Capítulo 44
Josette se dio cuenta de que Carla se había sobresaltado al volver del baño y encontrarla con lágrimas en los ojos y a Mario mirando al vacío con gesto abatido.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Carla, de pie, insegura, mirando a uno y a otra—. ¿Ya os habéis peleado?
Mario la miró y negó con la cabeza.
—No, no ha sido una pelea como tal. Solo le he pedido a tu madre que se case conmigo… y me ha dicho que no.
Josette apartó la silla y se levantó.
—Lo siento muchísimo, Mario. Creo que será mejor que nos vayamos ya. ¿Puedo llamarte luego? Me gustaría intentar explicarte mejor mis motivos —susurró.
Mario asintió, cansado.
—Por favor.
Se levantó, besó a Josette en ambas mejillas y luego se volvió hacia Carla y, para sorpresa de ella, le dio un abrazo fuerte, en vez de besarla en la mejilla.
—A ver si consigues convencerla de que cambie de idea, ¿quieres? —le susurró al oído—. Y, por favor, pide a los gemelos que vengan cuanto antes. Tenemos que hacer pronto una reunión de la familia Grimaud.
Al salir del restaurante, Josette dijo:
—¿Podemos andar un poco por el paseo marítimo antes de coger el tren? Me apetece un poco de brisa.
Sin esperar respuesta, se puso en marcha con paso decidido.
—¿Estás bien? —preguntó Carla unos minutos después, esforzándose por seguirle el ritmo.
— Oui, merci —respondió Josette, antes de detenerse de pronto y volverse hacia Carla—. Bueno, ¿qué te parece tu padre?
—Esa pregunta no es justa —protestó Carla—.
Es la primera vez que lo veo, pero sí, me cae bien.
Creo que yo también le caigo bien. Si algún día llegaremos o no a establecer un vínculo y a ser la unidad familiar que él parece empeñado en formar cuando conozca a los gemelos…
—Se encogió de hombros y miró a Josette—.
¿No es casarte con Mario lo único que siempre has soñado hacer?
—preguntó en voz baja—. Entonces, ¿por qué le has dicho que no?
—Porque…, porque los dos hemos cambiado y porque llegamos cincuenta años tarde, como por fin he entendido. Casarme con Mario ya no es lo más importante del mundo. ¿Crees que debería haber dicho que sí y haber aceptado casarme con él?
—No, si no quieres —dijo Carla—. ¿De verdad crees que él ha cambiado tanto?
—Sigue siendo tan impetuoso como siempre —dijo Josette—. Como hoy, cuando me ha pedido matrimonio. Es demasiado pronto para hablar de casarnos. Necesitamos tiempo para reajustarnos. Para acostumbrarnos a volver a tenernos en nuestras vidas y para que su familia asimile la noticia.
—Sí parece muy empeñado en presentaros a todos —dijo Carla—. En rodearse de una familia grande y feliz. ¿Será por esa cosa italiana de la familia?
Josette se rio.
— Peut- être. Ahora que sabe lo tuyo, está eufórico y parece dar por hecho que él y yo volveremos.
—Miró a Carla con inquietud—. Ya sé que cerraría el círculo de nuestras vidas.
Pero casarnos no borrará todos los años perdidos.
Desde luego, no nos convertirá en una familia de verdad de la noche a la mañana.
El mundo solo verá a una pareja mayor que se puso las pilas demasiado tarde, lo llamará romántico y se olvidará de nosotros.
—Suspiró—. Lo que sí sé es que no puedo volver de cabeza a una relación en la que ya no estoy segura de querer estar.
Ahí estaba: había dicho en voz alta su miedo.
—Entonces no lo hagas —dijo Carla, agarrándole la mano—. Esta vez decides tú: nadie te obliga a nada. Si quieres quedarte en la amistad, es tu elección.
Josette sonrió sin convicción.
—Siempre soñé con que tendríamos estas charlas de madre e hija, y aquí estamos…, solo que eres tú la sensata. Venga, vamos a la estación y volvamos a casa.
Del brazo, dieron media vuelta y regresaron por el paseo.
Durante el trayecto de vuelta a Antibes, se sentaron una junto a la otra mirando el paisaje, cada una sumida en sus pensamientos. Al bajar en Antibes, Carla dijo:
—¿Te vienes a la villa a tomar el té?
Josette negó con la cabeza.
—Me encanta la idea, pero le prometí a Gordon que iría al apartamento en cuanto volviera para contarle cómo había ido la comida y todo lo demás.
—Vale. ¿Y si venís los dos a cenar mañana por la noche?
—Eso está hecho, ya tengo ganas —dijo Josette—. Ciao.
***
Cinco minutos después, Josette pulsó el timbre del portal del edificio de Gordon y se coló dentro cuando se abrió la puerta.
Subiendo las escaleras hacia su apartamento, sintió una fuerza interior que había olvidado que existiera.
Tenía una segunda oportunidad de ser feliz y estaba decidida a agarrarla sin reservas.
Ni de broma iba a repetir el error de hacía cincuenta años y limitarse a aceptar lo que viniera.
Carla tenía razón. Ahora mandaba ella, y al rechazar a Mario había tomado una de las decisiones más importantes de su vida.
Además, significaba que todo lo que había pasado entre ellos quedaba, por fin, donde debía estar: en ese país extranjero llamado pasado.
Gordon la esperaba en la puerta abierta, con los brazos extendidos, listo para encerrarla en un abrazo de oso en cuanto llegara al último tramo.
—Pasa a la terraza, corre un poquito de brisa. ¿Te apetece algo de beber?
—Un vaso de agua con hielo me vendría genial —dijo Josette.
Veinte segundos después, Gordon le tendió el agua y la miró nervioso.
—¿Cómo ha reaccionado Mario?
Josette le describió deprisa el encuentro.
—Al principio me acusó de haberle mentido, pero se calmó cuando se lo expliqué.
Está encantadísimo de aceptar a Carla y a los gemelos en su vida.
Tiene planes para una gran reunión familiar.
—Dio un sorbo—. Hubo un momento curioso cuando acabó la comida.
Mario me pidió matrimonio. Dijo que por fin los tres podríamos ser una familia de verdad.
Josette sintió cómo Gordon se tensaba y se quedaba rígido a su lado, mirándola a la cara fijamente, esperando a que terminara..
—Por desgracia para Mario, su propuesta llega con cincuenta años de retraso. Le dije que no porque ya no quiero casarme con él.
Josette sostuvo la mirada de Gordon. Durante unos segundos, se limitaron a mirarse, hasta que una amplia sonrisa se dibujó en la cara de Gordon y Josette le devolvió la sonrisa.
—Carla y yo dimos un paseo al salir del restaurante. Una de las cosas que me hizo ver es que esta vez nadie me obligaría a hacer nada que no quisiera.
Josette se quedó sin aliento al ver cómo Gordon metía la mano en el bolsillo de sus pantalones cortos y sacaba una cajita. ¿De verdad iba a decir…, a hacer… lo que ella de pronto sospechaba?
—Vi esto el otro día en el puesto de antigüedades del mercado y pensé…
que te gustaría. Eso espero. —Le tomó la mano izquierda despacio y le deslizó un anillo ancho, antiguo, de oro, con tres granates engastados, en el dedo anular—.
Es vintage como nosotros, y no es un anillo de compromiso tradicional, pero pensé que es más tú que los diamantes.
No tenemos por qué casarnos si no quieres, pero espero que sí.
—Es precioso —dijo Josette, mirando el anillo—. Y, si ese discursito significa que me acabas de pedir matrimonio…, la respuesta es sí.
Gordon la atrajo hacia él, mirándola mientras la apretaba contra su pecho.
—Tenía un miedo horrible de que eligieras a Mario antes que a mí.
—Ya te he dicho que ahora no puedo imaginarme mi vida sin ti —dijo Josette—. Pero…
—Ay, siempre hay un pero —dijo Gordon—. No sé si quiero oírlo.
—Pero —continuó Josette—, por Carla y los gemelos, seguiré en contacto con él, como amigo de la familia.
En la comida no pude explicarle muy bien las cosas, así que le dije que lo llamaría esta noche.
También voy a escribir esa carta que intenté empezar la otra semana.
—Miró a Gordon con expresión interrogante—.
D’accord ? Va a volver a estar en mi vida como amigo.
Por favor, dime que te parece bien. Habrá ocasiones sociales en las que nos veamos todos y no soporto la idea de que haya mal ambiente entre nosotros.
—¿Solo amigos? ¿No amigos con derecho a roce?
—Te lo prometo: nada de roce —dijo Josette.
—Bien. Dicho eso, necesito un trago. Voy a por el champán y lo celebramos —dijo Gordon, encaminándose a la cocina.
Josette se quedó donde estaba, pensativa. Dos pedidas en un día. ¿Quién lo habría imaginado? ¿Y quién habría dicho que sería el escocés peculiar que se había hecho un sitio a su lado cada vez más importante quien acabaría ocupando su corazón en esta etapa de su vida?
—Por el futuro y por nosotros —dijo Gordon, tendiéndole una copa.
—Por el futuro y por nosotros —repitió Josette.