Capítulo 36
Un par de horas después, Carla salió de su cuarto con el nuevo vestido largo de gasa que tanto Maddy como Josette habían insistido en que se comprara en la boutique de moda que encontraron en Cannes, junto con unas sandalias de tacón que ya la estaban matando.
—Estás guapísima, mamá —dijo Ed, saliendo de la cocina con una bandeja cargada de comida para la barbacoa—. Voy a llevarle esto a Sam para que empiece a cocinar y vuelvo para servirte una copa de champán.
Joel estaba ocupado encendiendo las velitas en sus tarros colgados de distintos árboles y arbustos del jardín, además de colocarlas alrededor de la piscina y a lo largo de los caminos.
Tantas llamitas parpadeantes… Carla estaba deseando que cayera la noche, cuando las velas y las luces empezarían a lucir de verdad, proyectando sombras largas sobre el jardín y creando una atmósfera misteriosa, mágica.
Joel había cambiado los pantalones cortos y la camiseta de colores que ella le veía siempre por unos vaqueros oscuros y una camisa blanca, con las mangas arremangadas, dejando al descubierto los antebrazos musculosos y bronceados.
Llevaba unas gafas de sol echadas hacia atrás, sobre la cabeza.
Carla se rio al ver a Leroy acechándolo por el jardín.
Nada nuevo: siempre que Joel estaba en casa, el gato podía encontrarse cerca.
Ojalá Joel no le hubiera dicho a David que era «el jardinero» de aquella manera. ¿No se consideraba, ante todo, un amigo? Ella sabía que así lo veía: un buen amigo, además.
—Toma, mamá, una copa de espumoso. —Ed le pasó una copa de champán rosado—. Tu inquilino parece un tipo majete —dijo, siguiendo su mirada.
Carla asintió, aún mirando a Joel mientras encendía las luces de los árboles.
—Lo es. Es un buen amigo.
—¿Nada más? —preguntó Ed en voz baja—. Parece muy colado por ti.
Carla se volvió hacia él.
—No. Acabo de divorciarme de tu padre y estoy encantada disfrutando de la vida de soltera. Santé.
Ed la miró con extrañeza, pero la llegada de los vecinos, Hélène y su marido, le impidió seguir por ahí, para alivio de Carla. David llegó poco después, cargando con un mágnum de champán.
—En el hotel me lo han guardado en la nevera, así que vuélvelo a meter media hora en la tuya y nos lo bebemos luego. Feliz cumpleaños, por cierto.
Carla cumplió con diligencia. Cuando volvió afuera, sonrió a Josette y Gordon, se acercó a saludarlos y se aseguró de que también tuvieran una copa.
Josette miró hacia la barbacoa, donde Sam estaba dando la vuelta a la carne.
—¿Quién es ese que está hablando con Sam y con Joel?
—Es… —Carla se detuvo—. Claro, tú nunca lo has conocido, ¿verdad? Ese es David. Venga, te lo presento.
—¿David, tu exmarido? ¿Qué hace aquí?
Carla se encogió de hombros.
—Dice que quería desearme feliz cumpleaños, pero en realidad creo que quiere tender puentes… sobre todo con los gemelos.
Al acercarse, llamó:
—David, ven a conocer a… —Por un segundo estuvo a punto de decir «a mi madre», pero sabía que David pensaría que se le había ido la cabeza y le exigiría explicaciones. Explicaciones que le daría otro día, pero no esa noche—. A Josette. Y este es su amigo, Gordon.
—Hola, tía Josette, la misteriosa tía desconocida —dijo David, tendiéndole la mano—. Por fin nos conocemos después de tantos años. Gordon, encantado de conocerte a ti también.
Carla dio un respingo.
—Ay, acabo de caer. Ed también está aquí. Hoy estás conociendo a toda mi familia. Ven, siéntate en la terraza y te lo traigo.
Carla le agarró la mano a Josette y la llevó rápido hacia la terraza, dejando a Gordon hablando con David.
—David no sabe que en realidad eres su suegra…, bueno, exsuegra ya. Preferiría no tener que decírselo esta noche, así que prométeme que no dirás nada, ¿vale?
—Prometido —dijo Josette—. Más vale que les digas a los gemelos que tengan cuidado y no lo mencionen.
—¿Gordon no dirá nada, verdad? —preguntó Carla, mirando hacia atrás con ansiedad, hacia los dos hombres.
— Non . Gordon es un hombre muy discreto —la tranquilizó Josette—. Y ahora, ¿dónde está mi… —bajó la voz a un susurro— nieto?
Cuando Carla ya había presentado a Josette y a Ed y había conseguido que ambos gemelos prometieran no soltar ni una palabra de la historia de Josette delante de David, llegaron los otros vecinos y Bruno. Cinco minutos después, Sam y Joel gritaron:
—¡La comida está lista!
Ya estaba oscureciendo cuando Maddy apareció con una refulgente tarta de cumpleaños llena de velas.
Después de que todos cantaran «Happy Birthday» y Carla lograra apagar todas las velas, Maddy se llevó la tarta a la cocina para cortarla.
En la pausa que siguió antes de que repartieran las porciones, Carla oyó a Bruno preguntarle en voz baja a Josette por qué no había contestado a la carta de su tío.
Josette lo miró y respondió, igual de bajo:
—Porque no sé qué decirle después de tanto tiempo. —Se acercó más a Gordon y le cogió la mano.
Bruno la observó, pensativo, antes de aceptar una porción de tarta del plato que ahora le ofrecía Maddy. Diez minutos después, se acercó a Carla para despedirse.
—Perdona que me vaya, pero mañana tengo un vuelo muy temprano —se disculpó—. ¿Puedo llamarte cuando vuelva la semana que viene? A lo mejor podemos cenar otra vez.
Carla sonrió y aceptó.
—Me encantaría.
Una hora más tarde, sentada junto a Joel en la terraza, apurando una última copa de champán, Carla suspiró, feliz.
Había sido una buena velada. La marcha de Bruno había sido la señal para que el resto fuera desfilando, incluido David, que dijo que los vería a todos por la mañana antes de irse al aeropuerto.
Carla se contuvo de preguntar por qué. Ed se había ido a la cama, mascullando algo del jet lag , pero Josette y Gordon habían dicho que no tenían ninguna prisa por irse.
Ahora, ya bastante oscuro, el jardín estaba bañado por un resplandor romántico de velas y luces. Alguien —Carla sospechaba que Maddy— había puesto música para bailar acaramelados, y ella y Sam se balanceaban despacio junto a la piscina. Igual que Josette y Gordon, cosa que a Carla le encantó.
Carla cerró los ojos y dejó que la música suave la envolviera.
El último año había estado lleno de problemas y estrés, pero ahora todo iba por un cauce más estable, pese a todo.
Tenía por delante un año nuevo, y estaba decidida a exprimirlo.
Notó a alguien de pie delante de ella. Abrió los ojos y vio a Joel mirándola.
—¿Quieres bailar conmigo?
Le ofreció las manos y la levantó con suavidad cuando Carla se agarró.
Rodeada por los brazos de Joel, con la cabeza apoyada en su hombro, moviéndose despacio al ritmo de la música, el único pensamiento de Carla fue: «Este es el final perfecto para mi cumpleaños». Y, sin darse cuenta, se pegó un poco más a Joel.