La villa del sol y los secretos Capítulo 35
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Capítulo 35

La mañana de su cumpleaños, Carla se despertó temprano y se quedó unos instantes pensando, disfrutando de la tranquilidad de su cuarto con la luz del sol de primera hora.

Hoy cumplía cincuenta años. No se sentía de cincuenta; tampoco es que supiera cómo se suponía que debía sentirse una persona de cincuenta.

Si tenía suerte, esos cincuenta años representaban la mitad de su vida y podría vivir hasta los cien.

¿Qué podía esperar del resto de su vida, si la fortuna la acompañaba?

Probablemente era mejor no esperar demasiado de nada y así no se llevaría decepciones.

A esas horas, el año anterior, la vida parecía tan sencilla.

Su matrimonio no era ninguna maravilla, pero sospechaba que muy pocos de sus amigos seguían en el ardor romántico después de casi veinticinco años.

Se había vuelto algo automático: ignorar el estado real de lo suyo con David, correr un tupido velo y centrarse en cuidar a su madre.

Con el historial de infidelidades de David, quizá debería haber visto venir lo inevitable.

Pero su reacción de huir había sido completamente impropia de ella.

Por una vez en su vida, había sacado valor de algún sitio muy hondo y se había plantado.

Si hubiera sabido que iba a poner en marcha un efecto dominó que derribaría su vida antigua, ¿habría reaccionado igual?

La respuesta tenía que ser un sí rotundo.

Le encantaba todo de vivir en Francia: el clima, la comida, la villa…

Sobre todo la villa. Era su hogar. Se sentía más viva que en años y hasta estaba empezando a asumir el shock de la confesión de Josette.

La excursión a Cannes que había propuesto Maddy la había ayudado mucho.

Había sido un día divertido y, al final, las tres empezaban a relajarse juntas.

Maddy, lo veía claro, ya estaba creando un vínculo con Josette, como si hubiera decidido que su nueva abuela era guay y moderna.

Carla, contenta de que se llevaran tan bien, sintió un inesperado pellizco de tristeza por Amelia.

Ella nunca había sido la abuela cariñosa que consentía a los gemelos con caprichos y un «no se lo digas a tu madre» al oído.

No toleraba tonterías de ninguno de los dos, exigía buenos modales todo el tiempo.

Carla intuía que Josette sería una abuela mucho más relajada, incluso a estas alturas, y que malcriaría a los gemelos adultos a su manera cada vez que pudiera.

—Mamá, ¿estás despierta? Te he traído el desayuno. —Maddy empujó la puerta del dormitorio y entró con una bandeja—. Feliz cumpleaños. ¿Prosecco y cruasanes te parece bien?

—Perfecto —dijo Carla—. Me estás malcriando.

Al chocar la copa con la de su hija, Carla pensó en lo afortunada que era por tener a Maddy y esa vida nueva que se había construido en Francia.

Se estaba adaptando al papel distinto de Josette en su vida y no tenía motivos para dudar de que, al final, las dos lo arreglarían —sobre todo con la ayuda de Maddy—.

La única persona que faltaba era Ed, y volvería a Europa en algún momento… Antes de Navidad seguro.

Después de un baño largo y perezoso, cuando Carla bajó, Maddy la echó de la cocina.

—Hoy no puedes entrar aquí, mamá. Yo me encargo de la comida y de organizar cosas para la reunión de esta noche. Sam y Joel se ocupan de la barbacoa. Sam me está echando una mano ahora mismo, así que tú no tienes nada que hacer. Siéntate y relájate hasta que lleguen Josette y Gordon a comer.

Se le hacía raro estar sentada en la terraza, oyendo el trajín en su cocina y sin participar.

Maddy y Sam le habían regalado entradas para un ballet en el Grimaldi Forum de Mónaco y un libro precioso lleno de fotos magníficas de jardines del sur de Francia.

Al mirar el libro ahora, Carla estaba deseando enseñárselo a Joel.

Joel. ¿Dónde estaría esta mañana? Esperaba que no se hubiera olvidado de que estaba invitado a comer.

Sam apareció con una taza de café para ella.

—La que manda me ha enviado a traértelo.

—Gracias. Y gracias por las entradas del ballet y por este libro tan maravilloso.

—Un placer. No puedo pararme. Tengo que ensartar trozos de cordero y tomatitos cherri para esta noche. Es increíble lo mandona que puede llegar a ser tu hija, ¿lo sabías?

Carla se rio mientras Sam desaparecía dentro. Oh, sí, lo de mandar era innato en Maddy. Le sorprendía que Sam hubiera tardado tanto en darse cuenta.

Josette y Gordon llegaron poco después. Con un brillo divertido en los ojos, Josette le dio a Carla un sobre.

—De parte de Gordon y mía . Joyeux anniversaire, ma chérie .

Carla abrió el sobre con cuidado y sacó un vale para un vuelo en parasailing para dos personas.

—Tienes que hacerlo antes de ser demasiado mayor —dijo Josette, riéndose de la cara de Carla—. Créeme. Te va a encantar.

—¡Ay! Eres incorregible. Gracias.

Le dio a Josette un abrazo rápido de agradecimiento y no pudo evitar pensar lo distinta que era la actitud de Josette ante la vida comparada con la de Amelia… y lo difícil que siempre había sido hacer que Amelia se riera.

Joel estaba en casa, viniera de donde viniera, justo antes de comer.

—Pensaba que te habías olvidado de la comida de hoy —dijo Carla—. Me alegro muchísimo de que no —añadió, sonriéndole, al darse cuenta de lo decepcionada que se estaba sintiendo por su ausencia.

— Joyeux anniversaire, Carla —dijo Joel, besándola en la mejilla y, en voz baja, añadió—: Tengo un pequeño regalo para ti luego.

La comida, una mezcla de embutidos, quesos, ensaladas y baguettes recién hechas, fue acompañada de vino rosado muy frío. Para sorpresa de Carla, Sam sirvió una copa a todo el mundo menos a sí mismo.

—¿Prefieres una cerveza? —preguntó ella.

Sam negó con la cabeza.

—No, gracias. Conduzco esta tarde. Ya lo compensaré esta noche.

—Ah. ¿Adónde vais? —dijo Carla, extrañada. Ella esperaba que Maddy y Sam se quedaran el resto del día en la villa con ella.

—Me lleva a Saint Paul de Vence —respondió Maddy—. Una de mis clientas tiene una casa de vacaciones allí y nos ha invitado. A última hora de la tarde es el único momento que tiene libre.

—Te preguntaría si puedo ir con vosotros; tengo en mi lista visitar ese pueblo escarpado, pero claro, si es una clienta…

—Lo siento, mamá. Ya te llevaremos otro día. —Maddy le acercó un plato lleno de charcutería—. Toma un poco de lomo asado, está buenísimo.

Carla cogió un trozo de carne y lo puso en el plato. No se creyó ni por un segundo que Maddy tuviera una clienta con casa por allí. Intuyó, sin saber por qué, que su hija tramaba algo. ¿Por qué no le había dicho antes que se iban por la tarde? Había algo en esa historia que no cuadraba.

—De todos modos, no puedes ir, imposible. Voy a necesitar que me ayudes con las luces del jardín para esta noche —dijo Joel, rompiendo el silencio que había caído.

—¿Las luces solares? Creía que decías que eran malas para los insectos —dijo Carla.

—No son solares. Dos o tres guirnaldas de luces a pilas y unas velas de té en tarros.

El resto de la comida pasó volando entre risas y charla. Gordon los tuvo llorando de risa al recordar un cumpleaños suyo en el que un grupo de mujeres lo había acorralado, empeñadas en resolver esa pregunta eterna: ¿qué lleva un escocés debajo del kilt?

—Al final me tiré al río y nadé hasta la otra orilla para escapar. El problema luego fue el viaje de veinticinco millas para volver a casa sin dinero y empapado.

Serían más de las cuatro cuando Maddy y Sam se levantaron y dijeron que tenían que irse. Josette y Gordon también se despidieron.

—Nos vemos aquí a las siete —dijo Carla, acompañándolos hasta el camino de entrada.

Joel había desaparecido cuando ella volvió a la terraza y empezó a llevar platos y vasos sucios a la cocina. En cuanto cerró la puerta del lavavajillas, Joel entró con una caja pequeña. Se la dio.

—Feliz cumpleaños otra vez.

—Joel, no hacía falta que me compraras nada. Sé lo difíciles que están las cosas para ti ahora mismo —dijo Carla, conmovida de que se hubiera molestado.

Al abrir la caja, encontró una maceta de cristal, acomodada entre papel de seda. Una maceta de cristal como no había visto nunca: remolinos de colores, un estallido de tonos apretándose unos contra otros.

—Es de la cristalería local, lo que llaman sus creaciones de final de jornada —le explicó Joel—. Recalientan los restos de vidrio, los funden y los soplan en distintas formas. Pensé que esta tenía el tamaño perfecto para tu planta de albahaca del alféizar de la cocina.

—Me encanta. Y tienes razón, es perfecta. Muchísimas gracias —dijo Carla.

De manera impulsiva, se acercó para darle un beso de agradecimiento. Durante varios segundos pareció que el tiempo se detenía, hasta que Joel se apartó, y Carla se quedó preguntándose qué acababa de pasar.

—Me alegro de que te guste. —Joel le sonrió—. Vamos, que tenemos trabajo en el jardín.

Carla guardó silencio mientras seguía a Joel al jardín. No había pretendido nada especial con el beso; solo quería que supiera cuánto le gustaba la maceta. La sorpresa fueron las emociones imprevistas que le había despertado por dentro. Joel, en cambio, no parecía alterado lo más mínimo.

Juntos colocaron una guirnalda alrededor del cerezo y se quedaron muy cerca, desenredando otra.

—¿Qué pasa con las guirnaldas de luces? Cada Nochevieja guardo las luces del árbol de Navidad con todo el cuidado del mundo y once meses después están enredadas como si las hubiera tirado en la caja —dijo Carla riéndose—. Cosa que yo jamás haría.

—Doy fe. Tú siempre fuiste la reina del orden.

Carla soltó las luces y se giró de golpe.

—David. ¿Qué demonios haces tú aquí?

—He venido a desearte feliz cumpleaños. —Le tendió el enorme ramo de rosas que llevaba—. Es un cumpleaños importante, al fin y al cabo.

Carla lo miró en silencio mientras cogía las flores..

—Estás muy bien —dijo David—. Se ve que la vida en Francia te sienta de maravilla.

—Has adelgazado —dijo Carla, pensando, pero sin decirlo, lo demacrado que estaba.