La villa del sol y los secretos Capítulo 26
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Capítulo 26

A pesar de los carretes que Josette había comprado para su Nikon, todavía no había hecho ni una sola fotografía. La revelación de su cumpleaños y las reacciones que había provocado le habían barrido todo lo demás de la cabeza.

Al sacar la cámara de su funda, no podía creer lo a la ligera que había renunciado a aquello mismo que siempre la había hecho sentirse viva.

Durante años, hacer fotos había sido su raison d’être, además de su forma de ganarse la vida.

Hubo un tiempo en que no salía de casa sin la cámara colgándole segura del cuello con una correa.

Mirar el mundo a través del objetivo, capturar en película la esencia misma de alguien, registrar un mundo que desaparecía…

la alegría de fotografiar la había tenido cautiva, igual que ella capturaba las imágenes a las que apuntaba con el objetivo.

Entonces, ¿por qué había desaparecido la pasión?

¿La edad le había drenado la energía y la había convertido en apatía?

Todavía podía enumerar todos los motivos con los que se había convencido de que era hora de parar.

Estaba cansada de verse metida en una jauría de paparazzi, todos peleándose por ese disparo que los lanzaría a lo más alto.

Los viajes constantes le habían pasado factura; quedarse quieta en un solo lugar le resultaba cada vez más atractivo.

También era más fácil dejar paso a jóvenes con menos de la mitad de su edad y su ambición ardiente, en lugar de competir con ellos.

Pero ¿renunciar a hacer fotos por completo cuando siempre le había dado tanto placer?

¿Por qué lo había hecho al volver a Antibes?

No había una respuesta lógica. Tener una cámara en la mano siempre había sido su fuerza vital.

Y tampoco había una razón lógica para que, diez minutos antes, hubiera ido a buscar la bolsa de la cámara al dormitorio, impulsada por un deseo súbito de volver a fotografiar.

En el patio, Josette se llevó la cámara al ojo y enfocó el objetivo hacia una abeja que recolectaba néctar con afán en una flor de madreselva, alta en la pared.

La abeja zumbó y salió de la flor, por encima del muro, antes de que ella pudiera apretar el disparador y capturar el instante.

Josette suspiró, irritada. Culpa suya: había sido demasiado lenta, pero ahora que por fin había vuelto a coger la cámara, habría muchas oportunidades.

Aquella tarde, cuando ella y Gordon salieron a pasear por el Cap d’Antibes y hasta Juan-les-Pins, Josette cogió la cámara al salir de casa.

Quizá habría ocasión de hacer unas cuantas fotos del mar, o de los pinos recortados contra el cielo nocturno; algo, al menos, que le confirmara que aún tenía buen ojo, que recordaba cómo encuadrar y que sabía, por instinto, el segundo exacto en que pulsar.

En el fondo, necesitaba descubrir si todavía conservaba la habilidad de convertir lo cotidiano en arte.

Que algo en su vida seguía siendo, para su tranquilidad, lo de siempre.

Si Gordon reparó en que llevaba la cámara colgándole de la muñeca, no dijo nada.

Había olvidado que se acercaba la época del festival de jazz , pero, al aproximarse a Juan-les-Pins, vieron cómo montaban las gradas para los conciertos, y ya empezaba a notarse el ambiente, con músicos aficionados tocando en las esquinas.

Josette respiró, satisfecha. Se aseguraría de venir por aquí cuando empezara el festival.

En el pasado había fotografiado a tantas estrellas: Dizzy Gillespie, Sarah Vaughan y, años más tarde, Jamie Cullum y Norah Jones, por nombrar solo cuatro.

Incluso había conocido a su ídolo, Ella Fitzgerald, una noche memorable en una fiesta posterior a un concierto.

—Me encanta la época de festivales —dijo, alzando la cámara para hacerle una foto a una joven morena que tocaba bongós en la esquina junto a la Pinède Gould.

Un poco más adelante, una pareja canturreaba suavemente un dúo mientras el hombre rasgueaba una guitarra. Josette volvió a levantar la cámara y, sin apartar el ojo del objetivo, le dijo distraída a Gordon:

—Nunca me has dicho qué tipo de música te gusta ni qué clase de canciones escribes.

—Me gusta el jazz y, por anticuado que suene, el swing . En cuanto a las canciones que escribo… —Se encogió de hombros—. Un par llegaron a entrar en la lista de éxitos.

Gordon la miró, y luego tarareó en voz baja la melodía de un éxito muy conocido.

Josette se giró para mirarlo, con los ojos muy abiertos de sorpresa.

—Vaya. ¿Esa es tuya? Es una de mis favoritas. Me parecía que iba para mí, me daba esperanza. Aquello de «donde hay vida, puede haber amor» se convirtió en mi mantra durante mucho tiempo.

—Ay, Josie, ¿por qué tú y yo no nos conocimos hace años, cuando éramos jóvenes? —dijo Gordon, rodeándole los hombros con el brazo y estrechándola contra él en un abrazo.

Josette se quedó quieta entre sus brazos ante la versión abreviada de su nombre.

El deje escocés de Gordon, no muy distinto de cierto deje italiano de hacía años, sonaba como un apelativo cariñoso.

Un apelativo que se dio cuenta de que le gustaba.

Aunque no sabía gran cosa de su pasado, sabía que sus sentimientos por Gordon se estaban volviendo profundos.

¿Sus palabras querían decir que él sentía lo mismo?

Josette alzó la mirada y tomó aire. Su nueva filosofía de vivir en el presente iba a tener que rendir cuentas otra vez si se equivocaba también con esto.

—¿Y si ahora es nuestro momento?

Gordon la miró con una expresión indescifrable, luego sonrió y la tomó de la mano.

—Vamos. Tenemos que celebrar que nos hemos encontrado.

Josette se rio.

—Vale. ¿Adónde vamos?

—A mi apartamento, claro. Hay una botella de champán en la nevera que nos va a venir de maravilla.

***

A la mañana siguiente, Josette se quedó dormida y se despertó con el sonido del reloj del ayuntamiento dando las ocho. Durante unos instantes, incluso después de que se apagara el tañido de las campanas, permaneció allí, con los ojos cerrados, recordando las delicias de la noche anterior.

Gordon había abierto el champán y habían estado sentados en la terraza de la azotea, en el crepúsculo, bebiendo y flirteando ligeramente mientras veían la salida de la luna.

La botella seguía medio llena cuando Gordon se levantó, dejó la copa en la mesita, le tendió la mano y la condujo a su dormitorio.

A Josette se le curvaron los labios en una sonrisa al regresar con la mente al resto de la noche.

Pasaban de las tres cuando Gordon la acompañó a casa por las calles desiertas, la besó con ternura y dijo:

—Hasta luego.

—¿Quieres entrar? —preguntó Josette.

Gordon negó con la cabeza.

—Mejor no. Tengo una reunión de desayuno; si me quedo contigo, Josie, no llego ni de broma.

Le dio otro beso, y se fue.

Por un instante, Josette se preguntó si aquella reunión de desayuno era con alguien a quien ella conociera, antes de desechar la idea.

No era asunto suyo. Hoy era un buen día; el comienzo de cosas nuevas.

No pensaba estropearlo dándole vueltas a todo.

Apartó las sábanas, se levantó y fue a ducharse.

Diez minutos después, mientras encendía la cafetera y metía un par de rebanadas de pan en la tostadora, a falta de un cruasán recién hecho, oyó el sonido metálico del buzón.

Miró el reloj de la cocina. Cada vez traían el correo antes, pero tan temprano era la primera vez.

Se tomaría el café antes de abrir la caja y sacar lo de dentro, que seguramente serían montones de folletos publicitarios y facturas.

Iba a sentarse en el patio, desayunar y pensar en cosas felices.

Pero, al dar el primer sorbo de café, la brecha con Carla afloró en su mente y aquel buen ánimo se le hizo añicos.

Había estado esperando que Carla apareciera y la obligara a afrontar el asunto, exigiendo que le contara la sórdida historia al completo, algo que Josette reconocía que era su derecho, pero con solo imaginarse teniendo que decir las palabras en voz alta se le ponía mal cuerpo.

Le daría un par de días más y, si para entonces Carla no había pasado, tendría que ir a la villa, contarle toda la historia lo mejor que pudiera y suplicar perdón.

Mientras untaba un poco de mantequilla en su última tostada, Josette oyó otra vez la tapa del buzón.

Ahora era una hora más normal para que se repartiera el correo; quizá lo de antes solo había sido el viento moviendo la tapa.

Se levantó y fue a recogerlo. Como era de esperar, encontró un montón de folletos promocionales, pero, debajo de ellos, había un sobre dirigido a ella en la villa.

A Josette se le hundió un poco el corazón al darse cuenta de que Carla, por lo visto, se lo había llevado sin molestarse en llamar y dárselo en mano.

Estaba claro que todavía no se sentía preparada para hablar.

Josette, al fijarse en el matasellos italiano del sobre, aspiró impactada viendo la dirección escrita con una letra que en otro tiempo le había sido tan familiar, y le dio la vuelta con la mano temblorosa.

Ver el nombre del reverso confirmó sus temores y se quedó sin aliento.

¿Por qué ponerse en contacto ahora? ¿Y por qué tenía que recibir aquella carta justo el primer día en años en que se sentía bendecida y feliz, con una sensación de fe burbujeándole por dentro, convencida de que, a pesar de sus preocupaciones por el futuro, las cosas saldrían bien?