La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO UNO
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La virgen subastada del multimillonario

La virgen subastada del multimillonario

Por Lisa Pinheiro

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

Carmen

Existen dos categorías de personas en el mundo: las que consiguen dormir y las que se cuentan cualquier cosa mirando al techo.

Yo soy de las segundas. Lo soy desde hace siete años, para ser exacta, pero quién lleva la cuenta.

Yo, por lo visto. Yo siempre estoy contando.

Son las tres y cuarenta y dos de la madrugada y estoy tumbada en el sofá que venía con el piso, un mueble de color mostaza que cruje cada vez que respiro hondo, como si él también estuviera cansado de la vida, contando las manchas de humedad del techo por cuarta vez esta semana.

Diecisiete. Siempre diecisiete. Pero las cuento otra vez porque, en el fondo, espero que una de ellas se haya rendido y haya desaparecido durante la noche.

Las cosas tienden a desaparecer de mi vida sin pedir permiso.

Mi madre fue la primera: murió trayendo a Sloane al mundo, cuando yo tenía siete años, y me dejó con una hermana recién nacida en los brazos y un agujero con la forma de una mujer a la que apenas llegué a conocer.

Así que tengo cierta experiencia en eso de perder.

Vale. Eso ha sido cruel. Pero son casi las cuatro de la madrugada y creo que tengo derecho a ser cruel conmigo misma en la intimidad de mi propio insomnio. Es prácticamente el único lujo que me cabe en el presupuesto.

La alarma del móvil sonará a las cinco, así que no vale la pena intentar dormir ahora.

Ya he hecho ese cálculo. Unos minutos de sueño entrecortado hacen más mal que bien, te despiertas más atontada que si hubieras pasado la noche entera en vela, y yo no puedo permitirme ir atontada.

Cuando estoy atontada se me caen los platos, y los platos rotos equivalen a un descuento en el sueldo.

Dentro de tres horas tengo que estar con el delantal puesto en el Marlowe's, sonriendo a ejecutivos de Chicago que piden huevos sin yema, café con leche de almendra y me tratan como parte de la decoración, algo entre el servilletero y el jarrón de orquídeas.

Dentro de once horas, después de una clase de Trabajo Social en la que lucharé contra los párpados como quien lucha contra la marea, cambio la ropa por el uniforme de recepcionista nocturna de un edificio de oficinas en Wacker,

donde mi trabajo consiste básicamente en existir detrás de un mostrador de mármol falso hasta las dos de la madrugada para que nadie robe las plantas del vestíbulo.

Nunca he entendido quién robaría las plantas. Son de plástico, pero me pagan diez dólares con cincuenta a la hora para asegurarme de que sigan ahí, así que quién soy yo para cuestionar la lógica del mercado.

Dos trabajos, una carrera y una hermana.

Y una factura de hospital con tantos ceros que, cuando la vi por primera vez, me reí.

Me reí a carcajadas, sola, en la sala de espera de paredes beis, porque la única alternativa era gritar, y gritar en un hospital hace que la gente te mire mal y llame a alguien de bata para «hablar de lo que estás sintiendo».

Lo que estaba sintiendo, en aquel momento, era que el universo tiene un sentido del humor muy concreto y muy cruel, pero eso no cabe en un formulario de evaluación psicológica.

El móvil vibra en la mesita de centro.

Lo cojo antes del segundo tono, porque una llamada a las cuatro de la madrugada es una de dos cosas: una broma pesada o una catástrofe. Y yo ya tengo una edad para que me gasten bromas.

—¿Diga?

—¿Señorita Pembroke?

Una voz femenina, entrenada, demasiado amable.

Conozco esa amabilidad de memoria. Es la amabilidad profesional de quien ha aprendido a envolver las malas noticias en papel celofán antes de entregarlas, para que duelan un poco menos cuando aterrizan en tu regazo. He recibido tantas noticias envueltas en celofán que reconozco el crujido del papel.

Me siento en el sofá, que cruje, y ni me inmuto.

—Sí, soy yo. ¿Es por Sloane?

—Le llamo de la planta de pediatría del Saint Brigid. No se alarme, su hermana está estable.

Estable.

La palabra más traicionera de todo el vocabulario médico, porque puede significar cualquier cosa entre «respirando con normalidad» y «respirando por ahora». Aprendí a desconfiar de ella igual que se desconfía de una sonrisa demasiado ancha.

—Ha tenido un episodio de fiebre durante la noche —continúa la voz— y ha preguntado por usted. Disculpe la hora, pero estaba bastante insistente.

Cómo no iba a estarlo. Sloane tiene quince años y la terquedad de una mula con posgrado.

—Voy para allá —digo, ya de pie, ya buscando la zapatilla con la punta del pie descalzo por debajo del sofá—. Veinte minutos.

—Señorita Pembroke, de verdad, no es una emergencia. No hace falta que…

—Veinte minutos.

Cuelgo antes de que termine de decirme lo que necesito o no hacer.

A la gente le encanta decírmelo. Es asombroso cuánto le encanta. No hace falta que trabajes tanto. No hace falta que cargues con todo tú sola. No hace falta que vengas corriendo en plena madrugada por una fiebre que ya ha bajado.

Como si ellos supieran. Como si ellos hubieran estado, a los quince años, sujetando la mano de una niña de ocho en el entierro de su padre, las dos solas en el mundo, sin ningún otro adulto que les sujetara la mano a ellas.

Nuestra madre se había ido hacía tiempo, y cuando nuestro padre también se marchó, en aquel ataúd con olor a lirio y a tierra mojada, solo quedé yo.

Yo y Sloane. Fue ahí, a los quince años, cuando me convertí en madre, padre y hermana a la vez, y nunca más dejé de ser las tres cosas.

Sé exactamente lo que tengo que hacer. Siempre lo he sabido. Lo aprendí pronto.

Me pongo la sudadera por encima de la camiseta de dormir, me recojo el pelo en un moño que más bien parece un nido de pájaro en plena depresión, y cojo las llaves.

No las llaves del coche. Vendí el coche de mi padre hace cuatro meses, ese mismo en el que me enseñó a cambiar la rueda a oscuras, diciendo que una deuda era como un collar mientras yo me quejaba del olor a cerrado de los asientos.

Lo vendí por una fracción de lo que valía, a un tío con gorra que se quejaba de cada céntimo como si me estuviera haciendo un favor enorme.

Usé el dinero en tres semanas de medicación.

Tres semanas. Es lo que vale un coche, al final: tres semanas.

Así que cojo solo la llave del piso, bajo los cuatro tramos de escalera porque el ascensor lleva estropeado desde antes de que yo me mudara, y salgo a la madrugada helada de Chicago para coger el autobús de las cuatro y diez, que me deja a seis manzanas del hospital.

El viento que viene del lago corta como un cuchillo recién afilado. En abril, Chicago todavía no ha decidido si quiere ser primavera o seguir castigando a todo el mundo, y en esa indecisión la ciudad apuesta por el frío solo por si acaso.

Meto las manos en los bolsillos, agacho la cabeza contra el viento, y camino.

Cuento las manzanas: seis, siempre seis.

Y le rezo a Dios para que esta vez «estable» signifique la versión buena de la palabra.

Porque no tengo un plan B para la versión mala.

Nunca lo he tenido.