La villa del sol y los secretos Capítulo 20
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Capítulo 20

Desde el día en Mónaco con Gordon, Josette se había sorprendido pensando cada vez más en la fotografía como afición, a estas alturas de su vida.

Echaba de menos el subidón de captar la esencia de una escena, de una persona, en la película, y cada vez la atraía más la idea de volver a coger la cámara.

Podía hacer fotos por placer. Pero, desde luego, no selfis con el móvil, como parecía hacer todo el mundo ahora.

Había desempolvado la Nikon; incluso había comprado un par de carretes y había cargado uno en el cuerpo de la cámara, pero de momento no había salido con ella colgada. Aunque lo haría pronto.

Mientras tanto, tenía que revisar los paquetes de fotografías que ella y Carla habían mirado por encima unas semanas atrás.

Quería volver a envolverlos y dejarlos listos para devolvérselos a Carla en su próxima visita.

Era mejor que Carla fuera quien las custodiara.

Apartó el pensamiento: «Podrías llevarlos a la villa y dárselos cuando te dé la gana».

Al abrir uno de los paquetes, vio que la foto de ella y Mario en Le Suquet seguía arriba del todo del montón.

Quizá se quedara esa. Para enmarcarla y ponerla en su dormitorio.

Para soñar con lo que podría haber sido.

No, no haría eso. Aquel sueño se había apagado hacía años.

Josette apartó la foto a un lado. Aun así, buscaría un marco para ella y, sencillamente, guardaría con cariño los recuerdos felices que le despertaba.

Josette fue pasando las fotos con el pulgar, deteniéndose en una de Amelia y Robert de pie frente a la villa, con Carla entre los dos.

Era una que, ahora se daba cuenta, había hecho ella misma en aquella visita fatídica para el funeral de su madre.

Recordó cómo Amelia se había comportado de forma rara durante los tres días y cómo la miraba con una expresión extraña en los ojos.

Cuando estaban a punto de salir hacia el aeropuerto, Amelia la agarró del brazo y le dijo:

—No quiero saber nada más de ti. Mantente alejada de mi familia a partir de ahora.

Josette la miró, atónita.

—Amelia, ¿qué te pasa? ¿Qué he hecho?

—Sabes lo que has hecho y, por lo que a mí respecta, ya no formas parte de mi familia y no quiero verte nunca más.

Y, con eso, Robert la cogió del brazo, le dedicó a Josette una mirada de disculpa y un encogimiento de hombros, y le dijo a Amelia que se metiera en el taxi con Carla.

Al día siguiente, Josette llamó a Robert al trabajo, pero él no fue capaz de darle ningún motivo para aquel comportamiento.

—Lo siento muchísimo, Josette. Intenté hablar con ella anoche, pero dijo que el asunto estaba zanjado y que no quería hablarlo.

—¿Crees que está teniendo otra crisis? ¿Ha vuelto la depresión? —preguntó Josette en voz baja.

—No. Es que se le ha metido en la cabeza algo relacionado contigo de hace tiempo, y está empeñada en que no quiere saber nada más de ti..

Y, desde aquel día, todo contacto con su hermana gemela se detuvo de manera repentina e inexplicable.

Robert, a su pesar, había sido obligado a hacer de intermediario entre las dos siempre que había que hablar de asuntos de Villa Mimosa.

Dolida y desconcertada por el rechazo de su gemela, Josette se volcó en el trabajo y aceptó encargos lejanísimos que, en condiciones normales, habría rechazado.

Sin darse cuenta, se convirtió en una fotógrafa nómada freelance , sin raíces reales e incapaz de asentarse en ningún sitio durante mucho tiempo.

Volver a Antibes hacía poco más de un año, para recuperar por fin su herencia y echar raíces, le había parecido lo correcto entonces, pero ahora ya no estaba tan segura.

El hecho de que Carla viviera ahora en Villa Mimosa lo complicaba todo.

En todos los años que habían alquilado la villa desde que ella y Amelia la heredaron, Josette había evitado entrar, hasta aquel día en que entró con Carla.

A pesar de la decoración más clara, la cocina nueva y los cuartos de baño modernos, el ambiente que la envolvió, sobre todo arriba, era el mismo aire opresivo de hacía medio siglo, y lo recordaba bien.

Y aunque se moría de ganas de ver todo lo que Carla había hecho, no era capaz.

Tenía miedo de que aquel ambiente contaminado se le quedara para siempre pegado a la mente.

Y tampoco le ayudaba el hecho de que el secreto del pasado, ese que había jurado no contarle a nadie, se hubiera puesto a gritarle de forma constante dentro de la cabeza: «Di la verdad por amarga que sea».

—Josette, ¿puedo pasar? —dijo Gordon tras llamar a la puerta.

—Claro, está abierta —contestó Josette.

Empezó a meter las fotos a toda prisa en sus distintos paquetes. Se los entregaría a Carla y, si luego surgían preguntas sobre algunas de las fotos, las respondería con sinceridad.

—Qué sorpresa —dijo ella, al ver a Gordon.

—Me preguntaba si te apetecía dar un paseo y luego tomar un aperitivo en el Billy’s, o cenar si está cocinando.

—Me apetece. ¿Podemos pasar por Villa Mimosa? —preguntó Josette, tomando la decisión de golpe—. Quiero dejarle estas fotos a Carla.

Tener a Gordon a su lado se lo haría más fácil.

—Claro. ¿Hay alguna tuya en ese lote? —preguntó Gordon, mirando el paquete.

—Un par, pero nada que te interese. Son de la familia, sobre todo.

Mientras caminaban por el boulevard Edouard Baudoin, se detuvieron a mirar a una pareja que se preparaba para hacer parasailing .

—Parece divertidísimo —dijo Josette cuando despegaron y empezaron a elevarse por el cielo, detrás de la lancha que los remolcaba—. ¡Ojalá esto hubiera existido cuando yo era joven! Me habría encantado probarlo. —Suspiró—. Ahora ya soy demasiado mayor.

Cinco minutos después, estaban casi en la entrada de la villa.

—Es rarísimo que haya familia viviendo aquí. Solo puedo esperar que Carla haya tomado la decisión correcta y que la casa sea buena con ella —dijo, sin pensar.

—Ya sé que cada casa tiene una atmósfera única y que esta, en particular, te da mal rollo, pero quizá te ayude pensar que no deja de ser un montón de piedras unidas con argamasa, o con lo que usaran para construirla a principios del siglo pasado —dijo Gordon.

—No es solo la casa —suspiró Josette—. Creo que he olvidado cómo se forma parte de una familia. No sé si sabré llevar esta nueva faceta de tía cercana para Carla, y ya ni hablemos de convertirme en la tía abuela de Maddy y Edward. Yo nunca he tenido una tía. ¿Cómo se comportan las tías?

—Con excentricidad —dijo Gordon—. Mi tía favorita era la tía Tilly; odiaba su nombre de verdad, Matilda, y me deleitaba con historias de cuando se escapó para unirse al circo antes de fugarse con el vicario del pueblo. Contaba historias estupendas.

Josette se rio.

—¿Ves? Ya te decía que ni idea. No sirvo para ser una tía excéntrica. No puedo competir con ese tipo de historial.

Gordon se detuvo y, apoyándole las manos en los hombros, la giró para mirarla.

—No es una competición. Sé tú misma. Has tenido una vida interesante, y sé que Carla ya te tiene muchísimo cariño.

—La villa está llena de fantasmas para mí —dijo Josette, negando con la cabeza.

—Con Carla, la villa ha entrado en una nueva era. Tienes que olvidar el pasado y vivir el momento. Te sorprendería lo fácil que puede llegar a ser eso con la práctica.

—En mi caso va a hacer falta una barbaridad de práctica.

—Probablemente, pero tienes que intentarlo. Vamos, deja esas fotos.

Carla estaba sentada en la terraza cuando llegaron y se levantó de un salto con una sonrisa de bienvenida.

—Josette. Por fin has venido. Voy a hacer café, pero antes hay alguien en la cocina a quien tienes que conocer.

Josette notó la mano de Gordon, ligera, en la espalda, guiándola hacia delante mientras ella dudaba antes de seguir a Carla hasta la cocina.

El gatito, dormido en el cómodo iglú que Carla le había comprado, abrió los ojos al oír voces, bostezó, se estiró y se acercó a Josette, que, tras dejar el paquete de fotos sobre la mesa, lo recogió con una sonrisa.

—Hola, tú. Hace mucho que no había un gato aquí. El último se llamaba… Star, creo. ¿Y tú cómo te llamas, pequeñín?

—Todavía no tiene nombre. Joel dice que el nombre adecuado ya llegará —dijo Carla mientras echaba café en la cafetière —. Por ahora no tiene, así que se aceptan sugerencias.

—Estoy de acuerdo con Joel —respondió Josette—. El gato te dirá cómo quiere llamarse.

—Eres igual de mala que Joel —dijo Carla—. A este paso acabará llamándose Gato. ¿Ese es el paquete de fotos que traje la otra vez?

Josette asintió.

—He pensado que mejor que las tengas aquí.

—Maddy no llegó a verlas, así que será divertido repasarlas con ella, sobre todo ahora que me has dicho quién es alguna gente. —Carla miró a Josette antes de dirigirse a Gordon—. El sábado que viene me gustaría que fuéramos a Cannes a comer todos juntos; ¿os apetece venir?

—¿Qué celebráis el sábado…? —La voz de Josette se apagó al darse cuenta de qué fecha sería—. Ay, no, no, no. Yo no suelo hacer nada por mi cumpleaños.

—Lo siento, pero este año empieza una tradición nueva y lo vas a celebrar sí o sí —dijo Carla—. Sin discusión.