Capítulo 37
A la mañana siguiente, Carla y Ed estaban desayunando tarde en la terraza cuando David llegó a despedirse antes de irse al aeropuerto.
—Fiestón ayer —dijo—. Me lo pasé muy bien. ¿Maddy no se ha levantado todavía? Esperaba verla antes de irme.
Carla negó con la cabeza.
—Me temo que no.
—¿Queda café en la cafetera? Me da tiempo a uno rápido —dijo David, mirándola con esperanza.
—Ahora te traigo una taza —se adelantó Ed, antes de que Carla ofreciera nada.
—Ayer no tuve ocasión de preguntártelo, pero Maddy mencionó algo de que estabas lidiando con todo ese «tema de Josette». No hay problemas con esta casa, ¿no?
Carla negó con la cabeza.
—No. No tiene nada que ver.
—¿Vas a decírmelo?
David la miró, expectante. Carla suspiró. Tenía que contárselo en algún momento y, como tenía un avión que coger pronto, no podría quedarse a atosigarla con preguntas.
—Josette me dijo que ella, y no Amelia, era mi madre —dijo en voz baja.
Por una vez, David se quedó sin palabras y la miró, clavado en el sitio.
—Como puedes imaginar, fue un shock enorme.
David seguía sin hablar cuando Ed reapareció con una taza, le sirvió café y se la dio.
—Gracias. —David dio un trago largo—. ¿Se lo has dicho a los gemelos y a mí no?
—Te lo habría dicho pronto —dijo Carla—. Pero, la verdad, he necesitado tiempo para asimilarlo. Entre el divorcio y asentarnos aquí, contarte lo de Josette se me fue al final de la lista. Y, en realidad, a ti no te afecta del mismo modo.
—¿Ella sabe quién fue el padre? Quiero decir…, según Amelia, Josette siempre fue un poco hippie . Amor libre y ese rollo de los sesenta.
—Te estás pasando muchísimo con ese comentario —le soltó Carla—. Ya me imaginaba que te pondrías a sacar conclusiones precipitadas y a insinuar groserías. Josette me dijo quién fue mi padre. Es el hombre al que he llamado papá toda mi vida.
—¿Robert?
—Sí. —Carla alzó la mano—. Hoy no hay tiempo para contarte toda la historia, pero Maddy y Ed la saben y tienen mi permiso para contarte más. Ahora mismo tienes un avión que coger. —Se levantó—. Que tengas buen viaje.
Carla recogió los restos del desayuno y entró en la villa, dejando que Ed despidiera a su padre.
Estaba limpiando la encimera cuando Ed volvió.
—Papá dice que te pedirá perdón. Te llamará luego.
—Este fin de semana ha tenido que pedir muchas disculpas —dijo Carla—. Y ojalá se le olvide llamar.
—Seguramente no te apetece oírlo, pero ayer se le veía muy triste, diciendo que todo era culpa suya y que la había cagado a lo grande. Él nunca quiso el divorcio.
—Claro que no. Quería tenerlo todo: nadar y guardar la ropa. Esperaba que yo lo perdonara y que todo volviera a ser como antes.
—¿Entonces no hay ninguna posibilidad de que volváis? —dijo Ed—. Papá nos daba a entender ayer, a mí y a Maddy, que quería.
—¡No! Lo de esta mañana confirma que he hecho lo correcto para mí. Volver a un matrimonio que, en realidad, murió hace muchísimos años sería un paso atrás en demasiadas cosas. Para empezar, significaría renunciar a la vida que estoy construyendo aquí, y no estoy dispuesta.
J
Josette estaba en el patio, quitando flores mustias y en general repasando los arbustos y las macetas, cuando llamaron a la puerta.
Al abrir, esperando que fuera Gordon, se quedó helada al ver al hombre en el umbral y se agarró al marco para mantenerse en pie.
—¿Puedo entrar, Josie?
En silencio, se apartó a un lado y, por primera vez en cincuenta años, ella y Mario Grimaud estuvieron a una distancia en la que podían tocarse.
Él la siguió al salón, y Josette lo miró, intentando abarcar la magnitud de aquello, de él, de la situación.
¿Por qué había venido? Pregunta tonta. Sabía por qué había venido: quería un cierre, quería saber la verdad del pasado, y ella sabía que, como mínimo, le debía eso.
—Me alegra verte otra vez —dijo Mario—. Cuando Bruno me dijo que te había visto y que estaba seguro de que eras mi Josie perdida, no me lo podía creer. Después de tantos años, verte de nuevo es maravilloso. Estás…
—Mucho más vieja —lo interrumpió Josette.
—Sigues teniendo esos ojos maravillosos. Sé que cuando se te pase el susto de verme aparecer y al fin vuelvas a sonreírme, tu sonrisa me alegrará el corazón como siempre. Y me encanta tu pelo blanco.
Sin poder evitarlo, Josette se rio y le sonrió.
—Siempre sabías cómo hacerme sonreír.
—Yo creía que habíamos planeado pasar la vida juntos haciéndonos sonreír —dijo Mario, en voz baja—. Llevo tantos años esperando para preguntarte… ¿Por qué me dejaste?
Josette negó con la cabeza, a punto de llorar por la intensidad de su voz.
—Tenía que irme. No había elección.
Mario la miró, esperando que siguiera.
Josette cerró los ojos. Aquello estaba resultando mucho más difícil de lo que jamás habría anticipado. Inspiró hondo, abrió los ojos y, mirándolo, dijo:
—La verdad es que estaba embarazada de otro hombre.
Sus palabras cayeron en un silencio tan intenso que dolía. Pasaron largos segundos antes de que Mario dijera:
—¿De quién era el bebé?
Josette intentó un encogimiento de hombros a la francesa.
—¿Importa?
—Sí, importa —contestó Mario, con un filo en la voz.
—De Robert, mi cuñado.
Josette notó el golpe del shock en su cuerpo y el dolor en sus ojos cuando la frase se asentó.
—¿Te hago un café?
Sin esperar respuesta, fue a la cocina. Mientras echaba café en la cafetera de émbolo, alzó la voz:
—¿Te casaste? ¿Tuviste hijos? ¿Nietos?
Preguntas cuyas respuestas no estaba segura de querer oír, si era sincera.
Solo servirían para abrir de golpe cicatrices que le había llevado años cerrar.
Pero necesitaba desviar la conversación hacia Mario, alejarla de su propio desgarro, impedir que él preguntara cosas que ella temía tener que responder.
Mario la siguió a la cocina.
—Un año después de que te fueras conocí a Concetta. Antoine nació al año siguiente. —Se detuvo antes de continuar—. Ahora Antoine está casado y tiene una hija, Stephanie, que estudia en la universidad en Roma. Y Concetta… —suspiró— murió hace un año.
—Lo siento muchísimo —dijo Josette—. Imagino que la echarás de menos.
Mario asintió despacio, mirándola.
—Casi tanto como te eché de menos a ti al principio. ¿Tú nunca te casaste?
—No. Obviamente, no era plan.
—¿Qué pasó con el bebé de Robert?
—Robert y Amelia la adoptaron.
—¿Es ella la «sobrina» que me dice Bruno que ha venido a vivir aquí?
Josette asintió, viendo cómo Mario se pasaba la mano por el pelo gris, distraído. Todavía estaba de buen ver, por muchas canas que peinara.
—Así que… toda su vida ha pensado que eras su tía. ¿Eso no te hizo infeliz, no te dieron ganas de decirle la verdad?
—Solo desde que murió Amelia he podido acercarme a Carla.
Nunca me permitieron acceso. Con los años, Amelia me convirtió en la tía problemática.
—Josette sirvió el café y le dio una taza a Mario—.
Ahora Carla ya sabe la verdad. Había tomado un par de copas de champán el día de mi cumpleaños y no pude contenerme.
Todavía está asimilando el shock de que yo sea su madre.
Mario bebió un sorbo.
—¿Sentías algo por Robert? —preguntó, con un temblor en la voz—. Perdona que tenga que preguntarlo, pero yo creía que era el único… —Se detuvo y la miró con una inquietud inesperada en el rostro—. Robert no te forzó, ¿verdad?
Josette negó con la cabeza.
—No, a las dos preguntas. Fui yo, ingenua, intentando consolarlo, y por eso se torció todo.
Aunque mis padres, en un momento, me acusaron de haberlo provocado, de verdad que no fue así.
Fueron ellos quienes idearon lo de la adopción para ayudar a Amelia a recuperarse tras la muerte de Bobby, te acordarás de lo enferma que estaba, y para salvar el apellido familiar, claro.
La idea de que cualquier escándalo los salpicara era intolerable.
Daba igual el precio que me costara a mí.
—Odié a tus padres durante mucho tiempo —dijo Mario—. Creo que todavía los odio, al oír todo esto. Pero después de tener al bebé, ¿por qué no volviste a Antibes? ¿Conmigo?
—Me moría por hacerlo, pero sabía que no era posible.
No podía soportar verte y saber que entre nosotros todo se había terminado.
Ya sabes cómo era esto en los sesenta: yo estaba convencida de que tú no me querrías porque ya estaba «usada».
Además, mis padres tampoco estaban por la labor de que yo volviera.
—¿Cómo saliste adelante? ¿Y dónde?
Josette lo miró.
—Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.
En lo alto de la escalera se detuvo y señaló las fotos enmarcadas.
—Me hice fotógrafa freelance . Viajé por todo el mundo. Estas son algunas de mis fotografías más populares.
—Eras increíblemente buena —dijo Mario—. No me sorprende: siempre llevabas una cámara en la mano.
—Gracias.
—¿Por qué has vuelto a casa después de tantos años fuera?
Josette se encogió de hombros.
—En su momento pareció buena idea. Antibes siempre ha tenido un lugar especial en mi corazón.
Mario alargó la mano y le tomó la suya.
—¿Yo también sigo teniendo un lugar especial en tu corazón? —preguntó, mirándola como si le buscara el alma.
Josette se mordió el labio y asintió.
—Sí. Siempre.
Retiró la mano con suavidad y empezó a bajar.
—¿Y tú qué has hecho estos cincuenta años? ¿Llegaste a comprar aquellos barcos turísticos? Tenías tanta razón con lo del turismo… Esto está imposible comparado con entonces.
Mario la siguió escaleras abajo.
—No. No lo hice. Me metí en el negocio familiar.
Ya sé, ya sé, con todo lo que dije… Pero al final no tuve mucha opción.
Aun así conseguí dejar mi marca. Con el tiempo dejé a Alexandro al frente de las pizzerías y abrí un par de heladerías.
¿Te suenan? —Le dijo el nombre de una de las heladerías más famosas de la costa.
—¿Es tuya? Me encanta el helado de allí.
—Lo vendí todo el año pasado a un conglomerado internacional —dijo Mario—. Y por fin tengo el barco con el que soñaba. Tienes que venir a bordo. Podríamos ir a Córcega. Te encantaría Córcega.
— Peut-être —dijo Josette.
—Bruno me dice que tienes un amigo, Gordon. ¿Lo vuestro es serio?
—Creo que podría ser muy serio, algo que nunca imaginé que me volvería a pasar —dijo Josette en voz baja—. Pero a nuestra edad… —se encogió de hombros— las relaciones son difíciles, las nuevas igual que las viejas.
—Si nosotros empezáramos una relación nueva, estaría firmemente anclada en el viejo Mario y la vieja Josie —dijo Mario, y le sujetó la mano—. Te he querido toda la vida. Iba a intentar encontrarte cuando Bruno dijo que creía haberse topado con mi Josie.
Josette lo miró. Sentía como si estuviera soñando. ¿Era posible que, después de tanto tiempo, ella y Mario volvieran a estar en la vida del otro?
—¿Ibas a contestar mi carta? —preguntó Mario.
—Sí, cuando reuniera el valor. Iba a pedirte perdón por haberte arruinado la vida y también a decirte que sería maravilloso volver a ser amigos.
—Bien. Empecemos por comer juntos hoy. ¿Sí?
Josette sonrió y asintió, sin fiarse de su propia voz.
—Y, por cierto, no tienes que pedir perdón por nada.
No me arruinaste la vida —dijo Mario con suavidad—.
No he tenido una mala vida; solo he vivido una distinta a la que anticipaba.
Si a alguien le arruinaste la vida fue a ti misma, pero a juzgar por esas fotos de arriba, tampoco te la arruinaste.
Igual que yo: simplemente no viviste la vida que creías que vivirías.
Josette hizo una mueca.
—Desde luego, viví una vida distinta a la que esperaba. Si fue peor que la que anhelaba… —se encogió de hombros—, quién sabe. Sí me arrepiento de no haberme casado y de no haber tenido una familia de verdad.
La palabra «contigo» quedó sin decirse, suspendida en el aire entre ambos.
—Es tarde para que tengamos hijos juntos, pero podemos disfrutar juntos de nuestras familias.
¿Y si nos están dando una segunda oportunidad de ser felices en la vejez?
—dijo Mario—. Fuiste mi primer amor, y verte, estar contigo y tener la esperanza de que vuelvas a estar en mi vida, como amiga si no como amante, es, mi querida Josie, absolutamente maravilloso.
Espero que tú sientas lo mismo ahora que hemos vuelto a encontrarnos.
Josette lo miró en silencio, sin atreverse a hablar. ¿De verdad creía que sería tan fácil?