Capítulo 45
Cuando Josette y Gordon llegaron de la mano a cenar al día siguiente, con una botella de champán, Carla y Joel los esperaban en la terraza.
—¿Estamos celebrando algo? —preguntó Carla.
—Desde luego —dijo Josette, sonriendo, y le mostró la mano izquierda.
Carla miró el anillo y luego a los dos.
—¡Ahí va! Enhorabuena. Me alegro muchísimo por vosotros. Voy a por copas y algo para picar.
Josette la siguió a la cocina, dejando a Gordon y a Joel hablando fuera.
Carla la miró.
—Después de la proposición de Mario ayer, no me esperaba esta noticia.
— Quelle surprise para mí también —dijo Josette—. Pero qué bien sienta. Estoy tan feliz…
—¿No te preocupa cómo pueda reaccionar Mario? ¿Ya se lo has dicho?
—Lo llamé anoche, como le prometí, pero no le dije nada de Gordon y de mí —dijo Josette—.
Me centré en explicarle por qué no podía volver a una relación con él después de tanto tiempo.
No me pareció justo anunciarle luego, como si nada, que acababa de prometerme con Gordon.
Ya le he causado suficiente dolor para toda una vida.
Intentaré contarle lo del compromiso con Gordon con cuidado.
—Probablemente sea lo más sensato —dijo Carla—. Pero tendrás que decírselo antes de que vengan los gemelos para esa reunión familiar que quiere.
—Todavía tengo tiempo —dijo Josette—, ¿no?
Carla negó con la cabeza mientras le daba el plato del picoteo para que lo sacara.
—Mario me ha llamado antes, insistiendo en que organizara un encuentro cuanto antes.
Vienen este fin de semana. Les dije que necesitaba que estuvieran aquí para una reunión familiar urgente.
Tuve que asegurarles que no estaba enferma, que fue lo primero que pensaron, pero que era algo serio de lo que tenía que hablarles.
Probablemente lo hice sonar demasiado misterioso, pero quería asegurarme de que vinieran.
—¿Cuándo y dónde va a ser esa reunión familiar? —preguntó Josette.
—El sábado por la tarde. Todavía no sé dónde. Me gustaría que fuera aquí, pero Mario dijo que quería enseñarle a todo el mundo su casa de San Remo. En fin, ya está todo: vamos a celebrarlo. Ah, y hay algo que quiero enseñarte en el jardín.
Después de que Gordon sirviera el champán y brindaran por la felicidad futura de todos, Carla llevó a Josette al jardín silvestre que había junto a la casita de la piscina.
Las rosas blancas se habían marchitado, pero las abejas y las mariposas seguían zumbando alrededor de la budleya, y los ásteres azules habían sustituido a las margaritas.
Carla esperó a que Josette reparara en la urna colocada en medio.
—¿Amelia? —dijo Josette en voz baja.
Carla asintió.
—¿Qué te parece? Ya sé que al principio no te gustaba la idea de que estuviera aquí, pero no sabía qué más hacer con ella.
—Como dijiste antes, se convirtió en un alma torturada, ¿verdad?
—dijo Josette—. Daría cualquier cosa por poder hablar cinco minutos con la hermana cariñosa que conocí hace tanto y arreglarlo todo entre nosotras.
Pero se ha ido, dejando una carta venenosa en la que me dice cuánto me odiaba.
No sé si podré perdonarla alguna vez por eso, pero tampoco me sale tirarla a la basura, como quise hacer antes.
Y tampoco puedo decirle cuánto lo siento por las consecuencias del error que cometí entonces…
Josette se volvió hacia Carla.
—Si a ti te parece bien que la urna esté aquí, creo que es el sitio perfecto. Hasta las almas torturadas merecen encontrar paz.
Se giró de nuevo hacia la urna.
—Descansa en paz, Amelia. —Se inclinó un poco y susurró—: Pero como empieces a rondarnos, te prometo que te esparzo por todo el Mediterráneo.
Carla se rio.
—Me habría encantado pasar tiempo con vosotras cuando todavía os llevabais bien. Seguro que sabíais divertiros y competíais entre vosotras.
—Tengo que admitir que tuvimos nuestros momentos —dijo Josette—. Eso sí, nos enfadábamos a menudo, pero jamás imaginé que el último enfado duraría para siempre.
Se dio la vuelta, esperando que Carla no notara el brillo húmedo en sus ojos.
***
Una hora más tarde, después de que Gordon y Josette se despidieran, Carla y Joel se quedaron charlando en la terraza. Leroy se había tumbado cuan largo era en la hierba cálida y estaba dormido.
—Me encanta que comer al aire libre sea la costumbre aquí —dijo Carla—. En el Reino Unido es un lujo, pero aquí se puede hacer casi todos los días del año.
—El calor y la falta de lluvia me complican el trabajo —dijo Joel—.
Sobre todo el césped. Siempre es lo primero que se pone marrón con el calor.
Acabo de coger a un cliente con una casa nueva y un jardín lleno de escombros.
Quiere un césped como para jugar al croquet el verano que viene.
Le he explicado los problemas, pero parece creer que puedo hacer un milagro.
—¿Qué tal te está yendo lo de ser totalmente autónomo? —preguntó Carla—. ¿Estás encontrando suficientes clientes nuevos?
Joel asintió.
—He firmado tres esta semana; dos de ellos, además, necesitan paisajismo, no solo desbroce, así que me viene genial. —Miró a Carla y luego apartó la vista al decir—: Uno de los jardines tiene una casita que están reformando. Los dueños me han ofrecido alquilármela cuando esté lista.
Carla intentó ocultar su desazón. Claro que la habitación de la villa siempre había sido una solución provisional para Joel, hasta que encontrara otro sitio.
Lo sabía, pero había apartado esa idea de la mente.
Se había acostumbrado tanto a tenerlo cerca que había empezado a pensar que se quedaría a vivir con ella para siempre.
—¿Cuándo estará lista?
—Calculan que en unas seis semanas. Tiempo para que yo ahorre algo para el alquiler.
«Tiempo para que yo intente hacerte cambiar de idea y que no te vayas», pensó Carla.
—Te echaré de menos cuando te vayas. Y Leroy pensará que lo abandonas. Ah… no estarás pensando en llevártelo contigo, ¿no?
Joel negó con la cabeza.
—No. Espero que me concedas derechos de visita. Para veros a los dos —añadió en voz baja.
Carla sintió cómo se le disparaba el corazón.
—Tienes las puertas abiertas cuando quieras. Ya sé que tener solo una habitación y compartir el —hizo comillas en el aire con los dedos— «escusado» conmigo no es lo ideal, pero no tienes por qué irte si no quieres. Me ha gustado mucho tenerte por aquí, eres un compañero de casa estupendo.
Las palabras «creía que yo te gustaba tanto como me estoy empezando a dar cuenta de que me gustas tú» se le quedaron dentro.
—Cuando abras tu chambre d’hôte necesitarás la habitación libre para cuando vengan Maddy y Ed.
—Dudo que eso vaya a pasar este año, tal y como están las cosas —dijo Carla—. Con todo lo que está ocurriendo… En fin: ahora mismo no creo que pudiera con más gente en casa. Yo… —vaciló—, me gustaría que te quedaras, Joel.
Joel guardó silencio unos segundos.
—Es mejor que me vaya: así tendrás espacio para disfrutar un tiempo de la vida de mujer soltera, pero eso no significa que no me importes —dijo en voz baja—. Tu vida se ha puesto patas arriba este último año; creo que necesitas tiempo para ti.
Carla, recordando la puerta de Joel cerrándose la noche en que ella volvió tarde tras cenar con Bruno, quiso creer que estaba entendiendo el mensaje correcto. Que a él le gustaba, pero quería darle tiempo para recuperarse del divorcio.
—Me tienes en marcación rápida —dijo Joel—, así que sabes que puedo estar aquí en cuestión de minutos si me necesitas. Y también me apetece que vengas tú a mi casa a estar conmigo. —La miró—. Cuando me necesites, estaré ahí. ¿Vale?
Carla asintió.
—Vale.
Le sonrió.
—¿Y cómo lo ves este fin de semana? Te necesito aquí, sin falta, de apoyo moral. Rezo para que lo de presentar a Mario a los gemelos no sea demasiado… intenso.
—Estaré —prometió Joel.