Capítulo 32
Carla se dio cuenta, al colgar el teléfono después de pedir una pizza para cenar ella y Joel, de que las tardes de verano en Villa Mimosa, sin proponérselo, se habían convertido en una rutina cómoda para los dos.
Era raro que pasara un día sin que acabaran cenando junto a la piscina y tomando una copita.
Uno de los dos cocinaba la cena, o pedía algo para llevar, y se quedaban allí hablando hasta el crepúsculo, mirando algún murciélago que cruzaba el jardín o se deslizaba por los aleros de la casa.
Aparte de la fiesta del Primero de Mayo con Gordon y Josette, y su cena con Bruno, Carla no había salido por la noche desde que se instaló.
Y Joel tampoco parecía tener mucha vida social.
Ninguno de los dos podía decirse que estuviera «viviendo la vida loca» en la Riviera, pero Carla sabía que, hasta que Josette había desvelado su pasado secreto, ella no se había sentido tan feliz desde hacía años.
Mientras esperaba a que Joel volviera a casa, a Carla le seguían dando vueltas en la cabeza las cosas que Josette le había contado.
Sabía que hablarlo con Joel, con su cordura y sentido común para afrontar la vida, la ayudaría a ponerlo todo en perspectiva.
Sentada junto a la piscina, con Leroy en el regazo, pensó en Josette volviendo a casa aquella noche fatal e intentando consolar a Robert.
Alzó la vista hacia las ventanas de los dormitorios en la parte trasera de la villa y se preguntó, fugazmente, cuáles…
No, no iba a dejar que sus pensamientos se recrearan en ese aspecto.
En términos de necesidad, esa información estaba muy por debajo de cero.
Joel llegó más tarde de lo normal. Él y el repartidor de la pizza llegaron a la vez. Sabiendo que a Joel le gustaba nadar nada más llegar, Carla metió la pizza en el horno templado y preparó los vasos y los platos mientras él hacía su rutina nocturna de veinte largos.
Veinte minutos después, mientras se zampaban la cena, Carla dijo:
—Josette me ha contado más cosas sobre la historia de mi familia.
Joel la miró.
— Vraiment ? Te escucho.
—Detrás del hecho, dicho así sin más, de que Josette es mi madre hay una multitud de tragedias y complicaciones ocultas.
Mi nacimiento destrozó la vida de varias personas…
y, sobre todo, la de Josette —dijo Carla, y le contó a Joel todo lo que había aprendido—.
Es una historia triste, ¿verdad? —concluyó.
—Lo es, pero también es pasado… Solo te destrozará la vida presente si tú se lo permites —dijo Joel.
Carla masticó un trozo de pizza antes de suspirar.
—No quiero que mi vida se rompa aún más de lo que se ha roto últimamente, pero ahora mismo estoy lidiando con un montón de emociones, intentando aceptar la verdad después de toda una vida oyendo mentiras.
—Miró a Joel—. Me da muchísima pena Josette, cómo le cambió la vida de manera tan brutal cuando lo único que pretendía era darle a mi padre algo de consuelo por lo que estaba pasando.
—Empujó el plato, con la porción de pizza a medias, apartándolo—.
Ella dice que no admitir que era la otra gemela cuando la cosa subió de tono fue de una ingenuidad enorme.
—Cogió la copa de vino y dio un trago—. Lo cual, claro, me lleva al papel de papá en todo esto.
No se puede decir que obligara a Josette contra su voluntad porque ella no lo apartó, pero desde luego no fue inocente.
Ay, ojalá todo esto hubiera salido a la luz hace años y hubiera podido hablar con él… , con todos. Oír sus versiones.
—Pero no cambiaría nada, ¿no? —dijo Joel—. Josette es la persona en el cœur de todo esto y yo creo que te ha contado con honestidad lo que pasó aquella noche.
Carla suspiró.
—Estoy segura de que sí, y entiendo que para ella fuera duro cuando Amelia se echó atrás y no cumplió su promesa de decirme quién era mi madre de verdad, pero aun así me cuesta perdonarlos a todos por no contarme la verdad hace años.
—Lo mínimo que Josette se merece es un final feliz con su hija —dijo Joel, en voz baja.
—¿Y yo? ¿Qué hay de un final feliz para mí?
—Por lo que me has contado, no creo que la mujer a la que siempre has considerado tu madre te diera una infancia especialmente feliz. Vrai ?
Carla asintió.
—Cierto. Yo estaba más unida a mi padre. Mamá… Amelia siempre le reñía por consentirme. Ahora creo que él solo pretendía que yo supiera cuánto me quería, a pesar de que Amelia no me quisiera… o no pudiera quererme.
Joel la miró.
—Establecer un vínculo de madre e hija con Josette te daría tu final feliz, n’est-ce pas ?
Carla cerró los ojos y respiró hondo.
—Sí, lo haría, pero mientras Josette lleva años y años sabiendo la verdad, yo acabo de enterarme. Estos engaños han sido la base de toda mi existencia y van a tenerme la cabeza ocupada durante un tiempo. Seguir adelante, asumir las nuevas dinámicas familiares… me va a costar.
—De acuerdo, pero te costará hasta que tú lo decidas —dijo Joel.
Carla abrió los ojos y lo miró.
—Maddy vendrá a final de mes de vacaciones, para mi cumpleaños. Eso va a ser difícil. Sé que conoce el hecho básico de que Josette es su abuela, pero enterarse de cómo ocurrió y digerirlo va a ser duro para ella.
—¿Sam viene con ella?
—Eso espero, me cae bien. Tengo muchas esperanzas en esa relación.
—Instinto maternal —dijo Joel con una sonrisa.
En ese momento sonó el teléfono fijo y Carla entró corriendo a contestar.
Cuando volvió, Joel estaba sentado con la copa en la mano, ensimismado, con una expresión indescifrable en la cara.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
Joel se encogió de hombros y señaló su móvil, sobre la mesa.
—Acabo de recibir un mensaje. ¿Te acuerdas de esa empresa de jardinería que te dije que me daba mucho trabajo?
Al final ha quebrado. A partir de ahora, oficialmente, tengo cinco clientes privados que pagan.
Unos diez menos de los que necesito para mantenerme a flote, y veinte menos si algún día quiero ganar dinero de verdad y volver a levantar cabeza.
—Ay, lo siento muchísimo —dijo Carla—. Por lo menos, te puedes quedar en tu habitación todo el tiempo que quieras, es tuya. Y si puedo ayudarte de alguna manera, dímelo.
— Merci , Carla.
—Los clientes que se han quedado colgados buscarán jardineros, ¿no? Quizá puedas recoger un par de encargos.
—Buena idea, pero la mayoría viven en Cap d’Antibes o en Cap Ferrat, donde la apariencia lo es todo.
Carla frunció el ceño.
—¿Eso qué significa?
—Que hasta a un jardinier humilde se le exige llegar en un vehículo adecuado.
A los trabajos nos llevaban en uno de los 4x4 modernos de la empresa que, aunque casi siempre iba lleno de barro y pedía un lavado a gritos, seguía dando una imagen cara.
Con mi furgoneta prehistórica no me dejarían pasar por la verja de la mayoría de esas villas.
—Eso es ridículo.
—Puede, pero así funciona por aquí. Como mínimo tienes que aparentar que te va bien. Es una sociedad materialista en la que manda el dinero. —Dio un trago largo—. Igual es momento de rendirme. Buscar otra cosa.
—¿Siempre has sido jardinero?
Joel negó con la cabeza.
— Non . En otra vida fui oficial de la Marina francesa. Cuando terminó mi último destino, seguí mi sueño de toda la vida: trabajar la tierra. Hice una carrera de horticultura como estudiante adulto y, hace cinco años, me convertí en jardinero.
—Menudo cambio de rumbo —dijo Carla.
— C’était merveilleux . Mi primer trabajo fue en un château de la costa.
Como uno de los seis jardineros auxiliares, me pasaba el día quitando malas hierbas y recortando setos.
Eso me daba mucho tiempo para pensar en cómo mi vida se estaba desmoronando.
—Miró a Carla—. Debo decirte que por entonces estaba casado.
—¿Qué salió mal?
—Miranda no llevó bien el cambio de ser la mujer de un oficial de la Marina a ser la mujer de un jardinero por horas.
La bajada de ingresos fue dura, pero la pérdida de estatus fue lo que más le afectó.
Siempre había querido vivir detrás de una de esas verjas electrónicas pijas en Cap d’Antibes.
—La miró con una sonrisa amarga mientras cogía la botella y se servía otra copa—.
Lo último que supe es que estaba con un millonario informático y disfrutando de la vida en Suiza.
—¿Tuvisteis hijos?
— Non, y menos mal, visto lo visto. Miranda juraba que quería cuando nos casamos, pero siempre estaba demasiado ocupada y demasiado preocupada por perder la figura como para comprometerse de verdad con tener un bebé. A mí me habría encantado tener una familia. C’est la vie.
Carla, al percibir la tristeza callada detrás de sus palabras, iba a compadecerlo cuando Joel habló de nuevo.
—¿Era Maddy la del teléfono? ¿Controlando a su madre?
—No, era Bruno. Quería que volviera a cenar con él, pero esta semana es imposible… hasta después de mi cumpleaños, de hecho. Lo he invitado a la velada. No conozco a bastante gente como para llamarlo fiesta. Ay, quizá debería haberlo consultado antes con Josette. No he caído…
—A Josette le parecerá bien que venga —dijo Joel—. ¿Qué día exactamente es tu cumpleaños?
—El 30, así que asegúrate de tenerlo libre. Por suerte, cae en domingo —dijo Carla—. Estoy planeando un almuerzo familiar, solo los seis, y luego una reunión tranquila por la noche.
Joel la miró.
—¿Estoy invitado al almuerzo familiar?
—Sí, claro —dijo Carla—. No me imagino celebrarlo sin ti.
—Y se dio cuenta de que era verdad—. Piensa que eres mi acompañante para la ocasión, para cuadrar números, si eso te hace sentir mejor —añadió, temiendo estar pidiéndole demasiado—.
Por supuesto, lo entenderé si tienes planes, pero de verdad espero que no.
Joel soltó una carcajada.
—¿Planes? ¿Cuándo fue la última vez que tuve planes un fin de semana? Non, no contestes, s’il vous plaît . Si a ti te hace feliz, yo encantado de ser tu acompañante ese día. Merci .
Carla le sonrió.
—Bien. Pues ya está decidido.