Capítulo 33
Los días volaron y Carla casi no se dio cuenta hasta llegar al final del mes y a su gran cumpleaños.
Tenía muchas ganas de que Maddy y Sam vinieran de vacaciones.
Le encantaba su nueva vida en Francia. Se sentía más sana, y lo atribuía a que nadaba a diario, caminaba más y comía, casi siempre, una dieta mediterránea con muchas verduras frescas y pescado.
Además, su francés mejoraba gracias a Joel.
Cada noche, mientras se sentaban tan a gusto en la terraza, Joel la obligaba a hablar con él en francés unos minutos.
Joel. Últimamente era una parte importante de su vida y a Carla le gustaba mucho tenerlo cerca.
Cuando le había dicho que no podía imaginar celebrar su cumpleaños sin que él estuviera, había dicho la verdad.
Las noches en que Joel trabajaba hasta tarde para sus clientes privados y no volvía hasta las nueve o incluso las diez se le hacían solitarias y vacías sin él.
Y, pese a todas las revelaciones familiares de Josette, Carla se sentía en un buen momento. Muchísimo mejor que a comienzos de año. Mudarse a Francia había sido lo correcto.
Veinticuatro horas después, y a solo una hora de que llegaran Maddy y Sam, Carla tachó el último punto de su lista.
Todo estaba organizado para la semana siguiente.
La nevera rebosaba de básicos y en las baldas había más delicatesen y caprichos de lujo de los que quería pensar.
La vinoteca pequeña estaba a reventar de vino blanco y rosado, además de varias botellas de champán.
Era hora de relajarse, nadar, ducharse y vestirse.
Carla nadó unos largos y luego se subió a la colchoneta flotante.
Tumbarse boca abajo, dejando que la colchoneta la llevara suavemente por la piscina mientras escuchaba el sonido de las cigarras, invisibles en algún punto alto de los árboles del jardín, era pura felicidad.
Por alguna razón, le vino a la mente el recuerdo del no-cumpleaños del año anterior.
David había estado de viaje de negocios.
Algo que a ella le había alegrado más de lo que había querido reconocer.
Llegó el ramo obligatorio de rosas y ella lo colocó, como tocaba, en el jarrón feo de cristal tallado que le había regalado la madre de David por un cumpleaños de hacía años, y lo puso en el centro de la mesa del comedor, bien a la vista.
Los gemelos le mandaron tarjetas: Maddy con un vale de spa dentro, y Ed con una bufanda de seda.
Hizo un tiempo horrible: un orage , como lo llamaban los franceses.
Hubo carreteras inundadas, granizo como canicas rebotando contra coches y ventanas, y la tormenta eléctrica, durante cinco horas, fue espectacular.
No fue hasta media tarde cuando Carla se animó a salir, ya con la lluvia remitiendo, y caminó hasta casa de Amelia.
Cuando el temporal por fin se alejó, el ambiente era frío. Igual que la acogida de Amelia.
Ya con problemas de salud y en las primeras fases del alzhéimer, Amelia no se mostró especialmente contenta de verla.
Carla sabía que la asistenta semanal habría estado allí ayer, pero el salón ya estaba desordenado y las encimeras de la cocina estaban llenas de cereales derramados, migas de pan tostado, platos, cubiertos sucios y trozos de porcelana rota.
Al crujir el linóleo bajo sus zapatos, Carla comprendió que la porcelana rota eran los restos del azucarero.
—Mamá, podrías haber barrido el azúcar cuando se te cayó el azucarero —dijo Carla, suspirando mientras sacaba el recogedor y la escoba—. Lo habrás pisoteado por todas partes.
—Sabía que lo harías cuando llegaras —dijo Amelia encogiéndose de hombros, antes de señalar la bolsa de papel sobre la mesa—. ¿Qué hay ahí?
—Dos pasteles para tomarlos con una taza de té. Como hoy es mi cumpleaños, pensé que podríamos darnos un capricho.
Carla la miró. Seguro que ahora le deseaba un feliz cumpleaños.
—Pues date prisa y haz el té, que me muero de hambre —dijo Amelia, y volvió al salón y se sentó a reírse con el canal de dibujos de la tele.
Carla puso los pasteles en platos, sirvió el té en una taza de porcelana para Amelia y en una taza grande para ella, y lo llevó al salón.
—Bajo un poco el volumen —dijo, alargando la mano hacia el mando.
Amelia la fulminó con la mirada y cogió uno de los pasteles.
—¿Vas a felicitarme el cumpleaños entonces, mamá? —preguntó Carla.
Amelia dio un bocado al pastel antes de decir:
—No, y tú no eres mi hija.
—Si no soy tu hija, ¿quién soy?
—No sé. ¿Servicios Sociales?
—Ah, vale —dijo Carla. Era inútil discutir con Amelia.
—Este pastel está riquísimo. Deberías haberme comprado más.
Una hora después, al irse, Carla comprendió que aquella tarde marcaba un punto de inflexión en la vida de las dos.
Amelia no podía seguir viviendo sola. Su mente se deterioraba.
Había que buscar una residencia, y Carla asumió, en silencio, que aquello era el verdadero principio del fin para su madre.
Al pensar ahora en ese cumpleaños, mientras flotaba por la piscina, Carla se dio cuenta de lo distinto que era todo solo un año después. De lo distinta que estaba ella.
Al salir de la piscina para ducharse y prepararse para recibir a Maddy y Sam, la voz de Amelia le resonó de pronto en la cabeza:
—No, tú no eres mi hija.
¿Había sido un momento real de alzhéimer? ¿O una Amelia confusa había dicho, sin querer, la verdad? Imposible saberlo, pero, fuera cual fuera la verdad, todo era tristísimo.
Diez minutos después de su llegada, Maddy y Sam estaban sentados en la terraza: Maddy con una copa de rosado bien frío y Sam con una cerveza.
—Qué bien volver —dijo Maddy, suspirando feliz—. No te imaginas lo que estábamos deseando estas vacaciones. —Dio un sorbo al vino—. ¿Papá ha dicho algo?
Carla negó con la cabeza.
—No, gracias a Dios. ¿Le dijiste que veníais?
—Sí. Llamó y quería saber dónde ibas a pasar tu cumpleaños, así que se lo dije.
—¿Cómo está?
Maddy se encogió de hombros.
—Bien, supongo. Ha estado entrenando y ha perdido un montón de peso. Espero que tú y Josette hayáis hablado —dijo, cambiando de tema y mirando a Carla.
—Sí, hemos hablado —respondió Carla.
Sabía que tenía que contarle a Maddy todo lo que Josette le había contado, pero esperaba poder aplazarlo, al menos, un par de horas.
—Bien. Ya me lo contarás luego, con todos los detalles sangrientos —dijo Maddy, como si le hubiera leído el pensamiento—. Primero necesito un baño. ¿Sam?
—Ahora voy —respondió Sam—. Estoy bien aquí de momento.
Mientras Carla y Sam observaban a Maddy nadar unos largos enérgicos antes de ponerse boca arriba y dejarse llevar, Carla dijo:
—Maddy parece estar aceptando bien los cambios en la familia. Primero lo del divorcio con David, luego que yo me viniera a Francia, y ahora todo esto con la revelación de Josette… —Se volvió hacia Sam—. Creo que tú, estando ahí para ella, la has ayudado más de lo que imaginas. Gracias.
Sam quitó importancia a sus palabras con un gesto.
—Sobre todo la he escuchado. Como mis padres también se divorciaron, pude entender parte de lo que estaba viviendo. Y en cuanto a Josette…, creo que Maddy espera conocerla mejor estas vacaciones; piensa que será una abuela genial. ¿Has visto mucho a Josette últimamente?
—No desde que me contó la historia de mi nacimiento. Creo que las dos decidimos que necesitábamos un poco de aire para dejar que todo se asentara. Eso sí, espero que ella y Gordon pasen el día aquí el domingo.
—Quiero verla antes —dijo Maddy. No se habían dado cuenta, pero había estado flotando cerca del lateral de la piscina y ahora estaba agarrada a las piedras del borde, mirándolos a los dos—.
Creo que necesitamos una salida las tres.
Un poco de vínculo abuela-madre-hija. —Sonrió hacia Sam—.
A ti te apetecería un día deambulando por Antibes tú solo, ¿verdad?
Bien, pues eso haremos. Luego podemos pasar por casa de Josette para organizar el plan.
Y si vamos a Cannes, también podemos permitirnos un poco de terapia de compras.
Me muero de ganas de recorrer todas las tiendas de las que habla todo el mundo en la rue d’Antibes.