La villa del sol y los secretos Capítulo 40
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Capítulo 40

El fin de semana de su cumpleaños había despertado en Carla unas emociones confusas respecto a Joel.

Desde «ese baile», apenas lo había visto, porque él había estado muy liado trabajando, pero le había dicho que hoy llegaría temprano y Carla tenía ganas de cenar con él en la terraza.

Le alegraba que estuviera consiguiendo más clientes para su negocio de jardinería ahora que había decidido ir por libre, pero lo echaba de menos cuando se le hacía tarde.

Se había convertido en una parte tan integral de su nuevo comienzo en Francia que se había deslizado en su vida sin hacer ruido.

Carla sabía que, sin Joel viviendo en la villa, aquellos últimos meses habrían sido mucho más solitarios.

Imaginar el lugar, en el futuro, sin su presencia en el jardín, en la cocina, le resultaba imposible.

Egoístamente, se sorprendía deseando que pasara mucho tiempo antes de que encontrara un sitio propio y se mudara.

Carla se había servido una copa de rosado para disfrutarla sentada en la terraza antes de empezar a preparar la cena, cuando llegaron Josette y Gordon. La expresión de Josette le dijo que no era una visita social cualquiera, y Carla se puso en pie de un salto.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás enferma? Tienes muy mala cara —dijo, acercándole una silla a Josette—. Siéntate. Dime qué ocurre. —Lanzó una mirada preocupada a Gordon—. Mientras no se haya muerto nadie, podremos con ello.

—Mario Grimaud vino a verme hoy. Quería saber por qué no había contestado a la carta que tú me entregaste.

Carla asintió.

—Me acuerdo.

—He comido con él. Nos hemos puesto al día de muchas cosas.

Cuando volví a casa, supe qué iba a decirle.

Básicamente, que no se podía volver atrás y por qué.

Pero entonces… —Josette respiró hondo antes de sacar un sobre del bolso y tenderlo a Carla—.

¿Te acuerdas del paquete que me trajiste?

Por fin lo abrí hoy y dentro había una última carta de Amelia.

Lo siento muchísimo —casi no le salían las palabras—, es una carta horrible, pero tienes que leerla.

Carla cogió el sobre, sacó la carta y, una vez más, sintió que el mundo se hundía bajo sus pies mientras leía. Mientras se tragaba las náuseas que le subían por la garganta, se le fue el color de la cara y le tembló la mano cuando se la devolvió a Josette.

Cogió su copa y se la bebió de un trago.

—Entonces, dime…, ¿tenía razón? ¿Es Mario Grimaud mi padre? ¿O fue otro? —preguntó Carla, negando despacio con la cabeza, desesperada, mirando a Josette.

—Mario fue mi primer amor. No hubo ningún otro hombre en mi vida por entonces —apenas consiguió sacar las palabras—. Él y yo estábamos enamorados y planeábamos casarnos.

—¿Y él no lo sabe?

—No. Pensamos que tú tenías derecho a saberlo primero.

—¿Pensamos?

—Gordon y yo —dijo Josette—. No tenemos por qué decírselo a Mario si tú no quieres.

—¿Por qué no? ¿Crees que lo negará?

Josette negó con la cabeza.

—No. Lo más probable es que exija conocerte, y conocer a tus hijos. Querrá formar parte de tu vida, a partir de ahora.

—¿Y si yo no quiero que se meta?

—Dudo que esa sea una opción si Mario se entera de vuestro parentesco. Insistirá en conocerte a ti y a los gemelos.

Carla miró de Josette a Gordon, y de Gordon a Josette.

—Creo que quiero estar sola ahora. ¿Os importaría iros, por favor?

—Carla, por favor, tenemos que hablar de esto —protestó Josette, mientras Gordon le tomaba el brazo.

—Creo que Carla necesita tiempo para hacerse a la idea —dijo él, con suavidad—. Ya hablaréis otro día. Vamos, hagamos lo que Carla pide.

Josette suspiró.

— D’accord. Te dejo, pero, por favor, créeme cuando te digo lo mucho que siento todo el dolor que he causado y que estoy causando. Créeme: si hubiera sabido que Mario era el padre de mi bebé hace tantos años, las vidas de todos los implicados habrían sido tan diferentes…, tan diferentes…

Gordon le tendió en silencio un pañuelo cuando empezaron a caerle las lágrimas, y luego le pasó el brazo por los hombros. La mirada que le dirigió a Carla estaba llena de compasión, mientras se llevaba a Josette con delicadeza.

Carla los vio marcharse, y entonces se le escapó un grito primitivo de pura desesperación, que resonó en el aire, antes de derrumbarse en un mar de lágrimas.

Su matrimonio se había acabado, la gente a la que había conocido como sus padres estaba muerta, su tía era su madre, y ahora un italiano desconocido resultaba ser su padre.

Los gemelos eran las únicas personas a las que sabía con absoluta certeza que podía llamar su familia.

Todo lo demás que había querido durante tantos años había quedado destruido.

Seguía sentada en la terraza, acariciando mecánicamente a Leroy, que se le había acurrucado en el regazo sin invitación, cuando Joel salió corriendo a la terraza, unos veinte minutos después.

—Carla, ¿estás bien? Josette me ha llamado.

Carla dio un respingo.

—No esperaba que llegaras tan pronto. —Levantó a Leroy con cuidado, lo sostuvo en brazos y se puso en pie—. ¿Cómo es que Josette te ha llamado?

—Me ha dicho que te habían dado una noticia devastadora y que estaba preocupada por ti.

—Así que te ha contado la verdad —dijo Carla, dejando al gato en el suelo y dirigiéndose al interior.

Joel la agarró.

—No has empezado la cena.

—La cena puede esperar. —Joel la abrazó con fuerza—. ¿Qué ha pasado? Háblame.

—Lo haré. Pero necesito estar haciendo algo. Y necesito otra copa.

Carla se zafó de sus brazos y siguió andando.

Joel la siguió a la cocina, la vio servirse otra copa de rosado y negó con la cabeza cuando ella le ofreció una.

Carla dio un trago largo y notó el golpe del alcohol. Con cuidado, dejó la copa sobre la encimera. Sacó un par de cebollas y pimientos verdes de la cesta de verduras, cogió un cuchillo y empezó a picarlos con saña.

—¿Pasta con salsa de verduras te vale? Se me olvidó sacar la carne picada del congelador.

—Cuando Joel asintió, Carla continuó—: Amelia dejó una carta asquerosa para Josette, y hoy la ha leído por primera vez.

No me puedo creer que la maldita carta se la llevara yo hace meses, cuando vine al principio.

—Suspiró—. Ya sabes que Josette es mi madre, no Amelia.

Pues ahora resulta que Robert tampoco era mi padre, y, según esa carta, por eso Amelia fue tan cruel con Josette.

Y también conmigo, en realidad, durante la mayor parte de mi vida.

—¿Entonces quién es tu padre biológico?

—El tío de Bruno. Mario Grimaud. Pero él no lo sabe.

—¿El primer amor de Josette?

Carla asintió.

—Sí. Hoy fue a verla, y eso la empujó a abrir la carta de Amelia. Pásame un par de zanahorias, ¿quieres?

—¿Cómo está Josette? —preguntó Joel en voz baja, al tiempo que se las daba.

—En shock, destrozada. —Carla se encogió de hombros—.

¿Cómo va a estar si no? Sabe que el problema viene de su comportamiento de hace cincuenta años, cuando hizo algo que cambió la vida de varias personas.

Y además, todos desterraron la verdad de su memoria…

hasta ahora. Esto sí que es el pasado que vuelve para atormentarla.

— Des souvenirs chuchotés —murmuró Joel.

—Perdona, mi francés no da para eso. ¿Qué significa? —preguntó Carla, mirándolo.

— Souvenirs susurrados. Recuerdos susurrados, más bien.

Carla asintió.

—De los que habría sido mejor que siguieran ocultos, pienso yo.

—Mientras cortaba las zanahorias en trocitos, dijo—: Durante años, consideré que mi familia era la unidad más aburrida del planeta.

Y mira ahora. Somos como un edificio en ruinas, con los cimientos deshechos y todas las grietas al aire.

—Muchas familias tienen cimientos endebles —dijo Joel—. Hoy en día es casi imposible encontrar una familia que no tenga su oveja negra o su ración de broncas, distanciamientos y celos mezquinos.

—Supongo que tienes razón. Todo es parte del rico tapiz de la vida, como dijo alguien famoso una vez. Pero ni idea de quién. ¿Seguro que no quieres una copa mientras se hace la cena?

—No, gracias. ¿Vas a conocer a Mario?

Carla se encogió de hombros.

—Supongo que sí. Todavía no le han dicho nada de mí.

Josette dice que depende de mí cuándo…, si se lo dice.

Ahora mismo no soporto pensar en todas las complicaciones que va a traer esto.

Pero tiene que decírselo, igual que yo tendré que decírselo a los gemelos y a David.

Ya me imagino la reacción de superioridad de David cuando se entere…

Porque, claro, en su familia nunca ha habido un escándalo.

—Alzó la vista del bote de tomates enteros que estaba abriendo para echarlos a la salsa—.

Hablando de David, ¿por qué le dijiste que eras el jardinero, en vez de decir que eras un amigo?

—No quería que hiciera comentarios groseros por el hecho de que yo viva aquí, ni que sacara conclusiones sobre nosotros y te alterara, pero lo hizo de todos modos.

—A mí me supo fatal por ti —dijo Carla—. No por mí. No quería que te hiciera daño.

Joel le sonrió.

—No me lo hizo.