La villa del sol y los secretos Capítulo 11
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Capítulo 11

Carla esperó hasta la hora de comer del día que David se iba a Cumbria para volver a casa. Soltó un suspiro de alivio al ver que no había rastro del coche de él cuando entró en el camino y aparcó.

Subió la maleta al piso de arriba e ignoró la puerta abierta del dormitorio principal con la cama de matrimonio que había compartido con David; en su lugar, abrió la del cuarto de invitados. Dormiría allí esa semana.

Dejó el deshacer la maleta para más tarde, bajó a la cocina y encendió la cafetera.

Mientras se calentaba, abrió la nevera. No hacía falta ir a comprar comida: las baldas estaban llenas; había más de lo que podía comer en una semana.

¿Estaba David intentando atraerla de vuelta?

Bueno, si creía que unos cuantos paquetes de sus comidas favoritas, por no hablar de las botellas de vino del botellero, la harían cambiar de idea, se equivocaba.

Encendió la radio y Classic FM llenó la cocina con una pieza de piano de Chopin que reconocía, pero no sabía nombrar. Se sirvió una taza de café y pasó al salón. David, por lo visto, se había esforzado por mantenerlo ordenado. Una nota estaba apoyada contra un gran jarrón de rosas rojas:

Bienvenida a casa. Nos vemos en una semana. Te quiero.

Besos, David

Carla arrugó la nota y volvió a la cocina para tirarla a la basura.

En algún lugar del fondo de su bolso sonó el móvil. Con cuidado, sacó la urna y la dejó sobre la mesa de la cocina antes de rebuscar el teléfono. Maddy.

—¿Cómo estás, mamá?

—Bien. Me estoy tomando un café antes de ponerme a ordenar mis cosas. Papá me ha dejado la nevera llena de comida… ¿Te apetece venir a comer aquí el domingo?

—¿Podemos hacerlo como una cena temprana? ¿Sobre las seis, más o menos? ¿Y puedo traer a un amigo?

—Claro.

—Tengo que colgar, mamá. Nos vemos el domingo.

Y la llamada se cortó, sin darle a Carla la opción de preguntar qué amigo.

Volvió a guardar el móvil en el bolso y llevó la urna hasta el alféizar de la ventana de la cocina.

No le había gustado dejarla en el número 29 la última vez por si volvía a olvidarse de ella.

Tal vez Maddy tuviera alguna idea de dónde podrían esparcir las cenizas.

Lo mencionaría el domingo… dependiendo, claro, de a quién trajera Maddy.

Bien, manos a la obra. Solo tenía una semana para ordenar sus pertenencias. Con determinación, subió de nuevo. Empezaría vaciando el armario, la cómoda y los cajones.

Dos horas después, en el cuarto pequeño, había tres montones: conservar, donar a la tienda benéfica y tirar. Al día siguiente buscaría un par de maletas para guardar lo que se quedaba y lo demás iría en bolsas de basura negras.

Lo que necesitaba ahora era un buen baño caliente.

Entró en el baño interior del dormitorio principal, abrió los grifos, echó su espuma favorita y encendió un par de velas de las que siempre guardaba en el borde de la bañera.

Tenía tiempo de bajar mientras se llenaba, servirse una copa de vino blanco y coger la revista que había comprado en el aeropuerto y que aún no había terminado.

Desnudarse y deslizarse en el agua caliente fue una delicia.

Tras dar un buen trago, dejó la copa en la repisa de azulejos y se recostó, abriendo la revista.

Le llamó la atención un artículo con el titular: «La ley de la atracción.

Suéñalo. Visualízalo. Vívelo». No es que tuviera fe en lo que pregonaban la mayoría de gurús motivacionales para mejorar la vida, pero a veces podía haber un germen de buena idea entre tanta palabrería.

Ese reportaje en particular hablaba de escribir las cosas y visualizar con exactitud lo que querías, lo que, se suponía, ayudaba a materializarlo en la vida real.

Hacer un panel de visión e imaginar cómo podría ser tu vida dentro de cinco años, con tus sueños cumplidos, era la clave del éxito. Ojalá fuera tan fácil.

Carla dejó caer la revista al suelo. Cogió la copa y luego añadió más agua caliente, que ya se estaba enfriando, antes de hundirse de nuevo entre las burbujas.

Tratar de averiguar dónde estaría dentro de cinco años era un chiste.

Hacía cinco semanas no tenía ni idea de que su vida estaba a punto de implosionar como lo había hecho, así que ¿cómo demonios iba a planear con cinco años de antelación?

Y, en cuanto a visualizar la casa y el estilo de vida que quería, ya los tenía.

Esta casa que estaba pensando abandonar había sido la única casa que había querido durante más de veinte años.

En ese instante no podía imaginar no vivir allí.

En cuanto había abierto la puerta y había entrado, se había sentido segura y feliz de volver.

Marcharse sin un plan real para el resto de su vida iba a ser durísimo.

Tal vez debería volver a instalarse allí e insistir en que David se fuera; al fin y al cabo, el culpable era él.

Salió de la bañera y se secó, murmurando:

—Espabila.

Muchas mujeres de su edad tenían que empezar de cero de manera inesperada.

Además, sí tenía un plan, aunque fuera un esbozo a corto plazo.

Cuando se vendiera la casa de Amelia y el divorcio estuviera en marcha, podría hacer planes a largo plazo de verdad.

Era cuestión de ir paso a paso. Pero ¿dónde demonios iba a vivir mientras tanto?

Al ordenar la ropa, se había dado cuenta de que, incluso viviendo en una sola habitación del número 29, necesitaría más que lo básico que había apuntado en su lista.

Cuanto más lo pensaba, más claro veía lo laborioso que sería organizar una mudanza temporal allí.

Tal vez sería mejor alquilar un piso pequeño amueblado.

Durante la semana compraría un periódico local y vería qué había disponible..

Se puso la bata de rizo que colgaba del gancho de la puerta y bajó. Mientras preparaba un sándwich de brie y aguacate para cenar, sonó el teléfono fijo. Adivinando quién era, dejó que sonara hasta que saltó el contestador y, tal como esperaba, oyó la voz de David.

—Carla, cariño, si estás ahí, descuelga, por favor. Solo quería decirte que ya he llegado a Penrith. —Una breve pausa antes de continuar—. A lo mejor te pillo luego. Te quiero.

Y la llamada terminó.

Las llamadas rutinarias para decirle que había llegado bien cada vez que viajaba habían cesado hacía más o menos un año. David se encogió de hombros cuando ella lo mencionó.

—No tener noticias es una buena noticia. Te enterarías enseguida si hubiera habido un accidente.

Ahora, cuando a ella no le interesaba lo más mínimo dónde estaba, había decidido llamarla.

Apartando de un manotazo el pensamiento culpable de «debería haber descolgado», Carla se sentó a comer.

Conociendo a David, sería parte de una estrategia para ahogarla en amabilidad, desgastarla y lograr que cediera.

Carla se preguntó, con desgana, cuánto tardaría en darse cuenta de que eso no iba a pasar nunca más.

Una hora después volvió a llamar, esta vez al móvil. Decidió que ignorarlo sería infantil y descolgó.

—Hola, David.

—Carla, cariño. ¿Todo bien? ¿Te has reinstalado bien?

—Gracias, sí. He avanzado bastante ordenando mis cosas. El lunes a primera hora pienso llevar un cargamento a la tienda benéfica.

Silencio al otro lado.

—David, ¿sigues ahí?

—Sí, sigo aquí, deseando que no sintieras la necesidad de irte.

—Bueno, tú eres el culpable, así que ¿por qué no te vas tú y me quedo yo hasta que se venda la casa?

Carla oyó el resoplido brusco de David.

—No me voy a ninguna parte. Creo que podemos arreglar esto. ¿Te gustaron las rosas?

—Las rosas son preciosas, gracias —dijo Carla—. Pero ojalá aceptaras que necesito seguir adelante con mi vida.

Como David no respondió, Carla añadió:

—Ha sido muy generoso, lo de llenar tanto la nevera. Maddy viene mañana a cenar para ayudarme a acabar con algo.

No hacía falta mencionar que traía a un amigo; David solo exigiría detalles y ella no los tenía.

—Eso está bien —dijo David—. Ojalá pudiera estar con vosotras. Hace mucho que no cenamos en familia en la cocina.

—Has estado ocupado por las noches durante mucho tiempo, David —dijo Carla, intentando mantener la voz neutra, pero decidida a hacerle ver de quién era la culpa.

—Lo siento —dijo David, antes de quedarse callado otra vez.

—¿Algo más? Me voy a acostar pronto.

—Te digo buenas noches, entonces. Hablamos durante la semana. Que duermas bien.

***

El domingo por la mañana, Carla se levantó temprano para bajar al garaje y sacar un par de maletas del altillo, lista para empezar a llenarlas con sus cosas.

Era media tarde cuando todo quedó recogido, el coche cargado de bolsas listas para llevar a la tienda benéfica y la basura en el maletero para tirarla, y por fin pudo ponerse con la cena.

Pollo asado con todos los acompañamientos.

Y de postre una tarta de manzana con nata.

Tarareaba contenta mientras trabajaba. La casa estaba llena de olores deliciosos cuando se metió en la ducha para refrescarse antes de que llegaran Maddy y su amigo.

Sam fue una sorpresa. Los novios recientes de Maddy solían ser hombres sofisticados y urbanitas, con puestos de poder en la banca o el sector de la informática.

Sam, con su metro ochenta, un físico que solo podía describirse como corpulento, barba de un rojo cobrizo y una sonrisa que le llegaba hasta los ojos, era la antítesis completa.

A Carla le cayó bien al instante. No pudo evitar preguntarse qué opinaría David de él, aunque el hecho de que Maddy pareciera nerviosa al presentarlo hizo que Carla se preguntara si iba en serio con él.

Charlando con los aperitivos en el salón, Carla se enteró de que Sam, arquitecto titulado, había creado hacía poco su propia empresa de construcción ecológica.

—Me gusta trabajar con las manos —explicó—. Estar demasiado tiempo en una oficina me frustra. Ahora diseño, me ensucio en la obra y ayudo al medio ambiente. Salgo ganando en todo.

Y le sonrió a Carla con un encanto arrollador.

—Esta semana voy a ver un par de casas —dijo Carla—. Pero dudo que alguna cumpla muchos requisitos ecológicos; no son de obra nueva.

Sam parecía a punto de decir algo, pero Maddy se adelantó.

—No puedo imaginarme que tú y papá ya no estéis juntos en esta casa. Estoy tan enfadada con él… Aún no asimilo que os vayáis a divorciar.

—Sinceramente, yo tampoco, pero ocurrirá —dijo Carla—.

Voy a echar un vistazo a la cocina. Estoy segura de que Sam agradecería un cambio de tema, así que mira los folletos de casas que hay en la mesa.

Sam, ¿me puedes decir si alguna se consideraría respetuosa con el medio ambiente?

Tengo cita para ver la primera la semana que viene.

El teléfono sonó a las ocho, justo cuando Sam pinchaba la última patata asada.

Carla suspiró.

—Será David. No lo voy a coger. Si quieres, Maddy, puedes hacerlo tú.

—Hola, papá.

Carla dio un sorbo a su vino e intentó no escuchar la conversación a una sola voz. Sam se inclinó hacia ella y le susurró:

—Yo sobreviví al divorcio de mis padres hace tres años, y Maddy también lo hará. No te preocupes.

Carla le sonrió con gratitud.

—Mamá está bien, considerando lo que le estás haciendo —dijo Maddy, con un filo en la voz.

Hubo un silencio de casi un minuto mientras Maddy escuchaba a David, antes de soltar un suspiro.

—Lo que tú digas, papá, pero vas a tenerlo complicado para convencerla: la semana que viene va a mirar casas. No, no quiere hablar contigo; por eso he cogido yo el teléfono. Adiós.

Y Maddy colgó.

Carla se levantó de la mesa.

—Voy a traer el postre y luego necesito que me ayudéis a pensar qué hacer con las cenizas de la abuela. No tengo ni idea de dónde esparcirlas. Espero que se os ocurra un sitio y que vengáis conmigo cuando lo haga