Capítulo 21
La mañana en que Sam y Maddy debían llegar, Carla se levantó temprano.
Quería que todo fuera perfecto para la primera visita de Maddy.
Le parecía que la villa estaba quedando muy bien, pero quería comprar flores y un jabón artesanal especial en el puesto del mercado para su dormitorio, además de cosas de ensalada y una baguette para el almuerzo.
Salvo retrasos de vuelo, Maddy había dicho que llegarían sobre las doce y media, entre que atravesaban el área de Llegadas y recogían el coche de alquiler.
Mientras recorría el mercado comprando lo que quería, Carla intentó aplacar el hormigueo de nervios que le recorría por dentro ante la visita de Maddy.
Deseaba con todas sus fuerzas que a Maddy le gustara la villa, su casa nueva, y que se alegrara por ella; que viera lo bien que había hecho en mudarse allí.
Carla compró dos éclairs de café en el puesto de pasteles y tomó un atajo por un callejón cercano hasta la casa de Josette: un deseo repentino de verla había vencido a la necesidad de volver a la villa.
—Tus éclairs de café favoritos —dijo Carla cuando Josette abrió la puerta, enseñándole la caja—. ¿Te apetece un café con ellos?
En el patio, escuchando el zumbido de las abejas alrededor del jazmín, Carla intentó relajarse.
—No me puedo creer lo nerviosa que estoy por este fin de semana —dijo, aceptando la tacita de café que le tendía Josette.
— C’est naturel . La familia es importante para ti.
—¿A qué hora vienes a conocer a Maddy?
Josette negó con la cabeza.
—No tenía pensado ir hoy. —Hizo un gesto para apartar las objeciones de Carla—. Vosotras dos tendréis mucho de lo que hablar. Además, yo también estoy un poco nerviosa por conocer a Maddy en persona por primera vez.
—Ay, Josette, lo siento; se me había olvidado que nunca has visto a Maddy ni a Ed en carne y hueso, solo en fotos. Por favor, ven hoy a la villa a conocer a Maddy.
Josette se encogió de hombros.
—Todo eso ya es agua pasada. —Dudó un instante—. ¿Qué tal si esta noche traes a Maddy y a Sam aquí para tomar unos aperitivos?
—Me encantaría —aceptó Carla en seguida, antes de que Josette cambiara de idea—. ¿Traigo algo?
— Non merci . Solo a mi sobrina nieta y a su novio.
De vuelta en la villa, Carla dejó los jabones que había comprado en el baño y un puñado de bolitas de olor en un jarrón de cristal sobre el tocador del dormitorio.
Abajo, en el salón, colocó los girasoles a los que no se había podido resistir en un gran jarrón de terracota, y los puso a un lado de las puertas acristaladas que daban al jardín, donde el agua de la piscina moteada de luz era un oasis tentador bajo el sol.
La mesa de la terraza estaba puesta para el almuerzo, una botella de rosado en la cubitera, la ensalada en cuencos en la cocina, el queso ya a temperatura ambiente sobre la tabla con su campana, y una selección de embutidos en la nevera.
Carla se agachó para acariciar al gatito, que se le enredaba entre las piernas.
—Hola, gatito. ¿Vas a ser parte del recibimiento también? —dijo, recogiéndolo—. Ojalá te dieras prisa y nos dijeras tu nombre. No puedo seguir llamándote gatito.
El animalito ronroneó mientras ella le rascaba la cabeza, antes de saltar de sus brazos al oír, igual que Carla, la llegada de un coche, y se refugió bajo el plumbago, desde donde podía vigilar a la gente.
—Mamá, esto es una preciosidad —dijo Maddy al bajar del coche y correr a abrazarla—. No me lo imaginaba así. Y tú estás mucho mejor. Muy francesa. Me encanta el conjunto.
—Son solo cosas fresquitas de verano del mercado —dijo Carla—.
Unos capri blancos y una camiseta a rayas son casi de rigueur para vestir de día por aquí.
Sam, qué alegría verte aquí —añadió, abrazándolo también—.
Venga, os enseño todo —dijo, entrando—. Salón, cocina, galería, baño de abajo y dos habitaciones más.
Esta es mi habitación, porque la idea es dejar toda la parte de arriba para los huéspedes.
—Carla se rio—. Parezco una agente inmobiliaria.
—Se me hace raro ver eso aquí —dijo Maddy en voz baja, mirando el cuadro de una escena de mercado provenzal que Carla había colgado en una de las paredes del salón—. Estoy acostumbrada a verlo en el comedor de casa.
Carla asintió.
—Me lo imagino. Al final, papá insistió en que me llevara lo que quisiera pero… —Se encogió de hombros—. Cosas nuevas para un comienzo nuevo, pero ese cuadro siempre me ha encantado. Ahora, arriba. Os he puesto en el dormitorio grande, el que da a la piscina.
—Guau —dijo Maddy cuando Carla abrió la puerta—. Guau.
—Os dejo para que os refresquéis. ¿Almorzamos en la terraza en diez minutos?
Carla se dio la vuelta y bajó para terminar de poner la mesa. Cuando Maddy y Sam bajaron, Carla estaba en su habitación, cogiendo el sombrero de paja.
—¿Has dicho que esto es otro dormitorio? —preguntó Maddy, a punto de abrir la puerta de la habitación de Joel.
—Sí, pero ahí no puedes entrar: es el cuarto de Joel.
Maddy se volvió hacia ella, horrorizada.
—¿Joel?
—Es mi jardinero y el que se encarga de la piscina. Necesitaba un sitio donde quedarse cuando su casero le dio el aviso.
Maddy la miraba con los ojos como platos.
—Josette lo conoce desde hace años, así que no es como si fuera un desconocido que alquila la habitación.
Aunque, al decirlo, Carla se dio cuenta de que no había llegado a hablar del alquiler con Joel. Pero tampoco le había pagado por todo el trabajo extra del jardín y el mantenimiento de la piscina. Hablaría con él después del fin de semana, se dijo, y lo arreglaría.
—De todos modos, es algo temporal, hasta que encuentre otra cosa —añadió—. Venga, vamos a buscar a Sam. Sam, ¿te va bien el vino, o prefieres una cerveza fría?
—El rosado está perfecto. Ah, y tienes un gato —dijo Sam.
—No serás alérgico, ¿no?
Sam negó con la cabeza.
—Entonces te presento al gatito, que necesita un nombre, por si se te ocurre alguno. Joel lo rescató hace un par de semanas. Parece que le gustas —dijo Carla, viendo cómo el gato se acomodaba en el regazo de Sam.
Durante el almuerzo, los tres se pusieron al día, y Carla les habló del aperitivo en casa de Josette esa noche. Cuando Maddy se excusó un momento para ir a por su iPad y enseñarle a Carla unas fotos, Carla se giró hacia Sam.
—Eres una buena influencia para mi hija. Nunca la había visto tan feliz.
—Creo que su padre no lo ve así —dijo Sam—. Apenas me mira cuando nos cruzamos.
—No te preocupes por David. Maddy podría estar saliendo con un príncipe real y él también se pondría a hacer pucheros —dijo Carla—. Siempre ha sido su niña, y está convencido de que sabe qué es lo mejor para ella. Estará bien en cuanto se dé cuenta de lo en serio que se toma Maddy lo vuestro.
Pasaron el resto de la tarde charlando y bañándose en la piscina cuando el calor apretaba demasiado.
—Esto es perfecto —suspiró Maddy—. No me puedo creer que la villa sea de verdad tuya y de la tía abuela Josette.
—¿Entonces estás dispuesta a correr la voz por mí allí en casa? Diles a tus amigos que, si quieren pasar un fin de semana en Villa Mimosa, pueden ser mis conejillos de Indias, quizá más adelante este año o a principios del que viene, cuando esté un poco más organizada, y les haré descuento.
—¡Mamá, te lo van a quitar de las manos con una oferta así!
Carla miró el reloj.
—Hablando de Josette, deberíamos pensar en ducharnos y arreglarnos para ir.
Maddy la miró.
—Mamá, ¿cómo es esa tía abuela desconocida mía? ¿Da tanto miedo como la abuela a veces?
Carla negó con la cabeza y se rio.
—Para nada. Es tan diferente que cuesta creerlo.
Pero no es fácil de conocer. Un momento pienso que nos estamos acercando y al siguiente volvemos a la casilla de salida.
Parece empeñada en mantener una parte de sí misma distante y privada.
Todavía no sé por qué. Así que no esperes un recibimiento efusivo.
***
Una hora después, Carla los guiaba por las murallas en dirección a la casa de Josette.
Con la temperatura rozando todavía los veintinueve grados, era una noche veraniega preciosa, y Carla disfrutó señalando lugares interesantes mientras caminaban.
Al pasar junto al imponente château antiguo que albergaba el museo Picasso, dijo:
—Merece mucho la pena; si no es esta vez, la próxima que vengáis.
Más adelante, antes de girar a la derecha por el carril estrecho que llevaba a la casa de Josette, les señaló otro punto de interés: la casa de las murallas donde había vivido el escritor Paul Gallico.
La puerta de Josette estaba entornada y Carla soltó un alegre «¡Cucú!» al empujarla para abrirla.
—Pasad —gritó Josette desde dentro.
Para alivio de Carla, Josette pareció contenta de verlos: saludó a Carla y a Maddy con un abrazo y una sonrisa, y le dio la mano a Sam.
Viendo a Maddy y a Josette charlar con alegría y empezar, con cautela, a conocerse, Carla se sintió optimista: quizá Josette acabaría relajándose y se convertiría en la tía cariñosa que siempre había querido.
Josette declinó la invitación de volver a la villa con ellos a cenar, pero, cuando se despidieron, admitió que tenía ganas de verlos de nuevo el sábado.
—He pasado años sin hacer caso a mi cumpleaños y, desde luego, nunca esperé celebrarlo con familia otra vez —dijo; la voz se le quebró un poco mientras abrazaba a Carla.
Maddy se quedó callada al volver hacia Villa Mimosa, y Carla la miró.
—¿Estás bien?
—Tenías razón. Josette no se parece en nada a la abuela. Es mucho más fácil hablar con ella. No te da la sensación de que esté juzgándote todo el rato.
Carla la miró, sorprendida.
—Nunca dijiste que te sintieras así. La abuela tenía sus maneras, pero te quería.
—Ya lo sé, pero tengo muchas ganas de conocer bien a la tía Josette.
Cuando volvieron a la villa, Joel estaba en la piscina nadando rápido a crol. Al salir y coger una toalla para secarse, antes de que Carla hiciera las presentaciones, Maddy le susurró a Carla:
—Guau. ¿Quién es ese?
—Joel.
Maddy la miró.
—¿En serio? Cuando dijiste que Joel era tu chico de la piscina, ¡no me lo imaginaba así! Muy bien, mamá.
—Maddy, compórtate. No es eso.
—¿Y por qué no? Quizá debería serlo —dijo Maddy—. Tiene pinta de… majo —terminó, al ver que Joel, sonriendo, se acercaba.
—Es majo —dijo Carla—. Y es un buen amigo. Amigo —repitió, por si acaso—. Sigo siendo una mujer casada.
Aunque, dentro de unas semanas, eso ya no sería verdad: estaría soltera y libre otra vez, y estaba decidida a disfrutarlo.
Los tiempos en que una mujer necesitaba a un hombre para completarse habían quedado atrás.
Aunque tener un amigo íntimo, especial, con quien compartir cosas sería maravilloso, no pensaba ponerse a buscar a nadie adrede.
Si pasaba, pasaba. Si no, disfrutaría de su nueva vida en Francia y trabajaría duro para convertir la villa en una chambre d’hôte de éxito.