Capítulo 31
Carla caminó por la ciudad como en una nube después de dejar a Josette, intentando asimilar y aceptar lo que acababa de saber.
No le cabía duda de que Josette se arrepentía del modo en que su decisión de aquella noche lejana había cambiado el rumbo de su vida, pero no estaba amargada.
Había seguido adelante y había vivido como mejor había podido, guardando silencio sobre la verdad de la concepción de Carla, una verdad que solo habría provocado aún más desconsuelo en su gemela.
Josette no estaba amargada, pero Carla comprendió que Amelia sí lo había estado.
Y con motivos, ahora lo sabía. Perder a Bobby, un hijo querido, y no poder tener más hijos era razón suficiente para amargar a cualquier mujer.
Sin embargo, de niña Carla había querido a su mamá sin cuestionarla y había dado por sentado el amor que recibía a cambio.
Hasta que un día se dio cuenta de que ese amor se había vuelto unilateral; Amelia había cambiado con ella.
Carla había querido una fiesta de cumpleaños…
Tenía que ser su noveno cumpleaños, el de antes de que muriera su abuela.
Amelia se había negado en redondo a organizársela y le dijo que, por muchos berrinches que montara y por mucho que se enfurruñara, no serviría de nada: no habría más fiestas.
Carla recordaba que había llorado con Robert, pero él no había logrado que Amelia cambiara de opinión.
Aquel día, Robert la llevó a ella y a una amiga al zoo, y después comieron pizza en el centro. Carla lo disfrutó todo y, al volver a casa, se lo dijo a Amelia.
—He pasado un día estupendo con papá. Menos mal que tú no has venido. Lo habrías estropeado.
Amelia la miró con los labios apretados y luego se dio la vuelta con un encogimiento de hombros apenas perceptible.
Al recordarlo ahora, cuarenta y un años después, Carla se dio cuenta de que aquel cumpleaños había sido el punto de inflexión de su relación con la mujer a la que había llamado madre toda la vida.
Fue el inicio de no hacer nada bien por más que lo intentara, y coincidía con lo que Josette le había contado sobre el fin de semana del funeral.
Que Josette dijera que Amelia había prometido que le contarían la verdad juntas cuando Carla fuera lo bastante mayor planteaba otra pregunta: ¿por qué cambió Amelia de idea?
Josette debía de haber sufrido mucho con el comportamiento de su gemela, y tuvo que dolerle más de lo imaginable que le prohibieran decirle a Carla la verdad, como le habían prometido.
Una vez más, la posición en la que se encontró debió de ser increíblemente difícil.
No era raro que hubiera ideado lo del «solo en caso de emergencia» para mantener a Carla a distancia cuando, en realidad, se moría de ganas de decirle quién era.
Tan absorta iba, que Carla no prestó atención a por dónde caminaba y se sobresaltó cuando una mujer que iba corriendo chocó con ella y siguió sin detenerse, a la vez que soltaba un educado:
— Désolée.
Carla miró alrededor, sorprendida: estaba cerca del pequeño café donde había conocido a Bruno. No se había dado cuenta de que había llegado tan lejos. Se dio la vuelta y emprendió el camino hacia Villa Mimosa. Era hora de volver a casa e intentar asimilar toda la historia de su nacimiento.
***
Después de que Carla se marchara, Josette se echó agua fría en la cara para calmar el enrojecimiento y la hinchazón que le habían dejado las lágrimas de la mañana. Un vistazo rápido al reloj le dijo que, si no se daba prisa, llegaría tarde a su cita con Gordon.
Gordon la había llamado un par de veces desde su noche juntos, para ver cómo estaba y para disculparse porque debía irse unos días, pero le había dicho que hoy se verían para comer en su lugar de siempre.
Josette se recogió el pelo con rapidez en su moño tirante de costumbre, se puso un toque de perfume y ya estaba lista.
Gordon ya estaba sentado en la mesa que se estaba convirtiendo en «su» mesa del restaurante cuando ella llegó.
—Te he echado muchísimo de menos estos días —dijo Josette, sonriendo, mientras él se levantaba para saludarla con un beso—. Me alegro tanto de que hayas vuelto.
—He pedido un par de aperitivos. Espero que no te importe. ¿Estás bien? —preguntó Gordon—. Tienes cara de…
—¿Cansada? ¿Desmejorada? Un poco, sí —admitió Josette—. La semana pasada recibí una carta inesperada y, esta mañana, Carla ha venido a verme.
—¿De quién era al final la carta de Italia? —preguntó Gordon.
—¿Cómo sabes que venía de Italia? —dijo Josette, segura de que no le había mencionado la carta.
—Me lo contó Carla. Nos vimos antes de que me fuera; quería preguntarme si yo sabía más sobre tu maternidad de lo que ella sabía. Y, claro, no sé nada —dijo—. Me alegro de que hayáis hablado.
—Al menos ya conoce la verdad de cómo ocurrió. Lo fácil que le resulte aceptar y perdonar, eso está por ver. —Josette suspiró—. Solo puedo esperar y confiar en que podamos construir una relación nueva.
Gordon le tomó la mano.
—A veces las cosas que más miedo nos dan acaban siendo baches; baches grandes, quizá, pero baches al fin y al cabo. Dale unas semanas y creo que te sorprenderá lo lejos que tú y Carla habréis avanzado por ese camino sanador de la relación madre e hija. Juntas encontraréis cómo salir adelante.
Josette le sonrió, agradecida por su apoyo, y rezó por dentro para que tuviera razón.
—En cuanto a la carta italiana, era de un viejo amigo: Mario Grimaud. Pariente de Bruno. Perdimos el contacto hace años y le gustaría que quedáramos. Aún no he respondido.
—¿Por qué no?
Josette guardó silencio varios segundos antes de decir en voz baja:
—Porque Mario es mi l’esprit de l’escalier .
El fantasma en la escalera de mi vida. —Miró a Gordon—.
Por ahora, al menos, creo que es mejor que se quede ahí.
Ya hay suficientes complicaciones. —Cogió un trozo de pan de la cesta y lo partió—.
Le escribiré al final. No puedo ser maleducada e ignorar la carta.
Y más cuando, por casualidad, Carla y Bruno parecen haber entablado amistad.
En ese momento llegó el camarero con los aperitivos y les tomó nota. Cuando volvieron a quedarse solos, Josette dijo:
—Y, dime, ¿adónde te fuiste tan de repente?
—A Londres. Los agentes por fin encontraron comprador para mi casa allí y tuve que volver para firmar los papeles, deshacerme de algunas cosas y avisar a varios amigos. Ya está todo hecho y ahora Francia es oficialmente mi hogar.
Josette alzó su copa.
—Entonces, enhorabuena y bienvenido a una vida larga y feliz en Francia.
Gordon chocó su copa con la de ella.
— Vive la France.