La villa del sol y los secretos Capítulo 39
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Capítulo 39

Josette marcó el número de Gordon y, mientras sonaba, rezó: «Por favor, por favor, contesta». Pero saltó directamente el buzón de voz. Josette inspiró hondo.

—Necesito verte y hablar contigo desesperadamente. Ha pasado algo horrible. Por favor, ven.

Dos minutos después, le sonó un pitido con un mensaje:

Voy de camino.

Josette soltó un profundo suspiro de alivio. Pasó la siguiente media hora alternando entre pasearse arriba y abajo, releer la carta e intentar no llorar. Deseando que llegara Gordon. Se lanzó a abrir en cuanto oyó llamar a la puerta principal.

—Habría llegado antes, pero estaba en Villeneuve-Loubet —dijo Gordon—. ¿Qué ha pasado? No será Carla, ¿verdad?

Josette negó con la cabeza.

—No. Estaba a punto de escribirle a Mario y darle varios motivos por los que no podíamos hacer retroceder el reloj cincuenta años.

Que no podía estar en su vida como él quería.

Y entonces… —inspiró hondo— abrí un paquete que Carla me trajo después de que muriera Amelia.

Mira lo que encontré. —Le tendió la carta—. Léela y dime qué hago ahora, por favor.

Josette:

Perdona, no voy a dirigirme a ti como «mi querida hermana», porque, sinceramente, hace ya bastantes años que no pienso en ti de esa manera.

Me sentí tan feliz cuando nos diste a Carla para adoptarla y, durante unos años, volvimos a ser una familia de verdad.

La quise muchísimo, igual que Robert (irónicamente, Robert nunca dejó de quererla).

Sin embargo, a medida que fue creciendo, empezamos a discutir sobre cuándo decirle que era adoptada y que tú eras su verdadera madre, como te prometimos al principio.

Robert se opuso durante años, diciendo que solo preguntaría quién era su padre y que él no quería que eso ocurriera, porque «no lo sabíamos».

Pero él sí lo sabía, ¿verdad? Las broncas fueron a más y, al final, Robert me gritó la verdad una noche horrible: que él era el padre de Carla, porque tú y él os acostasteis una sola vez.

Al principio no le creí. Le juré que mi hermana jamás me traicionaría así.

Él dijo que nunca había pretendido que ocurriera, pero que, cuando te quedaste embarazada, pareció providencial, porque yo no podía tener más hijos y tú no estabas en condiciones de quedarte con un bebé.

Que Carla fuera hija de Robert significaba que, al menos, tendríamos un hijo con sangre de la familia.

Poco a poco acepté la lógica de su razonamiento, pero nunca pude perdonaros a ninguno de los dos.

La traición me fue carcomiendo durante años, hasta que decidí que quería pruebas y organicé una prueba de ADN, cuyo resultado no he revelado a nadie hasta ahora.

La cruda verdad es esta (¿ves lo que he hecho ahí?): Robert puede que se acostara contigo, pero no era el padre de Carla. No tengo ni idea de quién es su padre, pero apostaría por el italiano con el que estabas encaprichada por entonces, Mario no sé qué, se me ha olvidado el apellido.

Tú, mi marido y, supongo, nuestros padres conspirasteis para arruinarme la vida, tramando juntos que yo criara a una niña que no era hija de Robert para que tú pudieras preservar tu reputación.

Sé que quisiste a Carla desde el momento en que la pariste, igual que yo quise a Bobby.

Al cortar tu contacto como «tía» y privarte de estar presente en nuestras vidas, quería que sintieras algo del dolor que se siente cuando muere un hijo al que quieres.

Nunca te he perdonado el engaño y dejar esta carta para que la leas tras mi muerte es deliberado: por fin te toca lidiar con las consecuencias de tu acción cuando le cuentes a Carla la verdad, que ninguno de los dos a los que cree sus padres lo es y que toda su vida se ha basado en una mentira.

Me pregunto cómo reaccionará. Ojalá te odie tanto como yo te odié.

Amelia

Gordon miró a Josette.

—Esa era una mujer amargada y retorcida —dijo, dejando la carta sobre la mesa y atrayendo a Josette para abrazarla con fuerza.

—Carla me dijo, cuando hablamos de que yo era su madre, que al menos lo único constante en su vida era que Robert, al que adoraba, seguía siendo su padre. Y ahora tengo que decirle que no lo es. Se va a hundir.

Josette cerró los ojos y luchó por dejar de temblar.

Amelia tenía razón, claro. Mario tenía que ser el padre de Carla: era el único otro hombre con el que se había acostado por entonces.

La imagen de un Mario joven le cruzó la mente.

¿Cómo no iba a dejar entrar al Mario mayor en su vida ahora?

No solo se había marchado de su lado; sin saberlo, lo había privado de su hija.

—¿Alguna vez pensaste que Mario podía ser el padre del bebé? —preguntó Gordon con suavidad.

—No.

Josette negó con la cabeza. Nunca se le había ocurrido que el bebé pudiera ser de Mario: siempre habían tomado precauciones, porque ella estaba decidida a no acabar como Amelia, embarazada antes de casarse.

En aquel momento, dio por sentado que Robert tenía que ser el padre precisamente por ese único error breve, sin protección.

Saber la verdad después de tantos años, y darse cuenta de que podría haberse quedado con el bebé, segura de que Mario la habría apoyado, era devastador. Para todos.

—No solo voy a tener que decirle a Carla que Robert no era su padre después de todo, sino que también voy a tener que contarle a Mario lo de ella. Y, conociendo a Mario, seguro que va a querer conocerla.

—Carla tiene que estar de acuerdo. Puede que decida que no quiere —dijo Gordon—. Lo primero que haces es decírselo a Carla y, dependiendo de cómo reaccione, o se lo dices a Mario o no. Al menos, por el momento.

—Podría, por supuesto, callármelo todo —dijo Josette—. Escribir mi propia carta y dejar que la encuentren cuando yo ya no esté. ¿O eso me convertiría en una cobarde?

—Sí, te convertiría en una cobarde, y sabes que no es la respuesta. Por cierto, hablando de cartas, ¿has dicho que ibas a escribirle a Mario para decirle que no había vuelta atrás?

Josette asintió.

—Mario me preguntó si yo creía que lo nuestro, tú y yo, era serio, y le dije que podía serlo.

Me di cuenta de que no quería poner en riesgo lo que tenemos tú y yo por resucitar un sueño que podría ser cierto…

o no. Yo desde luego estoy viviendo mi presente con esto.

Aunque ahora mismo sea una pesadilla enorme.

—Lo miró, todavía protegida entre sus brazos—.

De verdad que no me imagino vivir el resto de mi vida sin ti en ella.

—No tienes por qué. Tengo toda la intención de estar a tu lado.

—¿Vendrás conmigo cuando hable con Carla?

—Si quieres —dijo Gordon sin dudar—. ¿Cuándo quieres que vayamos?

Josette se mordió el labio y dijo:

—No hay mejor momento que ahora.