La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Carmen

Sloane está sentada en la cama con los brazos cruzados y la expresión de quien ha sido profunda, irreparablemente maltratada por el universo entero.

—No hacía falta que vinieras —es lo primero que dice.

Sin un «hola», sin un «gracias»: quince años en estado puro.

—Buenos días a ti también, rayito de sol.

—Suelto la mochila en el sillón de plástico que hay junto a la cama, ese que todas las plantas de hospital del mundo parecen comprarle al mismo proveedor de incomodidad, y me dejo caer en él.

El asiento cruje. Todos los asientos de mi vida crujen.

Debería empezar a tomármelo como algo personal—.

Me han dicho que has estado aterrorizando a toda la planta de madrugada.

—Pedí un agua. Una. Agua. Carmen. —Levanta un dedo flaquísimo para recalcar la monstruosidad de la acusación—. Y la mujer va y te llama como si me hubiera arrancado el suero del brazo y me hubiera fugado por la ventana en pijama.

—Te arrancarías el suero y te fugarías por la ventana en pijama si creyeras que ibas a poder bajar los tres pisos.

Abre la boca para protestar. La cierra, porque es verdad y las dos lo sabemos, y Sloane tiene muchos defectos, pero mentirse descaradamente a sí misma nunca fue uno de ellos. Es una de las cosas que más quiero de ella.

Sloane es una versión más pequeña y más pálida de mí.

El mismo pelo pelirrojo de fuego que el mío, rizado y terco, aunque el suyo esté más ralo ahora, y las dos fingimos con empeño que no lo notamos, que es solo el corte, que es solo la mala luz del hospital.

Tiene los ojos de nuestro padre, castaños, de quien está siempre a punto de soltar una broma o una verdad incómoda, y a menudo dice las dos a la vez, en la misma frase, sin avisar.

Está enferma desde hace catorce meses. Sé el número exacto porque los cuento. Es lo que hago. Manchas en el techo, manzanas de casas, meses. Convierto el miedo en aritmética porque un número no duele tanto como un sentimiento.

—Tienes ojeras —me acusa, examinándome con esa mirada clínica que ha desarrollado de tanto observar a los médicos—. En plan, ojeras de fin del mundo. De cabecera de telediario. ¿Has dormido?

—He dormido de maravilla. Ocho horas clavadas. Me he despertado renovada, he hecho yoga, he meditado, me he tomado un zumo verde y he escrito en mi diario de gratitud.

—Mentirosa.

—Profesional. Premiada, además. —Le cojo la mano.

Está caliente, pero no ardiendo. La fiebre ha cedido de verdad, y el alivio me atraviesa tan rápido y tan hondo que hasta duele, como la sangre volviendo a circular por un brazo dormido. No dejo que se me note en la cara. Una de las dos tiene que ser el termómetro estable.

—¿Cómo te encuentras? Y no me digas «genial» —le advierto, antes de que lo intente—, porque estás en un hospital a las cuatro y media de la mañana con un suero en el brazo, así que «genial» técnicamente no está disponible en el menú de respuestas aceptables.

Se lo piensa. Sloane siempre se lo piensa antes de responder a las preguntas que importan de verdad.

Es una cosa que adoro y que me aterra a partes iguales, porque significa que está calculando, en tiempo real, cuánta verdad soy capaz de aguantar oír ese día en concreto.

Mi hermana de quince años racionando su propio dolor para protegerme.

No debería ser así. Nada en esta historia debería ser así.

—Cansada —dice, por fin—. En plan, cansada hasta en los huesos. No es sueño. Es otra cosa. —Se encoge de hombros dentro de la bata del hospital, demasiado fina—. Pero ha pasado una cosa. El médico nuevo vino ayer. El doctor Adeyemi. Habló de algo.

El estómago se me cierra como un puño.

—¿De qué algo?

—De un protocolo —dice la palabra con un cuidado casi reverente, como si estuviera hecha de vidrio fino—. Experimental. Terapia celular, creo. CAR no sé qué. Dijo que está dando resultados en leucemias como la mía, cuando la quimio deja de responder como debería.

Casos como el mío. Odio esa frase con cada fibra de mi cuerpo. Odio que mi hermana, que a los ocho años coleccionaba pegatinas de unicornios y cantaba las sintonías de los dibujos con la boca llena de cereales, haya aprendido a pensar en sí misma como un caso.

—¿Y habló contigo de esto antes de hablar conmigo? —Voy a tener una conversación muy educada, muy tranquila y absolutamente aterradora con el doctor Adeyemi en cuanto salga el sol.

—Iba a llamarte hoy. Yo solo… lo oí sin querer. Los médicos creen que los adolescentes no escuchan. —Vuelve a encogerse de hombros, y tiene los hombros tan finos dentro de la bata que tengo que apartar la mirada un segundo—. Carmen. Sé que es muy caro.

—No tienes que preocuparte por eso.

—Sé lo que quieren decir «experimental» y «no lo cubre el seguro» cuando aparecen en la misma frase. No soy tonta.

—Eres la persona menos tonta que conozco, lo cual francamente es irritante, porque significa que nunca gano una discusión.

Casi sonríe, casi. Y entonces se pone seria de una forma que ninguna niña de quince años debería ser capaz de ponerse, una forma que le envejece la cara diez años en dos segundos.

—No quiero que te rompas por mí —dice, en voz baja, y su voz es firme, pero yo conozco el esfuerzo que hay detrás de esa firmeza, porque es el mismo esfuerzo que hago yo—.

Ya trabajas demasiado. Tienes cara de que vas a desmayarte en el pasillo.

Prefiero… —La voz le falla por primera vez—.

Prefiero que sigas entera, Carmen. Más que cualquier protocolo.

Y ahí está. Lo único que no puedo, bajo ningún concepto, en ninguna circunstancia, dejar que pase: mi hermana sintiéndose culpable por estar viva. Por querer vivir. Por necesitar cosas caras para seguir respirando.

Me inclino y le sostengo la cara con las dos manos. Tiene la piel caliente y seca contra mis palmas.

—Escúchame bien. Eres la única familia que tengo.

La única persona en este planeta que es mía de verdad.

Y voy a hacer lo que haga falta. No porque sea mi obligación, no porque sea el deber de la hermana mayor, nada de eso.

Porque quiero. Tú no eres una carga. Eres el motivo.

Hay una diferencia gigantesca entre las dos cosas, y necesito que te quedes con eso.

Se le llenan los ojos. A mí también, pero parpadeo con fuerza, tres veces, porque una de las dos tiene que ser la adulta de la sala y, por desgracia, ese puesto es mío sin oposición desde los quince años.

—Vale —susurra—. Pero si te desmayas en el pasillo, me voy a reír. Bien alto. Lo voy a grabar.

—Justo. Me lo merezco.

Cuando por fin se duerme y la luz gris del amanecer empieza a colarse por la ventana de la planta, salgo al pasillo y busco el número del doctor Adeyemi en el móvil.

Contesta al tercer tono, ya despierto, ya con la voz cuidadosa de quien da malas noticias para ganarse la vida.

Me explica, con la calma de quien sabe que la calma no reduce la crueldad de los hechos, que Sloane encaja en un protocolo de terapia CAR-T autóloga para una leucemia linfoblástica aguda de células B refractaria.

No es un milagro ni una promesa, sino una oportunidad: extraerle células, reprogramarlas en el laboratorio, devolverlas a su cuerpo y vigilar cada reacción como quien vigila una bomba demasiado peligrosa para permitir que estalle.

Seiscientos mil dólares.

Sin contar el ingreso, las pruebas, la medicación de apoyo y cualquier complicación que el seguro médico decida llamar detalle opcional.

Apoyo la frente en la pared fría del pasillo, cierro los ojos y hago la única pregunta que importa de verdad.

—¿Cuál es el plazo? ¿Cuánto tiempo tengo para conseguir el dinero e iniciar el tratamiento?

Una pausa, esa de quien no quiere responder. Ya conozco esa pausa también.

—La ventana ideal —dice, con delicadeza— es de unas seis semanas.

Seis semanas, seiscientos mil dólares y una oportunidad que cabe entera en un número imposible.

Me río. Bajito, sola, con la frente pegada a la pared del pasillo vacío.

Porque la alternativa es gritar, y gritar en un hospital hace que la gente te mire mal, y tener esa conversación con psicología, y estoy realmente agotada de esas conversaciones.

Una enfermera aparece detrás de mí sin hacer ruido. Las buenas siempre andan sin hacer ruido, me he fijado, como si hubieran aprendido a no asustar el dolor ajeno.

—Vete a casa unas horas, cariño —dice—. Descansa. Cuando vuelvas, lo mismo tu hermana ya está despierta.

—No me voy a casa.

—Señorita…

—No puedo. Por favor, no me lo pida.

Me mira con una comprensión que no viene de ninguna formación, sino de haber visto a demasiada gente rompiéndose en sus pasillos.

—Hay un baño grande en la segunda planta —dice, en voz baja—. Mucho más reservado que estos de aquí. Por si necesita un sitio para llorar donde nadie la oiga. Trabajé muchos años en oncología. Conozco esa cara que está poniendo. Vaya. Llore lo que tenga que llorar. Luego vuelve.

El baño de la segunda planta es demasiado lujoso para un hospital, con espejos grandes, encimera de mármol y un jabón que huele a vainilla, como si alguien, en algún momento, hubiera decidido que las personas desesperadas merecen al menos un sitio bonito donde derrumbarse.

Entro en el último cubículo, me siento en la tapa del váter y me quedo mirando fijamente los azulejos grises, intentando sacarme de la cabeza una solución que en el fondo ya sé que no existe.

Pienso en llamar a la parroquia. Pienso en vender todo lo que tengo, aunque todo lo que tengo cabe en dos cajones.

Pienso en suplicarle a Josie, que no tiene un céntimo más que yo, pero que vendería un riñón sonriendo si yo la dejara.

Llego a pensar en mi padre y en lo que haría si estuviera aquí, y la idea dura tan poco que casi me da vergüenza haberla tenido, porque no hay padre, no hay rescate, no hay ningún adulto responsable escondido detrás de una cortina esperando el momento de aparecer. Hace siete años que no lo hay.

Es entonces cuando se abre la puerta del baño.

Entran dos mujeres ya en mitad de una conversación, y noto por el tono que son enfermeras, con ese aire cansado e íntimo de quien comparte turnos demasiado largos. Me quedo inmóvil en el cubículo, con los pies recogidos, invisible.

—…y Megan se ha comprado un piso —dice una de ellas—. En efectivo. Sin hipoteca, sin nada.

—¿Megan? ¿Esa que lloraba porque no tenía dinero ni para el billete de autobús?

—Esa misma. Piso, coche, y la universidad de la hermana pagada. Todo en seis meses.

No respiro.

—Como me digas que se ha hecho influencer, me tiro por la ventana.

—Peor. O mejor, según cómo lo mires. ¿Te acuerdas de aquella red VIP de la que te hablé una vez?

—Sophia, llevo doce horas de turno. Apenas me acuerdo de mi propio nombre.

—Es una red cerrada. Para acompañantes de altísimo nivel. Selección, contrato, abogado, revisión médica, cláusula de confidencialidad. Los hombres también pasan una criba. Todo organizado, elegante, controlado.

—¿Controlado por quién?

—Nadie lo sabe a ciencia cierta. Megan dijo que los contratos son legales, que ella eligió estar allí. Pero dijo también que, cuando llegó al hotel, entendió al instante que no era sitio para hacer preguntas. Entras, sonríes, cumples con lo pactado y sales con una vida completamente nueva.

El corazón me empieza a latir más rápido, y lo odio por eso.

—Eso da miedo —dice la otra.

—Y es glamuroso. Y horrible. Y tentador, cuando estás desesperada. Lo mínimo que pagan son cien mil dólares. Según el perfil de la chica, pasa del medio millón. Hay casos de mucho más.

Medio millón. Más. Contengo la respiración dentro del cubículo, y el número se me enciende en la cabeza al lado del otro número, el del doctor Adeyemi, y los dos empiezan a hablar entre ellos solos, sin mi permiso.

—¿Por una noche? —pregunta la otra.

—Por una noche. Hotel de cinco estrellas, chófer, vestido, champán, todo pagado. Megan dijo que el hombre fue educado, que no sufrió. Pero no entra en detalles. Pagó todo lo que debía y nunca más volvió a tocar el tema.

—Parece que se sintió vendida.

—Seguramente se sintió así. Pero su piso es real, la universidad de su hermana es real, y su silencio también es real. Cada una decide lo que es capaz de cargar, Lauren.

Sé que debería dejar de escuchar. Lo sé. Pero tengo los oídos pegados a esa conversación, y cada palabra parece abrir, justo delante de mí, una puerta sucia y brillante a la vez.

—Me dio una tarjeta de recomendación —sigue Sophia—. Es la única forma de entrar. Cada miembro puede recomendar a una persona. Solo a una. La tarjeta es la llave.

—¿Y no la has usado?

—Llevo tres meses mirando esa tarjeta y volviendo a cerrar el bolso. Pero hay un detalle.

—Cómo no.

—Solo aceptan a vírgenes.

La otra suelta una risita.

—Con todo el respeto, esa ventana se me cerró hace unos quince años.

—Catorce, en mi caso. Gracias por redondear hacia arriba. —Una pausa, el sonido de un bolso abriéndose—. Voy a dejar la tarjeta aquí. Igual alguien la necesita más que yo, y tiene la condición que yo ya no tengo.

—Sophia, no vas a dejar una tarjeta de esas en el baño de un hospital.

—Ya la he dejado. Ven, que me muero de hambre.

La puerta se abre, se cierra, y vuelve el silencio. Pero no es el mismo silencio. Ahora tiene una oferta dentro, sentada en el suelo del baño conmigo, respirando como una cosa viva.

Cuando por fin abro la puerta del cubículo, el baño está vacío. Y en el borde del lavabo, apoyada en el grifo del medio, hay una tarjeta negra. Sin nombre, sin logotipo, solo un número y una secuencia de letras y cifras en una tinta que cambia de color cuando le da la luz.

No la toco de inmediato. El espejo me devuelve mi cara a pedazos, los ojos hinchados, la boca sin color, el pelo recogido de cualquier manera. Tocar esa tarjeta parece aceptar, y aún quiero fingir, unos segundos más, que existe otro camino.

Después estiro la mano y cojo la tarjeta. Pesa más de lo que debería, como suelen pesar más de lo que parecen las cosas peligrosas. La guardo en el bolsillo interior del abrigo, contra el pecho, y bajo los dos pisos con ella ardiéndome ahí, como una brasa, al lado del corazón.