Capítulo 13 #2
Tras cerrar la puerta principal con llave, Josette bajó despacio los escalones curvos de la entrada.
Mientras esperaba a que Carla saliera, quitó con la mente abstraída unas hojas secas de los geranios.
Si Carla iba en serio con lo de implicarse y ayudarla, quizá no debería insistir en vender.
A diferencia de Amelia, Carla seguro que aceptaría que el dinero del alquiler estuviera disponible y no retenido en el banco, así que por fin podría tener ingresos de la villa, lo que le facilitaría mucho la vida.
Pero ¿podía soportar volver a estar más ligada a la villa?
Al oír los pasos de Carla rodeando el lateral de la casa, Josette se irguió y sonrió..
—Todo cerrado —dijo.
—Se me ha ocurrido una cosa —dijo Carla—.
Dos, en realidad. La primera es… ¿qué te parecería esparcir a mamá en la parte salvaje, con las rosas y las margaritas, alrededor de la caseta de la piscina?
Sé que no era muy jardinera, pero es muy bonito por ahí.
¿Crees que le gustaría volver al jardín de la casa donde creció?
Josette la miró, sin palabras. Más allá de si a Amelia le gustaría o no, ella, Josette, tendría que pensar seriamente en tener a su hermana gemela esparcida en el jardín de la villa donde las vidas de ambas habían quedado destrozadas para siempre.
¿De verdad querría Amelia acabar aquí? Josette pensó que no.
Pero ¿cómo explicárselo a Carla con un motivo razonable? No había manera de contarle la verdad.
—Creo que tenemos que cerrar la verja principal mientras la villa esté vacía —dijo en su lugar, abriendo la puertecita del panel empotrado en el interior del pilar de la entrada y pulsando un botón.
De pie en la acera, viendo cómo las puertas eléctricas se juntaban y se cerraban con un golpe metálico, Josette sabía que Carla esperaba su opinión sobre la idea de esparcir las cenizas de Amelia detrás de la caseta de la piscina.
Pero Josette no habló hasta que iban por las murallas y casi habían regresado a su casa. Y entonces no mencionó las cenizas.
—Si aún quieres conservar la villa y alquilarla, lo haremos —dijo Josette—.
Pero no puedes hacer lo mismo que Amelia y dejármelo todo a mí.
Tendrás que venir con regularidad. El dinero del alquiler se tendrá que dividir a partes iguales entre nosotras dos y la cuenta de mantenimiento.
Nada de prohibiciones absurdas de acceso.
—Al ver que Carla no respondía, Josette la miró—.
Seguir alquilando la villa era lo que querías.
¿O has cambiado de idea y ahora quieres venderla?
Carla negó con la cabeza.
—No, no quiero vender, pero sí quiero hablar contigo antes de decidir qué hacemos. Tú vuelve a la casa. Yo voy a comprar uno de esos pollos asados de la tienda del mercado, una baguette y una botella de vino. Esta noche vamos a tener una discusión familiar sobre mi segunda idea.
Y Carla se giró y se alejó con paso rápido en dirección al mercado.
Mientras Josette esperaba en la casa, calentando unos platos, colocando cuchillos, tenedores y copas en la mesa del patio, la expresión «discusión familiar» le daba vueltas en la cabeza. Hacía muchísimos años que no participaba en una discusión familiar.
¿Y cómo iba a disuadir a Carla de esparcir las cenizas de Amelia junto a la caseta de la piscina o en cualquier parte del jardín de Villa Mimosa?
Aún estaba buscando un motivo para decir que no cuando Carla volvió con la comida.
En cuestión de minutos, estaban las dos comiendo aquella cena deliciosa.
Carla cogió la copa con un suspiro y bebió.
—La comida sabe distinto aquí, no sé por qué. —Dejó la copa y dijo—: Bueno. Hora de la discusión familiar.
—Hace mucho que no tengo una de esas —admitió Josette—. Además, si ya he aceptado no vender Villa Mimosa, supongo que lo único que tenemos que hablar es de los nuevos acuerdos… y de encontrar nuevos inquilinos, claro.
—Estoy muy contenta de que te hayas abierto a la idea de que conservemos la villa en la familia, tía Josette, pero…
—Carla la miró—. ¿Conoces la expresión «se me ha encendido una bombilla»?
—Cuando Josette asintió, Carla continuó—: Sabes que mi vida ahora mismo está bastante patas arriba y ya he tenido que tomar decisiones que me cambian la vida.
He visto muchas casas últimamente y no he encontrado ni una sola en la que pudiera imaginarme viviendo.
En cuanto entré en la villa me encantó y supe que podría vivir allí feliz.
Ahí fue cuando «se me encendió la bombilla».
Me voy a mudar a Francia… y me gustaría vivir en Villa Mimosa.
Josette la miró fijamente.
—Pero es demasiado grande para una sola persona.
—Con el tiempo me gustaría llevar la villa como chambre d’hôte . O un bed and breakfast al estilo británico. Me encanta cocinar y esa cocina me está llamando. Así que… ¿qué te parece?
Carla jugueteó con la copa, nerviosa.
—Puedo alquilarte tu mitad o comprártela. Con el dinero de la casa de mamá debería bastar para eso. En cualquiera de los dos casos, tendrías un ingreso asegurado. Y la villa seguiría en la familia. Para mí eso es importante —añadió en voz baja.
Josette le tendió la copa vacía.
—Tengo que pensar… y para eso necesito otra copa, por favor.