La villa del sol y los secretos Capítulo 24
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Capítulo 24

Después de despedirse de Maddy y Sam al día siguiente, cuando se marcharon para coger el vuelo de la tarde de vuelta a casa desde Niza, Carla sintió que el ánimo se le desplomaba.

Vaya fin de semana. Ella y Maddy habían hablado y hablado de Josette y de la situación en la que se habían encontrado.

Maddy, todavía aturdida por la noticia, había querido ir a ver a Josette para conocer más detalles, pero Carla la había convencido de dejarlo para su próxima visita.

—Para entonces ya habré hablado con Josette y, con suerte, tendré más claro qué pasó —le había dicho.

Si Maddy estaba aturdida por las revelaciones, Carla estaba conmocionada y furiosa.

Toda la vida había vivido una mentira, creyendo que era la hija verdadera de sus padres.

Descubrir que era la hija ilegítima de Josette —porque, lo miraras como lo miraras, eso era— la había dejado loca.

Con razón Amelia había conspirado para mantenerlas apartadas.

¿O era cosa de Josette? Siempre había evitado que tuvieran un trato cercano con esa actitud suya de «solo en caso de emergencia».

Había tantas preguntas sin respuesta sobre el pasado, sobre su infancia y sobre lo que, en su fuero interno, había empezado a llamar su vida falsa de hija obediente que Carla no sabía por dónde empezar.

Antes de ir a ver a Josette tendría que hacer una lista de preguntas.

Ir tachándolas una a una. Aunque no se sentía capaz de enfrentarse a Josette todavía, pese a haberle prometido a Maddy que iría a verla pronto.

Cuando sonó el móvil, Carla se limitó a mirar el identificador de llamada, esperando ver el número de David.

Se había acostumbrado a llamarla los domingos por la noche y ella se había acostumbrado a ignorarlo.

Para su sorpresa, era Ed. Carla sofocó un suspiro.

Estaba claro que Maddy había llamado a su hermano con la noticia.

Carla, por su parte, había estado esperando a ordenar las ideas antes de telefonear a su hijo.

—¿Qué pasa, mamá? Mads me ha dicho una versión muy confusa de que la abuela no era la abuela.

—Sí, eso es. Por lo visto, la tía Josette es tu abuela.

Siento que te hayas enterado así. Ha sido un shock para Maddy y para mí —dijo Carla, y luego tomó aire y le contó a Ed lo poco que sabía del drama familiar que se había desplegado—.

Podré contarte más cuando vuelvas a casa —añadió—.

Para entonces ya tendré más detalles de Josette.

Como era típico en Ed, le preocupaba más cómo estaba ella que enterarse de rencillas familiares antiguas.

—El shock ha debido ser tremendo —dijo—. A Josette se le ha ido la olla, soltándolo así en la fiesta. Por lo menos podría habértelo dicho en privado.

—Josette está en pleno uso de sus facultades, no hay duda, pero quizá unas cuantas copas de champán tuvieron algo que ver con el momento elegido para la revelación —dijo Carla—. Cuéntame tus cosas. ¿Sigues disfrutando la vida por ahí?

—Sí, pero tengo ganas de volver, aunque con lo de que tú y papá os divorciáis no sé dónde me voy a asentar durante un tiempo.

—Papá se queda con la casa, así que tu habitación sigue allí. Sé que te recibirá como siempre —dijo Carla en voz baja—. Y, por supuesto, aquí, en Villa Mimosa, eres más que bienvenido.

—Mads dice que es una villa de verdad, del sur de Francia. Me muero de ganas de verla, y eso será, desde luego, en algún momento de este año.

Tras unos minutos más de conversación, centrados en el trabajo de Ed y en lo mucho que estaba disfrutando de ser médico de refuerzo en Sudáfrica, llegó el momento de despedirse.

—No te preocupes demasiado por lo de Josette. Seguro que, en cuanto se pase la novedad, el asunto se diluirá en el historial familiar. Cuídate, mamá —dijo Ed.

—Tú también. Te quiero —dijo Carla, sabiendo que por teléfono podía permitirse estar un poco ñoña—. Gracias por llamar.

Carla salió por el salón hacia la terraza y se sentó mirando el jardín.

¿Tenía razón Ed, y descubrir que su familia no era el conjunto tradicional y homogéneo que ella había creído sería solo una anécdota pasajera?

Supuso que, con el tiempo, dejaría de dominarle los pensamientos y lo asumiría, simplemente porque no había nada que pudiera hacer para cambiarlo.

Pero antes de llegar ahí quedaba mucha conversación pendiente.

Joel salió de su habitación, con una toalla en la mano, listo para su baño de la tarde. Dudó, mirándola, antes de decir:

—Hacer ejercicio viene bien para despejar la cabeza. ¿Te apetece a ti también?

Carla negó con la cabeza.

—Esta noche no.

Joel se encogió de hombros.

—Vale.

Carla lo vio caminar hasta el extremo de la piscina y zambullirse con suavidad, casi sin salpicar, antes de salir a la superficie a mitad de la piscina y nadar hasta el final. A ella no le apetecía nadar, pero la compañía de Joel para cenar le vendría bien.

Cuando Joel salió del agua diez minutos después, Carla se puso de pie.

—¿Cenas conmigo esta noche? Nada especial. Algo con patatas salteadas, porque me apetece comida de consuelo.

—Gracias. En cinco minutos estoy —dijo Joel.

Carla peló unas patatas y las puso a cocer, antes de mirar en la nevera en busca de inspiración. Sacó lechuga, rúcula, tomates y aceitunas. Ya tenía resuelta la parte sana. Encontró una bandeja de vieiras en el congelador y encendió el horno para meterlas mientras se cocían las patatas.

Cinco minutos después, al escurrir las patatas, se le resbaló la mano y el agua hirviendo le salpicó en los dedos. Joel oyó su grito de dolor cuando entró en la cocina, vio lo que había pasado y salió corriendo, diciendo:

—Pon la mano bajo el grifo de agua fría hasta que vuelva.

Segundos después regresó con una hoja rota, carnosa, como de cactus. Tras secarle la mano con cuidado con papel de cocina, abrió la hoja y le extendió la pulpa fresca sobre la piel.

—¿Qué es? —preguntó Carla.

—Aloe vera; ya sabes, esa planta grande que hay junto al plumbago. Si vas a coger la costumbre de quemarte, te planto una pequeña en una maceta para que la tengas en el alféizar de la cocina. También va bien para las quemaduras de sol. ¿Mejor?

Carla asintió.

—Gracias.

—¿Corto las patatas en trozos para saltearlas y las echo a la sartén? —preguntó Joel.

—Gracias.

Cuando las vieiras estuvieron en el horno y las patatas salteándose en la sartén, Carla puso el temporizador y salieron a la terraza con una copa de vino mientras terminaba de hacerse la cena.

—¿Maddy y Sam se han ido bien hoy? —preguntó Joel.

—Sí. Prometen volver dentro de un par de semanas. Sobre todo porque creo que Maddy quiere hablar con Josette. —Carla suspiró—. La verdad es que tiene más ganas que yo. Sé que tengo que hacerlo, pero… —La voz se le apagó y negó con la cabeza.

—Vas a tener muchas cosas que decir y que preguntar a Josette —dijo Joel—. Por si te sirve de algo, mi consejo es que no te precipites mientras sigas tan tocada. Mejor hablar cuando te hayas acostumbrado y hayas aceptado el hecho de que tú y Josette estáis unidas de una forma que nunca imaginaste.

—Ahora mismo, la aceptación está a años luz —dijo Carla—. Tengo demasiadas preguntas que necesitan respuesta.

Joel guardó silencio unos segundos.

—Quizá ayude recordar que los derechos de las mujeres en Francia tardaron mucho en llegar.

No tuvieron el voto hasta 1944; veinte años después que en Inglaterra.

Incluso a finales de los sesenta, las mujeres seguían estando muy a merced de sus familias, sobre todo de sus padres.

Eso significa que, probablemente, a Josette no le dieron muchas opciones sobre su embarazo.

—Eso lo entiendo, pero lo que no me entra en la cabeza es por qué no me dijeron la verdad cuando murieron mis abuelos o cuando yo cumplí dieciocho años.

Antes de que Joel pudiera contestar, Carla se levantó.

—Basta de mis problemas por ahora. Vamos a ver cómo va la cena. Por cierto, ¿has visto hoy al gatito?

Joel señaló hacia el cerezo.

—Le gusta esconderse ahí arriba. Probablemente esté ahora mismo en una rama, fuera de la vista, mirándonos. Desde luego es un chat al que le gusta trepar y ser le roi de todo lo que domina.

— Le roi significa el rey, ¿no? —dijo Carla, pensativa.

Joel la miró, sorprendido.

— Oui.

—Podríamos llamarlo King, pero suena demasiado inglés —dijo Carla—. Aunque creo que el nombre Leroy le va a quedar perfecto. ¿Verdad?

Joel soltó una carcajada.

—¡J’adore tu pronunciación! Leroy será.