Capítulo 19
Las ocho de la tarde y Carla flotaba boca arriba en la piscina, relajándose, después de haber nadado quince largos.
Llevaba quince días viviendo en la villa y empezaba a sentirse cada vez más a gusto en su nueva casa.
La semana pasada, una furgoneta le había entregado las pocas piezas de mobiliario que le había dicho a David que quería del hogar conyugal, además del resto de su ropa y otras cosas personales.
En un raro arranque de generosidad, David le había dicho que se llevara también lo que quisiera de la cocina, salvo la cafetera, así que lo hizo.
Todas sus cosas favoritas —la amasadora, las ollas de cobre, los moldes para tartas, la máquina de pasta y un montón de utensilios pequeños— estaban ya instaladas en su cocina nueva.
Junto a una cafetera nueva, de grano a taza.
Disfrutaba usándolo todo en su nueva aventura.
Su rutina diaria en Francia era muy distinta de la vida que había dejado atrás en Inglaterra.
Comprar en el mercado, descubrir nuevas tiendas, pasear por el bord de mer , nadar cada día.
Poco a poco, también iba conociendo gente: los vecinos de un lado le habían dejado una tarjeta de bienvenida en el buzón con una invitación para tomar un aperitivo cuando se hubiera instalado.
La única decepción, por ahora, era que no había encontrado ningún cursillo de francés al que apuntarse.
Aunque tampoco es que lo hubiera intentado con demasiado empeño: tenía tantísimo que hacer.
Aún faltaban varios muebles en dos de los dormitorios de arriba y en el salón, pero poco a poco iba encontrando lo que necesitaba, ya fuera en tiendas de la zona o pidiéndolo por internet.
Y, gracias a que Joel le habló de uno cercano, el domingo anterior había descubierto el placer del equivalente francés a los mercadillos de segunda mano, los vide-greniers , en Golfe-Juan.
Por su culpa —o gracias a él—, la terraza contaba ahora con una gran mesa blanca de hierro forjado y seis sillas con cojines cómodos.
Al principio había sido extraño vivir en la casa y compartir la cocina con Joel.
Vidas separadas bajo el mismo techo: exactamente el arreglo que ella le había propuesto a David.
Carla dudaba que con él hubiera funcionado tan bien, pero con Joel sí, seguramente porque nunca habían sido pareja y, en efecto, llevaban vidas separadas.
Era un buen compañero de casa y Carla ya sabía que lo echaría de menos cuando encontrara su propio sitio y se mudara.
David había llamado una vez para decirle que había aceptado todo en el bufete y que el divorcio ya estaba en marcha sin objeciones por su parte. La conversación había sido tensa y breve, pero al menos habían sido civilizados.
Maddy había hecho varias videollamadas por Skype, y ella y Sam vendrían el fin de semana siguiente durante unos días.
Maddy, que nunca había conocido a su tía abuela Josette, sonaba emocionada: decía que tenía ganas de conocer por fin a la hermana de la abuela.
Carla dudaba que Josette sintiera lo mismo.
La reacción de Josette cuando Carla le contó que Maddy y Sam iban a venir de visita había sido claramente poco entusiasta ante la idea.
Josette se había mostrado insegura, incluso preocupada, ante la perspectiva de conocer a Maddy por primera vez, algo quizá comprensible.
No era como si Maddy fuera un bebé para ir pasándolo de mano en mano y recibir arrumacos. Eso debería haber pasado hacía años.
Dándose la vuelta, Carla nadó hacia los escalones de la piscina.
Salió y se envolvió en una toalla grande.
Sus pensamientos fueron hacia Josette. El propio sueño de Carla, el de conocer por fin a su tía y pasar tiempo con ella, no estaba cuajando.
Desde que se había mudado a la villa, tenía la sensación de que Josette se había retraído, levantando a propósito barreras entre las dos.
Carla estaba deseando enseñarle lo distinta que estaba ahora la casa.
Varias veces la había invitado a comer, a tomar un café e incluso a darse un baño ahora que hacía tanto calor, y Josette lo había rechazado todo sin una razón clara, al menos a ojos de Carla.
Por otro lado, Josette parecía siempre contenta de verla cuando Carla se pasaba por su casa, y se sentaba sin problema a tomar un café o una copa fresca de rosado con ella, o a dar un paseo por las murallas.
Carla empezaba a sospechar que el problema era la propia villa.
Sabiendo que Josette había planeado venderla y que solo a regañadientes aceptó alquilársela, Carla se convencía cada vez más de que el verdadero problema eran los recuerdos de Josette, que le impedían crear otros nuevos, más felices.
Había que hacer algo. El qué exactamente, Carla aún no lo había averiguado.
Sería el cumpleaños de Amelia y Josette el fin de semana en que llegaran Maddy y Sam, el primero desde que Amelia había muerto. No era un día que Carla estuviera esperando con ganas. Quizá celebrarlo con Josette, invitando a todos a comer fuera, ayudaría a suavizar las cosas.
Después de ducharse y ponerse un vestido de algodón, Carla sacó a la terraza una botella de vino, una bolsa de patatas fritas y dos copas.
Joel todavía no había vuelto, pero siempre se apuntaba encantado a una copita nocturna.
De hecho, aquello de sentarse en la terraza por la noche se estaba convirtiendo en un ritual para los dos.
Los murciélagos revoloteaban alrededor del seto del fondo del jardín, en la penumbra, cuando Carla oyó abrirse las puertas. Sonrió al ver a Joel aparecer por el sendero lateral. Un Joel que no le devolvió la sonrisa de inmediato y que claramente estaba alterado por algo.
—¿Estás bien? —preguntó Carla—. ¿Ha pasado algo?
Él asintió.
—Yo estoy bien, pero… Estoy trabajando por la zona del Cap.
Estamos varios arreglando un jardín para un multimillonario ruso.
—Hizo una pausa—. Uno de los jardineros encontró a este pequeñín aterrorizado debajo de un seto.
Dice que a la madre la atropellaron allí arriba hace un par de días.
Y dijo que, si yo no me lo llevaba, se desharía de él como de los demás que encontró ayer.
No podía permitirlo. —Mientras hablaba, Joel metió la mano con cuidado en el bolsillo de su chaleco y sacó un gatito marrón y crema de ojos muy abiertos—. Espero que te gusten los gatitos.
Carla extendió las manos.
—Ay, pobrecito… —El gatito se acomodó en sus palmas cuando ella se lo apretó contra el pecho—. Está en los huesos. Tiene que estar muerto de hambre.
—Si no quieres quedártelo, mañana lo llevo al refugio —dijo Joel.
—No, no lo vas a llevar. Es solo un bebé. Hace mucho que no tenía un gato: mi marido era alérgico. Encantadísima de darle un hogar para siempre a este pequeñín.
Joel esbozó una sonrisa.
—Esperaba que dijeras eso. He parado en el veterinario y en el súper de camino a casa y he comprado comida y otras cosas.
—Pues venga, vamos a meterle comida y agua en el cuerpo y a instalarlo en la cocina esta noche —dijo Carla.
Veinte minutos después, el gatito, ya comido y bebido, y tras recibir un sinfín de mimos de Carla, estaba feliz, acurrucado en una cajita de cartón que Joel había forrado con una de sus camisas viejas de trabajo.
En la terraza, Carla sirvió el resto del vino en la copa de Joel, mientras él acababa en un momento con la bolsa de patatas fritas.
—¿Cómo lo vamos a llamar? —preguntó Carla—. ¿Se te ocurre algo?
Joel negó con la cabeza.
—El nombre perfecto se anunciará solo cuando se instale y nos conozca. De verdad —dijo, riéndose ante la expresión incrédula de Carla—. Ya lo verás.