Capítulo 46
A Carla le resultaba imposible concentrarse en nada a medida que se acercaba el fin de semana.
Mario volvió a llamar, intentando convencerla de que llevara a todo el mundo a San Remo, pero Carla se mantuvo firme en que este primer encuentro fuese en Villa Mimosa.
Era su casa y quería que los gemelos estuvieran, al menos, en un lugar familiar, y no en una vivienda extraña, en otro país más, cuando conocieran a Mario por primera vez.
—Va a ser un shock enorme para ellos, descubrir que tienen un nuevo abuelo —dijo—. Prometo que iremos todos a San Remo otro día para una reunión familiar.
Cruzó los dedos al hacer la promesa. ¿Qué pasaría si los gemelos se negaban en redondo a aceptar a Mario como su abuelo?
Los dos habían adorado al abuelo Robert, y Carla sospechaba que tendrían la misma reacción que ella al enterarse de la relación de Mario con todos ellos.
Robert no era reemplazable, ni como padre ni como abuelo.
A primera hora de la tarde del sábado, Carla se encontraba en la cocina, horneando scones y un bizcocho para el té que pensaba ofrecer a Mario y a quienquiera de su familia que viniese con él. Quizá trajera a su hermano Alessandro, que había conocido a Josette en el pasado. ¿Les acompañaría Bruno?
Joel había bajado al pueblo, pero había prometido volver antes de que llegara todo el mundo.
Carla se iba poniendo cada vez más nerviosa a medida que se acercaba la hora de llegada de Maddy y Ed.
Ojalá Sam viniera con Maddy. Parecía saber cómo calmarla cuando se agitaba o se ponía triste por algo, aunque a Ed también se le daba bien.
Ed, de hecho, parecía tomarse con calma todo lo que la vida le echaba encima, y Carla rezaba para que esta última revelación no fuese la excepción.
Josette llegó sola justo cuando Carla sacaba el bizcocho del horno.
—¿Dónde está Gordon? Pensé que venía a darte apoyo moral —dijo Carla, mirando la mano izquierda de Josette—. Te has quitado el anillo.
Josette alzó la mano derecha.
—Me lo he cambiado de mano solo por esta tarde. Gordon viene luego. Le dije que le escribiría cuando…, cuando haya hablado con Mario sobre nosotros.
Carla la miró, boquiabierta.
—¿Quieres decir que todavía no sabe que le dijiste que no a Mario y luego aceptaste a Gordon el mismo día?
Josette asintió, afligida.
—Le he escrito una carta, como prometí, repitiendo todo lo que le dije por teléfono, todas las razones por las que no es posible volver a estar juntos. Pero decirle en una carta que ahora estoy prometida con Gordon me pareció demasiado brutal. Es más amable decírselo cara a cara.
—Y yo que pensaba que presentarles a los gemelos a Mario ya iba a ser lo bastante estresante —dijo Carla, negando con la cabeza.
—¿Quién es Mario? —preguntó Maddy, entrando en la cocina.
—Cariño, no te he oído llegar —dijo Carla, volviéndose para abrazarla—. ¿Dónde está Ed?
—Siendo buen hermano y sacando nuestras bolsas del coche —dijo Maddy—. Así que, venga, contesta a la pregunta.
—Voy a poner la tetera para el té y a esperar a Ed —dijo Carla—. Forma parte de la razón por la que os he pedido que vinierais este fin de semana.
—Vale, pues voy a darme un chapuzón rápido en la piscina mientras esperamos —dijo Maddy.
—Será mejor que esperes a que hayamos hablado, por favor —dijo Carla.
Maddy la miró fijamente y estuvo a punto de decir algo cuando Ed entró.
—Hola, mamá, abuela Josette. Entonces, ¿de qué va esta reunión urgente?
Fue Josette quien respondió.
—Vamos a sentarnos todos en la terraza y empiezo a explicarlo mientras tu madre hace el té. Aunque, cuando escuchéis lo que tengo que decir, quizá prefiráis algo más fuerte.
Carla se tomó su tiempo a propósito en la cocina, sintiendo que era Josette quien debía explicarles a los gemelos cómo, ahora, tenían un nuevo abuelo italiano y varios familiares más en sus vidas, uno o más de los cuales iba a venir a conocerlos esa misma tarde.
Cuando Carla sacó la bandeja, los dos gemelos estaban sentados allí, escuchando a su abuela con expresiones atónitas.
—Solo puedo repetir lo profundamente arrepentida que estoy de que una acción mía de hace tantísimos años haya causado este dolor a las personas que quiero.
La verdad ha salido a la luz, y ahora todos tenemos que adaptarnos —dijo Josette—.
Es una historia triste, pero ojalá sea el comienzo de una etapa más feliz para nuestra familia.
Tomó aire.
—Mi hermana pasó la mayor parte de su vida odiándome, deseando venganza e instigándola, y por desgracia eso también hirió a gente inocente, además de a mí.
Me educaron para no hablar mal de los muertos, pero lo que hizo Amelia al ocultar el resultado del ADN fue un acto deliberado e imperdonable de crueldad.
No me puedo ni imaginar los problemas mentales que tenía.
Si me hubiera dicho esos resultados cuando los obtuvo, ahora no estaríamos aquí.
Todos habríais sabido la verdad mucho antes.
Nuestras vidas podrían haber sido muy distintas.
—Creo que tú y mamá sois quienes más habéis sufrido con todo esto —dijo Ed en voz baja—. Me alegro de que ahora tengáis la oportunidad de conoceros de verdad.
Se volvió hacia Carla.
—Creo que para ti ha sido más fácil aceptar el impacto de que Josette sea tu madre por la manera en que te trataba Amelia, pero tú y el abuelo estabais muy unidos. Enterarte de lo de Mario debió de ser todavía peor.
Carla asintió.
—Sí.
—¿Has conocido a ese Mario? —preguntó Maddy.
—Sí, fui con Josette a Ventimiglia y lo conocí. Es… muy italiano —dijo Carla—. Tan sorprendido por la noticia como todos nosotros, claro.
—¿Vamos a conocer a ese nuevo abuelo? ¿O no quiere saber nada? —preguntó Maddy, con un filo en la voz.
—Se muere de ganas de conoceros a los dos. Estará aquí dentro de una hora —dijo Carla.