Capítulo 43
Josette no parecía tener ganas de hablar en el tren que recorría la costa al día siguiente rumbo a Ventimiglia, y Carla agradeció poder quedarse en silencio, disfrutando de las diferentes vistas que se mostraban entre estación y estación.
Biot. Cagnes-sur-Mer. Saint-Laurent-du-Var.
Niza. Èze. Villefranche-sur-Mer. Mónaco.
Menton. Nombres de lugares que todavía no había visitado y que sonaban exóticos para su oído inglés.
De vez en cuando, Carla miraba a Josette, preocupada por si estaba agobiándose por la reacción de Mario, pero ella parecía relajada, aunque absorta en sus pensamientos.
Por fin, el tren entró en Ventimiglia, al final de la línea, y todo el mundo se bajó.
El pueblo costero estaba abarrotado y les costó abrirse paso entre la gente hasta la carretera litoral y el restaurante que Mario había propuesto para comer. Por suerte, Josette dijo que había comido allí en el pasado y que sabía dónde estaba.
—Al menos comeremos bien —comentó.
Ya dentro, Josette dio el nombre de Mario al maître y las pasaron a una mesa en la terraza del restaurante, en la parte delantera. Todavía no eran las doce; la hora de comer apenas había empezado y solo había una o dos mesas ocupadas.
Mario las vio acercarse, y la sonrisa se le borró de la cara al comprobar que Josette no iba sola. Carla se estremeció al sentir la intensidad de la mirada de Mario sobre su rostro antes de que él recordara los modales y se acercara a saludarlas.
—Josette. ¿Estás bien? No sabía que traías a una amiga. —Le tendió la mano a Carla—. Encantado, amiga de Josette. Por favor, siéntate. En un momento traerán los aperitivos que he pedido.
Carla se sentó, entumecida, mientras el camarero le apartaba la silla con destreza.
Una oleada tras otra le recorría el cuerpo.
Sentía que ya conocía a aquel hombre. Le resultaba demasiado familiar.
¿Cómo podía ser? Miró a Josette. ¿Iba a presentarla?
¿O iba a seguir con la farsa de que era una amiga?
Hubo un breve silencio mientras Josette se acomodaba; luego alzó la vista y miró a Mario directamente.
—Mario, no es una amiga sin más. Es Carla, mi hija —dijo Josette, en voz baja.
Mario asintió.
—Me lo imaginé —dijo por fin, y sonrió a Carla mientras la observaba con atención—. Has heredado los ojos de tu madre, pero me recuerdas a… —negó despacio con la cabeza—. A alguien a quien no termino de ubicar. Ah, ya vienen los aperitivos.
Josette esperó a que el camarero se alejara y luego le puso la mano en el brazo.
—Tengo que terminar la presentación. Mario, no solo es mi hija: también es la tuya. Quizá, a quien te recuerda es a ti mismo —añadió en voz baja.
Mario se quedó inmóvil. Se le endureció el cuerpo.
—El otro día me dijiste que Robert era el padre. ¿Me mentiste entonces?
Miró a Josette con una dureza implacable.
Carla vio cómo agarraba el borde de la mesa, los nudillos blancos, y rezó para que aquello no se descontrolara. ¿Había sido un error acompañar a Josette? Quizá habría sido mejor que Josette hubiera venido sola a dar la noticia. Que Carla conociera a Mario más adelante.
—No. Nunca te he mentido. Yo creía que era él: cuando te dejé hace tantos años, y también la semana pasada, cuando por fin te confesé por qué tuve que marcharme.
—Josette respiró hondo—. He vivido estos cincuenta años creyendo que Carla era hija de Robert.
Esta semana, esa creencia se rompió. Amelia me dejó una carta y los resultados de una prueba de ADN que demuestran de forma concluyente que Robert no era el padre de mi hija. Lo ocultó para castigarme.
Mario la miró en silencio durante varios segundos.
—No solo a ti, Josie. Nos castigó a los tres… y también a Robert. A los cuatro nos han tratado con dureza y nos han negado la vida que debería haber sido nuestra.
Josette le sostuvo la mirada, triste.
—Lo siento muchísimo. Muchísimo. Si pudiera agitar una varita mágica y cambiar las cosas, lo haría.
Se encogió de hombros, impotente. En ese momento llegó un camarero para tomar nota de los platos principales, y pasaron varios minutos eligiendo entre los muchos tipos de pasta del menú.
Cuando el camarero se alejó rumbo a la cocina, Mario se volvió hacia Carla. La intensidad anterior en sus ojos se había transformado en una suavidad mientras la miraba.
—Así que tengo una hija. Siento no haberte conocido antes. ¿Tuviste una buena infancia pese a todos los secretos? ¿Robert fue bueno contigo?
—Robert fue algo más que bueno. Fue el mejor padre del mundo, al menos para mí —dijo Carla—. Lo echo de menos con toda el alma.
Mario la observó, con una expresión indescifrable durante unos segundos, antes de hablar.
—Por tu respuesta deduzco que Amelia no fue la mejor madre del mundo.
—Creo que lo intentó durante mucho tiempo —dijo Carla—. Pero ahora que sé todos los detalles de mi nacimiento, entiendo mejor por qué era como era conmigo.
—¿Y tú con Josie? —Mario hizo un gesto con la mano hacia las dos—. ¿Habéis formado un vínculo instantáneo?
Carla y Josette se miraron y sonrieron. Fue Carla quien contestó.
—Instantáneo, no. Pero estamos en ello.
—¿Y tú y yo? ¿Cómo te sientes con que yo esté en tu vida? —preguntó Mario, mirando a Carla.
—¿Sinceramente? Ayer me daba igual que estuvieras o no estuvieras. Hoy noto que hay una conexión entre nosotros, pero no puedo imaginar un momento en el que te considere algo más que un amigo… o quizá un tío. Necesitas saberlo —Carla hizo una pausa—: Robert siempre será mi padre. Lo siento.
Mario asintió.
—No lo sientas. Entiendo cómo te sientes.
Coincidí con Robert un par de veces, pero en esas ocasiones nos llevamos bien.
Me alegra que estuviera en tu vida como el padre cariñoso que yo habría sido si las circunstancias hubieran sido distintas.
Bueno, espero al menos convertirme en un buen amigo cercano.
De esos a los que puedes recurrir ante cualquier emergencia y saber que estarán ahí al instante.
—Mario levantó la copa de vino que el sumiller había servido antes para acompañar los aperitivos—.
Brindo por los viejos y los nuevos amigos. Y por un futuro unido.
La siguiente hora pasó rápido, con los tres contándose cosas de sus distintas vidas y conociéndose.
Carla notó cómo Josette se iba relajando cada vez más a medida que avanzaba la comida.
Mientras esperaban los postres, Carla cogió la copa y miró distraída a Mario y a Josette…
y sintió un vuelco cuando la frase «estos son mis padres» le cruzó la mente sin pedir permiso.
Le iba a costar mucho tiempo asumir esa realidad.
Cuando salió el nombre de Bruno, Carla se rio.
—No me puedo creer que el hombre que me salvó de que me atropellara un coche resulte ser mi primo.
—Tendré que darle las gracias de corazón por ese acto de gallardía —dijo Mario—. Pensar que quizá nunca te habría conocido si hubiera fallado en ese instante. Bueno, ¿cuándo vendrás a Italia para conocer al resto de tu familia italiana?
—¿Cómo se tomará tu familia que aparezca una hija perdida?
—Estarán encantados de conocerte. Tan encantados como yo de conocer a mis nietos ingleses —dijo Mario—. Y no me pierdo la cara de Alexandro cuando vuelva a ver a Josie. Se acuerda de lo destrozado que estuve cuando la perdí.
—Te prometo que les hablaré a los gemelos sobre ti y les pediré que vuelvan a venir pronto —dijo Carla, poniéndose en pie—. Perdonadme un momento: necesito ir al baño.
Mario esperó a que Carla cruzara el restaurante hacia los aseos; entonces le agarró la mano a Josette cuando ella iba a coger su copa.
—Josie, mia cara , gracias por darme a Carla.
Mario le acarició los dedos unos segundos, con los ojos empañados por lágrimas que no terminaban de caer.
—Sé que me dijiste que lo de tu amigo Gordon podría ser serio, pero eso era antes de que yo supiera que Carla es mi hija.
Sé que este no es el lugar adecuado para decirlo, pero quiero que te olvides de Gordon y te cases conmigo.
No es tarde para que los tres seamos una familia de verdad el resto de nuestras vidas.
Te prometo que haré todo lo posible por hacerte feliz, y quiero cuidar de vosotras dos de ahora en adelante.
Por favor, dime que sí y cásate conmigo, Josie.