La villa del sol y los secretos Capítulo 12
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Capítulo 12

La semana siguiente, salvo por un par de visitas a casas con el agente inmobiliario, Carla se metió en una rutina deprimente parecida a la que había llevado antes de irse a Francia.

No obstante, sí consiguió encajar un par de horas para echarle una mano a Mavis una tarde en la tienda benéfica, algo que disfrutó.

El abogado también reaccionó con cautela cuando ella mencionó sus planes.

—Irse de la vivienda conyugal antes de llegar a un acuerdo nunca es buena idea.

De vuelta a casa, tras otra visita decepcionante, pensó en el día siguiente, cuando David debía regresar.

Incluso con seis horas de carretera por delante, era poco probable que saliera antes de las diez, así que, con suerte, no llegaría hasta media tarde y ella no tendría que enfrentarse a él hasta entonces.

Entró rápido en el camino y estuvo a punto de empotrarse contra el coche aparcado delante del garaje; dio un frenazo y se detuvo a un milímetro del parachoques. David ya estaba en casa.

Seguía al volante, temblando y luchando contra el impulso de dar marcha atrás y largarse, cuando David apareció y abrió la puerta del conductor. Carla apagó el motor, echó el freno de mano y se bajó.

—He querido volver antes y darte una sorpresa —dijo David.

—Desde luego que me la has dado, y casi te llevas de regalo una abolladura sorpresa en el coche —dijo Carla—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

—Un minuto, más o menos. Pensaba que estarías aquí y podríamos pasar un rato juntos. Ni siquiera he sacado las cosas del coche.

David abrió la puerta trasera de su coche y sacó la maleta.

—¿Dónde has estado?

—Viendo una casa.

—¿Qué tal? —preguntó David, claramente intentando, y no consiguiendo, sonar interesado.

Carla negó con la cabeza.

—La casa podría estar bien, pero me dio la sensación de que los vecinos podrían ser un problema. Muchos perros. —Cerró el coche y siguió a David al interior—. Voy a hacer una taza de té. ¿Quieres una?

—Gracias. Subo un momento mis cosas.

Cuando bajó, miró a Carla.

—No has dormido en nuestra habitación.

Carla, mientras vertía el agua hirviendo en la tetera, no respondió. Aún no estaba lista para esa conversación. En su lugar, dijo:

—¿Por qué te fuiste antes del congreso?

David se encogió de hombros.

—Ya había hecho lo mío y el último día de estas cosas siempre es un poco decepcionante. Prefiero estar en casa. Contigo —añadió—. He pensado que podía sacarte a cenar esta noche.

Carla inspiró hondo. Todavía quedaba en la nevera mucha comida de la que David había traído. Salir a cenar con él no entraba en sus planes.

—Prefiero cenar aquí. Necesito hablar contigo y será más fácil hablar aquí.

Sería mezquino no preparar una cena para los dos. Cruzó y abrió la nevera.

—¿Qué te parece si hago filetes y patatas salteadas con una ensalada?

—La comida suena genial; lo de la charla, no tanto —dijo David—. Yo esperaba que tú… —No terminó la frase al ver la mirada de Carla—. Vale. Voy a abrir una botella de tinto para que respire y mientras me meto un momento en la ducha.

Antes de empezar a preparar la cena, Carla abrió el iPad y se puso a hacer una lista de las cosas que tenía que recordar decirle a David. Era importante que él entendiera exactamente desde dónde hablaba ella. Cuando estuvo segura de que no se dejaba nada, guardó la nota y lo apagó.

Cuando David volvió a bajar, la ensalada estaba lista, las patatas se cocían para luego saltearlas en los jugos del filete, las setas y cebollas salteadas se mantenían calientes en el horno a baja temperatura y los filetes estaban sazonados y preparados para caer en la sartén bien caliente.

David sirvió dos copas de tinto y le entregó una a Carla.

—Salud. Qué bien se está en casa.

Carla chocó su copa con la de él en silencio y volvió al fogón.

Diez minutos después, cuando los dos estaban sentados a la mesa de la cocina con la cena delante, Carla habló.

—David, lo siento, pero no me voy a ir, como dije que haría.

—Yo no lo siento. Me alegro de que te quedes. Ya verás, lo arreglaremos —dijo David, alargando la mano para cogerle la suya.

Y suspiró cuando ella la apartó.

—No, David, no me quedo para «arreglarlo» contigo.

Me quedo por dos razones. La primera es que mi abogado me ha aconsejado quedarme hasta que lleguemos a un acuerdo económico.

La segunda es que mudarme al número 29 no es práctico y todavía no tengo adónde ir.

—Respiró hondo—. Hoy en día, por razones económicas, mucha gente tiene que seguir viviendo en la misma casa cuando su matrimonio fracasa, así que no somos los únicos.

Al menos tenemos suerte en una cosa: sabemos que no será para siempre; probablemente no más de tres meses, seis como máximo.

En cuanto se venda la casa de mamá, me apartaré de tu vida.

—¿Eso es suerte?

Carla ignoró el comentario.

—Pero sí tenemos que hablar de unas cuantas normas básicas para llevar vidas separadas dentro de la misma casa. He ocupado el cuarto de invitados, como sabes, y usaré el baño familiar. Me encargaré de la limpieza necesaria para ambos. El dormitorio principal y el baño interior son cosa tuya.

Levantó la mano cuando David fue a hablar.

—Déjame terminar. No voy a hacerte la colada, ni cocinar, ni hacer la compra por ti, así que tendrás que apañártelas. Vaciaré una balda de la nevera para mi comida. Y, por último, procuraré mantenerme fuera de tu camino todo lo posible. ¿Quieres añadir algo a la lista?

David suspiró.

—Pareces empeñada en acabar con nuestro matrimonio sin darme la oportunidad de demostrar lo arrepentido que estoy. Otras parejas sobreviven a la infidelidad.

—Durante años he ignorado, de forma estúpida, tus infidelidades.

Si esta fuera la primera vez que me engañas y prometieras que no volvería a pasar, quizá habría considerado quedarme —dijo Carla—.

Pero los dos sabemos que no es la primera vez y sabemos que, dentro de seis meses, un año, lo más probable es que conozcas a otra que te guste y todo vuelva a empezar.

Lo siento, pero no quiero quedarme esperando a que ocurra; merezco algo mejor.

En el silencio que siguió, Carla continuó comiendo, aunque se le había ido el apetito y le costaba tragar. David parecía preferir beber el vino tinto a comer; empujaba la comida por el plato. Cuando Carla se levantó para meter sus cosas en el lavavajillas, David apartó el plato y se puso de pie.

—Voy a ver el canal de deportes —dijo, y se sirvió en la copa lo que quedaba de vino.

—Esto llegó para ti mientras estabas fuera —dijo Carla, cogiendo del aparador el sobre grande blanco con el nombre de su despacho de abogados y el matasellos, y se lo tendió a David.

Por la expresión de su cara, David comprendió lo que era. Lo tomó sin decir palabra y salió de la cocina.

Carla se dejó caer en la silla, agotada. Había sido más difícil de lo que esperaba y, por poco receptivo que hubiera estado David, sabía que existía la posibilidad real de que le hiciera la vida imposible antes que dejarla marcharse.

Sonó su móvil. Con desgana lo cogió y miró la pantalla. Y, al instante, se puso alerta.

—Tía Josette. Ça va ?

— Oui, merci . El notario tiene los papeles listos para firmar. ¿Puedes venir pronto? Los inquilinos dejaron la villa ayer, así que podrás ver el interior cuando vengas.

—Reservaré un vuelo para principios de la semana que viene. ¿Puedo volver a quedarme contigo o reservo una habitación en algún sitio?

—Claro que puedes quedarte aquí —dijo Josette—. Tenemos mucho que hablar. Dime los datos del vuelo y reservaré cita con el notario . À bientôt.

Carla sonrió al dejar el móvil sobre la mesa. Un breve respiro de vivir en la misma casa que David. La sonrisa se le apagó al darse cuenta de que aún no le había dicho nada sobre haber heredado la mitad de Villa Mimosa.