Capítulo 25
Cuando Josette llamó a Gordon para cancelar el almuerzo del martes, él se negó a aceptarlo.
—¿Y dejarte en casa revolcándote en la miseria? No. Además, ya te lo he dicho: he organizado tu regalo de cumpleaños para después.
—Ahora mismo no soy una compañía especialmente agradable, te aviso —dijo Josette, con un escalofrío interior al recordar su cumpleaños.
—Me arriesgaré —dijo Gordon—. Paso a recogerte a las doce y media. Ponte calzado cómodo.
Demasiado cansada para discutir, Josette cedió.
Desde su cumpleaños apenas había dormido.
Incluso cuando Gordon la acompañó a casa, exhausta, a la una de la madrugada del domingo, después del cine y de cenar en su terraza de la azotea, no había dormido.
Anoche había dado vueltas y vueltas, repasándolo todo una y otra vez, hasta oír los sonidos del pueblo despertando al salir el sol, y entonces, contra todo pronóstico, se había dormido…
, para que una hora después la despertara el estruendo implacable del reloj del ayuntamiento a las siete.
Conforme avanzaban las horas de la noche, Josette se reprendía por haber siquiera pensado en romper el pacto que había hecho tantos años atrás.
Debería haberse llevado el secreto a la tumba, como siempre había planeado.
Lo único que había conseguido era destrozar la buena relación que ella y Carla estaban construyendo como tía y sobrina.
Ya había comprendido que había consecuencias incontrolables de su acción, que iban a resonar durante mucho tiempo.
Pero, puesto que había destapado todo el sórdido desastre a ojos de todos, le tocaba intentar arreglar las cosas. Si al menos pudiera imaginar cómo.
Subió a arreglarse para comer con Gordon y se preguntó adónde irían.
Recordando la instrucción de llevar calzado cómodo, decidió combinar sus pantalones capri azules favoritos con sus náuticos y ponerse una camiseta blanca de manga larga.
Al ver las ojeras, echó mano del corrector e hizo lo posible por borrar el aspecto de «Je n’ai pas dormi depuis des jours».
Gordon llamó a la puerta mientras se daba un poco de brillo en los labios y ella bajó corriendo.
—¿Voy bien para lo que hayas planeado? —preguntó, mientras Gordon la saludaba con dos besos.
—Vas perfecta, tanto para el almuerzo como para después.
Mientras caminaban por el bord de mer , Gordon dijo:
—He pensado que podríamos comer en la playa. Hace un día perfecto.
Diez minutos más tarde, sentada a una mesa bajo un gran parasol, a uno o dos metros de las olas lamiendo la orilla, Josette miró a su alrededor.
En el horizonte, las islas de Lérins estaban bañadas por el sol; barcos de todos los tamaños navegaban en la bahía.
Por encima, los planeadores colgaban del aire y, todavía más arriba, las estelas de los aviones se cruzaban en el cielo.
Josette suspiró. En aquel instante comprendió que, pasara lo que pasara en el futuro, se alegraba de haber vuelto a vivir aquí..
Para sorpresa de Josette, en vez de pedir una botella de rosado para acompañar la comida, Gordon solo pidió una copa para cada uno.
—Quiero que estemos los dos en plenas facultades mentales para disfrutar la tarde. Mucho vino podría quitarle emoción —explicó—. Así que haz que te dure. Ya celebraremos después.
—¿Me vas a dar alguna pista antes de que pase lo que sea? —preguntó Josette.
—Bueno, estoy casi seguro de que te va a gustar lo que he planeado. Desde luego, es algo que te va a sacar de ti misma —dijo Gordon, alzando la copa en un saludo burlón.
—Normalmente me gustan las sorpresas, pero esta me empieza a preocupar; te estás poniendo demasiado misterioso.
—Relájate. Nos queda más de una hora para la cita.
Tres cuartos de hora después, con el inevitable almuerzo playero de mejillones con patatas fritas ya comido, Gordon se levantó y le tendió la mano.
—Vamos. Un paseo corto por la playa y luego toca tu regalo de cumpleaños.
A los cincuenta metros, se detuvo junto al kiosco de las excursiones en barco a las islas de Lérins.
—¿Vamos a hacer una excursión en barco a las islas? —preguntó Josette.
—No exactamente una excursión en barco —dijo Gordon—. Pero veremos las islas.
La condujo hasta una embarcación que esperaba junto al pontón.
—No me dirás que vamos a hacer parasailing —dijo Josette, dándose cuenta de pronto de qué barco era. Se rio, encantada, cuando Gordon asintió—. Ay, qué divertido.
Minutos después, ambos estaban sentados en la popa, poniéndose los chalecos salvavidas y abrochándose múltiples cierres de los arneses de seguridad.
Josette le apretó la mano a Gordon cuando el motor se puso en marcha y se alejaron de la orilla hacia mar abierto.
Al ganar velocidad, uno de la tripulación soltó el cable y los paracaídas empezaron a tirar de ellos hacia arriba y más arriba, hasta que estuvieron volando muy por encima del mar.
—Me encanta volar, y esto es una maravilla —dijo. Entusiasmada, se aferró al brazo de Gordon—. Mira. Se ve Villa Mimosa. Qué increíble.
Planeando por encima de las islas, antes de que el barco girara y los devolviera hacia la costa, Josette deseó poder quedarse en el cielo para siempre…
o, como mínimo, hasta que sus problemas familiares se resolvieran solos.
Algo que sabía que era poco probable que ocurriera sin que ella hiciera algo para propiciarlo.
El qué y el cómo, sin embargo, se le escapaban.
Se suponía que la gente mayor sabía manejar las cosas con la sabiduría de la edad, pero, en su caso, no tenía ni idea de cómo arreglar la relación con Carla. Demonios, últimamente había veces en que se sentía más confusa e indecisa que nunca.
A veces hacerse mayor era una mierda. La edad no llegaba con sentido común garantizado…
, sobre todo si nunca lo habías tenido. Este desastre con Carla lo demostraba sin lugar a dudas.
Josette suspiró. Debería haberse callado, haber guardado el secreto…
o haber muerto antes. Porque, desde luego, Amelia no habría dicho una palabra.
Se obligó a espabilar. No iba a estropear aquel regalo de cumpleaños pensando en negativo. Mientras el barco avanzaba por la costa de vuelta al pontón, Josette contempló el viejo hotel Provenzal.
—Cuando yo era joven, ese sitio seguía abierto. Había tantas historias por el pueblo sobre la gente famosa que se alojó allí, entonces y antes… Imagínate todo lo que podría contar.
—En mi primera visita a Juan-les-Pins, a finales de los sesenta, me alojé allí; creo que fue el año en que cerró. Nadie imaginaba que, al clausurarlo para reformarlo, jamás volvería a abrir —dijo Gordon.
—Qué suerte la tuya, haber estado dentro. Siempre he deseado poder hacerlo —dijo Josette, girando la cabeza para mirarlo—. A finales de los sesenta fue cuando yo me fui. Me pregunto si nos habríamos conocido hace todos esos años si yo me hubiera quedado.
—Es posible —dijo Gordon.
Cuando el barco redujo la velocidad y se acercó al pontón, el cabrestante a bordo los fue bajando poco a poco, hasta que de pronto tocaron el mar con los pies colgando, antes de quedar de nuevo a salvo en la embarcación. Se soltaron los arneses y bajaron.
—Ha sido maravilloso —dijo Josette, poniéndose de puntillas para besar a Gordon en la mejilla—. Un soplo de aire fresco de verdad. Gracias.
***
Mientras Josette y Gordon flotaban sobre la costa, Carla estaba ocupada en el jardín de la villa.
Le encantaba trastear, arrancar alguna hierba suelta, recortar algo que se hubiera desbordado, coger unas flores para el salón.
Le había preguntado a Joel si le importaba que ella hiciera estas cosas y él se había reído.
—Carla, es tu jardín. Haz lo que te dé la gana.
—Ya lo sé, pero tú eres el jardinero de verdad y haces todo el trabajo duro para que quede así de bonito. Yo, a tu lado, soy una aficionada.
En su última incursión al hipermercado de las afueras había encontrado tres macetones altos de terracota preciosos y se moría de ganas de llenarlos de plantas.
Ayer, en el mercado, había comprado bandejas de margaritas blancas, hiedra colgante, lavanda, geranios y un par de pasifloras que esperaba que treparan por el pilar al final de la terraza.
Hoy estaba pasando la mañana plantándolo todo e intentando no pensar en Josette. Algo que estaba resultando imposible.
Ya habían pasado tres días desde que su mundo se había sacudido hasta los cimientos con el anuncio de Josette.
Tres días en los que había evitado acercarse a la casa de Josette o a cualquiera de los cafés que sabía que ella frecuentaba por la zona del mercado, por si se la encontraba.
Había medio esperado que Josette fuera a verla, o por lo menos que la llamara, queriendo hablar y contarle más.
En lugar de eso, había habido silencio. ¿Se arrepentía de haber dejado que se supiera su secreto vergonzoso?
Quizá estaba esperando a que Carla la contactara.
Con cuidado, Carla volcó una maceta de plástico y sacó una margarita ya bien crecida, colocándola en el centro de uno de los macetones altos y asentándola lo más hondo que pudo.
¿Debería dar ella el primer paso? ¿O debería hacer caso al consejo de Joel de no precipitarse y dejar que se le enfriaran las emociones para poder ver las cosas con racionalidad? Si es que ese día llegaba alguna vez.
Al pensar en Joel, Carla sonrió. No podía pedir un compañero de casa mejor.
Considerado, amable y buena compañía; le gustaba mucho que estuviera ahí.
De vez en cuando, sentados en la terraza después de cenar, le captaba una mirada triste, con la guardia baja, pero él asentía y sonreía cuando ella, con cautela, le preguntaba si todo iba bien, y siempre se ponía a hablar de algo del trabajo.
Ella nunca insistía en esos momentos, pensando que él hablaría si y cuando quisiera.
Esperaba que la viera como una amiga a la que acudir, igual que ella lo veía a él.
Colocó tres hiedras colgantes a igual distancia alrededor de la margarita, lo regó todo y avanzó por la terraza hasta el último macetón, situado cerca de la columna por la que quería que treparan las pasifloras.
Al coger la paleta de mano y el último saco de sustrato, la vista se le fue al rincón silvestre del jardín, al lado del cobertizo de la piscina.
Las rosas blancas y las margaritas azules estaban aún más exuberantes que la primera vez que las vio, y pensó en esparcir allí las cenizas de Amelia.
Era, de verdad, un lugar precioso y tranquilo. Dios sabía qué tenía Josette en contra.
Absorta, Carla plantó las dos pasifloras, las enrolló alrededor del pilar y las regó. Ya está. En un par de semanas las macetas quedarían preciosas.
Después de recoger y lavarse las manos, Carla entró en su dormitorio. Sonrió al ver a Leroy enroscado sobre la cama, en una mancha de sol.
—¿Hoy no hay cerezo, Leroy? —dijo, acariciándolo suavemente antes de coger la urna del suelo, del rincón junto a la cama.
De vuelta en el jardín, observó la zona silvestre.
¿Apreciaría Amelia que la esparcieran allí?
¿O preferiría estar a mil kilómetros? Con cuidado, Carla se adentró entre las rosas y las margaritas hasta llegar al seto del fondo.
Cogió una piedra, raspó un hueco plano y colocó la urna encima, presionándola en la tierra hasta que quedó estable.
Así, las cenizas de Amelia podrían esparcirse más adelante si Josette sugería otro lugar mejor.
Otra cosa más de la que tenía que hablar con ella.
Al menos las cenizas ya no estaban en su dormitorio, donde había empezado a resentir su presencia casi maligna.
Al volver hacia la casa, recordó que no había mirado el buzón para ver el correo del día.
Todavía no se acostumbraba a tener un buzón pegado a la puerta principal, al final del camino de entrada, en vez de una ranura en la puerta, y a menudo se le olvidaba revisar el correo.
Ahora, al abrir el buzón, sacó un puñado de folletos promocionales y una carta con un sello italiano a nombre de madame Josette Rondeau y dirección en Villa Mimosa, Antibes.
Carla suspiró. ¿Era una señal de que debía dar el primer paso, o solo mala suerte? Quizá Joel podría entregarla por ella. No, no se lo pediría. La llevaría ella misma; no tenía por qué llamar y dársela a Josette en mano: podía dejarla en el buzón y marcharse.
Sin pensarlo demasiado, Carla le dio la vuelta al sobre, preguntándose a quién conocería Josette en Italia. En el reverso, en la sección de «remitente», habían escrito un nombre y un código postal. Carla frunció el ceño al ver el nombre. ¿Por qué le resultaba extrañamente familiar?