Capítulo 13
Carla arrastró la maleta por la calle antigua hacia el chalet de Josette, pasando junto al mismo perro collie dormido en un portal. Arriba, el sol brillaba en un cielo azul sin una nube y Carla sentía el sudor deslizándose por la espalda.
Josette respondió a su llamada a la puerta de inmediato con un:
—Entra, está abierto.
Y, en cuanto Carla entró, la envolvió en un abrazo.
—Gordon y yo acabamos de terminar de comer. ¿Te acuerdas de mi amigo Gordon? ¿Quieres algo de comer? —preguntó Josette.
—Me he tomado un sándwich en el avión, pero me vendría bien una copa de rosado frío —dijo Carla—. Pero antes, ¿puedo cambiarme a algo más fresco? No me puedo creer el calor que hace aquí.
Cinco minutos después, se había puesto su vestido de verano favorito y estaba sentada bajo la sombra de la sombrilla en el patio, bebiendo una copa de vino.
—Ah, qué bien se está aquí.
Gordon se levantó.
—Lo siento, señoras, me tengo que ir. Tengo una cita con un caballo en Cagnes-sur-Mer. Deseadme suerte. Os veo a las dos mañana por la noche. No te levantes, ya salgo solo —le dijo a Josette, mientras llevaba su copa vacía a la cocina.
—Nos han invitado a una fiesta de Primero de Mayo a bordo de un barco amarrado en el puerto deportivo. Una amiga de Gordon —explicó Josette cuando Carla la miró con curiosidad—. Nos divertiremos. ¿Qué tal las cosas en casa?
Carla torció el gesto.
—Mal. Me alegro de haberme escapado. David no está contento con el arreglo de que vivamos vidas separadas en la misma casa.
—A ti tampoco tiene que resultarte fácil —dijo Josette—. ¿Te apetece dar una vuelta hasta Villa Mimosa esta tarde?
—Cómo no; estoy deseando verla por dentro. A ver si la reconozco después de tantos años. ¿Cuándo tenemos la cita con el notario?
—Ah…, espero que no estés pensando en volver corriendo a casa. Al final no pudo encajarnos hasta el miércoles por la tarde de la semana que viene.
Josette no añadió que había rechazado la posibilidad de una cita a primera hora de la mañana, sospechando que Carla sentiría que debía volverse a casa poco después, y a Josette le parecía un desperdicio de billete de avión.
—No tengo prisa por ir a ninguna parte. Ahora mismo me da igual si la reunión se hubiese pospuesto hasta el mes que viene —dijo Carla—. Estoy feliz de estar aquí. Lejos del ambiente de casa. Y de tener que tomar decisiones importantes cuando no estoy segura de nada.
—Tan mal, ¿eh?
—David no cree que debamos divorciarnos.
Parece pensar que, si me presta más atención y es superamable conmigo, lo perdonaré y el matrimonio se salvará.
Cuando le conté lo de Villa Mimosa, lo primero que hizo fue ponerse a especular con qué podríamos hacer con el dinero.
—Carla meneó la cabeza—. Mi abogado ya me ha dicho que cualquier activo que yo tenga por separado tendrá que dividirse entre los dos, salvo que acordemos liquidarlo de otra manera.
Al parecer, eso incluye el dinero de la casa de mamá y también la villa.
—Entonces, ¿te convendría más que siguiéramos alquilándola? —preguntó Josette.
—Sí, eso creo. Sé que mamá te lo dejó todo a ti para que lo llevaras a través de la agencia, pero yo no haría eso.
Vendría con regularidad y, si me llamaras para decirme que me necesitas aquí, me cogería un avión.
—Carla la miró—. Hay otra cosa para la que necesito tu consejo y, quizá, tu ayuda.
Pero entenderé si no quieres tener nada que ver con lo que voy a pedirte.
—Qué mal suena eso.
—Son las cenizas de mamá. No sé qué hacer con ellas. A Maddy tampoco se le ocurre ningún sitio para esparcirlas. Pensé que quizá tú tuvieras alguna sugerencia. Algún lugar de aquí que le gustara a mamá.
Josette se quedó callada tanto tiempo que Carla pensó que la había molestado con la petición.
—No te preocupes, tía Josette. Solo era una idea. Sé que mamá no siempre fue feliz viviendo en Inglaterra; la oí reprocharle a papá muchas veces por haberla hecho irse de Francia, pero seguro que al final encontraré el lugar perfecto.
—¿Las has traído? Las cenizas —preguntó Josette, con un temblor claro en la voz.
Carla asintió.
—Están arriba, en la maleta.
¿Iba Josette a llorar al pensar que las cenizas de su hermana muerta estaban arriba?
—Ay, madre… Amelia juró que antes muerta que ella y yo volviéramos a estar en la misma casa. Semble avoir raison . —Josette tragó haciendo ruido.
—Lo siento. No quería alterarte —dijo Carla, antes de darse cuenta de que Josette no estaba llorando: intentaba contener la risa.
—No estoy alterada. Es que es muy irónico después de tantos años.
Josette se terminó el vino y se levantó.
—Vamos, te enseño la villa. Ya pensaré luego en lo de las cenizas.
Veinte minutos después, Josette abrió la puerta principal de la villa y Carla la siguió al interior del amplio recibidor con suelo de baldosas de terracota y paredes amarillo pálido.
—Realicatamos toda la planta baja hace unos quince años —dijo Josette—. La cocina y el baño se renovaron hace unos cinco. A los inquilinos se les permitía decorar a su gusto, pero sin cambios estructurales. La familia que acaba de irse estuvo aquí tres años.
«Y es la primera vez que pongo un pie aquí en cuarenta años», pensó Josette. En cambio, dijo en voz alta:
—Será interesante ver los cambios.
Carla la miró, sorprendida.
—¿No viniste a verlos cuando se hicieron?
—La agencia de alquiler se ha encargado siempre de todo. Amelia estaba en Inglaterra y yo no estaba nunca aquí. Era más fácil.
Josette se encogió de hombros.
—Desde que he vuelto, he estado un par de veces en el jardín para hablar con Joël, pero no he entrado en la casa.
La cocina, a la izquierda de la puerta principal, era enorme: en el centro había una gran mesa de tablones de roble que podía sentar con facilidad a doce personas; las encimeras de granito coronaban muebles pálidos de aspecto envejecido, y las estanterías abiertas a juego recorrían la pared por encima.
Una gran cocina verde La Cornue ocupaba una pared, y un frigorífico enorme de estilo americano estaba junto a la ventana.
—La cocina la recuerdo un poco como un batiburrillo de aparadores y armarios, más pequeña. Y más oscura —dijo Carla.
Josette asintió.
—Lo era. Y las comidas que salían de aquí también eran un poco… particulares. Ahora es preciosa.
El salón, que daba a la terraza trasera, tenía dos sofás de cuero rojo que parecían cómodos y una chimenea de leña encastrada.
—No sabía que la villa se alquilaba amueblada —dijo Carla.
—La agencia sugirió que pusiéramos muebles suficientes para que contara como alquiler amueblado —dijo Josette—.
Al parecer, si la cosa se tuerce, es más fácil sacar a la gente de un alojamiento amueblado que de uno sin amueblar.
Solo dos de los dormitorios tienen camas y no pusimos muebles de terraza ni de invernadero, así que ahora se ve todo bastante desnudo.
Carla abrió una puerta en la esquina izquierda del salón y entró en un pasillo estrecho que conducía a dos habitaciones vacías con un baño entre ambas.
—No puedo creer lo grande que es —dijo—. ¿Cuántas habitaciones hay arriba?
—Ahora hay tres dormitorios, todos con baño interior, y una habitación más pequeña que se usa como despacho.
—La casa da una sensación estupenda —dijo Carla mientras subían la escalera de madera sin alfombra—. Ojalá encontrara algo la mitad de bonito para comprar en casa. ¿Cuál era tu dormitorio? ¿Lo compartías con mamá? —preguntó al entrar en la primera habitación que encontraron.
La pregunta inesperada pilló a Josette por sorpresa.
—Compartimos este dormitorio delantero hasta…, no sé, los diecinueve, supongo. Luego Amelia se fue al dormitorio de atrás hasta que se casó —contestó, abriendo las puertas francesas y saliendo al pequeño balcón.
—Me encanta que desde aquí se vea el mar —dijo Carla, uniéndose a ella—. Los abuelos debían perderse por aquí después de que os fuerais las dos.
Josette se encogió de hombros.
—Básicamente cerraron las habitaciones que no usaban y vivieron abajo durante años.
—¿Y por cuánto se alquila hoy en día? —preguntó Carla.
—Unos 2.300 euros al mes en un contrato anual. Si lo alquiláramos como vacacional, sacaríamos eso por semana en temporada. Más en agosto —dijo Josette. Se encogió de hombros—. Demasiado trabajo.
Se giró para volver dentro. Aunque el dormitorio se había modificado para hacer el baño interior, la vista desde el balcón era la misma y los recuerdos le inundaban la cabeza. Recuerdos indeseados y dolorosos que no necesitaba.
De vuelta abajo, Josette abrió una de las puertas francesas que daban al jardín y se quedó en la terraza mirando la piscina y el jardín, inspirando hondo varias veces, intentando expulsar la oleada de emociones que la estaba sacudiendo.
—Mantener un jardín así de bonito con este calor constante tiene que ser difícil. Tu Joël hace un trabajo estupendo —dijo Carla pensativa, saliendo a mirar alrededor—. ¿Cuánto tiempo lleva la casa en la familia?
—Unos cien años. Tu tatarabuelo la hizo construir en el periodo de entreguerras.
—Así que siempre ha sido de la familia. Qué pena que venderla signifique que yo sea la última generación —dijo Carla, inclinándose para oler una de las rosas blancas trepadoras junto a la caseta de la piscina.
La zona tras la caseta era silvestre y, además de las rosas, crecían margaritas y girasoles al libre albedrío, proporcionando néctar a la enorme cantidad de abejas que zumbaban alrededor.
—Si ya has visto suficiente, cierro —dijo Josette, dándose la vuelta e ignorando el mensaje claro tras las palabras de Carla—. Te veo en la puerta principal en cinco minutos.
Dejó a Carla en el jardín y cerró la puerta francesa con llave, antes de caminar despacio por la casa hasta la cocina.
Carla tenía razón. Hoy en día la villa sí daba buena sensación, al menos abajo, casi parecía acogedora incluso para ella.
Las malas vibraciones, aunque amortiguadas, seguían agazapadas en el aire de la planta de arriba.