me mantiene vivo y de una pieza.
—Tienes la respiración de alguien que está a punto de cometer un homicidio en primer grado —me murmura su voz al oído, baja y arrastrada—.
Respira hondo, anda. Piensa en cosas tranquilas.
Playa. Olitas. Perrito. La sonrisa de Hitchmore el día en que el FBI llame a la puerta de su mansión con una orden.
No respondo. No puedo, en un salón lleno. La comisura de mi boca se mueve un milímetro. Declan reconocería la señal.
El subastador anuncia un cambio en el programa. Una flor adelantada. Algunos de los hombres que tengo delante se yerguen en los sillones. Reconozco el movimiento. Hambre antes que etiqueta.
La cortina de terciopelo se abre.
Por un segundo, olvido a qué he venido. Imperdonable. Peligroso.
Ella sube los tres escalones con la espalda demasiado recta.
Ese es el detalle que me agarra por la garganta.
Observé a todas las demás chicas antes que a ella.
Las otras bajaron de aquella cortina con los ojos gachos, los hombros curvados hacia dentro, plegadas sobre sí mismas, intentando desaparecer de su propia piel mientras la luz las exponía.
Siempre igual. Siempre el mismo encogimiento.
Esta no.
Sube como quien ha sido empujada, pero que por el camino ha decidido que caería de pie.
La máscara le esconde la mitad del rostro.
No le esconde la boca, apretada en una línea de desafío.
Su pelo es fuego, un pelirrojo intenso, rizado, salvaje, cayéndole sobre los hombros como si también se negara a obedecer a aquel lugar.
El vestido es sencillo, barato, comprado a toda prisa, pero en ella parece una armadura.
Los demás hombres de este salón la miran y ven una virgen. Un trofeo. Una noche. Un artículo.
Yo la miro y veo a una mujer a punto de arrojarse por un precipicio porque alguien, en algún lugar, no le ha dejado ninguna otra salida.
Y lo reconozco. Reconozco la forma exacta, el contorno preciso de esa desesperación, porque es la misma que vi en los ojos de mi madre en cada fotografía antigua que quedó de ella.
La misma desesperación que se pasó la vida entera intentando esconder tras una sonrisa y que nunca, ni un solo día, consiguió enterrar de verdad.
—La Rosa Roja —dice el subastador—. Veintidós años. Sana. Sin historial relevante. Y, certificada por nuestro equipo médico, intacta.
—Ethan. —La voz de Declan en mi oído, baja, en alerta, porque me conoce demasiado bien y ha captado algo en mi quietud—. Ethan, no me está gustando ese silencio tuyo. ¿Qué silencio es ese? Háblame.
Cuatrocientos mil. Hitchmore levanta la paleta despacio, saboreando el gesto, y la mira con un hambre abierta, sin disimulo, que me da ganas de cruzar el salón y arrancarle los ojos del cráneo con mi propio pulgar.
Quinientos mil, ofrece, y oigo el placer en la voz del viejo como si fuera aceite escurriéndose.
Y es entonces cuando algo dentro de mí, algo que mantengo bajo siete llaves desde hace demasiado tiempo, frío, quirúrgico, bajo control absoluto, la cosa que me permite jugar a este juego largo sin temblar nunca, simplemente se parte en dos.
No lo he planeado. En tres años de planificación meticulosa, paciente, milimétrica, jamás, ni una sola vez, en ningún escenario, contemplé la posibilidad de hacer lo que estoy a punto de hacer.
Es estúpido. Es impulsivo. Es infantil. Es exactamente el tipo de acto que puede echar a perder todo lo que he construido ladrillo a ladrillo.
Levanto la paleta.
—Un millón.
—ETHAN. —Declan prácticamente se atraganta en mi oído—. Qué. Cojones. Estás. Haciendo. Ethan. Responde. ETHAN, respóndeme ahora mismo.
El salón entero se vuelve hacia mí, y siento cincuenta pares de ojos curiosos posarse en mi espalda.
Sus ojos buscan entre el público. Me encuentran en la sombra del fondo, donde no llega la luz, como si supiera exactamente dónde estaba yo todo el tiempo.
No consigo ver el color de sus ojos desde aquí, pero siento su peso, oscuros y enormes tras la máscara de encaje, clavando en los míos una única pregunta que no puede hacer en voz alta:
¿Por qué?
No tengo respuesta. Ni para ella. Ni para mí. Ni para el hombre que está gritando mi nombre en mi oído.
Hitchmore recupera la compostura, se ajusta la americana y levanta la paleta de nuevo.
—Un millón doscientos.
Ni siquiera miro en su dirección.
—Dos millones. —Le hablo al salón entero, con claridad, sin apartar los ojos de ella ni un solo milímetro—. Y sugiero que nadie pierda el tiempo cubriendo la puja.
Silencio, el silencio adecuado. El silencio de quien ha entendido, de golpe, quién es el depredador en lo alto de la cadena alimentaria en esta sala esta noche.
—Vendida. Al caballero del fondo.
En mi oído Declan respira hondo, y cuando vuelve a hablar, la broma ha desaparecido por completo de su voz. Solo queda el amigo, el socio, el hombre que se ha jugado tres años de su vida en esto conmigo.
—Acabas de comprar a una persona, Ethan.
Acabas. De comprar. A una persona. Por dos millones de dólares.
Delante de toda la red que llevamos tres años enteros infiltrando, un centímetro cada vez.
—Una pausa—. Por favor. Dime que tienes un plan.
Dime que esto forma parte de algo que yo no estoy viendo.
Observo cómo la cortina de terciopelo cae con todo su peso tras ella. Aquellos ojos oscuros todavía quemando los míos al otro lado de la penumbra, incluso después de que el terciopelo ya ha caído.
Y ya sé dos cosas con la misma certeza absoluta con la que sé mi propio nombre.
La primera: no voy a tocar a esta mujer. Ni esta noche, ni nunca, no de esa manera, no comprada, no mientras haya dos millones de dólares colgando entre nosotros como una cadena.
Y la segunda, que me asusta más que cualquier plan que hubiera podido trazar: no levanté aquella paleta por estrategia.
No fue cálculo, no fue parte de ninguna operación.
Levanté la paleta porque tenía el rostro de mi madre a los dieciséis años, sonriendo porque se lo habían ordenado, y porque no pude quedarme quieto viendo a aquellos hombres disputarse su precio.
Fue un impulso. La primera decisión genuinamente sin cálculo que tomo en tres años, y me ha costado dos millones de dólares y, sospecho, algo mucho más caro que ni siquiera sé todavía cómo nombrar.
—Ethan. —Declan, más bajo ahora, casi suave—. Háblame, hermano.
Poso el vaso de whisky intacto en el brazo del sillón, me levanto sin prisa y me abrocho la americana con calma, del modo en que estos hombres esperan que se mueva un hombre como yo.
—Trae el coche hasta la entrada trasera —digo, en voz baja, para que solo él lo oiga por el pinganillo—. Voy a recoger lo que he comprado.
—Eso no es una respuesta, Ethan.
—No. —Empiezo a caminar hacia la cortina de terciopelo. Hacia ella. Hacia, lo sé aunque no quiera admitirlo, la peor decisión y la única cosa genuinamente acertada que he hecho en tres años—. Pero es lo que va a pasar.