Capítulo 27
Antes, plantada frente a la casa de Josette, Carla había vacilado un instante y casi llamó a la puerta, pero al final, con determinación, metió la carta en el buzón empotrado en la pared.
A pesar de que ya casi había pasado una semana desde que toda su vida había saltado por los aires con la confesión de Josette, no estaba preparada para enfrentarse a ella y exigirle respuestas.
Además, aquella mañana no le daba tiempo: tenía que volver a Villa Mimosa.
De camino a casa, se detuvo a comprar cruasanes y tres porciones de bizcocho de almendras, además de su baguette diaria. Joel ya se habría marchado a trabajar, lo sabía, pero le guardaría una porción de bizcocho de almendras.
De vuelta en la villa, preparó el café, puso los cruasanes y dos porciones de bizcocho en la panera redonda y la colocó, junto con los platos y las tazas, sobre la mesa de la terraza, intentando aplacar sus nervios.
Concertar una reunión secreta para desayunar, aunque fuera con un amigo, tenía un aire tan clandestino…
Sospechaba que, si Josette le había contado a alguien su estallido en la fiesta de cumpleaños, habría sido a Gordon.
Había sido una decisión impulsiva preguntarle a Gordon si podían hablar pronto y él había accedido, aunque sugirió que lo mejor sería un desayuno temprano si Carla no quería mencionárselo a Josette.
Quedaba por ver si él hablaría con ella aquella mañana.
Cuando Gordon llegó, Carla no pudo evitar comentar lo bien que lo veía.
—Hoy vienes con paso alegre —dijo, después de intercambiar dos besos.
Gordon sonrió.
—La vida va bien.
Carla llevó el café y se sentaron a la mesa.
—Tu jardín está precioso —dijo Gordon—. ¿Qué tal os lleváis con Joel viviendo aquí?
La pregunta inesperada hizo que Carla se ruborizara.
—Bien. Nos llevamos bien. Me gusta tenerlo aquí. La verdad, lo voy a echar de menos cuando se marche. —Empujó los cruasanes hacia Gordon—. Aunque tampoco es que nos veamos tanto. Siempre está fuera trabajando y, cuando está aquí, le gusta trastear en el jardín.
—Josette habla bien de él —dijo Gordon—. Ahora, querida, por delicioso que sea estar aquí, sé que quieres hablar conmigo de Josette, así que, venga, dispara.
—Necesito consejo —dijo Carla—. No sé qué hacer.
¿Debería ir a ver a Josette, o esperar a que venga ella a hablar conmigo?
Necesito que me cuente toda la historia porque, desde luego, hay más de lo que nos dijo.
También necesito saber por qué decidió, después de tantos años, anunciar sin más al mundo que es mi madre y no mi tía.
—Apartó el cruasán intacto—. Me cuesta muchísimo asimilar la magnitud de lo que ha estado ocultando todo este tiempo.
Gordon dio un sorbo al café.
—¿Josette te ha dicho algo? —preguntó Carla—. ¿Me lo dirías si lo hubiera hecho? Si te ha contado cosas en confianza, por supuesto no espero que rompas eso, pero… si hay algo que puedas decirme. Algo que me ayude a entender. ¿La has visto desde su cumpleaños?
—Sí, la he visto un par de veces.
Como Gordon no dio más detalles, Carla dijo:
—¿Y cómo estaba?
—Preocupada por el efecto que la noticia te ha causado.
Preocupada por si ha hecho lo correcto. Preocupada por si ha arruinado cualquier posibilidad de construir una relación de verdad contigo.
Preocupada por no haberse llevado el secreto a la tumba.
Digamos que está preocupada. —Gordon miró a Carla—.
No ha tenido mucha práctica en eso de formar parte de una familia durante los últimos cincuenta años.
Te tiene muchísimo cariño, pese a no haber estado en tu vida durante tantos años.
—¿Ves? Eso es el tipo de cosas que necesito saber. ¿De verdad no podría haber insistido en que me dijeran la verdad cuando yo fuera lo bastante mayor?
Gordon negó con la cabeza.
—No lo sé. Como dices, tienes que hablar con ella. Tal vez espera otra semana y luego, si ella no viene a verte, te tocará ser valiente. Lo que sí sé es que le horroriza la idea de quedarse otra vez fuera de la familia.
—¿Crees que está preparada para hablar conmigo? ¿Para contarme lo del pasado? Un pasado que está claro que habría preferido dejar enterrado.
—Creo que está mentalizada para tus preguntas, pero asustada por tu reacción a las respuestas.
Carla suspiró.
—Llegó aquí una carta para Josette esta semana. Se la he dejado en su buzón. Tenía sello italiano. El apellido del reverso me sonó, pero no logro ubicarlo. Estuve a punto de llamar para dársela, pero me acobardé.
—¿Era el apellido Grimaud, por casualidad? —preguntó Gordon.
—Era. —Carla lo miró, sorprendida—. ¿Cómo lo sabías?
Gordon se encogió de hombros.
—Solo lo he supuesto. Es interesante, eso sí. Es el apellido de tu amigo Bruno. Por lo visto, hace años había muchos Grimaud por aquí.
—Claro —dijo Carla—. Se me había olvidado su apellido. Pero ¿por qué iba a escribirle a Josette? La conoció por primera vez en el Carlton.
Gordon se encogió de hombros.
—Quién sabe. Los dos tendremos que tener paciencia con eso y esperar a que Josette nos lo cuente todo. Ahora tengo que irme. Esta tarde tengo que coger un avión.
***
Josette dejó la carta, sin abrir, sobre la mesa y se sirvió otro café. Sentada allí, sorbiendo de la taza, no podía evitar mirar el sobre con su nombre en letras grandes, burlándose de ella. ¿Qué clase de carta habría dentro?
Si era de quien en el fondo ya sabía que era, ¿le exigiría respuestas por lo que ella había hecho hacía más de cincuenta años? ¿O sería conciliadora, en plan «borrón y cuenta nueva»? ¿Propondría un encuentro por los viejos tiempos?
¿Debería abrirla siquiera? Podía romperla en pedazos y tirarla a la basura.
Negar que la había recibido, si hiciera falta.
No. No podía hacer eso. Solo sería añadir más mentiras a una historia de vida ya bastante triste.
Pero no tenía por qué abrirla. Sin abrir, podía vivir en la ignorancia de su contenido.
Con cautela, la cogió de la mesa y se incorporó a medias, con intención de guardarla en el cajón, antes de volver a dejarse caer en la silla. Por doloroso que fuera, tenía que abrirla.
Despegó la solapa con cuidado y sacó un papel de carta caro, con un nombre y una dirección impresos en la parte superior.
El nombre era el que se imaginaba, el que tenía la esperanza de ver.
Mario Grimaud. La dirección no la reconocía.
Algún lugar de San Remo. No era una carta larga.
Era directa y al grano. Como él siempre había sido.
Josette oyó su voz diciendo las palabras en su cabeza mientras leía.
Mia cara Josie,
Apenas sé por dónde empezar esta carta, salvo para decirte que estoy muy feliz de tener noticias tuyas por medio de mi sobrino, Bruno.
Mi mayor deseo es volver a verte, poder saber cómo te ha ido la vida; espero que haya sido una vida feliz.
Nunca he entendido por qué te marchaste sin decir una palabra, pero acepto que debiste de tener tus motivos.
Tus padres se negaron a contarme nada y jamás volvieron a hablar de ti conmigo.
Yo seguí esperando que regresaras y me dijeras qué había provocado tu partida inesperada.
Pero la vida sigue y uno aprende a aceptar que ciertas cosas no estaban destinadas a ser.
Lo que nunca he aceptado de verdad en todos estos años es tu ausencia en mi vida, si no como la esposa que yo quería que fueras, al menos como la amiga que siempre fuiste.
¿Quizá tú también me echaste un poco de menos?
¿Podemos vernos como amigos? Me haría muy feliz volver a ver, una vez más, al amor de mi vida.
Baci e amore ,
Mario
Bajo la firma había un número de teléfono italiano.
Josette dejó la carta sobre la mesa y se secó las lágrimas que le caían por las mejillas.
Ni reproches ni culpa: solo la declaración de un amor que no había muerto, pese a que ella lo había abandonado cruelmente tantos años atrás.
La carta no le decía nada de él. ¿Se había casado?
¿Tenía familia? Ella no sabía más de su vida que él de la suya.
¿Podía soportar quedar con él? ¿Ver en qué hombre se había convertido?
¿Volver a dejarlo entrar en su vida? ¿Le decepcionaría ella?
¿Podría la amistad, por sí sola, dar un cierre satisfactorio a aquel amor de hacía tanto tiempo?
La carta de Mario le removía otros recuerdos y la transportaba a su juventud, a las consecuencias de la noche en que le había prometido encontrarse con él y, en cambio, se había visto obligada a huir.
A recuerdos de Robert y Amelia. Amelia. ¿Cómo había podido ser tan ingenua como para esperar que su gemela aceptara y entendiera lo que ella había hecho?
Volver a ver a Mario significaría contarle la verdad sobre por qué se había marchado sin decir palabra.
La verdad que de nuevo abría una brecha entre ella y Carla, uniéndose al instante a la que Amelia se había encargado de mantener bien abierta durante años.
Josette cerró los ojos y tomó aire. ¿Marcaría alguna diferencia real que Mario conociera la verdad después de tantos años?
La verdad no cambiaría el efecto que sus actos habían tenido en las vidas de ambos.
Volver a ver al hombre al que había alejado de su vida para no herirlo con su traición era un riesgo, pero, como mínimo, le daría un cierre a aquella parte de su pasado.
Pero cualquier encuentro tendría que esperar hasta después de que ella y Carla hubieran hablado.
De pie, ya en la cocina, Josette abrió el cajón del aparador.
El paquete original «privado y confidencial» que Carla había llevado semanas atrás seguía encima del montón de cachivaches que llenaban el cajón, sin abrir.
Lo sacó, rebuscó y encontró una goma elástica.
Puso la carta de Mario encima del paquete y unió ambas cosas con la goma.
Le respondería a Mario pronto, y aceptaría verlo, pero no todavía. El momento era totalmente inoportuno.