Capítulo 34
Josette se sobresaltó cuando abrió la puerta y se encontró a Maddy y Sam en el umbral.
— Bonjour —dijo, besando a Maddy en ambas mejillas antes de volverse hacia Sam para hacer lo mismo—. Bienvenue et entrez…
Les hizo un gesto para que pasaran.
—Gracias, pero no vamos a entrar. He venido a invitarte a un día de unión familiar —dijo Maddy—. O sea, mamá, tú y yo nos vamos a Cannes a comer y a hacer un poco de compras. Por favor, di que sí. Tú eliges el día que te vaya bien.
—Cualquier día —dijo Josette, aturdida.
—Pues mañana. Vente a la villa sobre las diez y vamos juntas a la estación. Ciao.
Maddy le agarró a Sam la mano y se fue.
Al día siguiente, sentada en el tren que avanzaba pegado a la costa en el corto trayecto hasta Cannes, Josette miraba a las dos mujeres sentadas frente a ella y sonreía.
Estaba con su hija y su nieta en una excursión familiar.
Algo que, no hacía mucho, habría apostado dinero a que era tan probable como una nevada en Antibes en agosto. Se inclinó y sacó la cámara del bolso.
—¿Puedo haceros una foto rápida a las dos? Para mí es un día muy especial. Un día de paseo con mi hija y mi nieta.
Antes de que ninguna protestara, miró por el visor, enfocó y disparó.
— Merci.
Volvió a guardar la cámara en el bolso y preguntó:
—Entonces, ¿qué planes tenéis para hoy?
Maddy se encogió de hombros.
—No hay grandes planes, aunque la rue d’Antibes es obligatoria. Y comer en un sitio superbonito, si puede ser fuera de la ruta turística, donde podamos charlar y conocernos. Tú sabrás qué zona de la ciudad es mejor, así que nos dices por dónde ir.
— D’accord —dijo Josette, pensándolo un instante—.
Vamos primero al Palais des Festivals, hacemos un poco de escaparates en las tiendas de firmas exclusivas de por allí, damos un paseo por la Croisette y luego tiramos hacia la parte alta de la rue d’Antibes.
Conozco un buen restaurante por esa zona. Después de comer, de compras.
—Perfecto —dijo Carla—. Vamos, hemos llegado —añadió cuando el tren entró en la estación.
Las tres se abrieron paso por las calles abarrotadas de vecinos y turistas hasta llegar al paseo marítimo, cruzaron hacia el Palais des Festivals, y Maddy, en cuanto vio la famosa escalinata, adoptó una pose. Josette volvió a sacar la cámara.
—No hay alfombra roja, pero bueno: cualquiera reconocerá las escaleras donde estoy —dijo Maddy—. Pensar que Chris Hemsworth estuvo en estas mismas escaleras hace unos meses… —Y fingió un desmayo.
Josette fue disparando hasta que Maddy dejó de posar, y luego las tres cruzaron a babear con los artículos de lujo en los escaparates de Chanel y Hermès, entre otras marcas con las que solo podían soñar.
Pasaron caminando tanto por delante del Carlton como del hotel Martinez, antes de que Josette las hiciera girar a la izquierda, alejándose de la Croisette y adentrándose en las calles de atrás.
Diez minutos después, Josette se detuvo ante un restaurante del que llegaban unos aromas deliciosos.
— Voilà. Este es el sitio en el que estaba pensando. Tiene un jardín apartado y con mucha sombra.
—Tiene buena pinta —dijo Carla—. Y comer al aire libre aquí abajo es obligatorio.
Sentadas en el jardín del restaurante, bajo la sombra de un enorme tilo, con un camarero atento rondando discretamente con la botella de champán que ella había insistido en pedir, Josette alzó la copa.
—Brindo por las abuelas, madres e hijas disfuncionales de todas partes, ¡pero sobre todo por nosotras! Santé. Que esta salida familiar sea la primera de muchas.
Maddy dio un sorbo y dijo:
—Apelativos familiares. Tenemos que decidir cómo te llamamos. ¿Te parece bien Josette? Todavía no me sale «abu», y estoy bastante segura de que a mamá se le va a trabar la lengua durante un tiempo con lo de llamarte mamá.
Ignoró el respingo de Carla y sonrió a su abuela. Josette asintió despacio.
—Me parece bien. Ahora cuéntame lo tuyo con Sam. ¿Estás enamorada de él? ¿Va a ponerte un anillo en el dedo? No me mires así, Carla: como abuela me reservo el derecho a hacer preguntas incómodas.
Todas esas preguntas incómodas y cariñosas que había deseado hacerle a Carla durante años y que nunca le permitieron.
¿Llegarían ella y Carla a estar lo bastante cerca en este nuevo orden familiar como para hablarse con naturalidad?
Sabía que Carla iba con pies de plomo con ella, pero Maddy era desinhibida, decía las cosas tal como le venían a la cabeza, y Josette se lo agradecía.
Volvió al presente al oír a Maddy decir:
—No necesito un anillo en el dedo, pero sí creo de verdad que él es el bueno, el que mamá siempre decía que un día se presentaría. Aunque papá no esté de acuerdo. Después de fastidiar su propio matrimonio, como para ser un experto en relaciones.
—Hay dos versiones de todo —dijo Carla, en voz baja.
—¿Por qué lo estás defendiendo? —exigió Maddy.
—No lo estoy defendiendo. Sigue siendo tu padre y no quiero que el divorcio cambie tu relación con él. Siempre te ha adorado. —Carla respiró hondo—. Y, sinceramente, no me apetece hablar de esto delante de Josette ni en público. —Miró alrededor, hacia las otras mesas.
—Josette es tu madre. Hay cosas que se merece saber de ti. Como lo infeliz que has sido durante años, cómo papá te fue infiel y por qué se vino abajo la familia.
—Josette ya sabe la mayor parte. ¿Podemos no entrar en detalles aquí, por favor?
—¿Sabéis que Gordon me llevó a hacer parasailing como regalo de cumpleaños? —dijo Josette, decidiendo que un cambio de tema en ese preciso instante era lo mejor.
Tanto Carla como Maddy se volvieron hacia ella con sorpresa.
—¡Esa es la actitud! —dijo Maddy sonriendo.
Carla la miró incrédula.
—Pero…
—Si vas a decirme que soy demasiado mayor para esas cosas, no.
Tú deberías probarlo. Es maravilloso. Te revitaliza y te devuelve las ganas de vivir.
Vamos a repetir pronto. —Vio la mirada especulativa de Maddy y adivinó lo que estaba pensando—.
Solo somos amigos —dijo—. Tú, jovencita, deja de mirarme así. Y ahora, ¿pedimos la comida?
Cogió la carta que el camarero había dejado delante de ella. Una vez que pidieron y el camarero les rellenó las copas de champán, Maddy se levantó de un salto y exigió hacerse un selfi las tres.
—Sé que tú tendrás un montón de fotos —le dijo a Josette—, pero yo quiero una de nosotras en mi móvil.
Un recuerdo que vendrá conmigo a todas partes.
—Se sentó de nuevo con una sonrisa feliz—.
Hablemos del domingo. Comida familiar para los cuatro, más Gordon.
¿Cuántos seremos en la reunión de por la noche, mamá?
—He invitado a Joel a comer, así que seremos seis —dijo Carla, ignorando la cara de Maddy—.
Para la reunión, y por educación, he invitado a los vecinos de un lado y del otro.
—Carla se volvió hacia Josette—. Tú los conoces mejor que yo.
Hélène y su marido han dicho que les encantaría venir; Marcus y Joan están navegando todo el día, pero han dicho que se pasarán al volver.
Y he invitado a Bruno, así que seremos once.
—¿Viene Bruno Grimaud? —preguntó Josette, sobresaltada.
—Lo invité cuando cené con él el otro día —dijo Carla—. No es un problema, ¿verdad?
Josette negó con la cabeza. Aún no. Pero, al recordar la carta sin contestar de Mario, guardada en casa en el cajón del escritorio, se preguntó si el sobrino aprovecharía la ocasión para intentar defender la causa de su tío.
—Tener a los dos novios en la fiesta podría ser arriesgado —bromeó Maddy.
—Ya te lo he dicho: Joel y Bruno son amigos.
Amigos que, casualmente, son hombres. No son mis novios en ese sentido —contestó Carla—.
Me caen bien los dos, pero Bruno, con todo su dinero, vive una vida muy distinta a la mía.
Joel, en cambio, tiene los pies en la tierra.
Sé que lo voy a echar de menos cuando se mude de la villa.
—Menos mal que no tienes que presentarle ninguno de los dos a papá —dijo Maddy—.
Ya sabes lo materialista que es. Joel no le impresionaría, pero Bruno sí, sobre todo si es tan rico como crees.
Por eso estoy manteniendo a Sam lo más lejos posible de él —añadió en voz baja—. Hace la vida mucho más fácil.
En ese momento llegaron los platos y la conversación se apagó mientras se lanzaban a la comida con suspiros de satisfacción.
—¿Hay algo concreto que os apetezca comprar a las dos cuando terminemos aquí? —preguntó Josette—. Hace muchísimo que no me compro nada. Además de tu fiesta, dentro de poco voy a cenar con Gordon y su ahijada, y me apetece arreglarme. Voy a depender de vosotras dos para comprar el vestido adecuado.
—No sé qué comprarme —dijo Maddy—. Pero seguro que encuentro excusa para gastar unos euros.
—Yo no pienso comprar nada, así que estaré encantada de ayudaros a las dos —dijo Carla.
—Mamá, esa es la actitud equivocada. El hecho de que haya fiesta por tu cumpleaños exige que te compres un vestido nuevo deslumbrante. Y zapatos sexis. A tu edad es facilísimo ir a lo seguro. —Levantó el dedo índice advirtiendo a Carla.
Al verlas y escucharlas, Josette sintió un pellizco de envidia por la naturalidad de su relación madre-hija.
¿Sería ella capaz de lograr algo así con Carla algún día?
Ya notaba un vínculo naciente con Maddy.
Quizá era el saltarse una generación lo que lo hacía más sencillo.
¿Amelia había tenido buena relación con su nieta?
¿Se habrían reído juntas, habrían jugado?
Todas las cosas que ella se había perdido.
Josette apartó esos pensamientos insidiosos. No permitiría que el arrepentimiento nublara el día… ni el futuro. Su nuevo mantra de vivir en el presente era la única manera de afrontar los cambios de su vida.