Capítulo 30
Carla deambuló por el mercado al día siguiente, intentando poner en orden sus pensamientos y las preguntas que necesitaba hacerle a Josette. Y tratando de convencerse de que hoy era un buen día para ir a hablar con ella.
Aún no eran las ocho, el mercado estaba tranquilo y algunos vendedores seguían montando los puestos.
Carla compró un par de pains au chocolat y unos cruasanes en la boulangerie para desayunar, porque Josette, con suerte, le ofrecería café.
Cerca de la tienda, la florista descargaba su furgoneta con flores que había comprado temprano en el gran mercado de flores de Niza, junto a la costa.
Carla se quedó mirando un momento cómo agrupaban rosas, lirios, margaritas, fresias y girasoles de muchos colores sobre la mesa de caballetes.
Girasoles. Una de las flores favoritas de Josette.
Cinco minutos después, Carla estaba delante de la puerta de Josette, aferrada a un ramo de girasoles y esperando con aprensión a que le abrieran. Cuando la puerta se abrió, Carla le tendió las flores a Josette.
—Son para ti. ¿Podemos hablar? He traído el desayuno.
Josette asintió.
—Me parece bien. Gracias por las flores.
—¿Pongo los cruasanes en un plato mientras tú haces café? —dijo Carla.
Al buscar los platos, le echó a su tía una mirada furtiva, intentando adivinar su estado de ánimo. Imposible, pero vio que Josette tenía mala cara, con ojeras.
—¿Cómo estás? —preguntó Carla en voz baja.
Josette se encogió de hombros.
—Ça va. He estado mejor. Tengo muchas cosas en la cabeza.
—Yo también. Tampoco he dormido bien —dijo Carla.
Se sentaron en medio de un silencio espeso, Josette sirvió el café y le acercó una taza a Carla.
Durante unos instantes, ambas bebieron a sorbos, absortas en sus pensamientos, sin que ninguna quisiera ser la primera en iniciar la conversación difícil que sabían que debían afrontar. Al final, Carla inspiró hondo y habló.
—Cené con Bruno el otro día. Me dijo que la carta que te llevé la semana pasada era de su tío Mario, un viejo amigo tuyo al parecer, que espera ponerse al día contigo ahora que has vuelto a Antibes. Dijo que aún no le habías respondido.
Sobresaltada, Josette negó con la cabeza.
—No. Le responderé cuando…, cuando las cosas estén arregladas.
—¿Y esas «cosas» que dices que quieres arreglar incluyen mi condición de ilegítima?
—dijo Carla—. Estoy hecha un lío desde tu cumpleaños.
Aturdida, en shock , enfadada, con un montón de preguntas que necesito que me contestes.
La primera, la obvia, es por qué romper un silencio de cincuenta años y decirme ahora que eres mi madre.
Josette la sostuvo con la mirada.
—Porque vives aquí y, por primera vez, nuestras vidas se están entrelazando.
Y porque Amelia ya no puede sufrir al enterarse de toda la verdad.
Quiero que nuestra relación se base en la honestidad.
Quiero que la gente sepa que nuestra verdadera conexión es la de madre e hija.
Incluso si decides que, ahora que sabes la verdad, no puedes perdonarme y ya no me quieres en tu vida, quiero poder decirle a la gente: sí, tengo una hija.
—Una hija que tuviste traicionando a tu propia hermana —dijo Carla.
—No lo vi como una traición. Creí que ayudaba al marido de mi querida hermana a recuperarse después de una tragedia.
Carla se quedó sin aliento.
—Entonces, si papá es mi padre de verdad, ¿tuviste una aventura con él?
Josette asintió.
—Sí, él era tu padre, pero pasó una sola vez, así que no fue una aventura como tal.
Yo no pretendía acostarme con Robert. Nunca, nunca le habría hecho eso a mi hermana.
Jamais . Además, yo era muy feliz con Mario.
Nos casábamos. Lo que hice me lo arrebató todo, todo lo que quería.
Fue algo que…, que pasó, y tú fuiste el resultado inesperado.
Josette suspiró. Le tembló la mano al coger la cafetera y rellenar ambas tazas.
Carla la miró fijamente.
—Entonces cuéntame cómo ocurrió esa aventura inesperada, ese lío o como quieras llamarlo.
—Es una historia larga, y ojalá no tuviera que contártela —dijo Josette, e inspiró hondo—.
Después de que Bobby muriera, Amelia sufrió una crisis.
Pensando que la ayudaría a recuperarse, Amelia volvió sola a casa durante varios meses.
Robert venía siempre que podía librarse del trabajo, pero no era a menudo: quizá tres veces en seis meses.
Los dos estaban destrozados, en un pozo emocional.
Amelia apenas podía mirar a Robert cuando él iba de visita, ya no digamos compartir cama con él —dijo Josette—.
Al final, nuestros padres decidieron que había llegado el momento de que Amelia volviera con Robert a Inglaterra e intentara seguir adelante.
Amelia protestó, dijo que aún no estaba lo bastante bien, pero nuestros padres insistieron.
Llamaron a Robert para que viniera a recogerla.
Josette guardó silencio un momento, recordando el fin de semana en que Robert llegó para llevarse a su esposa de vuelta a casa.
Ella había llevado a Amelia, ya tarde, a recogerlo al último vuelo del Reino Unido del día, en el aeropuerto de Niza.
Recordaba lo impresionada que se quedó al verlo aquella noche.
Habían pasado varias semanas desde su última visita, las líneas demacradas del dolor se le habían marcado aún más en la cara, el pelo, descuidado y con canas, le cubría el cuello de la camisa, y unas ojeras enormes hacían que sus ojos apagados parecieran hundidos.
—Tu pobre marido tiene una pinta horrible. Creo que mamá y papá tienen razón: te necesita en casa —había dicho Josette, volviéndose hacia Amelia.
Su gemela la miró.
—No me necesita a mí, necesita a Bobby. Y yo no puedo ayudarlo cuando es eso lo que yo también necesito.
Amelia no pudo evitar apartarse, instintiva, cuando Robert se inclinó para darle dos besos de saludo; él cerró los ojos, angustiado, y retrocedió con un triste gesto de cabeza.
En el coche, tanto Amelia como Robert miraban sin ver por las ventanillas opuestas mientras Josette conducía por el bord de mer .
Nada mejoró al llegar a la villa. Amelia le dijo a Robert que la cama de su cuarto era para él; ella dormiría en el cuarto de invitados.
Durante las siguientes veinticuatro horas, Amelia y Robert se trataron con demasiada cortesía en compañía de los padres; cuando no estaban presentes, se ignoraron.
Josette miró a Carla.
—Fue un fin de semana terrible. Yo tenía una cita con Mario ese sábado por la noche y me alegré de salir de allí.
Era bastante tarde cuando volví a casa. Habíamos estado en una fiesta en Cannes.
Al pasar por el rellano de arriba, vi que la puerta del cuarto de Robert estaba entornada y salía una luz débil de la mesilla.
Miré dentro y Robert estaba de espaldas a mí, contemplando el jardín oscuro, con el cuerpo sacudido por espasmos mientras sollozaba.
Inquieta, Josette paseaba el cruasán intacto por el plato, mientras Carla la miraba y esperaba. Pasaron uno o dos minutos antes de que Josette volviera a hablar.
—Entré, me apoyé en su espalda, lo abracé fuerte por detrás y le dije cuánto lo sentía —Josette cerró los ojos, intentando contener las lágrimas que le asomaban—. No esperaba que me agarrara, creyendo que era Amelia por fin dispuesta a consolarlo.
—¿Te confundió con Amelia? ¿Y tú no se lo dijiste?
Agotada, Josette asintió.
—Pude haberlo parado, haberlo apartado, pero tomé la decisión consciente de no hacerlo. Era un hombre al borde del abismo, destrozado por el duelo. Necesitaba consuelo.
—¿Decidiste consolar al marido de tu hermana, acostarte con él porque estaba de duelo, así, sin más? —Carla luchó por mantener un tono neutro, por no dejar que se oyera la incredulidad.
—Me dio muchísima pena. Amelia parecía llevarse toda la compasión por la pérdida de Bobby.
Era como si ella y los demás hubieran olvidado, incluso ignorado, que Robert también había perdido a su hijo.
Se esperaba de él que mantuviera en todo momento su gesto impertérrito británico.
—Josette se atragantó con las lágrimas—.
Pensé que una sola vez no haría daño y lo ayudaría.
—Miró a Carla—. Sé lo ingenua que fui, antes de que digas nada.
—Josette se secó las lágrimas con la mano, se levantó y apartó la silla hacia atrás—.
Sírvete más café si quieres. Vuelvo en un momento.
Carla, al ver lo afectada que estaba su tía, asintió mientras Josette desaparecía hacia dentro.
Sentada allí, intentando procesar lo que acababa de saber, Carla también estuvo a punto de romper a llorar.
Sí, algunas preguntas habían recibido respuesta, pero esas respuestas solo habían generado más preguntas.
Y las respuestas a esas nuevas preguntas podían ser tan devastadoras como las anteriores.
Conocer y diseccionar una historia familiar de hacía cincuenta años y saber que era inalterable no la hacía más aceptable ni más fácil de soportar.
Carla suspiró. Se debatía en un mar de emociones que amenazaba con ahogarla si se dejaba arrastrar por ellas.
Cuando Josette regresó diez minutos después, parecía más serena.
—¿Hago más café? ¿Té?
Carla negó con la cabeza.
—No, gracias, estoy hasta arriba de cafeína. —Miró a Josette con preocupación—. ¿Estás bien para seguir? ¿O vuelvo otro día? Aún hay cosas que necesito y quiero saber.
Josette asintió, cansada..
—Acabemos con esto.
Carla inspiró hondo.
—¿Cuándo se dio cuenta papá de que no eras Amelia?
Josette vaciló antes de decir, en voz baja:
—Creo que lo supo en los primeros treinta segundos, pero como yo no intenté detenerlo… —Se encogió de hombros—. Después fue incómodo.
Carla la miró y esperó.